Parque Nacional Los Cardones

El cardón (Trichocereus pasacana). Su corteza está cubierta de espinas que parecen agujas doradas y que llegan a medir 30 centímetros. Todavía existen artesanos que las usan para tejer lana de llama, que es muy trabajada en aquella zona, donde son famosos sus ponchos rojos con una franja negra, utilizados por los gauchos en sus espectáculos.

El crecimiento promedio de un cardón es de uno a cinco centímetros por año y recién cuando han cumplido medio siglo de vida, los cardones pueden generar sus características flores blancas que mueren a los pocos días de nacer dando paso a su fruto, la pasacana. En el parque se pueden ver ejemplares de cardones de hasta 3 metros y se calcula que tienen entre 250 y 300 años. ¿A que es impresionante? ¡Me puse al lado de uno que medía el doble que yo! (aunque no es muy difícil superar mi altura)
Su madera parece frágil, pero sirve para hacer vigas de techos, muebles y artesanías. Por la explotación irracional (¡como no!) esta especie vegetal corrió peligro de extinción, pero fue protegida a tiempo y hoy está terminantemente prohibida su tala.

Cruzando el parque nos paramos en el Monumento a Pachamama
Esas pequeñas protuberancias de piedras son altares a la Pachamama. Las personas que por allí pasamos vamos colocándolas: cada una un granito de arena, perdón, una piedrecita.
Cuando queremos y ponemos voluntad, personas que no nos conocemos, ni llegamos a vernos siquiera, podemos llegar a construir...
El Parque Nacional Los Cardones está en Salta, Argentina
DENUNCIA
Es un honor para mi blog, a petición de Gatopardo, recoger el testimonio que sigue a continuación:
Tengo que dejar mi conjuro 9 días y nueve noches, y lo he puesto en los enlaces de hoy; pero creo que esto merecería que se reprodujera en todos los blogs del mundo. Estoy en contacto con religiosos, ONGs en la zona y me han confirmado esta información.
Saber que hay gente así, reconforta ¿verdad?
L'agüela
http://www.abc.es/Syd/domingos/noticia.asp?cid=6148&hid=6154
LUIS DE VEGA ENVIADO ESPECIAL DAJLA/EL AAIÚN (SAHARA OCCIDENTAL)
El valor y la obstinación de una mujer, Helena Maleno, armada con un móvil y a bordo de una furgoneta, fueron para el mundo el único altavoz del horror que se consumaba delante de sus ojos: inmigrantes ilegales eran trasladados en autobuses al desierto y abandonados a su suerte por orden de Marruecos. Esta es su historia. La historia es la de un ángel de la guarda, la de una dama delgada pero fuerte. Muy fuerte. Una tía con un par. La historia de un compromiso que comienza de forma accidental cuando Helena Maleno, «La Jefa», llega el 22 de septiembre de 2002 a Tánger (Marruecos) procedente de su pueblo, El Ejido (Almería). «De El Ejido pura, ¡eh!», recalca incisiva. Llegó para tres meses con una maleta, una cámara de vídeo y su pequeño de la mano. Quería ver, después de todo lo acontecido en la tierra de los invernaderos, «cómo la frontera de la nueva Europa se está desplazando cada vez más al sur». Lo de grabar el vídeo fue a más. La cosa se lio. Y ella se dejó liar. Y, con el paso de los meses, Tánger y lo que pasa a sus alrededores se convirtió en una tela de araña de la que no puede salir. Ni para volver a El Ejido. Por muy pura que sea.
Para aquellos que nos acercamos por nuestro trabajo a la emigración clandestina de subsaharianos, «La Jefa» es una referencia. Mucho más que el contacto de SOS Racismo en Marruecos. Entrar en el bosque de Beliones, junto a la valla de Ceuta, y no conocerla era motivo de sospecha para los que habitaban su campamento. Era -es y seguirá siendo- sobre la que los inmigrantes depositaban más confianza. Y eso que por allí, además de las redadas de las Fuerzas de Seguridad, pasaban periodistas, organizaciones de derechos humanos, turistas despistados y mafiosos ávidos de negociar viajes al otro lado de la frontera. Nadie era mejor vista que ella. Todos los emigrantes la conocían. Y a todos -o casi- los conocía. Sus desventuras. Sus ilusiones. Sus verdaderos nombres y países...
Por eso Maleno ha sido la pieza clave que ha puesto en marcha el engranaje para que el abandono por parte de las autoridades de Marruecos de centenares de subsaharianos en el desierto no termine en una tragedia de dimensiones inasumibles. Fue ella quien dio por primera vez la voz de alarma cuando todos mirábamos sin descanso las vallas de Ceuta y Melilla a la espera de una nueva avalancha.
Detenciones en cadena
Fue el sábado 1 de octubre. «Me llaman desde Rabat. Está habiendo detenidos. Veinticuatro son demandantes de asilo. Siguen detenciones en Casablanca. En las calles, en los cafés, en las casas... Se llevan incluso gente con visados de estudiante, con sellos de entrada en sus pasaportes todavía vigentes... Algo estaba pasando», explica. En sus manos, una libreta en la que apunta todo. El móvil y ese cuaderno son una prolongación de sus manos huesudas.
Unas horas antes de todas estas redadas, medio centenar de subsaharianos se habían entregado a las autoridades en el campamento de Beliones. Fue en la mañana del viernes 30 de septiembre. Arrojan la toalla después de la avalancha en la que han conseguido entrar más de doscientos en Ceuta pero también ha costado la vida a cinco de ellos. Este corresponsal, testigo de la rendición en grupo, confirmó por boca del jefe de la Gendarmería de Tánger, que dirigió la operación, que todos ellos serían expulsados del Reino alauí por la frontera de Argelia a la altura de la ciudad de Uxda, a unos 150 kilómetros de Melilla. Todos, los de Rabat, Casablanca, Beliones... pensaban que irían, como siempre, hacia Uxda.
«La Jefa», que de todo se acaba enterando, lleva su balance particular de la avalancha de Ceuta y echa cuentas. «Teníamos perdidos a 132, entre los que había 18 heridos, que habían sido expulsados tras entrar en Ceuta y que fueron trasladados al cuartel de la Gendarmería de Tetuán». Se habían evaporado, porque ya no estaban allí y, supuestamente, deberían tomar el mismo camino, Uxda.
Efectivamente, hasta esa ciudad empiezan a viajar los distintos grupos de detenidos a lo largo y ancho de Marruecos. A través de sus teléfonos móviles mantienen permanentemente informada a su ángel de la guarda, que ve con sorpresa cómo los autobuses pasan de largo y toman la carretera que va hacia el sur, paralela a la frontera argelina. Los subsaharianos intentan aportar datos sobre adónde se dirigen. Errachidía, Budenib, El Auina Suatar..., el desierto puro y duro, mordiendo ya la raya casi sin marcar con el vecino argelino.
«Todos empiezan a llamarme», explica cogiendo su teléfono. Van en muchos grupos. Cree que primero llegaron a la zona del desierto los que devolvieron a través de la valla de Ceuta. Después, los de Rabat y Casablanca. Los que se rindieron en Beliones... En sus notas está todo. Sabe de dónde vino cada llamada. En su mente iba organizando los convoyes de autobuses. Quién iba en cada uno. De dónde procedían... Y nadie hacía caso a Maleno, cuando la tragedia se estaba mascando en pleno pedregal de la «hamada». De espaldas a las vallas, que seguían acaparando la atención de todos. «Toda la información que iba recopilando la pasábamos inmediatamente a todos mis contactos de internet y a la web de Indimedia-Estrecho».
Gracias a los móviles
Se desgañitaba por el móvil. Insistía una y otra vez. «Tenéis que contarlo. Llamad a vuestros jefes a Madrid. Escribid sobre lo que está pasando. Ayudadnos a que reaccione la ONU, la comunidad internacional. Contadlo, que está muriendo gente abandonada por los marroquíes en el desierto». En Tánger, una mujer escocesa es la primera que aporta 150 euros que se destinan a frenar la caída en picado del saldo del teléfono de «La Jefa». También se cargan los de quienes llaman desde el desierto. Después vendrían más pequeñas, fundamentales para seguir con el empeño de buscar a los subsaharianos para salvarles la vida.
En su cuaderno iba anotando testimonios escalofriantes. Este es el de Hamidu, ya repatriado en avión a Senegal. «Las luces son Argelia. Hemos andado toda la noche hacia las luces. Había heridos. Nos hemos perdido en el desierto. Todos aquellos que no llegan al campamento argelino se mueren. Nos han dado de comer, de beber, y no nos han maltratado. Nos han indicado el camino de vuelta a Marruecos. He visto siete muertos. Dos eran mujeres anglófonas. A los que logran salir del desierto, los marroquíes los vuelven a mandar al desierto». Hamidu siguió llamando a su protectora. «Buscad a la gente con helicópteros. Pedid a la ONU que los recojan, aunque sea del lado argelino».
El silencio oficial, aun conociendo a «La Jefa», impedía salir a toda página con lo que sabíamos que era verdad pero no podíamos comprobar con nuestros propios ojos. Desde Rabat no sólo lo desmentirían, sino que, como suelen hacer, dilapidarían el trabajo de los periodistas. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en Rabat y Ginebra callaba en una espera preocupante. Ahora, escribiendo este reportaje, uno no puede evitar cierto sentimiento de culpa por no haber logrado que la tragedia se contase antes.
Todo estaba consumado cuando un equipo de Médicos Sin Fronteras llegó a El Auina Suatar el viernes 7 de octubre. Aunque el espectáculo era sobrecogedor, podría haber sido mucho peor si los subsaharianos no hubieran tenido la oportunidad de dar la voz de alarma días antes. Todavía este viernes, mediante la agencia oficial Map, Marruecos se mofaba de esas baterías de móviles que pasan de mano en mano por el desierto y, según ellos, nunca se acaban. Esas baterías son las que impidieron que la decisión de dejarlos tirados en medio de la nada acabara convirtiendo a los inmigrantes en carroña.
Otro senegalés. «Ayer enterramos a un muerto. A uno con las piernas rotas lo llevamos a las espaldas. Si nos van a matar, mejor que nos lleven a nuestros países». «La Jefa» recibía llamadas las veinticuatro horas del día. «Háblame. Cuéntame cosas para que pueda seguir andando. Cosas del bosque, de cuando estábamos juntos».
Camino del infierno
Finalmente, el sábado 8 de octubre consiguen lo necesario para salir de Tánger con una Renault Kangoo de alquiler «La Jefa», el jesuita Pep Buades, el olivarero y voluntario de la asociación Elín Francisco Carrasco y la observadora de Women Links Worldwide Sandra Escauriaza. No se conocen entre sí ni se habían embarcado nunca en una aventura como esta. Sobre la furgoneta, 500 raciones de comida preparadas por las Hermanas de Calcuta con la ayuda de vecinos de Tánger. Una pieza de pan, una lata de sardinas, un zumo y una botella de agua. Es una expedición humilde, sin apenas recursos y que va por detrás de la de Médicos Sin Fronteras. Pero llevan un tesoro: los contactos y la información que, sin parar, le llega a «La Jefa». Así comienzan a tragar kilómetros sin descanso, mientras siguen llegando noticias de los inmigrantes, que, rescatados entonces, estaban siendo trasladados hacia la localidad de Buarfa.
Pero de camino, sobre las cuatro de la mañana del domingo, se encuentran con un primer convoy de autobuses a la altura de Errachidía. Va en dirección suroeste, hacia Uarzazat. Así uno y otro. Es entonces cuando deciden seguir a uno de ellos, sospechando que las autoridades han puesto en marcha una nueva operación de desplazamiento de los subsaharianos. Parecía que el macabro hallazgo de cientos de ellos en los alrededores de El Auina Suatar y las imágenes difundidas en el mundo de todos ellos deambulando como muertos en vida por el desierto no habían servido de escarmiento para los ideólogos de semejante barbaridad.
Los cuatro de la Kangoo deciden que la prioridad entonces no es peinar el desierto buscando supervivientes o cadáveres, sino averiguar hacia adónde se dirigen los autocares y evitar más abandonos en masa. «Aguantad como podáis. Estamos siguiendo a los otros para que no les vuelvan a hacer lo mismo», repetían una y otra vez a los que suplicaban auxilio.
Los peores presagios se confirman cuando en la mañana del domingo les empiezan a llegar llamadas desde un nuevo convoy que se ha puesto en macha desde Tánger. Estos no pertenecen a los abandonados hace días en el desierto, pero en los dos autobuses viajan mujeres, algunas embarazadas, y niños de corta edad. También todos ellos se dirigen hacia el sur. Con el paso de las horas, las intenciones de Marruecos comienzan a aclararse. El destino ahora es el Sahara Occidental, ocupado por Marruecos desde hace treinta años.
La expedición de «La Jefa» se arriesga. Los controles se suceden y a duras penas pueden seguir a los autobuses y su escolta policial, que «no parecían estar muy atentos, pues les adelantábamos y les dejábamos atrás sin que se dieran por enterados», relata Buades.
Hicieron de todo con tal de superar los puestos de los agentes, que se iban incrementando según se acercaba la zona en conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario. «Una vez me hice pasar por enferma, otra acabamos pasando porque en las bolsas de la comida pensaron que llevábamos velas para hacer kite surf..., de todo».
Veían que las autoridades no sabían bien qué hacer. Las caravanas tan pronto iban en un sentido como en otro. «Fue impresionante cuando a la entrada de Dajla, parados en un control, pudimos verlos de cerca por primera vez. Estábamos tan cerca que nos llamaban por las ventanillas. Sandra lloraba. Y el Gobierno marroquí desmentía lo que veíamos con nuestros propios ojos», relata Buades.
Durante todo el camino se turnaban al volante, mientras los otros respondían a las llamadas de los subsaharianos o los primeros medios de comunicación que se ponían en contacto con ellos, que eran los únicos que en ese momento tenían información directa de esta nueva gestión desastrosa del problema de la emigración clandestina. «Desde que salimos de Tánger fueron 48 horas en el coche sin parar», explican. Echan cuentas y el cuentakilómetros da miedo. Cuando el miércoles por la noche hacen balance para ABC en una habitación de hotel en Dajla, cerca de la frontera con Mauritania, llevan entre pecho y espalda más de 6.000 kilómetros. En cuatro días.
La furgoneta de la salvación
Las bolsas que prepararon las monjas nunca pudieron llegar a su destino porque nunca tuvieron acceso directo a los inmigrantes, celosamente custodiados por las Fuerzas de Seguridad en cuarteles de distintas ciudades. Pero esos miles de kilómetros y la valiosa información que salía de la furgoneta hacia el mundo entero sirvieron para saber cuáles eran las cartas de las autoridades marroquíes.
Helena Maleno y los suyos -ya sin Sandra- siguen su camino desde Dajla en dirección a Esmara, a unos 800 kilómetros al norte, en la noche del pasado miércoles. El cansancio no puede con sus intenciones de saber qué ocurre con un grupo de subsaharianos que podrían haber sido abandonados más allá de esa ciudad saharaui en dirección a Argelia. La furgoneta nunca llegó a Esmara porque 70 kilómetros antes de El Aaiún un accidente puso fin al viaje. Helena y Francisco salen peor parados y, tras ser atendidos en El Aaiún, toman un vuelo hacia Las Palmas, aunque sin heridas graves. El jesuita, ileso, les acompaña. Y mientras se imprimen estas páginas, la dama delgada pero fuerte, el ángel de la guarda de los «ilegales», piensa ya en regresar a Tánger. Con un par.
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Gatopardo-l'agüela
Esta página está a tu disposición. Gracias, sí que reconforta.
Tengo que dejar mi conjuro 9 días y nueve noches, y lo he puesto en los enlaces de hoy; pero creo que esto merecería que se reprodujera en todos los blogs del mundo. Estoy en contacto con religiosos, ONGs en la zona y me han confirmado esta información.
Saber que hay gente así, reconforta ¿verdad?
L'agüela
http://www.abc.es/Syd/domingos/noticia.asp?cid=6148&hid=6154
LUIS DE VEGA ENVIADO ESPECIAL DAJLA/EL AAIÚN (SAHARA OCCIDENTAL)
El valor y la obstinación de una mujer, Helena Maleno, armada con un móvil y a bordo de una furgoneta, fueron para el mundo el único altavoz del horror que se consumaba delante de sus ojos: inmigrantes ilegales eran trasladados en autobuses al desierto y abandonados a su suerte por orden de Marruecos. Esta es su historia. La historia es la de un ángel de la guarda, la de una dama delgada pero fuerte. Muy fuerte. Una tía con un par. La historia de un compromiso que comienza de forma accidental cuando Helena Maleno, «La Jefa», llega el 22 de septiembre de 2002 a Tánger (Marruecos) procedente de su pueblo, El Ejido (Almería). «De El Ejido pura, ¡eh!», recalca incisiva. Llegó para tres meses con una maleta, una cámara de vídeo y su pequeño de la mano. Quería ver, después de todo lo acontecido en la tierra de los invernaderos, «cómo la frontera de la nueva Europa se está desplazando cada vez más al sur». Lo de grabar el vídeo fue a más. La cosa se lio. Y ella se dejó liar. Y, con el paso de los meses, Tánger y lo que pasa a sus alrededores se convirtió en una tela de araña de la que no puede salir. Ni para volver a El Ejido. Por muy pura que sea.
Para aquellos que nos acercamos por nuestro trabajo a la emigración clandestina de subsaharianos, «La Jefa» es una referencia. Mucho más que el contacto de SOS Racismo en Marruecos. Entrar en el bosque de Beliones, junto a la valla de Ceuta, y no conocerla era motivo de sospecha para los que habitaban su campamento. Era -es y seguirá siendo- sobre la que los inmigrantes depositaban más confianza. Y eso que por allí, además de las redadas de las Fuerzas de Seguridad, pasaban periodistas, organizaciones de derechos humanos, turistas despistados y mafiosos ávidos de negociar viajes al otro lado de la frontera. Nadie era mejor vista que ella. Todos los emigrantes la conocían. Y a todos -o casi- los conocía. Sus desventuras. Sus ilusiones. Sus verdaderos nombres y países...
Por eso Maleno ha sido la pieza clave que ha puesto en marcha el engranaje para que el abandono por parte de las autoridades de Marruecos de centenares de subsaharianos en el desierto no termine en una tragedia de dimensiones inasumibles. Fue ella quien dio por primera vez la voz de alarma cuando todos mirábamos sin descanso las vallas de Ceuta y Melilla a la espera de una nueva avalancha.
Detenciones en cadena
Fue el sábado 1 de octubre. «Me llaman desde Rabat. Está habiendo detenidos. Veinticuatro son demandantes de asilo. Siguen detenciones en Casablanca. En las calles, en los cafés, en las casas... Se llevan incluso gente con visados de estudiante, con sellos de entrada en sus pasaportes todavía vigentes... Algo estaba pasando», explica. En sus manos, una libreta en la que apunta todo. El móvil y ese cuaderno son una prolongación de sus manos huesudas.
Unas horas antes de todas estas redadas, medio centenar de subsaharianos se habían entregado a las autoridades en el campamento de Beliones. Fue en la mañana del viernes 30 de septiembre. Arrojan la toalla después de la avalancha en la que han conseguido entrar más de doscientos en Ceuta pero también ha costado la vida a cinco de ellos. Este corresponsal, testigo de la rendición en grupo, confirmó por boca del jefe de la Gendarmería de Tánger, que dirigió la operación, que todos ellos serían expulsados del Reino alauí por la frontera de Argelia a la altura de la ciudad de Uxda, a unos 150 kilómetros de Melilla. Todos, los de Rabat, Casablanca, Beliones... pensaban que irían, como siempre, hacia Uxda.
«La Jefa», que de todo se acaba enterando, lleva su balance particular de la avalancha de Ceuta y echa cuentas. «Teníamos perdidos a 132, entre los que había 18 heridos, que habían sido expulsados tras entrar en Ceuta y que fueron trasladados al cuartel de la Gendarmería de Tetuán». Se habían evaporado, porque ya no estaban allí y, supuestamente, deberían tomar el mismo camino, Uxda.
Efectivamente, hasta esa ciudad empiezan a viajar los distintos grupos de detenidos a lo largo y ancho de Marruecos. A través de sus teléfonos móviles mantienen permanentemente informada a su ángel de la guarda, que ve con sorpresa cómo los autobuses pasan de largo y toman la carretera que va hacia el sur, paralela a la frontera argelina. Los subsaharianos intentan aportar datos sobre adónde se dirigen. Errachidía, Budenib, El Auina Suatar..., el desierto puro y duro, mordiendo ya la raya casi sin marcar con el vecino argelino.
«Todos empiezan a llamarme», explica cogiendo su teléfono. Van en muchos grupos. Cree que primero llegaron a la zona del desierto los que devolvieron a través de la valla de Ceuta. Después, los de Rabat y Casablanca. Los que se rindieron en Beliones... En sus notas está todo. Sabe de dónde vino cada llamada. En su mente iba organizando los convoyes de autobuses. Quién iba en cada uno. De dónde procedían... Y nadie hacía caso a Maleno, cuando la tragedia se estaba mascando en pleno pedregal de la «hamada». De espaldas a las vallas, que seguían acaparando la atención de todos. «Toda la información que iba recopilando la pasábamos inmediatamente a todos mis contactos de internet y a la web de Indimedia-Estrecho».
Gracias a los móviles
Se desgañitaba por el móvil. Insistía una y otra vez. «Tenéis que contarlo. Llamad a vuestros jefes a Madrid. Escribid sobre lo que está pasando. Ayudadnos a que reaccione la ONU, la comunidad internacional. Contadlo, que está muriendo gente abandonada por los marroquíes en el desierto». En Tánger, una mujer escocesa es la primera que aporta 150 euros que se destinan a frenar la caída en picado del saldo del teléfono de «La Jefa». También se cargan los de quienes llaman desde el desierto. Después vendrían más pequeñas, fundamentales para seguir con el empeño de buscar a los subsaharianos para salvarles la vida.
En su cuaderno iba anotando testimonios escalofriantes. Este es el de Hamidu, ya repatriado en avión a Senegal. «Las luces son Argelia. Hemos andado toda la noche hacia las luces. Había heridos. Nos hemos perdido en el desierto. Todos aquellos que no llegan al campamento argelino se mueren. Nos han dado de comer, de beber, y no nos han maltratado. Nos han indicado el camino de vuelta a Marruecos. He visto siete muertos. Dos eran mujeres anglófonas. A los que logran salir del desierto, los marroquíes los vuelven a mandar al desierto». Hamidu siguió llamando a su protectora. «Buscad a la gente con helicópteros. Pedid a la ONU que los recojan, aunque sea del lado argelino».
El silencio oficial, aun conociendo a «La Jefa», impedía salir a toda página con lo que sabíamos que era verdad pero no podíamos comprobar con nuestros propios ojos. Desde Rabat no sólo lo desmentirían, sino que, como suelen hacer, dilapidarían el trabajo de los periodistas. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en Rabat y Ginebra callaba en una espera preocupante. Ahora, escribiendo este reportaje, uno no puede evitar cierto sentimiento de culpa por no haber logrado que la tragedia se contase antes.
Todo estaba consumado cuando un equipo de Médicos Sin Fronteras llegó a El Auina Suatar el viernes 7 de octubre. Aunque el espectáculo era sobrecogedor, podría haber sido mucho peor si los subsaharianos no hubieran tenido la oportunidad de dar la voz de alarma días antes. Todavía este viernes, mediante la agencia oficial Map, Marruecos se mofaba de esas baterías de móviles que pasan de mano en mano por el desierto y, según ellos, nunca se acaban. Esas baterías son las que impidieron que la decisión de dejarlos tirados en medio de la nada acabara convirtiendo a los inmigrantes en carroña.
Otro senegalés. «Ayer enterramos a un muerto. A uno con las piernas rotas lo llevamos a las espaldas. Si nos van a matar, mejor que nos lleven a nuestros países». «La Jefa» recibía llamadas las veinticuatro horas del día. «Háblame. Cuéntame cosas para que pueda seguir andando. Cosas del bosque, de cuando estábamos juntos».
Camino del infierno
Finalmente, el sábado 8 de octubre consiguen lo necesario para salir de Tánger con una Renault Kangoo de alquiler «La Jefa», el jesuita Pep Buades, el olivarero y voluntario de la asociación Elín Francisco Carrasco y la observadora de Women Links Worldwide Sandra Escauriaza. No se conocen entre sí ni se habían embarcado nunca en una aventura como esta. Sobre la furgoneta, 500 raciones de comida preparadas por las Hermanas de Calcuta con la ayuda de vecinos de Tánger. Una pieza de pan, una lata de sardinas, un zumo y una botella de agua. Es una expedición humilde, sin apenas recursos y que va por detrás de la de Médicos Sin Fronteras. Pero llevan un tesoro: los contactos y la información que, sin parar, le llega a «La Jefa». Así comienzan a tragar kilómetros sin descanso, mientras siguen llegando noticias de los inmigrantes, que, rescatados entonces, estaban siendo trasladados hacia la localidad de Buarfa.
Pero de camino, sobre las cuatro de la mañana del domingo, se encuentran con un primer convoy de autobuses a la altura de Errachidía. Va en dirección suroeste, hacia Uarzazat. Así uno y otro. Es entonces cuando deciden seguir a uno de ellos, sospechando que las autoridades han puesto en marcha una nueva operación de desplazamiento de los subsaharianos. Parecía que el macabro hallazgo de cientos de ellos en los alrededores de El Auina Suatar y las imágenes difundidas en el mundo de todos ellos deambulando como muertos en vida por el desierto no habían servido de escarmiento para los ideólogos de semejante barbaridad.
Los cuatro de la Kangoo deciden que la prioridad entonces no es peinar el desierto buscando supervivientes o cadáveres, sino averiguar hacia adónde se dirigen los autocares y evitar más abandonos en masa. «Aguantad como podáis. Estamos siguiendo a los otros para que no les vuelvan a hacer lo mismo», repetían una y otra vez a los que suplicaban auxilio.
Los peores presagios se confirman cuando en la mañana del domingo les empiezan a llegar llamadas desde un nuevo convoy que se ha puesto en macha desde Tánger. Estos no pertenecen a los abandonados hace días en el desierto, pero en los dos autobuses viajan mujeres, algunas embarazadas, y niños de corta edad. También todos ellos se dirigen hacia el sur. Con el paso de las horas, las intenciones de Marruecos comienzan a aclararse. El destino ahora es el Sahara Occidental, ocupado por Marruecos desde hace treinta años.
La expedición de «La Jefa» se arriesga. Los controles se suceden y a duras penas pueden seguir a los autobuses y su escolta policial, que «no parecían estar muy atentos, pues les adelantábamos y les dejábamos atrás sin que se dieran por enterados», relata Buades.
Hicieron de todo con tal de superar los puestos de los agentes, que se iban incrementando según se acercaba la zona en conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario. «Una vez me hice pasar por enferma, otra acabamos pasando porque en las bolsas de la comida pensaron que llevábamos velas para hacer kite surf..., de todo».
Veían que las autoridades no sabían bien qué hacer. Las caravanas tan pronto iban en un sentido como en otro. «Fue impresionante cuando a la entrada de Dajla, parados en un control, pudimos verlos de cerca por primera vez. Estábamos tan cerca que nos llamaban por las ventanillas. Sandra lloraba. Y el Gobierno marroquí desmentía lo que veíamos con nuestros propios ojos», relata Buades.
Durante todo el camino se turnaban al volante, mientras los otros respondían a las llamadas de los subsaharianos o los primeros medios de comunicación que se ponían en contacto con ellos, que eran los únicos que en ese momento tenían información directa de esta nueva gestión desastrosa del problema de la emigración clandestina. «Desde que salimos de Tánger fueron 48 horas en el coche sin parar», explican. Echan cuentas y el cuentakilómetros da miedo. Cuando el miércoles por la noche hacen balance para ABC en una habitación de hotel en Dajla, cerca de la frontera con Mauritania, llevan entre pecho y espalda más de 6.000 kilómetros. En cuatro días.
La furgoneta de la salvación
Las bolsas que prepararon las monjas nunca pudieron llegar a su destino porque nunca tuvieron acceso directo a los inmigrantes, celosamente custodiados por las Fuerzas de Seguridad en cuarteles de distintas ciudades. Pero esos miles de kilómetros y la valiosa información que salía de la furgoneta hacia el mundo entero sirvieron para saber cuáles eran las cartas de las autoridades marroquíes.
Helena Maleno y los suyos -ya sin Sandra- siguen su camino desde Dajla en dirección a Esmara, a unos 800 kilómetros al norte, en la noche del pasado miércoles. El cansancio no puede con sus intenciones de saber qué ocurre con un grupo de subsaharianos que podrían haber sido abandonados más allá de esa ciudad saharaui en dirección a Argelia. La furgoneta nunca llegó a Esmara porque 70 kilómetros antes de El Aaiún un accidente puso fin al viaje. Helena y Francisco salen peor parados y, tras ser atendidos en El Aaiún, toman un vuelo hacia Las Palmas, aunque sin heridas graves. El jesuita, ileso, les acompaña. Y mientras se imprimen estas páginas, la dama delgada pero fuerte, el ángel de la guarda de los «ilegales», piensa ya en regresar a Tánger. Con un par.
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Prisioneros de nosotros mismos

"Quien está despierto para las injusticias generadas por la mala distribución de la riqueza si tiene grandeza de alma captará las protestas silenciosas o violentas de los pobres" D. Helder Câmara

EN EL DIA MUNDIAL PARA LA ERRADICACIÓN DE LA POBREZA (resolución de la ONU del 22-12-1992)
Ruinas de Quilmes (Tucumán)
Las ruinas de Quilmes están situadas en los valles calchaquíes (noroeste de Argentina) y estaban habitadas por los “diaguitas”.Los primeros indicios de población datan del 800 d.c.
A mediados del siglo XVII constaba de más de 3.000 habitantes en su zona urbana. La ciudadela estaba en la cima del cerro Alto del Rey, a 1.850 metros de altura. Tenían dos fortalezas en la cima de cada una de las dos montañas, una la norte y otra al sur, que permitía controlar todo el valle.
Cuando llegaron los españoles, estos valles formaban parte del Imperio Inca.
Parece ser que las conquistas incas no eran sangrientas, ya que llegaban a un acuerdo con las comunidades, que conservaban sus jefes y sus instituciones. De todas formas, todos sus súbditos tenían que servir durante un tiempo en el ejército, ya que el imperio estaba formado por muchos pueblos diferentes que podían rebelarse en cualquier momento. Además, en cada zona solían poner a un cacique afín, cuyo hijo vivía en Cuzco, por lo que en cualquier momento podía ser sacrificado…

Su ciudad se convirtió en el último bastión indígena. Los indios de Quilmes se alzaron contra los conquistadores españoles en las llamadas “guerras calchaquíes”. Su resistencia duró 130 años.
En 1665, después de ser aislados de sus cultivos y de sus fuentes de agua, tuvieron que ceder ante las imposiciones del gobernador de Tucumán, Mercado y Villacorta. Les perdonaban la vida con la condición de que abandonasen el cerro y el valle.
Esta población fue obligada a ir caminando 1.500 kilómetros, hasta un lugar cercano a Buenos Aires. La mayoría murió en el camino.
El total de familias indígenas que llegaron fue de 200. El clima, el desarraigo, las enfermedades y los malos tratos de los españoles hicieron que la población disminuyera rápidamente. Pocos años después de 1666 (fundación de la Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes), quedaban menos de 400 habitantes, y en el siglo siguiente no pasaban de los 200.
Algunos dicen que esto fue una muestra de la destrucción de una cultura que nunca quiso “hacer las paces” con los conquistadores. Que se negaron a procrear y desaparecieron.

Las ruinas de Quilmes fueron restauradas en los años 70, convirtiéndose en el yacimiento arqueológico más importante de Argentina. Se han construido en ellas un museo y un hotel. Allí pasé la noche del 30 de junio al 1 de julio.
...en el día de la Hispanidad...
Mujeres: Olga Benário Prestes
Olga nació en Munich (1908) en el seno de una familia judía alemana. Era hija de una dama de la alta sociedad y de un abogado social demócrata. A los 15 años ingresa en el movimiento comunista. Activa militante, se muda a vivir a Berlin con Otto Braun, que es acusado de alta traición a la patria y los dos son detenidos. Olga es liberada y junto con otros compañeros liberan a Otto en un asalto. Después de eso tienen que huir a la URSS.
Allí Olga comienza a destacar aún más como líder juvenil y en 1931 se separa de Otto. Recibe instrucción militar, realiza un curso de paracaidismo y pilotaje de aviones.
En 1934 conoce a Carlos Prestes , que también estaba en Moscú, cuando éste recibe la misión de liderar una revolución armada en Brasil. Ella sería su guardaespaldas durante el regreso de Prestes a Brasil como clandestino (simulaban ser un matrimonio en luna de miel).
Terminan el viaje profundamente enamorados.
En julio de 1935 divulgan un manifiesto y proponen derribar el gobierno desencadenando una insurrección. Son derrotados y se inicia un proceso de violenta represión: muchos de los líderes comunistas son detenidos y objeto de salvajes torturas (¿no lo son todas?). Entre ellos, como no, Olga y Carlos.
A ella la llevan a la Casa de Detención y allí descubre que está embarazada. Uno de los mayores peligros para Olga, alemana judía y comunista, es que puede ser deportada para la Alemania de Hitler. En Europa la madre y la hermana de Carlos Prestes inician un movimiento para evitar la deportación.
Finalmente Olga es deportada a Alemania cuando estaba embarazada de siete meses. En el barco ya le estaban esperando oficiales de la GESTAPO y al llegar a su país fue enviada a la prisión de mujeres de Barnimstrasse. Fue allí donde dio a luz a una niña y le permitieron estar con ella mientras la estuviera amamantando. Fueron catorce meses los que estuvieron juntas. Después su hija fue entregada a su abuela paterna y a su tía, por supuesto después de una lucha incansable a través de una campaña internacional.
Entonces Olga fue enviada al campo de concentración de Lichtenburg y posteriormente al de Ravensbruck. Un día de febrero de 1942, poco antes de cumplir 34 años, su nombre figuraba en la lista de 200 prisioneras que iban a ser trasladadas a otro campo. Le dieron 30 minutos para recoger sus pertenencias que ella aprovechó para escribir una carta a su esposo y a su hija.
“Queridos:
Mañana necesitaré toda mi fuerza y toda mi voluntad. Por eso, no puedo pensar en las cosas que me torturan el corazón, que son más caras que mi propia vida. Y por eso me despido de vosotros ahora. Es totalmente imposible para mi imaginar, hija querida, que no volveré a verte, que nunca más volveré a estrecharte en mis brazos ansiosos. Quisiera poder peinarte, hacerte las trenzas (ah, no, que fueron cortadas). Pero te queda mejor el cabello suelto, un poco desaliñado. Antes de todo, voy a hacerte fuerte. Debes andar con sandalias o descalza, correr al aire libre conmigo. Su abuela, en principio, no estará muy de acuerdo con eso, pero luego nos entenderemos muy bien. Debes respetarla y quererla durante toda tu vida, como tu padre y yo hacemos. Todas las mañanas haremos gimnasia… ¿Ves? Ya vuelvo a soñar, como tantas noches, y olvido que esta es mi despedida. Y ahora, cuando pienso en esto de nuevo, la idea de que nunca más podré estrechar tu cuerpecito cálido es para mí como la muerte. Carlos, querido, mi amado: ¿tendré que renunciar para siempre a todo lo bueno que me diste? Me conformaría, igual si no pudiese tenerte muy cerca, que tus ojos una vez más me mirasen. Y quería ver tu sonrisa. Os quiero a ambos, tanto, tanto. Y estoy tan agradecida a la vida, por haberme dado a ambos. Pero lo que me gustaría era poder vivir un día feliz, los tres juntos, como millares de veces imaginé. ¿Será posible que nunca veré cuanto de orgulloso y feliz te sientes por nuestra hija?
Querida Anita, mi querido marido, mi chico: lloro debajo de las mantas para que nadie me oiga pues parece que hoy las fuerzas no consiguen alcanzarme para soportar algo tan terrible. Es precisamente por eso que me esfuerzo para despedirme de vosotros ahora, para no tener que hacerlo en las últimas y difíciles horas. Después de esta noche, quiero vivir para este futuro tan breve que me queda. De ti aprendí, querido, cuanto significa la fuerza de voluntad, especialmente si emana de fuentes como las nuestras. Luché por lo justo, por lo bueno y por lo mejor del mundo. Te prometo ahora, al despedirme, que hasta el último instante no tendrán porque avergonzarse de mi. Quiero que me entiendan bien: prepararme para la muerte no significa que me rinda, pero sí saber hacerle frente cuando llegue. Pero, mientras, pueden todavía suceder tantas cosas… Hasta el último momento me mantendré firme y con voluntad de vivir. Ahora voy a dormir para ser más fuerte mañana. Besos por última vez
Olga”
Diez días después, cuando regresaron las ropas de las mujeres que habían trasladado, Emmy Handke buscó el vestido de Olga y del dobladillo extrajo un minúsculo pedazo de papel que tenía escrito: Bernburg. Allí fue donde eran llevadas para ejecutarlas en la cámara de gas. Olga era la número 150. Fue gaseada con sus amigas Margarete Buber-Neumann; Grazyna Chrostowska; Rosi Forsberg; Milena Jensenska; Rosa Jochmann; Kathe Leichter; Renée Mirande-Laval; Charlotte Muller; Antonina Nikiforowa; Stennie Pratomo-Gret; Elise Rivet; Lisetta Rose; Violette Szabo. Carlos Prestes, ya en libertad, se enteró de la muerte de su esposa en 1945. Aún pasaron varios años más antes de recibir y poder leer la última carta escrita por ella.
Su hija la ha definido como "revolucionaria sin perder la ternura".
En esta historia hay muchas mujeres luchadoras. Olga y sus compañeras lucharon por una causa en la que creían, por la revolución. Su suegra y su cuñada estuvieron con ella y su marido hasta el final, luchando, acompañándolos y velando por su seguridad y la de su hija. Y no debemos olvidar nunca a todas aquellas que sufrieron la experiencia de estar en un campo de concentración.
Película: Olga (dirección Jayme Monjardim) / Libro: Olga, de Fernando Morais
Cuando existe el verbo 'grilar'

Imaginaros una persona que un día se sube a una camioneta, a una avioneta, a un caballo, o simplemente con un mapa en la mano, y sin ningún rubor decide que de tal punto a tal punto son tierras de su propiedad.
A continuación va al registro de propiedad con dinero, o llama a un amigo influyente, o él mismo falsifica los documentos pertinentes, y sin ningún rubor inscribe oficialmente esa propiedad.
Por último, esos nuevos papeles que certifican que esa propiedad es de su familia desde hace muuuuuuuuuuchos años, esos certificados de propiedad recién creados, son guardados en un cajón con unos cuantos grillos. Pasados unos días, unas semanas, son retirados de ese cajón con aspecto de ser muuuuuuuuuuuuuuy antiguos.
Los grillos han hecho su tarea y ese propietario, a partir de entonces, enseñará sin ningún rubor la prueba de que esas tierras son suyas. Luchará contra viento y marea contra aquellos ‘vagabundos’, ‘ocupas’ y ‘ladrones’ que intenten trabajar o vivir dentro de ellas. Siempre dirá algo así: “… en esas tierras que son de mi familia desde hace siglos, que mis antepasados consiguieron con grandes esfuerzos y que ahora nosotros, esta generación, estamos sacando adelante con el sudor de nuestra frente y gracias a personas como nosotros, los que realmente quieren trabajar tienen trabajo”.
Propietarios de esta calaña son descubiertos en algunas ocasiones cuando hay varios documentos que certifican que un mismo pedazo de tierra es de varios propietarios. Otros son conocidos y tolerados públicamente.
...unos tienen tanto
El empresario Cecílio do Rego Almeida en la década de los 90 griló dos haciendas en el estado brasileño de Pará (estado de norte donde desemboca el Amazonas), una de 1,2 millones de hectáreas y otra de 4,77 millones de hectáreas. Estas haciendas, sumadas, dan una extensión mayor a la que ocupa el estado de Paraíba (Caros Amigos nº 102). Este caso es ilustrativo, no el único. Existen latifundistas, ‘grileiros’ o no, por todo Brasil que poseen inmensas extensiones de tierras. Allí hay latifundios con una extensión similar o mayor a algunos países europeos o algunas Comunidades Autónomas del Estado Español. Para hacernos una idea, siguiendo con el ejemplo anterior: Paraíba ocupa un área de 56.584,6 Km², Holanda tiene una extensión de 41.526 km² y Catalunya tiene una extensión de 31.895 Km².
y otros tan poco...

Esta fosa en que estás medida con palmos
Es la cuenta menor que sacaste en la vida
Es de buen tamaño ni ancha ni honda
Es la parte que te toca de este latifundio
No es una fosa grande, es una fosa a medida
Es la tierra que querías ver dividida
Es una fosa grande para poco difunto
Pero estarás más ancho que estabas en el mundo
Es una fosa grande para difunto parco
Sin embargo más que en el mundo te sentirás ancho
Es una fosa grande para tu poca carnePero a tierra dada, no se abre la boca
Es la cuenta menor que sacaste en la vida
Es la parte que te toca de este latifundio
Es la tierra que querías ver dividida
Estarás más ancho que estabas en el mundo
(Funeral de um Lavrador, de João Cabral de Melo Neto, cantada por Chico Buarque)