Navidad, amabilidad, villancicos y peladillas.

Las compras son intensas, aun con agujeros en los bolsillos. Ciento y la madre en mesas decoradas para la ocasión –sin ocasión de ofertas culinarias- y trajes caros de un mercadillo barato. La cuestión es aparentar. Que el vestido de Versaze sea de Versace, y las gambas congeladas den la pega de frescura. Y el dinero es dinero siempre, pero más caro por estas fechas.
Aburrimiento alimentado por altas tasas de falsedad. Viajes en botas de siete leguas y con tiritas en pies hinchados por la falta de su uso. Experiencias fructuosas de gran envergadura me hacen replantearme la navidad de mis sueños. Sin navidad y cubiertos mis sueños.
Sexo rápido entre primos y primas en apurados cuartos de baño mientras se asa el entrecot. Las horas se hacen largas, como largos los bigotes de las gambas de estimada importación.
Hogares estilizados con el más mínimo retoque aterciopelado, pero con sobresaltos horteras por la falta de técnica y teoría. La pega no se pega al darla de sí.
En el fondo de mi estómago la úlcera de las noches presentes hace estragos. El no soportarlo es evidente, y el no saber confrontarlo es amargo. Respuestas tengo para todo, menos para lo realmente importante.
Ya no me preocupan las caras largas, ni los saludos obligados, ni la carga de mis hombros al no sacar pecho, ni la recaída en el turrón dulce pero amargo… me importa su mirada, la de una madre con necesidad de posar ojos sobre cuerpos con su misma sangre, y que entre cambio y cambio no se mueva del sofá acomodado.
Mi abuelo a duras penas respira y sigue el rollo aun sin entenderlo. Su trabajo es comer, dormir y pasear. Es impotente en felicidad, como impotente en todos sus lentos actos. Su rutina es la de la planta que habita en su mesilla. Sus recuerdos se desvanecen en viajes a sumideros perdidos, sin viaje de vuelta. Los dolores se calman respirando familiares olores, pero faltando gente, con huecos que ningún líquido alterado físicamente hace suplencia. Las preguntas navideñas de este año son, ¿ocupará el mismo asiento el año que viene? ¿Faltarán olores?
Lejos de disgustarme, creo en el destino, si algo sucede es porque tiene que suceder. Y las maneras, como mis hombros, merecen estirarse. Porque al encogerse, mis manos se pliegan al cuerpo. Mis piernas celosas de mis brazos, hacen lo mismo. Y una, se vuelve cada vez más pequeña, hasta desaparecer.
No todas las navidades se viven igual, no todos tienen una feliz hipócrita Navidad.
Fotografía de Ferdinando Scianna.
Bullicio: gente en ebullición
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Calles repletas de diluvios.
Hombros encogidos que no saben de relax.
Semáforos en ámbar me avisan de lo ocurrido,
en esas horas lejas del “qué dirán”.´
Mi casa ya no era lo que era
mi perfil se burla del de detrás.
Sulfurando las calles me delato
Y me encuentro con lo simple y ojalá…
Las penas se me hacen cicatrices
Y la aureola el portazo me dará.
Efectos de mando se contradicen
en calles sin mando por haber.
Mis lágrimas academias maldicen
de blindados y hombres sin saber.
Cuando codos simulan arrecifes
sujetando muñecas sin columna vertebral.
¡¡BeSoS y FeLiZ FiNDe!!
Las Guerras: pesadillas conceptuales

Es hora de madrugar y empuñar un fusil, de afeitarse la pelusilla que se gasta por barba, de enfurecerse por calumnias patrióticas, de enfrentarse a la trinchera opuesta… es hora de actuar directamente por una causa que indirectamente se adjudica.
Rompiendo copas y perforando sienes. Locos con fusiles sin saber apretar gatillos. Sin saber siquiera qué es el amor, a un joven se le asume el rol de francotirador.
Creciendo sin lo básico, sin cariño y sin placeres. Madurando a marchas forzadas con la hombría del género masculino en plena faena.
Marchitándose en corrientes sin flores. Donde la paz se marchó con las palomas –y sus mensajes-. Las canciones las componen voces a capella en noches frías de insomnio sin animación, sin copas, y sin mujeres. En escenarios desoladores y sin Sol –sin Lunas- porque las nubes cargadas de humo les impiden el paso.
Compañeros se guardan leyes para salir a cazar. Los empujones y los vómitos a diario se escriben en cartas manchadas en sangre.
Niños en conflicto que les toca disparar en el frente, como al niño que le toca contar la tabla del nueve a toda una clase de niños somnolientos. Recibiendo tiros como quien recibe puntos. Recibiendo injusticias -y nosotros a lo nuestro-.
Pasan los años –diez se cumplen ahora en el caso de Los Balcanes- y nadie devuelve niñez, juventudes y extremidades perdidas en combate a todos ellos que creyeron en el Dios todopoderoso que regentaba esquinas de todos los recónditos lugares de un mundo maravilloso. La culpa se asume como propia y contra el vecino. Nadie recuerda ya…
Levantar un país es lo que prima. Retirar cuerpos y condimentar amoríos apartados en conflicto es lo prioritario. Madrugar para ganar el jornal. Afeitarse la barba de pelo duro. No mencionar los tiros del pasado. No recordar el pasado ya… Lo hecho, hecho está. Lo único que les queda es vivir el presente.
Imagen: Juegos de guerra (Pristina, Kosovo) de Sandra Balselles.





