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El vuelo de la mariposa
Acerca de
No te echaré de menos por lo que hacemos, sino por lo que somos juntos.
Sindicación
 
El cielo y el río.
-Mis lágrimas son borradas por tu luz, se funden y desaparecen, pues tan sólo soy agua que va a morir al mar.

-No llores, amor. No desesperes.

-¿Cómo puedo calmar mi angustia? ¿Cómo mi pena lograré evitar?

- No hay otra salida que esperar al final del camino.

-¿Y dónde lo hallaré? Todo se me presenta tan amplio y extenso. Mire hacia donde mire sólo veo agua, y, a los lados, la tierra de los hombres que me acompaña en el camino, pero sin cruzarse jamás nuestros destinos. No sé donde está el principio ni donde el final.

-Tú eres el principio.

-No es cierto, lo dices para alabarme, porque me ves triste y no quieres que mi aflicción sea mayor.

-No te olvides que mis dominios son eternos, que mis brazos se extienden a todos los confines del mundo. Yo te vi nacer, poco a poco, cada gota que fue brotando de las piedras arrancaba un suspiro de mi anciano corazón. Surgiendo la vida de la misma vida, así se crean las grandes maravillas de la naturaleza.

-Lo que dices es hermoso, y calma mi tristeza. Pero, aún no sé cuando te encontraré. ¿Dónde lograré abrazarte?

-¿Ves esa fina línea que al final nos separa? ¿La ves?

-Sí, creo distinguir algo bello, tan sutil y tan intenso a la vez. Dime, ¿es allí dónde se juntarán nuestras almas?

-Sí, amor mío. Eso es el horizonte.

-¡Horizonte! ¡Qué expresión tan grande para definir algo tan poco definido!

-Es la palabra que los hombres designaron a nuestro encuentro, el instante sublime de la perfección, sólo un momento de intensa pasión, pero espectacularmente único... como un sueño eterno y real. Allí te esperaré en silencio, con las luces dormidas, para no despertar las envidias ni los temores perdidos.

-A tu encuentro me dirijo, voy lento, pero seguro de que, una vez llegue a mi destino, todo será diferente. Lástima que también será mi final, porque sé que cuando llegue dejaré de ser río, y me convertiré en una parte del mar.

-Pero yo seguiré estando contigo. Yo siempre te acompañaré, yo y el recuerdo de esta locura desbordada que llaman amor. No temas, que mi luz será reflejada en tus aguas toda la eternidad.

-¿Y, quién hablará de nosotros cuando yo me haya ido?

-Ellas lo harán.

-¿Ellas? ¿Quiénes son ellas?

-Acaso, ¿aún no las has visto? Las nubes... que en todo momento están presentes conmigo, con sus múltiples formas y caprichosas formaciones.

-¡Ah! No lo había pensado, pero es cierto. Hace un ratito las observé llorando. Será que también llevan un triste pesar.

-No exactamente. Ellas ven todo lo que ocurre a su alrededor, sienten las pasiones y beben de las ilusiones. Cuando tu pena se evapora y asciende hacia mí, ellas recogen esa condensación y en su interior la purifican, eliminan la angustia y salvan la esperanza; y luego te lo devuelven, en forma de refrescante lluvia, que alivia tu tristeza y te regalan lo mejor de ti mismo.

-Es hermoso lo que hacen.

-Sí, lo es. Así que respira tranquilo, que ellas, testigos ligeros de nuestro amor, contarán al mundo nuestra historia. En sus paseos por mi territorio, en sus idas y venidas, hablaran a los hombres de las bondades que se pierden en inútiles batallas, les mandarán agua para aliviar sus penas; incluso, de vez en cuando, se apartarán para permitirme que los ilumine con mis luces de vida, para sosegar sus corazones, para que la esperanza no sea tan sólo una utopía de los más soñadores.

-Ahora ya me siento mejor. Te busco en la eternidad.
 
La mariposa azul.
El extraordinario acontecimiento de las almas gemelas –las auténticas almas gemelas– sucede en la realidad. Lo que ocurre es que, en múltiples ocasiones, no coinciden en el tiempo ni el lugar, pero ciertamente existen. Recuerdo una leyenda que nos habla de este curioso ámbito de las relaciones humanas, de los cruces de sentimientos y emociones que fueron posibles entre dos humildes seres que vivieron un tiempo corto, pero intenso de recíproco amor, que supieron de repente cuál era la clase de sensaciones que el otro les sugería, que en un instante despertó algo en ellos que yacía dormido desde hace tanto tiempo que nadie podría ser capaz de recordarlo.
Tratemos de trasladarlos a un lugar recóndito, a una época indefinida, donde la imaginación de cada cual sea capaz de llevarnos. Allí fue donde dos jóvenes se amaron de forma rápida e inconclusa, tal y como se hacen las cosas en un mundo donde algunos –los menos–, aún no habiéndose visto en la vida, en el momento preciso en que se conocen se dan cuenta de que siempre se han querido desde lo más hondo de sus almas, desde lo más profundo de sus errantes corazones, que vagan por el mundo, en la eterna búsqueda de su otro yo. Son pocos, aún así, existen y son tan reales que mueren sabiendo que siempre será así.
Ellos eran así y, sin saberlo, sus corazones percibieron esa extraña sintonía. Al fin y al cabo, el amor siempre busca ser expresado, como el agua busca un camino por el que vagar libre y sin ataduras, y lo logra. Lo malo es que la mayoría de las veces nos vemos obligados a elegir. Deber y deseo, razón y pasión, ¿dónde mora la lógica? No existe cuando hablamos de amor. Era un sentimiento perfecto en el plano espiritual, mas no era una opción viable en el ámbito físico, y todo su amor se disipó como desaparece la oruga en un hermoso capullo anaranjado, que se funde en la naturaleza y se esconde de nuestra mirada inquisidora. Y, de repente, una mañana fría, poco después de teñirse el cielo de un intenso rojo irisado, cual amanecer polar, surge una mariposa.
Bella y radiante mariposa, de extraño esplendor, que la leyenda cuenta que nació de ese amor. Ambos desaparecieron, y nunca más se supo de ellos. Parece ser que ella murió de tristeza y que, la ilusión en que se transformó, será la luz del alba, la última estrella que se apaga cuando la noche nos deja. Dicen de él, que se fundió en las aguas del río, bajo el puente medieval, y que, cuando ella lo ilumina con su luz, el agua fluye furiosa en su camino hacia el mar. A lo mejor es cierto que el amor se convirtió en mariposa azul.
Parece curioso como las apariencias nos engañan, como el deseo nos lleva a creernos que algo es factible, cundo no existe la menor posibilidad, cuando realmente nada es lo que parece, sino tan sólo lo que es. No hay nada más allá. Esta historia nos habla de dos almas gemelas de un mismo tiempo, de un lugar lo suficientemente cercano para permitir el feliz discurrir de una gran aventura del corazón, y –dado que no existe nada perfecto– surge el conflicto de haberse descubierto a destiempo con el resto del mundo.