Es Navidad.
Es Navidad.
Por fin estamos otra vez reunidos, mi hermana, mi hermano, papá, mamá, el abuelo, incluso Gus, el pastor alemán que aterrizó en nuestras vidas por azar y se ganó el cariño de todos y cada uno de nosotros.
El camino ha resultado pesado, no paró de llover en todo el trayecto. El caer continuo de las gotas, golpeándose con brío contra el cristal del coche, era perturbador. El agua chisporroteaba por entre las ruedas que veloces rodaban sobre la carretera, sorteando charcos y sacudidas derivadas del temporal. La lluvia era tan intensa que en el escaso recorrido desde el coche hasta el hogar nos empapó a todos con generoso ánimo.
Por fin en casa, el apacible calor ofrecido por las brasas ardiendo lentamente en la chimenea empezaba a ahuyentar la humedad de nuestros huesos. El tacto del pijama de algodón –regalo de mamá encubierto bajo el protagonismo de papá Noel– me envuelve cálidamente.
Me acerco a la mesa auxiliar repleta, a buen seguro, de dulces, y palpo –sin disimulo–
en la primera cestilla que se pone a mi alcance. Cruje el celofán en mis dedos. Abro el misterioso paquetito, redondeado, e introduzco el contenido en mi boca. El dulce sabor del chocolate se expande y me lleva a la gloria. Un crujido, leve, delata la impaciencia por devorarlo y hallar más. Así es, el líquido espeso, un ingenuo toque de licor, se derrama sobre la –ahora callada– húmeda almohada que lo aguarda, ávida de sensaciones, y se impregna de todo su esplendor.
Por fin, todos juntos, celebraremos una comida en el acogedor regazo de la familia. El aroma de la carne asándose en el horno me inunda, la fragancia dulce de la cebolla, el estimulante olor del incienso, el embriagador perfume de lavanda y melisa… Mis sentidos de crecen ante el poderoso embrujo de la vida, la magia en apoteósico frenesí.
Sobre la música de fondo que nos acompaña, Carmina Burana –tradición familiar inevitable– en un volumen suave y cordial, escucho el tintineo del cristal. Ya empezamos con el preludio de la cena, el brindis dará comienzo a una agradable velada. Mi hermano, seguro que es él, abre una botella de espumoso cava. El abrupto sonido del corcho escapando de su jaula de vidrio me delata sus intenciones y acerco mi copa a él. Sé que me servirá primero, no puedo verlo, pero puedo sentirlo, un accidente me arrebató la vista, pero Dios me dio algo mejor, fortaleza para sobrevivir y un mayor desarrollo de los sentidos.
Alguien me abraza, la envoltura en canela y sándalo me transporta a los brazos de mi madre. La beso y brindamos.
Por fin es Navidad, otra reunión con los seres que más quiero.
Por fin estamos otra vez reunidos, mi hermana, mi hermano, papá, mamá, el abuelo, incluso Gus, el pastor alemán que aterrizó en nuestras vidas por azar y se ganó el cariño de todos y cada uno de nosotros.
El camino ha resultado pesado, no paró de llover en todo el trayecto. El caer continuo de las gotas, golpeándose con brío contra el cristal del coche, era perturbador. El agua chisporroteaba por entre las ruedas que veloces rodaban sobre la carretera, sorteando charcos y sacudidas derivadas del temporal. La lluvia era tan intensa que en el escaso recorrido desde el coche hasta el hogar nos empapó a todos con generoso ánimo.
Por fin en casa, el apacible calor ofrecido por las brasas ardiendo lentamente en la chimenea empezaba a ahuyentar la humedad de nuestros huesos. El tacto del pijama de algodón –regalo de mamá encubierto bajo el protagonismo de papá Noel– me envuelve cálidamente.
Me acerco a la mesa auxiliar repleta, a buen seguro, de dulces, y palpo –sin disimulo–
en la primera cestilla que se pone a mi alcance. Cruje el celofán en mis dedos. Abro el misterioso paquetito, redondeado, e introduzco el contenido en mi boca. El dulce sabor del chocolate se expande y me lleva a la gloria. Un crujido, leve, delata la impaciencia por devorarlo y hallar más. Así es, el líquido espeso, un ingenuo toque de licor, se derrama sobre la –ahora callada– húmeda almohada que lo aguarda, ávida de sensaciones, y se impregna de todo su esplendor.
Por fin, todos juntos, celebraremos una comida en el acogedor regazo de la familia. El aroma de la carne asándose en el horno me inunda, la fragancia dulce de la cebolla, el estimulante olor del incienso, el embriagador perfume de lavanda y melisa… Mis sentidos de crecen ante el poderoso embrujo de la vida, la magia en apoteósico frenesí.
Sobre la música de fondo que nos acompaña, Carmina Burana –tradición familiar inevitable– en un volumen suave y cordial, escucho el tintineo del cristal. Ya empezamos con el preludio de la cena, el brindis dará comienzo a una agradable velada. Mi hermano, seguro que es él, abre una botella de espumoso cava. El abrupto sonido del corcho escapando de su jaula de vidrio me delata sus intenciones y acerco mi copa a él. Sé que me servirá primero, no puedo verlo, pero puedo sentirlo, un accidente me arrebató la vista, pero Dios me dio algo mejor, fortaleza para sobrevivir y un mayor desarrollo de los sentidos.
Alguien me abraza, la envoltura en canela y sándalo me transporta a los brazos de mi madre. La beso y brindamos.
Por fin es Navidad, otra reunión con los seres que más quiero.
25 de Noviembre.
25 de Noviembre de 2004. Claudia, recostada sobre el sofá tapizado en tonos marfil y malva combinados en un mar de reencuentros y desencuentros, mira pensativa hacia la ventana. Las cortinas descubiertas dejan el camino despejado, abierto al avance del reflejo lunar. Esta noche la luna gobierna el mundo de los vivos. Ilumina la habitación, pasea resuelta por la estancia, mira, observa: la estantería repleta de libros, el ordenador –amigo invisible en los momentos de asueto–, mi máquina de coser que, reparada con mimo y sutileza, parece otra, pero es la misma, sus inseparables cuadernos, la enigmática pluma de mi esposo que yo heredé de él y ella de mí…; y se detiene, precavida, ante la imagen de mi nieta embebida en sus pensamientos. No ha cambiado nada, ha crecido, pero es la misma, la melena larga, los labios definidos, los ojos verdes enfocadas más allá de esta realidad, las doloridas manos activas sobre el teclado, todo es igual que cuando inicié el recorrido. La luna ensalza el misterio de nuestro vivir y permite cierta continuidad del espíritu en otra esfera, invisible, pero cierta.
El cielo plagado de estrellas es el inmenso piélago donde, en silencio, navegan miles de almas errantes, de esas que casi llegaron a nacer, de esas que se quedaron sin terminar el camino y se esfumaron en alguna parte del trayecto. Cada luz que brilla en el firmamento es un guiño de esos seres que, a pesar de tan desafortunado desenlace, llegaron a ser queridos por alguien. Mas, sin lugar a dudas, quienes los amaron sin condiciones fueron sus propias madres. Claudia es una esas madres que perdieron su anhelo sin saber bien cómo hasta que fue un hecho consumado. La veo sumida en sus pensamientos, el cabello castaño y largo, recogido de modo desigual con un coletero de colores traviesos, naranjas y verdes vivos, que contrastan con la tristeza que emana de sus ojos, hinchados de tanto llorar; aún así de ellos surge un brillo particular, ese brillo enigmático que se busca en los momentos de angustia para encontrar el sosiego. Hoy hubiera nacido Daniel –el nombre que ella quiso poner a la criatura que se formó en sus entrañas–, hace ya 10 años.
El recuerdo inunda el espacio y lo hace propio, el llanto derramado arrastra los sentimientos de culpa, la noche se encadena sin descanso con el día y permite cierta liberación ante lo acontecido. Me acerco a ella, pero tan sólo percibe una suave brisa que la acaricia y que, absorta, confunde con un leve escalofría. Se recoge, levanta la vista y, en cuestión de segundos, vuelve a su meditación. Acaso si pudiera saber que estoy a su lado, podría ser capaz de superarlo. El tiempo ayuda, pero no cura del todo. Aún así, hoy es su cumpleaños y casi es un ritual esta celebración, solos Claudia y Daniel, Dani le llamarían, la íntima consumación de la relación madre-hijo, no superada por ninguna otra. Es curiosa la fortaleza humana. Cada año observo que la ansiedad es menor, que se va imponiendo una capa de serenidad y calma, fruto –sin duda– de las profundas reflexiones y la asimilación pausada, pero efectiva, del suceso. “Mi querida Claudia, ¡cuánto sufrió tu corazón!, ¡qué largas fueron las noches llorando –tu rostro enredado en la almohada– y suspirando!, ¿cómo nació esa fuerza que anuncias en los tiempos de lucha?”
Casi puedo leer su mente, sus pensamientos se desplazan lentos como vive una película sobre un lienzo desnudo: ¡Qué horrible aquel día de primeros de Mayo!, me desperté asustada en al madrugada, la piel ardiendo febril sobre los huesos y músculos de mi aterido cuerpo, la humedad acuciante en la zona genital me aterraba aún más, no quería dejar en evidencia la hemorragia que me auguraba un destino amargo. “¡No es posible! ¡Dios! ¡Sí que lo es! ¿Por qué a mí?, ¿a nosotros?, ¿a Daniel? ¿Por qué?” Raudos acudimos al servicio de urgencias y me atendieron con una rapidez brillante. Pero el mal ya estaba en posesión de mi cuerpo, no había salvación posible. Cuando sentí la aguja dentro, la mortal portadora de de la anestesia local, cerré los ojos y permanecí dormida al mundo. “No, no quiero, no quiero hacerlo”. Era inevitable el dolor, no físico; era inevitable la pérdida. Y dejé de sentir, sólo percibí el vacío, la nada. Cerré mis sentimientos durante horas, días, semanas… Aún recuerdo las palabras del Dr. Obregón. “No fue tu culpa, Claudia. La ecografía confirmó la ausencia de latidos cardíacos. No debes atormentarte. Una terrible descompensación en tu diabetes provocó una insuficiencia placentaria. Se creó un ambiente intrauterino hostil que puso en peligro el bienestar fetal. El embrión no pudo soportar tantos cambios. El legrado era necesario y se realizó de modo suave y ordenado. Ahora debes descansar y recuperarte. Ten paciencia. Vendrán más.” Y pensé, “Sí, ya lo sé. Tendremos más hijos.” Pero tú ya eras único, tú ya eras tú mismo, con tu pequeño cuerpecito creciendo dentro de mí. Por eso celebro tu fecha como si estuvieras aquí con nosotros, con papá, con Laurita, con mamá… El dolor regresa, pero cada vez es más difuso, no menos intenso, pero sí se pierde un poco entre los destellos de los bellos momentos.
La miro echada y cubierta con la mantita de punto –tejida con el mayor de los amores– que le regalé en aquel aniversario , los locos 15 años, 4 meses antes de que, por azar del destino, dejé de estar presente en su vida. Regresan a mí, entonces, las imágenes de sufrimiento y pesar, de aquellos largos días de desasosiego, meses de letargo espiritual. Años de lágrimas sin final. La vi tan triste y desconsolada que si tuviera alma se me hubiera roto en pedazos tan minúsculos que ni el más osado maestro lograría jamás reunir todas las piezas. Intenté animarla en aquellos difíciles días. Pero ella no lograba sentir mi presencia. Ni siquiera hubiera podido sospechar cuán cerca estuve siempre. Por eso decidí volver. Para ayudarla a salir del trance. Para ser su apoyo en la batalla y su amiga en la esperanza. Por ella volví a rondar los sueños. Reviví el nacimiento de una estrella que sobrevivió al camino. Una mano inocente que la acompaña en el sendero y envuelve su vida con el manto de la alegría, que complica su vida con una sonrisa ingenua y servil, que reencarna el amor en su mutua complicidad. Laurita, la pequeña de 5 años y medio que duerme serena en el cuarto de al lado, es la única que no sólo presiente mi espíritu, sino que me ve en esta forma etérea en que me he convertido, juega y conversa conmigo y transmite a su madre la paz que necesita para superar cada obstáculo. Yo la guío, yo la enseño, yo soy parte de ella.
–Mami, ¿dónde estás mamita? –reclama Laurita en soñada.
Claudia escucha la suave vocecita y limpia las lágrimas del rostro. Transforma su pesar en la armonía de los sentidos, recupera el desteñido color de su alma. Se levanta y acude a la llamada de su sol, enciende la pequeña lámpara en forma de media luna azul que, enternecida, acoge en su seno un osito adormecido. La tenue luz deja entrever la carita redonda de Laura, las pestañas largas, los mofletes infantiles y sonrosados. Claudia la abraza con mimo.
–Mami, tuve un sueño
–Dime, cielo, ¿qué fue lo que te asustó tanto? Cuéntame… ¿algún bicho feo ronda tus sueños?
–No, mami, no era un bicho. Era un fantasma bueno.
–Dime, ¿cómo era ese fantasma?
–Pero mami… ya te lo dije. Se parece a la señora de esa foto, la de ese cuadro, la del vestido negro.
–Vaya, así que volviste a soñar con ella. –Claudia sonríe. Le brilla la mirada–. Bueno, ¡y qué te dijo?
–Me dijo que estabas triste, mami, ¿estás triste?, ¿ya no me quieres?
–Laura, cariño, ¡no digas eso! ¿Cómo podría no quererte, si eres la luz que engrandece mis días? No estoy triste porque tú estás conmigo, porque te veo crecer feliz, y tu alegría me rodea cada segundo de mi vida.
–No llores…
–¿Cómo?
–Me dijo que no llorases, que ella te quería y cuidaba del bebé. ¿Dónde está ese bebé?
–El bebé está en el cielo, cariño, con Jesús y los angelitos.
–¿Algún día podré verlo?
–Seguro que sí, pero ahora debes descansar… ¿vale, ratoncito?
–Bueno, pero mañana me lo cuentas. Ven.
Claudia se acerca a la niña y ésta la abraza con desgarro infantil. La besa en la mejilla y la paz se instala en el corazón herido de Claudia. “Gracias pequeña, por transmitirle mi apoyo. Gracias por nacer y transportarme de nuevo a su vida.”
El cielo plagado de estrellas es el inmenso piélago donde, en silencio, navegan miles de almas errantes, de esas que casi llegaron a nacer, de esas que se quedaron sin terminar el camino y se esfumaron en alguna parte del trayecto. Cada luz que brilla en el firmamento es un guiño de esos seres que, a pesar de tan desafortunado desenlace, llegaron a ser queridos por alguien. Mas, sin lugar a dudas, quienes los amaron sin condiciones fueron sus propias madres. Claudia es una esas madres que perdieron su anhelo sin saber bien cómo hasta que fue un hecho consumado. La veo sumida en sus pensamientos, el cabello castaño y largo, recogido de modo desigual con un coletero de colores traviesos, naranjas y verdes vivos, que contrastan con la tristeza que emana de sus ojos, hinchados de tanto llorar; aún así de ellos surge un brillo particular, ese brillo enigmático que se busca en los momentos de angustia para encontrar el sosiego. Hoy hubiera nacido Daniel –el nombre que ella quiso poner a la criatura que se formó en sus entrañas–, hace ya 10 años.
El recuerdo inunda el espacio y lo hace propio, el llanto derramado arrastra los sentimientos de culpa, la noche se encadena sin descanso con el día y permite cierta liberación ante lo acontecido. Me acerco a ella, pero tan sólo percibe una suave brisa que la acaricia y que, absorta, confunde con un leve escalofría. Se recoge, levanta la vista y, en cuestión de segundos, vuelve a su meditación. Acaso si pudiera saber que estoy a su lado, podría ser capaz de superarlo. El tiempo ayuda, pero no cura del todo. Aún así, hoy es su cumpleaños y casi es un ritual esta celebración, solos Claudia y Daniel, Dani le llamarían, la íntima consumación de la relación madre-hijo, no superada por ninguna otra. Es curiosa la fortaleza humana. Cada año observo que la ansiedad es menor, que se va imponiendo una capa de serenidad y calma, fruto –sin duda– de las profundas reflexiones y la asimilación pausada, pero efectiva, del suceso. “Mi querida Claudia, ¡cuánto sufrió tu corazón!, ¡qué largas fueron las noches llorando –tu rostro enredado en la almohada– y suspirando!, ¿cómo nació esa fuerza que anuncias en los tiempos de lucha?”
Casi puedo leer su mente, sus pensamientos se desplazan lentos como vive una película sobre un lienzo desnudo: ¡Qué horrible aquel día de primeros de Mayo!, me desperté asustada en al madrugada, la piel ardiendo febril sobre los huesos y músculos de mi aterido cuerpo, la humedad acuciante en la zona genital me aterraba aún más, no quería dejar en evidencia la hemorragia que me auguraba un destino amargo. “¡No es posible! ¡Dios! ¡Sí que lo es! ¿Por qué a mí?, ¿a nosotros?, ¿a Daniel? ¿Por qué?” Raudos acudimos al servicio de urgencias y me atendieron con una rapidez brillante. Pero el mal ya estaba en posesión de mi cuerpo, no había salvación posible. Cuando sentí la aguja dentro, la mortal portadora de de la anestesia local, cerré los ojos y permanecí dormida al mundo. “No, no quiero, no quiero hacerlo”. Era inevitable el dolor, no físico; era inevitable la pérdida. Y dejé de sentir, sólo percibí el vacío, la nada. Cerré mis sentimientos durante horas, días, semanas… Aún recuerdo las palabras del Dr. Obregón. “No fue tu culpa, Claudia. La ecografía confirmó la ausencia de latidos cardíacos. No debes atormentarte. Una terrible descompensación en tu diabetes provocó una insuficiencia placentaria. Se creó un ambiente intrauterino hostil que puso en peligro el bienestar fetal. El embrión no pudo soportar tantos cambios. El legrado era necesario y se realizó de modo suave y ordenado. Ahora debes descansar y recuperarte. Ten paciencia. Vendrán más.” Y pensé, “Sí, ya lo sé. Tendremos más hijos.” Pero tú ya eras único, tú ya eras tú mismo, con tu pequeño cuerpecito creciendo dentro de mí. Por eso celebro tu fecha como si estuvieras aquí con nosotros, con papá, con Laurita, con mamá… El dolor regresa, pero cada vez es más difuso, no menos intenso, pero sí se pierde un poco entre los destellos de los bellos momentos.
La miro echada y cubierta con la mantita de punto –tejida con el mayor de los amores– que le regalé en aquel aniversario , los locos 15 años, 4 meses antes de que, por azar del destino, dejé de estar presente en su vida. Regresan a mí, entonces, las imágenes de sufrimiento y pesar, de aquellos largos días de desasosiego, meses de letargo espiritual. Años de lágrimas sin final. La vi tan triste y desconsolada que si tuviera alma se me hubiera roto en pedazos tan minúsculos que ni el más osado maestro lograría jamás reunir todas las piezas. Intenté animarla en aquellos difíciles días. Pero ella no lograba sentir mi presencia. Ni siquiera hubiera podido sospechar cuán cerca estuve siempre. Por eso decidí volver. Para ayudarla a salir del trance. Para ser su apoyo en la batalla y su amiga en la esperanza. Por ella volví a rondar los sueños. Reviví el nacimiento de una estrella que sobrevivió al camino. Una mano inocente que la acompaña en el sendero y envuelve su vida con el manto de la alegría, que complica su vida con una sonrisa ingenua y servil, que reencarna el amor en su mutua complicidad. Laurita, la pequeña de 5 años y medio que duerme serena en el cuarto de al lado, es la única que no sólo presiente mi espíritu, sino que me ve en esta forma etérea en que me he convertido, juega y conversa conmigo y transmite a su madre la paz que necesita para superar cada obstáculo. Yo la guío, yo la enseño, yo soy parte de ella.
–Mami, ¿dónde estás mamita? –reclama Laurita en soñada.
Claudia escucha la suave vocecita y limpia las lágrimas del rostro. Transforma su pesar en la armonía de los sentidos, recupera el desteñido color de su alma. Se levanta y acude a la llamada de su sol, enciende la pequeña lámpara en forma de media luna azul que, enternecida, acoge en su seno un osito adormecido. La tenue luz deja entrever la carita redonda de Laura, las pestañas largas, los mofletes infantiles y sonrosados. Claudia la abraza con mimo.
–Mami, tuve un sueño
–Dime, cielo, ¿qué fue lo que te asustó tanto? Cuéntame… ¿algún bicho feo ronda tus sueños?
–No, mami, no era un bicho. Era un fantasma bueno.
–Dime, ¿cómo era ese fantasma?
–Pero mami… ya te lo dije. Se parece a la señora de esa foto, la de ese cuadro, la del vestido negro.
–Vaya, así que volviste a soñar con ella. –Claudia sonríe. Le brilla la mirada–. Bueno, ¡y qué te dijo?
–Me dijo que estabas triste, mami, ¿estás triste?, ¿ya no me quieres?
–Laura, cariño, ¡no digas eso! ¿Cómo podría no quererte, si eres la luz que engrandece mis días? No estoy triste porque tú estás conmigo, porque te veo crecer feliz, y tu alegría me rodea cada segundo de mi vida.
–No llores…
–¿Cómo?
–Me dijo que no llorases, que ella te quería y cuidaba del bebé. ¿Dónde está ese bebé?
–El bebé está en el cielo, cariño, con Jesús y los angelitos.
–¿Algún día podré verlo?
–Seguro que sí, pero ahora debes descansar… ¿vale, ratoncito?
–Bueno, pero mañana me lo cuentas. Ven.
Claudia se acerca a la niña y ésta la abraza con desgarro infantil. La besa en la mejilla y la paz se instala en el corazón herido de Claudia. “Gracias pequeña, por transmitirle mi apoyo. Gracias por nacer y transportarme de nuevo a su vida.”





