La isla
Vivo en una isla de fuego
que en la noche me quema el alma.
Vivo en un mundo de sueños
que evocan fantasmas
del pasado…
que abrazan mi esencia,
la envuelven en manto de dolor,
de pena, de melancolía.
Vivo en una isla de llanto
que me nubla la vista.
Nada veo.
No percibo el camino.
No hallo la salida
a esa angustia que me ata
a tu ausente figura.
Duermo sobre el fuego
que arde en mi isla,
y no sueño…
Duermo para despertarme
y volar
hacia futuros destinos.
Alguien me tiende la mano
y, sin dudar, me uno
a ese abrazo amistoso.
Una segunda mano me eleva
hasta el cielo…
Me siento transportada.
Amanece mi día
en la isla de fuego,
pero algo ha variado,
¿su rumbo?.
Las lágrimas son gotas de agua
acariciando mi rostro.
Los sonidos que acuden son risas.
La luz domina esta isla.
La vida me duele.
Aún me duele en el alma.
Pero ya no es lo mismo.
La noche se ilumina de estrellas.
El silencio canta.
La vida sigue doliendo,
pero ya no es lo mismo.
Cierro los ojos para vivir las emociones
que, cautas, se esconden.
Cierro los ojos
y me inunda la paz.
Pero… el éxtasis
me obliga a mirar.
Cuando los luceros tristes
se presentan de nuevo al mundo
sonríen…
Y una voz al fondo
me devuelve a la realidad:
-¿Qué tal el día?-
No puedo evitar la respuesta:
-Vámonos,
nos espera la isla.
Vamos, que quiero quemarme.
Quiero el rojo de la ilusión.
Quiero reírme siempre.
Quiero soñar, quiero…-
-Vayamos entonces,
que tengo sed…-
Vivo en una isla de luz,
de gaviotas blancas,
de ángeles que callan.
Vivo en la isla…
donde tu voz es eterna,
es mariposa que vuela,
es el sonido de mis alas,
es magia…
¿Dolor?
Entra la noche en mi vida,
a golpes se abre paso y penetra,
su camino se hace inmenso.
Se instala a golpes de estrella,
y luego… espera.
La oscuridad llena el silencio.
Susurra en mi oído, habla,
me dice y calla. Llora su pena.
En mi hombro, al fin, descansan
sus palabras.
El amanecer tardío espero,
tumbada en lecho de espuma,
dormida, entre sueños atrapada,
abandonada sin saberme desnuda
en blanca cuna
a golpes se abre paso y penetra,
su camino se hace inmenso.
Se instala a golpes de estrella,
y luego… espera.
La oscuridad llena el silencio.
Susurra en mi oído, habla,
me dice y calla. Llora su pena.
En mi hombro, al fin, descansan
sus palabras.
El amanecer tardío espero,
tumbada en lecho de espuma,
dormida, entre sueños atrapada,
abandonada sin saberme desnuda
en blanca cuna
Despedida
Mírate… Ahí tendido, con el semblante tranquilo y sereno, irradiando una paz malsonante y aburrida, tan aburrida como la vida que tuvimos juntos. Sí, Federico, es la verdad de mis dolidos pensamientos; la verdad que aflora de este espíritu cansado de cumplir los objetivos de él esperados, tanta cautela y buenas maneras, una actitud siempre cariñosa hacia un hombre que jamás me manifestó su afecto, era obvio tú amor hacia mí –creo que es así porque siempre percibí la presencia de algo que decidí llamar amor, pero nunca lo demostraste, y pudiste haberlo hecho al menos en nuestra estricta intimidad…
Intento recordar los bellos instantes y me cuesta hallarlos de tan escondidos que se encuentran entre tanta angustia y palabras silenciadas para no herir la moralidad impuesta para una señorita primero, señora después, señora siempre, pero perdida en un mundo propio resentido, herido por la ausencia de alguna demostración de tu cariño.
¿Tan complicado podría haberte sido decirme alguna vez tan sólo dos palabras, te quiero, te amo, te deseo; o tal vez más palabras, eres lo que siempre he deseado en la vida, qué feliz soy teniéndote a mi lado; o quizás cuatro líneas escritas de modo tonto y sensiblero que a buen seguro habrían invadido mi interior de mariposas volando inquietas; o qué se yo, pero algo…?
Te miro y te siento lejano, como siempre te sentí en los momentos importantes. Te veo y estás ausente. Yo misma me reconozco ajena a 25 años de vida en común.
No sé bien lo que digo, pero necesito liberarme del dolor de tu pérdida que, sin duda, me absorbe y me transporta hacia caminos insospechados. Descansa, mi amor, mi Federico querido, descansa y cuida de mi nuevo despertar.
No quiero despedirme, pero debo hacerlo y volar. Nunca te olvidaré, así que en cierto modo permanecerás eternamente unido a mi existencia, hasta que yo misma deje de existir… Aunque, ¿quién sabe?. Tal vez sea cierto eso de que las almas afines vuelven a encontrarse donde quiera que se vaya cuando uno abandona el mundo terrenal. Y quizás entonces me digas eso que siempre he deseado.
Intento recordar los bellos instantes y me cuesta hallarlos de tan escondidos que se encuentran entre tanta angustia y palabras silenciadas para no herir la moralidad impuesta para una señorita primero, señora después, señora siempre, pero perdida en un mundo propio resentido, herido por la ausencia de alguna demostración de tu cariño.
¿Tan complicado podría haberte sido decirme alguna vez tan sólo dos palabras, te quiero, te amo, te deseo; o tal vez más palabras, eres lo que siempre he deseado en la vida, qué feliz soy teniéndote a mi lado; o quizás cuatro líneas escritas de modo tonto y sensiblero que a buen seguro habrían invadido mi interior de mariposas volando inquietas; o qué se yo, pero algo…?
Te miro y te siento lejano, como siempre te sentí en los momentos importantes. Te veo y estás ausente. Yo misma me reconozco ajena a 25 años de vida en común.
No sé bien lo que digo, pero necesito liberarme del dolor de tu pérdida que, sin duda, me absorbe y me transporta hacia caminos insospechados. Descansa, mi amor, mi Federico querido, descansa y cuida de mi nuevo despertar.
No quiero despedirme, pero debo hacerlo y volar. Nunca te olvidaré, así que en cierto modo permanecerás eternamente unido a mi existencia, hasta que yo misma deje de existir… Aunque, ¿quién sabe?. Tal vez sea cierto eso de que las almas afines vuelven a encontrarse donde quiera que se vaya cuando uno abandona el mundo terrenal. Y quizás entonces me digas eso que siempre he deseado.
Relato sobre un objeto
Su nombre es Wanda. El guiño escarlata, preciada ofrenda de un sereno semblante, me atrapó desde el primer momento en que se presentó ante mis ojos chispeantes de emoción. Aquella ocasión de mantequilla (cuando lo acaricié con mis dedos temblorosos) no pudo ser menos memorable. Esclavizada por el centelleo metálico que envuelve su cuerpo, repartido en franjas azul agua marina y marfil, protegidas por diminutos brillantes –que no son tales, pero a mí me lo parecían por el valor simbólico del momento– sucumbí y me dejé seducir por la ternura de un largo beso que acompañó la entrega de tan peculiar broche. Ese pequeño pez –que debía su distintivo nombre a la película que, ese mismo día, tuve el honor de perderme entre los abrazos y caricias de mi acompañante– se lució enganchado en mis prendas durante los tiernos ocho meses que disfruté esa angelical relación, tan predecible en su duración como en el abrupto final debido a los distintos senderos que el destino planificó para ambos.
Tras aquello, pasó a morar largo tiempo sobre el fieltro gris marengo que cubría el fondo del estoico cofre de los secretos que me regaló mi yeya apenas dos años antes de alcanzar su propio paraíso.
Había viajado con ella una travesía llena de emociones encontradas, desde la Perla de las Antillas hasta la costa española, el futuro de una nueva vida. Aquel día las lágrimas se arremolinaban sobre la espuma del mar, mientras Rosario se despedía –abrazada a su cajita de madera de Ceiba– en húmedo silencio de su tierra, de su Cuba natal. Acariciaba con rabia los grabados y relieves que la adornan.
Lo guardó escondido entre los pañuelos de colores que coleccionaba desde niña, protegida por seda, lino, algodón, materiales diversos que aseguraban un descanso cómodo al regalo que un día recibió del amor que hubo de abandonar al otro lado del mundo. Cuando decidió pasarme el preciado objeto, un nudo me ataba la garganta, sabía –en el olvidado fondo de la intuición– que la yeya sentía cercano su final. No habría podido ser de otro modo, nunca se habría despojado del cofre. Lo acogí con mimo a la par que prestaba atención a lo que me dijo: “Querida, utilízala como consideres oportuno, pero que sea importante para ti, eso te ayudará cuando la vida se tuerce un poco, te facilitará el retorno al sendero adecuado, te animará a reflexionar y te permitirá revivir todo aquello que te hizo feliz”.
Así que este cofre negro que acompañó a la abuela Rosario en el viaje del destierro, participó en los mejores momentos de mi vida. Y poco a poco lo fui dotando de historia propia, depositando en su interior cada objeto surgía de una ocasión especial, retazos vivos del camino.
Junto a Wanda duerme un lazo del primer vestido de fiesta, la sortija que me regaló el tío Arturo el día de mi primera comunión, el reloj asido por cadena de plata que heredé de mi madre, los pétalos secos de rosa blanca cuyo aroma me transporta al primer beso en aquel campamento de verano, la pluma de papá que me inició en el mundo de las letras que bailan y se transforman en bellos poemas y un largo etcétera de sueños materializados.
Levanto la vista cansada de mirar una pantalla de plasma, buscando una digna configuración de las palabras, ansiando lograr el efecto deseado, y la observo sobre el escritorio, autoritaria, como poseída por la enorme responsabilidad de mantener unidos tantos y tan dispares souvenires.
Tras aquello, pasó a morar largo tiempo sobre el fieltro gris marengo que cubría el fondo del estoico cofre de los secretos que me regaló mi yeya apenas dos años antes de alcanzar su propio paraíso.
Había viajado con ella una travesía llena de emociones encontradas, desde la Perla de las Antillas hasta la costa española, el futuro de una nueva vida. Aquel día las lágrimas se arremolinaban sobre la espuma del mar, mientras Rosario se despedía –abrazada a su cajita de madera de Ceiba– en húmedo silencio de su tierra, de su Cuba natal. Acariciaba con rabia los grabados y relieves que la adornan.
Lo guardó escondido entre los pañuelos de colores que coleccionaba desde niña, protegida por seda, lino, algodón, materiales diversos que aseguraban un descanso cómodo al regalo que un día recibió del amor que hubo de abandonar al otro lado del mundo. Cuando decidió pasarme el preciado objeto, un nudo me ataba la garganta, sabía –en el olvidado fondo de la intuición– que la yeya sentía cercano su final. No habría podido ser de otro modo, nunca se habría despojado del cofre. Lo acogí con mimo a la par que prestaba atención a lo que me dijo: “Querida, utilízala como consideres oportuno, pero que sea importante para ti, eso te ayudará cuando la vida se tuerce un poco, te facilitará el retorno al sendero adecuado, te animará a reflexionar y te permitirá revivir todo aquello que te hizo feliz”.
Así que este cofre negro que acompañó a la abuela Rosario en el viaje del destierro, participó en los mejores momentos de mi vida. Y poco a poco lo fui dotando de historia propia, depositando en su interior cada objeto surgía de una ocasión especial, retazos vivos del camino.
Junto a Wanda duerme un lazo del primer vestido de fiesta, la sortija que me regaló el tío Arturo el día de mi primera comunión, el reloj asido por cadena de plata que heredé de mi madre, los pétalos secos de rosa blanca cuyo aroma me transporta al primer beso en aquel campamento de verano, la pluma de papá que me inició en el mundo de las letras que bailan y se transforman en bellos poemas y un largo etcétera de sueños materializados.
Levanto la vista cansada de mirar una pantalla de plasma, buscando una digna configuración de las palabras, ansiando lograr el efecto deseado, y la observo sobre el escritorio, autoritaria, como poseída por la enorme responsabilidad de mantener unidos tantos y tan dispares souvenires.
Principio y Fin
La nívea luz
muere melancólica
el mes primero.
Gélidas noches
de un febrero efímero
lloran su pena.
Marzo innova,
se transforman los campos
en ocre vigor.
Noche estrellada,
confusa luna de abril,
pasión del alma.
El viento en mayo
causa galerna en el mar
y lluvias de sal.
Sibilino sol
me envuelve, me consume,
en junio estival.
Julio conjura
un festival de vida
teñida de paz.
Ángel del cielo
burla el tiempo en agosto,
en gris soledad.
En el mes nueve
navega el pensamiento,
buscando su voz.
Calla la historia,
se apaga en el verde tul
del viejo octubre.
Noviembre espera,
vigilante, su final,
su vil destino.
Se cierra el ciclo,
rueda de la fortuna
nos mira y calla.
muere melancólica
el mes primero.
Gélidas noches
de un febrero efímero
lloran su pena.
Marzo innova,
se transforman los campos
en ocre vigor.
Noche estrellada,
confusa luna de abril,
pasión del alma.
El viento en mayo
causa galerna en el mar
y lluvias de sal.
Sibilino sol
me envuelve, me consume,
en junio estival.
Julio conjura
un festival de vida
teñida de paz.
Ángel del cielo
burla el tiempo en agosto,
en gris soledad.
En el mes nueve
navega el pensamiento,
buscando su voz.
Calla la historia,
se apaga en el verde tul
del viejo octubre.
Noviembre espera,
vigilante, su final,
su vil destino.
Se cierra el ciclo,
rueda de la fortuna
nos mira y calla.
La sonrisa de Víctor
“Existen muchas precauciones para aprisionar a una persona dentro de lo que es, como si viviéramos en un perpetuo temor de que pudiera escaparse de ello, que pudiera desaparecer y eludir súbitamente su condición.” Erving Goffman
Dejo caer los párpados y niego la cegadora luz a estos azules ojos, cansados de ver desprecio. Y su imagen acude a mí, en socorro de esta identidad mil veces perdida y otras tantas hallada, como aquella primera ocasión en que vino a mi vida volando sobre las alas del pez lagarto. Su cabeza de león me hablaba, rodeada de collares multicolor, el cabello recogido en pañuelo rojo de sangre y pasión. La voz que escucho me dice: “aprisa, no te entretengas, vamos”, Mientras, mueve manos y brazos como si fueran mariposas en primavera, agitando los brazaletes y abalorios que adornan su forma terrenal. Ella, la diosa Bachuhara Mata, dirigió de tal modo mi boda con mi identidad femenina atrapada en un cuerpo de hombre que sufrió poco a poco la mágica y paulatina transformación en la búsqueda del reconocimiento de la impar sociedad, huyendo de las estrategias de ocultamiento.
El aliento de la brisa marina me inunda y eso reconforta mi alma. Debo apresurarme o no llegaré a tiempo. Hoy es un día especial, será la última cita sobre la tarima del escenario, a medio camino entre Luís y Lyss. Tal vez se dé cita la añoranza del mundo del espectáculo, pero jamás echaré de menos la sensación de vivir estigmatizado ni los tiempos de secreto y disimulo que dominaron mi vida. Un paseo por la orilla del mar aplacará mis nervios. Es el momento de echar la vista atrás, rememorando aquellos días de lucha, cuando comenzaron a ser notorios mis pasos por el oscuro camino de la doble vida: aprendiz de peluquería de día, corista de noche. Luís, en el Salón Chacón; Lyss, en la sala de fiestas Lulú, espectáculos y variedades.
El secreto fue el recurso fundamental en esos años de supervivencia. Recuerdo especialmente el día -más bien la noche- en que él, entre cauto y asustado, se me acercó tras los bastidores, justo antes del comienzo del acto (después de meses demostrando mi valía y ensayando duro conseguí tener mi propia actuación los viernes por la noche, de 1:00 a 1:30 y de 2:30 a 3:00) y me dijo: “Me gustas mucho.” Mi corazón se volvió loco, alcanzando un ritmo que nunca creí que fuera posible. Hacía al menos 3 semanas lo había descubierto sentado en la mesa nº 3, siempre la misma mesa, siempre solo, impecablemente embuchado en trajes de Armani o de Florentino indistintamente, bien peinado y rasurado con mimo. Pero no fue esto lo que me atrajo de él, aunque debo reconocer que su estilo cuidado y su piel morena son un importante aliciente para que uno desvíe la mirada a tan escultural adonis, sino su presencia distraída y ausente, como si hubiera caído del cielo por azar en este mundo de transformaciones y engaños. Reconocí en su persona al típico espectador huidizo que acude a estos locales escapando de sus propios fantasmas: que está donde quiere estar sin saber con certeza que realmente eso es lo que desea y lo rechaza, pero, de vez en cuando, sucumbe a sus instintos y aparece en el círculo sagrado de la sexualidad perdida.
Tal vez por eso valoré lo complicado de su atrevimiento y, por eso mismo, al finalizar mi compromiso con la gala, desmaquillé mi rostro; desnudé mi cuerpo de la vistosa ornamentación; retomé el atuendo del universo de los socialmente aceptados. Por un segundo dudé, “¿y si se ha marchado?, ¿y si interpreté mal sus palabras?, ¿y si…?”. Estaba nervioso, eso no podía negarlo, mas la franqueza de su declaración engrandecía mi ánimo. Así, con la seguridad que me había empeñado toda una vida en lograr, acudí a la mesa nº 3, y allí estaba, como desconectado. Me senté a su lado.
– ¡Hola, soy Luís!
– ¡Ehhh! –se giró asustado –Soy… –dio un trago al Vodka sin hielo que descansaba junto a sus estilizadas manos –yo soy Víctor.
– No me reconoces, ¿verdad?
– No sé muy bien que decirte. Tus ojos…
– Bueno, seguro que te recuerdan el cielo de la mañana –intentaba bromear, pero lo vi perdido y decidí no seguir el juego para no bloquearle. –Perdona, era guasa, soy el de antes.
– No sé…
– Soy Lyss, la de la melena rosa.
– ¡Vaya…, qué sorpresa! –una sonrisa iluminó su tez tostada.
Así surgió la chispa que aun nos mantiene unidos. La atracción dio paso al amor, y el amor al compromiso. La verdad es que Víctor pertenecía a un entorno donde el elevado estatus hacía más difícil el reconocimiento de los propios sentimientos -director ejecutivo de una importante empresa nacional- con leyes que castigan la homosexualidad como aquellas que atañen a la moral y las buenas costumbres; y ello le hacía vivir como un ser taciturno, recluido en una vorágine de dolor y frustración. Pero en nuestro espacio privado era un hombre risueño y feliz, inspirado constantemente por la luz del sol era capaz de idear las más insospechadas travesuras. Hicimos un trato, un pacto con el diablo. Yo le ayudaría a escapar de su jaula de oro con puertas de cristal de Bohemia y él colaboraría en nuestra incorporación al universo de las relaciones sociales. Este vínculo era sólo nuestro, de nadie más, como cualquier nexo entre cualquier pareja enamorada. Por fin llegó el día, hoy tendrá lugar la última función de Lyss en “Lulú” y la sensación de gloria solamente podrá compararse con la inauguración de Luix: salón de peluquería unisex.
Debo apartar mis pensamientos de tantos recuerdos para dar los últimos pasos. Me siento como Jan Morris contemplando Venecia por última vez con la mirada de James, deseando volver a observarla con la sensibilidad y el entusiasmo reencontrados bajo el aspecto que siempre debió tener, porque eso es lo que percibía desde su más sincero mundo interior. Me alejo del agua junto a Víctor y nuestros pasos acompasados se mezclan, mientras las huellas curvadas se imprimen sobre la arena en espera del aire que habrá de borrarlas, ese mismo aire que se siente como si fuera a llover. Le miro y parece estar esperándome para sonreirme.
Dejo caer los párpados y niego la cegadora luz a estos azules ojos, cansados de ver desprecio. Y su imagen acude a mí, en socorro de esta identidad mil veces perdida y otras tantas hallada, como aquella primera ocasión en que vino a mi vida volando sobre las alas del pez lagarto. Su cabeza de león me hablaba, rodeada de collares multicolor, el cabello recogido en pañuelo rojo de sangre y pasión. La voz que escucho me dice: “aprisa, no te entretengas, vamos”, Mientras, mueve manos y brazos como si fueran mariposas en primavera, agitando los brazaletes y abalorios que adornan su forma terrenal. Ella, la diosa Bachuhara Mata, dirigió de tal modo mi boda con mi identidad femenina atrapada en un cuerpo de hombre que sufrió poco a poco la mágica y paulatina transformación en la búsqueda del reconocimiento de la impar sociedad, huyendo de las estrategias de ocultamiento.
El aliento de la brisa marina me inunda y eso reconforta mi alma. Debo apresurarme o no llegaré a tiempo. Hoy es un día especial, será la última cita sobre la tarima del escenario, a medio camino entre Luís y Lyss. Tal vez se dé cita la añoranza del mundo del espectáculo, pero jamás echaré de menos la sensación de vivir estigmatizado ni los tiempos de secreto y disimulo que dominaron mi vida. Un paseo por la orilla del mar aplacará mis nervios. Es el momento de echar la vista atrás, rememorando aquellos días de lucha, cuando comenzaron a ser notorios mis pasos por el oscuro camino de la doble vida: aprendiz de peluquería de día, corista de noche. Luís, en el Salón Chacón; Lyss, en la sala de fiestas Lulú, espectáculos y variedades.
El secreto fue el recurso fundamental en esos años de supervivencia. Recuerdo especialmente el día -más bien la noche- en que él, entre cauto y asustado, se me acercó tras los bastidores, justo antes del comienzo del acto (después de meses demostrando mi valía y ensayando duro conseguí tener mi propia actuación los viernes por la noche, de 1:00 a 1:30 y de 2:30 a 3:00) y me dijo: “Me gustas mucho.” Mi corazón se volvió loco, alcanzando un ritmo que nunca creí que fuera posible. Hacía al menos 3 semanas lo había descubierto sentado en la mesa nº 3, siempre la misma mesa, siempre solo, impecablemente embuchado en trajes de Armani o de Florentino indistintamente, bien peinado y rasurado con mimo. Pero no fue esto lo que me atrajo de él, aunque debo reconocer que su estilo cuidado y su piel morena son un importante aliciente para que uno desvíe la mirada a tan escultural adonis, sino su presencia distraída y ausente, como si hubiera caído del cielo por azar en este mundo de transformaciones y engaños. Reconocí en su persona al típico espectador huidizo que acude a estos locales escapando de sus propios fantasmas: que está donde quiere estar sin saber con certeza que realmente eso es lo que desea y lo rechaza, pero, de vez en cuando, sucumbe a sus instintos y aparece en el círculo sagrado de la sexualidad perdida.
Tal vez por eso valoré lo complicado de su atrevimiento y, por eso mismo, al finalizar mi compromiso con la gala, desmaquillé mi rostro; desnudé mi cuerpo de la vistosa ornamentación; retomé el atuendo del universo de los socialmente aceptados. Por un segundo dudé, “¿y si se ha marchado?, ¿y si interpreté mal sus palabras?, ¿y si…?”. Estaba nervioso, eso no podía negarlo, mas la franqueza de su declaración engrandecía mi ánimo. Así, con la seguridad que me había empeñado toda una vida en lograr, acudí a la mesa nº 3, y allí estaba, como desconectado. Me senté a su lado.
– ¡Hola, soy Luís!
– ¡Ehhh! –se giró asustado –Soy… –dio un trago al Vodka sin hielo que descansaba junto a sus estilizadas manos –yo soy Víctor.
– No me reconoces, ¿verdad?
– No sé muy bien que decirte. Tus ojos…
– Bueno, seguro que te recuerdan el cielo de la mañana –intentaba bromear, pero lo vi perdido y decidí no seguir el juego para no bloquearle. –Perdona, era guasa, soy el de antes.
– No sé…
– Soy Lyss, la de la melena rosa.
– ¡Vaya…, qué sorpresa! –una sonrisa iluminó su tez tostada.
Así surgió la chispa que aun nos mantiene unidos. La atracción dio paso al amor, y el amor al compromiso. La verdad es que Víctor pertenecía a un entorno donde el elevado estatus hacía más difícil el reconocimiento de los propios sentimientos -director ejecutivo de una importante empresa nacional- con leyes que castigan la homosexualidad como aquellas que atañen a la moral y las buenas costumbres; y ello le hacía vivir como un ser taciturno, recluido en una vorágine de dolor y frustración. Pero en nuestro espacio privado era un hombre risueño y feliz, inspirado constantemente por la luz del sol era capaz de idear las más insospechadas travesuras. Hicimos un trato, un pacto con el diablo. Yo le ayudaría a escapar de su jaula de oro con puertas de cristal de Bohemia y él colaboraría en nuestra incorporación al universo de las relaciones sociales. Este vínculo era sólo nuestro, de nadie más, como cualquier nexo entre cualquier pareja enamorada. Por fin llegó el día, hoy tendrá lugar la última función de Lyss en “Lulú” y la sensación de gloria solamente podrá compararse con la inauguración de Luix: salón de peluquería unisex.
Debo apartar mis pensamientos de tantos recuerdos para dar los últimos pasos. Me siento como Jan Morris contemplando Venecia por última vez con la mirada de James, deseando volver a observarla con la sensibilidad y el entusiasmo reencontrados bajo el aspecto que siempre debió tener, porque eso es lo que percibía desde su más sincero mundo interior. Me alejo del agua junto a Víctor y nuestros pasos acompasados se mezclan, mientras las huellas curvadas se imprimen sobre la arena en espera del aire que habrá de borrarlas, ese mismo aire que se siente como si fuera a llover. Le miro y parece estar esperándome para sonreirme.
En otro mundo
Me desperté como todos los días, envuelto en blanco algodón, me duché y, tras el desayuno, me dispuse a salir al ruedo, un primer fogonazo se proyectó de pleno sobre mis ojos y éstos, aunque no pude percibirlo, se tornaron color violeta. El recorrido era el mismo de siempre, pero algo me hacía sentir distinto. No vi al perro del vecino intentando comerse mis margaritas, sino que las reinas de mi jardín confabulaban juntas en torno de Buck -ese perro tonto-; ni me crucé con Raquel -la adolescente hija de don Arturo- aunque topé con una digna sucesora de Venus que lamió mi cuello durante el escaso tiempo que se cruzaron nuestras vidas; ni siquiera tropecé con el atolondrado Fabián empecinado en repartir el correo matinal antes de acudir a sus clases, más bien era un engendro de 8 manos y 4 pies. Cuando me incorporé a la vía general me di cuenta que no iba conduciendo el auto, sino que iba incorporado a la grupa de una enorme jirafa que me transportaba a su libre albedrío, dirigiéndonos a ambos hacia la costa. Sin duda las vistas eran magníficas, nunca había observado mi entorno desde ese elevado punto de vista. Pero lo mejor de todo es que no parecía preocuparme en absoluto tanta extrañeza junta. Supe que me sentía incluido en ese estrambótico universo de colores inversos y pensamientos materializados.
Nos acercamos al arrecife y la brisa se introdujo por entre todos mis orificios y me sentí volar. Inconscientemente había cerrado los ojos, como no quería perderme el paisaje, los abrí de golpe, y cual no sería mi sorpresa de verme suspendido en el aire, transformado en nube de verano. Impresionante. Todo lo que estaba admirando desde tan particular esfera convirtió mi vida gris y austera en constante maravilla. No obstante comencé a sentirme solo y triste. No encontraba a nadie para compartir mi repentina pena, así que las lágrimas asomaron a mi rostro y comenzaron a caer, más y más, y cada vez más, hasta que exploté y todo mi yo empezó a descender como una gota única. Era un descenso veloz hacia los infiernos de la tierra. Creí morir. Sentí el golpe como una ligera caricia y automáticamente mis moléculas se fundieron con la masa oceánica que esperaba mi llegada. Estaba cansado y me dejé llevar.
Cuando desperté estaba en una cama de hospital, agradablemente rodeado de seres queridos, que rieron al unísono ante mi cara alucinada. “Esta vez te salvaste, pero deberás tener más cuidado la próxima vez que salgas al jardín, amigo. Te hemos comprado una visera.” Desde entonces me protejo de los golpes de sol, pero sobre todo cuido mis amistades y desarrollo con paciencia las relaciones familiares y sociales. No quiero volver a sentirme solo.
Nos acercamos al arrecife y la brisa se introdujo por entre todos mis orificios y me sentí volar. Inconscientemente había cerrado los ojos, como no quería perderme el paisaje, los abrí de golpe, y cual no sería mi sorpresa de verme suspendido en el aire, transformado en nube de verano. Impresionante. Todo lo que estaba admirando desde tan particular esfera convirtió mi vida gris y austera en constante maravilla. No obstante comencé a sentirme solo y triste. No encontraba a nadie para compartir mi repentina pena, así que las lágrimas asomaron a mi rostro y comenzaron a caer, más y más, y cada vez más, hasta que exploté y todo mi yo empezó a descender como una gota única. Era un descenso veloz hacia los infiernos de la tierra. Creí morir. Sentí el golpe como una ligera caricia y automáticamente mis moléculas se fundieron con la masa oceánica que esperaba mi llegada. Estaba cansado y me dejé llevar.
Cuando desperté estaba en una cama de hospital, agradablemente rodeado de seres queridos, que rieron al unísono ante mi cara alucinada. “Esta vez te salvaste, pero deberás tener más cuidado la próxima vez que salgas al jardín, amigo. Te hemos comprado una visera.” Desde entonces me protejo de los golpes de sol, pero sobre todo cuido mis amistades y desarrollo con paciencia las relaciones familiares y sociales. No quiero volver a sentirme solo.
El sueño violado
Creía que no sentiría dolor en este letargo extraño, pero sí; una punzada le atravesó el hígado cuando vio aparecer a la sustituta de su caballero onírico. ¿Dónde se hallará el descanso de mi sombra dolorida y ausente?, pensó. En el preciso momento en que la puerta de la consulta blanca –aun concurrida, solitaria en su esencia– se abrió, apareció en la nebulosa opaca en que se encontraba atrapada otro portal –enmarcado en brillo dorado– y decidió atravesarlo. A Elsa le parecía la única solución viable.
Cuando cruzó el luminoso umbral sus ojos quedaron ciegos de luz por corto espacio de tiempo. No obstante, Elsa Grau pudo apreciar una transformación súbita del flexible escenario de los sueños compartidos. Un paraíso etéreo se extendía, ofreciéndole infinitas posibilidades de delirio y placer. No era un cielo azul, pintado de nubes de algodón. No era el mar en verde movimiento horizontal. No era la pradera extensa, en exuberante manifestación de la vida. No, no era eso. Era todo.
Viento, agua, tierra… en simbiosis… en magnífica mixtura. Una espiral de sensaciones la envolvió poco a poco hasta engullirla. Y tornó su visión en negro laberinto, imagen fugaz de los miedos y pasiones ocultas. Girando y centrifugando su mente hacia el magnánimo centro del torbellino, perdió todo sentido de libertad y sus emociones quedaron ahogadas en la vorágine de una vida compleja que estaba siendo reflejada en el sueño de la sustituta. ¿O, acaso, era su propio sueño? Un mare mágnum de conflictivos deseos la arrastraba sin destino aparente, cual revolución de un ego atormentado.
Sin la participación de la voluntad de Elsa, las lágrimas –nacidas con fuerza de sus soles cansados– se unieron al caos que la envolvía y absorbía. Cuando su cuerpo bailaba al límite del desfallecimiento, a punto se sucumbir, un sabor conocido la devolvió a la oscura realidad. El sabor del desconcierto (el que se experimenta al despertar con sobresalto, con cierta sensación de autoridad perdida). Y se le reveló la sospecha del cambio.
El muelle de las sombras sería emitida en breves instantes, pero ya no tenía intención de quedarse. Analizaba su sueño sin saberlo. Lo que ocupaba su pensamiento era importante, debía dar un paso más hacia el auto-conocimiento.
Cuando cruzó el luminoso umbral sus ojos quedaron ciegos de luz por corto espacio de tiempo. No obstante, Elsa Grau pudo apreciar una transformación súbita del flexible escenario de los sueños compartidos. Un paraíso etéreo se extendía, ofreciéndole infinitas posibilidades de delirio y placer. No era un cielo azul, pintado de nubes de algodón. No era el mar en verde movimiento horizontal. No era la pradera extensa, en exuberante manifestación de la vida. No, no era eso. Era todo.
Viento, agua, tierra… en simbiosis… en magnífica mixtura. Una espiral de sensaciones la envolvió poco a poco hasta engullirla. Y tornó su visión en negro laberinto, imagen fugaz de los miedos y pasiones ocultas. Girando y centrifugando su mente hacia el magnánimo centro del torbellino, perdió todo sentido de libertad y sus emociones quedaron ahogadas en la vorágine de una vida compleja que estaba siendo reflejada en el sueño de la sustituta. ¿O, acaso, era su propio sueño? Un mare mágnum de conflictivos deseos la arrastraba sin destino aparente, cual revolución de un ego atormentado.
Sin la participación de la voluntad de Elsa, las lágrimas –nacidas con fuerza de sus soles cansados– se unieron al caos que la envolvía y absorbía. Cuando su cuerpo bailaba al límite del desfallecimiento, a punto se sucumbir, un sabor conocido la devolvió a la oscura realidad. El sabor del desconcierto (el que se experimenta al despertar con sobresalto, con cierta sensación de autoridad perdida). Y se le reveló la sospecha del cambio.
El muelle de las sombras sería emitida en breves instantes, pero ya no tenía intención de quedarse. Analizaba su sueño sin saberlo. Lo que ocupaba su pensamiento era importante, debía dar un paso más hacia el auto-conocimiento.





