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El vuelo de la mariposa
Acerca de
No te echaré de menos por lo que hacemos, sino por lo que somos juntos.
Sindicación
 
El abandono.
Me levanto despacio, tras escuchar el terrible sonido del despertador que me anuncia encabritado el final de mis sueños, el comienzo de un nuevo día lleno de invisibles fantasmas que me rodean y me atacan por doquier. Me ducho para intentar reanimar mi cuerpo cansado. Me visto sin mimo, casi descuidado y despistado del día que vivo. Mientras se calienta el café observo por la ventana la mañana desnuda. Llueve, ¡cómo no! ¿Qué otra cosa podía esperar? Pero da igual, al fin y al cabo también llueve en mi interior desde hace meses y aunque luciera el sol más brillante en un cielo raso y azul nada iba a cambiar para mí.

Pi. Pi. Pi. Pi…

El sutil sonido del microondas me ayuda a escapar por unos segundos de mis pensamientos. Por fin tengo el café listo. Seguro que no aliviará mi pena pero produce un efecto adrenalítico que enciende mis músculos, preparándolos para la acción de una nueva jornada laboral. Vaya, se me hace tarde y sólo me faltaba llegar tarde al trabajo, una discusión más con ese engreído de Fernández y le suelto una hostia de esas que hacen historia, aunque ello me suponga una sanción. Nada hay que pueda hacerme sufrir más que lo que estoy viviendo en este tiempo que se me hace eterno. He llegado al límite del dolor.

Ya salgo de casa, o no llegaré al autobús a tiempo. Espero que no se demoren demasiado en el taller y tengan listo mi vehículo para la próxima semana. Desplazarme en autobús, aunque cómodo, me permite pensar más de la cuenta y no quiero darle más vueltas. Necesito despertar de esta pesadilla y salir de nuevo a la vida social. Ahí viene, sí, es el A-5. “Vamos Carlos, una carrerita, que llegas”. Hoy toca conductora. Hace unos cuantos años, en la época de nuestros padres, esto habría sido impensable, pero ahora las mujeres nos superan en todos los campos, demostrándonos una vez más, la ilimitada capacidad que disponen, sólo necesitan proponérselo y ¡listo! Con ello queda clara nuestra supeditación a su extenso poder.

Mira, hoy tengo un sitio libre, al lado de la ventana. Me sentaré, que el camino es largo. Y sigue lloviendo… no cae demasiada agua, pero es constante, como el llanto de mi corazón abandonado a su suerte. Lo que más me gusta del recorrido es observar a al gente en su cansino caminar, en su discreto anonimato. Verlos ir y venir, unos al trote, otros tranquilos, algunos caminan en grupo, la mayoría solitarios -tal y como yo me encuentro ahora-, los que se paran a ver escaparates, los que -pacientes- aguardan en las marquesinas. Mira esa chica de la melena, sí, la que lleva un libro en la mano. “Carlos, eres un poco travieso. ¿Por qué le has sacado la lengua? No fue muy correcto por tu parte”. No obstante, parece que ella no se sintió molesta. Al menos me pareció verla sonreír tímidamente. Habrá pensado que soy un chalado, un loco. Y tampoco andaría muy desencaminada.

No sé por qué lo hice. Quizás fue que me recordó a Marta, su cabello lacio, en caída libre sobre los hombros, su manera exquisita de vestir, y el libro, siempre un libro entre sus manos. Tal vez fue eso, que me transmitió esa candidez única y mi mente pensó que era ella, que volvía a verla después de tantos meses y estaba igual que siempre… Pero no, no era ella.

Una fragancia dulce me devuelve a la realidad. Una dama, envuelta en aroma a vainilla, se sienta en el asiento contiguo, donde anteriormente descansaba un señor de distinguido porte que a punto estuvo de quedarse dormido con el ron-ron del motor. Aún me falta la mitad del trayecto, en fin, paciencia. Al menos ha dejado de llorar el cielo, no mi corazón, que nada en un mar de lágrimas absurdas que no encuentran camino para ser expulsadas. El olor avainillado de mi nueva compañera de viaje me transporta al día, años atrás, que osé robarle un beso, y me atrapa en un mundo interno en el que ella es mi reina, el ángel del amor.

Fue un día claro de verano, habíamos quedado para pasar un día en la playa. Logramos encontrar un rinconcito escondido, abandonado de las miradas indiscretas. Allí nos colocamos, riendo, dispuestos a disfrutar de un clima estupendo y de las delicias del sol y del maravilloso efecto relajante del agua. Su risa, ¡la más bella de las virtudes!, me distraía del resto del mundo. Sería el sonido de las olas, sería el calor, sería la interminable atracción que nos rodeaba, no sé que sería… pero no pude resistirme a la tentación de acariciar sus labios con los míos, y ella correspondió con una entrega absoluta. Y nos besamos durante horas. Mi mano, no exenta de deseo, acarició sus pechos a través de la fina tela color rojo que los cubría, con la ternura del novato y una pasión típica de quien ama con los cinco sentidos.

Aquel día comenzó una historia de amor, de voluntades sometidas al más intenso de los sentimientos; una historia que no olvidaré en la vida, que no abandonará mis pensamientos mientras yo siga siendo el dueño de ellos. No entiendo qué he podido hacer tan mal, ¿cuál habrá sido el motivo para que se produjera tan desastroso resultado? Sólo le pido a mi Dios que me dé fuerzas para soportarlo, no quiero derrumbarme, necesito encontrar nuevos proyectos para avanzar, no debo perder la esperanza.

“Carlos, despierta de tu ensoñación, vuelve al terreno de los vivos”. Cliiiinng. Alguien ha pulsado el timbre, menos mal, casi me paso de parada. Si es que vivo y no vivo. Me apeo, medio adormilado, medio abotargado. Intento orientarme en la dirección correcta, ya, ya veo la calle donde me espera la oficina. Miro la hora en un reloj digital, uno de esos enormes relojes que se erigen poderosos en la mayoría de las calles, recordándonos quien es el rey todopoderoso de nuestra ajetreada existencia: el tiempo que, sin duda, vuela raudo en nuestra contra. Pero hoy parece que me concede un paréntesis de indulgencia, dispongo de unos minutos para tomarme un café, uno de los estimulantes cafés de Marcelo, el camarero amigo de la cafetería de la esquina, el camarero que me regala con su experta mano de momentos de auténtico placer, el amigo que me escucha atento aun sin la necesidad de decir una sola palabra.
No