El juzgado.
Tengo en mi mente una imagen, algo confusa, como envuelta en niebla. Es un deslumbrante juzgado, un auditorio inmenso y espectacular. Al fondo distingo la mesa señorial del juez, sita sobre un pedestal que amplía su poder. A su izquierda veo una silla de elevada altura, en la que se irán situando los diversos testigos y el acusado cuando sean requeridos. Frente a ellas, a una distancia considerable, están las alargadas mesas de los abogados, encaradas hacia el juez: la defensa a su derecha y la acusación a su izquierda. Detrás de ellas nacen dos filas de ordenados bancos de madera, uno detrás de otro, donde se colocará el público asistente al juicio y entre las que queda definido el largo pasillo que llega hasta una oscura puerta de madera de roble, tenuemente iluminada, tal como el resto de la estancia. Entre el juez y los abogados, en posición lateral, se encuentra la doble bancada en que el jurado elegido deberá escuchar atento todo el proceso. Amplios ventanales cubiertos de oscuros cortinajes rodean todo el espacio haciendo crecer la angustia, creando un clima de ansiedades y respeto a la ley en lucha constante. Las paredes, pintadas de un rojo burdeos –intenso como la profundidad de los infiernos–, encierran la sala en un entorno único y privado de libertad, un patio dispuesto para el desafío de los intelectos allí reunidos… Es la imagen del recuerdo, transmitida a mi mente por series de televisión sobre juicios, a las que siempre fui un gran aficionado.
Nada más lejos del mundo real. La sala del juzgado número 8, en la que me encuentro en estos momentos, me devuelve una composición distinta, menos pomposa, más cercana quizá a la realidad de nuestros días. Pero eso sí, el silencio que gobierna la estancia es igual de absorbente, tan grande y poderoso que incluso pretende acallar mi voz interior. La majestuosidad que emana del tribunal contrasta con el gallinero, donde se coloca la audiencia compuesta en su mayoría, supongo, por futuros y prometedores trabajadores al servicio de la ley y la justicia, su juventud así me lo delata. Atentos al discurso de apertura que en breve iniciará el magistrado, con las libretas preparadas y los diversos utensilios de escritura listos para la acción, noto como me observan, unos furiosos, otros intrigados, los menos ausentes y pasivos. Es sólo una sensación, claro está, ya que estoy sentado delante de ellos, lateralmente a la mesa del juez que se emplaza orientado de cara a la audiencia. Me acompaña mi abogado defensor y su ayudante, los tres sentados tras un par de mesas colocadas una junto la otra. Enfrente de nosotros se disponen otras dos mesas con cuatro sillas, donde los fiscales encargados del caso me miran y analizan, mientras revisan montones de papeles.
La parte trasera del lugar se compone de unas sesenta sillas individuales ordenadas en filas y agrupadas en dos columnas. En primera fila hay un atril con un micrófono donde se situarán los invitados a declarar, digo yo. En la esquina superior izquierda observa todo el proceso una inquietante cámara de vigilancia, destaca sobre las blancas paredes que rodean la estancia. Sobre la cabeza del juez localizo un óleo de la Sala de las Dos Verdades en la que se refleja la efigie de la Diosa Maat como contrapeso en la balanza.
El la pared de la derecha, a mi izquierda, está la puerta de acceso, vigilada por un uniformado guarda de seguridad y, a su lado, reina una lámina egipcia que evoca a Némesis –la vengadora de los crímenes– en pie, de frente y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, portando vara en su mano derecha y brida en la zurda y a sus pies una rueda. La otra pared destaca por dos pequeñas ventanas semiabiertas para permitir que se recicle el viciado aire que domina el ambiente. Entre ambas vías de escape una peana porta la estatua de la diosa de la justicia divina, la cumplidora de los dictámenes de los dioses, la grandiosa Themis. Empuña una espada con una mano mientras que con la otra sostiene una balanza. Una venda le tapa los ojos, indicando con ello que no entiende de rango, riqueza o intereses particulares. Situada sobre un león, denota que la justicia debe estar acompañada de la fuerza. Observo curioso a la hija del cielo y de la tierra, anhelando en silencio que extienda su mano sobre mí y me ayude a salir airoso de la situación.
Al fondo una cortina azul determina el final de esta sala y pienso que dividirá una habitación mayor en dos más reducidas dedicadas a distintas actividades. Pude echar una mirada rápida hacia atrás y tratar de situarme, pero el alguacil enseguida me dispuso a colocarme erguido y con la vista al frente, mirando al juez. Cosas de la justicia. Normas no escritas de los tribunales donde se debe respeto absoluto a quien probablemente me envíe unos cuantos años a la cárcel. Así es la vida. Tuve un error insalvable que me condenará a un castigo eterno, el error de olvidarme por completo de un día en mi aburrida existencia, eliminando toda posibilidad de defenderme del crimen de que se me acusa. No recuerdo nada, pero sé que yo no lo hice.
Nada más lejos del mundo real. La sala del juzgado número 8, en la que me encuentro en estos momentos, me devuelve una composición distinta, menos pomposa, más cercana quizá a la realidad de nuestros días. Pero eso sí, el silencio que gobierna la estancia es igual de absorbente, tan grande y poderoso que incluso pretende acallar mi voz interior. La majestuosidad que emana del tribunal contrasta con el gallinero, donde se coloca la audiencia compuesta en su mayoría, supongo, por futuros y prometedores trabajadores al servicio de la ley y la justicia, su juventud así me lo delata. Atentos al discurso de apertura que en breve iniciará el magistrado, con las libretas preparadas y los diversos utensilios de escritura listos para la acción, noto como me observan, unos furiosos, otros intrigados, los menos ausentes y pasivos. Es sólo una sensación, claro está, ya que estoy sentado delante de ellos, lateralmente a la mesa del juez que se emplaza orientado de cara a la audiencia. Me acompaña mi abogado defensor y su ayudante, los tres sentados tras un par de mesas colocadas una junto la otra. Enfrente de nosotros se disponen otras dos mesas con cuatro sillas, donde los fiscales encargados del caso me miran y analizan, mientras revisan montones de papeles.
La parte trasera del lugar se compone de unas sesenta sillas individuales ordenadas en filas y agrupadas en dos columnas. En primera fila hay un atril con un micrófono donde se situarán los invitados a declarar, digo yo. En la esquina superior izquierda observa todo el proceso una inquietante cámara de vigilancia, destaca sobre las blancas paredes que rodean la estancia. Sobre la cabeza del juez localizo un óleo de la Sala de las Dos Verdades en la que se refleja la efigie de la Diosa Maat como contrapeso en la balanza.
El la pared de la derecha, a mi izquierda, está la puerta de acceso, vigilada por un uniformado guarda de seguridad y, a su lado, reina una lámina egipcia que evoca a Némesis –la vengadora de los crímenes– en pie, de frente y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, portando vara en su mano derecha y brida en la zurda y a sus pies una rueda. La otra pared destaca por dos pequeñas ventanas semiabiertas para permitir que se recicle el viciado aire que domina el ambiente. Entre ambas vías de escape una peana porta la estatua de la diosa de la justicia divina, la cumplidora de los dictámenes de los dioses, la grandiosa Themis. Empuña una espada con una mano mientras que con la otra sostiene una balanza. Una venda le tapa los ojos, indicando con ello que no entiende de rango, riqueza o intereses particulares. Situada sobre un león, denota que la justicia debe estar acompañada de la fuerza. Observo curioso a la hija del cielo y de la tierra, anhelando en silencio que extienda su mano sobre mí y me ayude a salir airoso de la situación.
Al fondo una cortina azul determina el final de esta sala y pienso que dividirá una habitación mayor en dos más reducidas dedicadas a distintas actividades. Pude echar una mirada rápida hacia atrás y tratar de situarme, pero el alguacil enseguida me dispuso a colocarme erguido y con la vista al frente, mirando al juez. Cosas de la justicia. Normas no escritas de los tribunales donde se debe respeto absoluto a quien probablemente me envíe unos cuantos años a la cárcel. Así es la vida. Tuve un error insalvable que me condenará a un castigo eterno, el error de olvidarme por completo de un día en mi aburrida existencia, eliminando toda posibilidad de defenderme del crimen de que se me acusa. No recuerdo nada, pero sé que yo no lo hice.





