La promesa de Mercedes
Anochecía en su corazón a la par que las estrellas empezaban a reinar en el manto del mundo. Aparcó su tristeza para tratar de encontrar las palabras adecuadas y comenzó la carta que en su momento prometió escribir….
Querida madre:
Te escribo estas líneas para comunicarte una terrible noticia. El doctor Buenaventura estuvo esta mañana desde bien temprano en la casa. El motivo: la delicada salud de padre nos dio un susto enorme de madrugada. Parece que se levantó en sueños, tal vez pesadillas en su caso, y se arrimó a la cocina a prepararse un té o similar.
Algo debió de sucederle, aunque no sabemos qué pudo ser, y la porcelana se deslizó entre sus dedos yendo a morir al suelo, al lado de la mesa camilla enmarcada en faldas azules. La explosión blanca y el tintineo metálico de la cucharilla despertaron a padre de su entresueño. Anonadado, dice que se agachó a recoger semejante estropicio, cuando en tal postura, en cuclillas, le atrapó un desvanecimiento que lo dejó postrado en el suelo.
Todo esto rompió el silencio en la noche y raudos acudimos a atenderle. Ya en el lecho, recobró con torpeza la consciencia y comenzó un relato impreciso que la concierne a usted.
Dice que antes de cerrar los ojos vio las piernas esbeltas de su amada esposa, cubiertas tan sólo por finas medias, y enfundados los pies, ligeros y menudos, en sendos zapatos negros de tacón, de sonoro caminar. La tela de algodón y lycra acompasaba los movimientos delicados al andar de la misteriosa imagen que padre insiste que vio, alejándose sin prisa, y que decididamente está convencido que se trata de su querida Aurora, que lo abandonó tristemente hace años, con una hija pequeña.
Eso no sería tanto problema sino fuera porque permanece inmerso en su fantasía, hablando con su dama y esperando el regreso. Te escribo porque, tras el reconocimiento de rigor, el doctor le recetó un calmante, pero nos avisó de un futuro corto. Tan sólo te pido un favor, lo hago por padre que en tu ausencia protegió mi infancia con maravillosas historias sobre un país de sueños adonde fue tu espíritu, cuando se sumergió en la madriguera del conejo blanco y desapareció tras un tenue resplandor. Te pintó como una Alicia en el país de las maravillas, para salvar mi mente infantil del dolor por la pérdida de la presencia maternal.
Te pido que, al menos una vez más, regreses y lo lleves contigo, para que pueda también ser feliz. Quiero que descanse en tus brazos y que su marcha sea placentera, como si dejara este mundo en un lago de aguas tranquilas que lo envuelva en luz. Sé que vendrás.
Con amor,
tu princesa, Mercedes.
Poco a poco introdujo la carta en un sobre envuelto en lavanda, lo cerró y, al salir de la estancia en penumbra, lo dejó caer en el paragüero de metal que despedía honroso al visitante. Entornó la puerta y dejo el silencio dispuesto para ser invadido por las ánimas ausentes en la claridad del día.
Lo primero que hizo al día siguiente fue saludar al anciano, que dormía con placidez. Una sonrisa decoraba su rostro. Atrapó su mano fría y lívida entre las suyas. La acarició con mimo. Mercedes se dio cuenta que no despertaría más, y una lágrima escapó hacia un destino perdido.
Era un momento penoso pero ella supo de su buen hacer, y creyó firmemente haber unido de nuevo a sus padres en un paraíso extraviado donde los fantasmas fluyen libres.
Querida madre:
Te escribo estas líneas para comunicarte una terrible noticia. El doctor Buenaventura estuvo esta mañana desde bien temprano en la casa. El motivo: la delicada salud de padre nos dio un susto enorme de madrugada. Parece que se levantó en sueños, tal vez pesadillas en su caso, y se arrimó a la cocina a prepararse un té o similar.
Algo debió de sucederle, aunque no sabemos qué pudo ser, y la porcelana se deslizó entre sus dedos yendo a morir al suelo, al lado de la mesa camilla enmarcada en faldas azules. La explosión blanca y el tintineo metálico de la cucharilla despertaron a padre de su entresueño. Anonadado, dice que se agachó a recoger semejante estropicio, cuando en tal postura, en cuclillas, le atrapó un desvanecimiento que lo dejó postrado en el suelo.
Todo esto rompió el silencio en la noche y raudos acudimos a atenderle. Ya en el lecho, recobró con torpeza la consciencia y comenzó un relato impreciso que la concierne a usted.
Dice que antes de cerrar los ojos vio las piernas esbeltas de su amada esposa, cubiertas tan sólo por finas medias, y enfundados los pies, ligeros y menudos, en sendos zapatos negros de tacón, de sonoro caminar. La tela de algodón y lycra acompasaba los movimientos delicados al andar de la misteriosa imagen que padre insiste que vio, alejándose sin prisa, y que decididamente está convencido que se trata de su querida Aurora, que lo abandonó tristemente hace años, con una hija pequeña.
Eso no sería tanto problema sino fuera porque permanece inmerso en su fantasía, hablando con su dama y esperando el regreso. Te escribo porque, tras el reconocimiento de rigor, el doctor le recetó un calmante, pero nos avisó de un futuro corto. Tan sólo te pido un favor, lo hago por padre que en tu ausencia protegió mi infancia con maravillosas historias sobre un país de sueños adonde fue tu espíritu, cuando se sumergió en la madriguera del conejo blanco y desapareció tras un tenue resplandor. Te pintó como una Alicia en el país de las maravillas, para salvar mi mente infantil del dolor por la pérdida de la presencia maternal.
Te pido que, al menos una vez más, regreses y lo lleves contigo, para que pueda también ser feliz. Quiero que descanse en tus brazos y que su marcha sea placentera, como si dejara este mundo en un lago de aguas tranquilas que lo envuelva en luz. Sé que vendrás.
Con amor,
tu princesa, Mercedes.
Poco a poco introdujo la carta en un sobre envuelto en lavanda, lo cerró y, al salir de la estancia en penumbra, lo dejó caer en el paragüero de metal que despedía honroso al visitante. Entornó la puerta y dejo el silencio dispuesto para ser invadido por las ánimas ausentes en la claridad del día.
Lo primero que hizo al día siguiente fue saludar al anciano, que dormía con placidez. Una sonrisa decoraba su rostro. Atrapó su mano fría y lívida entre las suyas. La acarició con mimo. Mercedes se dio cuenta que no despertaría más, y una lágrima escapó hacia un destino perdido.
Era un momento penoso pero ella supo de su buen hacer, y creyó firmemente haber unido de nuevo a sus padres en un paraíso extraviado donde los fantasmas fluyen libres.
Comentario:
Hola mariposilla. Al leer anoche esa
carta en la revista, me encantó.
Eres más que buena. Felicidades,
Espero muy pronto tener un libro
"Mariposilla" en mis manos.
Un beso y un abrazo.
Antonia.
carta en la revista, me encantó.
Eres más que buena. Felicidades,
Espero muy pronto tener un libro
"Mariposilla" en mis manos.
Un beso y un abrazo.
Antonia.
Comentario:
Un relato cargado de emoción, de sentimiento, de ternura.
Gracias por compartirlo y no dejes de escribir.
Gracias por compartirlo y no dejes de escribir.
Comentario:
Eva María que bueno que vuelves a escribir. Es una historia tierna. Un beso y espero tus próximas publicaciones. Chente.





