El sueño violado
Creía que no sentiría dolor en este letargo extraño, pero sí; una punzada le atravesó el hígado cuando vio aparecer a la sustituta de su caballero onírico. ¿Dónde se hallará el descanso de mi sombra dolorida y ausente?, pensó. En el preciso momento en que la puerta de la consulta blanca –aun concurrida, solitaria en su esencia– se abrió, apareció en la nebulosa opaca en que se encontraba atrapada otro portal –enmarcado en brillo dorado– y decidió atravesarlo. A Elsa le parecía la única solución viable.
Cuando cruzó el luminoso umbral sus ojos quedaron ciegos de luz por corto espacio de tiempo. No obstante, Elsa Grau pudo apreciar una transformación súbita del flexible escenario de los sueños compartidos. Un paraíso etéreo se extendía, ofreciéndole infinitas posibilidades de delirio y placer. No era un cielo azul, pintado de nubes de algodón. No era el mar en verde movimiento horizontal. No era la pradera extensa, en exuberante manifestación de la vida. No, no era eso. Era todo.
Viento, agua, tierra… en simbiosis… en magnífica mixtura. Una espiral de sensaciones la envolvió poco a poco hasta engullirla. Y tornó su visión en negro laberinto, imagen fugaz de los miedos y pasiones ocultas. Girando y centrifugando su mente hacia el magnánimo centro del torbellino, perdió todo sentido de libertad y sus emociones quedaron ahogadas en la vorágine de una vida compleja que estaba siendo reflejada en el sueño de la sustituta. ¿O, acaso, era su propio sueño? Un mare mágnum de conflictivos deseos la arrastraba sin destino aparente, cual revolución de un ego atormentado.
Sin la participación de la voluntad de Elsa, las lágrimas –nacidas con fuerza de sus soles cansados– se unieron al caos que la envolvía y absorbía. Cuando su cuerpo bailaba al límite del desfallecimiento, a punto se sucumbir, un sabor conocido la devolvió a la oscura realidad. El sabor del desconcierto (el que se experimenta al despertar con sobresalto, con cierta sensación de autoridad perdida). Y se le reveló la sospecha del cambio.
El muelle de las sombras sería emitida en breves instantes, pero ya no tenía intención de quedarse. Analizaba su sueño sin saberlo. Lo que ocupaba su pensamiento era importante, debía dar un paso más hacia el auto-conocimiento.
Cuando cruzó el luminoso umbral sus ojos quedaron ciegos de luz por corto espacio de tiempo. No obstante, Elsa Grau pudo apreciar una transformación súbita del flexible escenario de los sueños compartidos. Un paraíso etéreo se extendía, ofreciéndole infinitas posibilidades de delirio y placer. No era un cielo azul, pintado de nubes de algodón. No era el mar en verde movimiento horizontal. No era la pradera extensa, en exuberante manifestación de la vida. No, no era eso. Era todo.
Viento, agua, tierra… en simbiosis… en magnífica mixtura. Una espiral de sensaciones la envolvió poco a poco hasta engullirla. Y tornó su visión en negro laberinto, imagen fugaz de los miedos y pasiones ocultas. Girando y centrifugando su mente hacia el magnánimo centro del torbellino, perdió todo sentido de libertad y sus emociones quedaron ahogadas en la vorágine de una vida compleja que estaba siendo reflejada en el sueño de la sustituta. ¿O, acaso, era su propio sueño? Un mare mágnum de conflictivos deseos la arrastraba sin destino aparente, cual revolución de un ego atormentado.
Sin la participación de la voluntad de Elsa, las lágrimas –nacidas con fuerza de sus soles cansados– se unieron al caos que la envolvía y absorbía. Cuando su cuerpo bailaba al límite del desfallecimiento, a punto se sucumbir, un sabor conocido la devolvió a la oscura realidad. El sabor del desconcierto (el que se experimenta al despertar con sobresalto, con cierta sensación de autoridad perdida). Y se le reveló la sospecha del cambio.
El muelle de las sombras sería emitida en breves instantes, pero ya no tenía intención de quedarse. Analizaba su sueño sin saberlo. Lo que ocupaba su pensamiento era importante, debía dar un paso más hacia el auto-conocimiento.





