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El vuelo de la mariposa
Acerca de
No te echaré de menos por lo que hacemos, sino por lo que somos juntos.
Sindicación
 
En otro mundo
Me desperté como todos los días, envuelto en blanco algodón, me duché y, tras el desayuno, me dispuse a salir al ruedo, un primer fogonazo se proyectó de pleno sobre mis ojos y éstos, aunque no pude percibirlo, se tornaron color violeta. El recorrido era el mismo de siempre, pero algo me hacía sentir distinto. No vi al perro del vecino intentando comerse mis margaritas, sino que las reinas de mi jardín confabulaban juntas en torno de Buck -ese perro tonto-; ni me crucé con Raquel -la adolescente hija de don Arturo- aunque topé con una digna sucesora de Venus que lamió mi cuello durante el escaso tiempo que se cruzaron nuestras vidas; ni siquiera tropecé con el atolondrado Fabián empecinado en repartir el correo matinal antes de acudir a sus clases, más bien era un engendro de 8 manos y 4 pies. Cuando me incorporé a la vía general me di cuenta que no iba conduciendo el auto, sino que iba incorporado a la grupa de una enorme jirafa que me transportaba a su libre albedrío, dirigiéndonos a ambos hacia la costa. Sin duda las vistas eran magníficas, nunca había observado mi entorno desde ese elevado punto de vista. Pero lo mejor de todo es que no parecía preocuparme en absoluto tanta extrañeza junta. Supe que me sentía incluido en ese estrambótico universo de colores inversos y pensamientos materializados.
Nos acercamos al arrecife y la brisa se introdujo por entre todos mis orificios y me sentí volar. Inconscientemente había cerrado los ojos, como no quería perderme el paisaje, los abrí de golpe, y cual no sería mi sorpresa de verme suspendido en el aire, transformado en nube de verano. Impresionante. Todo lo que estaba admirando desde tan particular esfera convirtió mi vida gris y austera en constante maravilla. No obstante comencé a sentirme solo y triste. No encontraba a nadie para compartir mi repentina pena, así que las lágrimas asomaron a mi rostro y comenzaron a caer, más y más, y cada vez más, hasta que exploté y todo mi yo empezó a descender como una gota única. Era un descenso veloz hacia los infiernos de la tierra. Creí morir. Sentí el golpe como una ligera caricia y automáticamente mis moléculas se fundieron con la masa oceánica que esperaba mi llegada. Estaba cansado y me dejé llevar.
Cuando desperté estaba en una cama de hospital, agradablemente rodeado de seres queridos, que rieron al unísono ante mi cara alucinada. “Esta vez te salvaste, pero deberás tener más cuidado la próxima vez que salgas al jardín, amigo. Te hemos comprado una visera.” Desde entonces me protejo de los golpes de sol, pero sobre todo cuido mis amistades y desarrollo con paciencia las relaciones familiares y sociales. No quiero volver a sentirme solo.
No