Relato sobre un objeto
Su nombre es Wanda. El guiño escarlata, preciada ofrenda de un sereno semblante, me atrapó desde el primer momento en que se presentó ante mis ojos chispeantes de emoción. Aquella ocasión de mantequilla (cuando lo acaricié con mis dedos temblorosos) no pudo ser menos memorable. Esclavizada por el centelleo metálico que envuelve su cuerpo, repartido en franjas azul agua marina y marfil, protegidas por diminutos brillantes –que no son tales, pero a mí me lo parecían por el valor simbólico del momento– sucumbí y me dejé seducir por la ternura de un largo beso que acompañó la entrega de tan peculiar broche. Ese pequeño pez –que debía su distintivo nombre a la película que, ese mismo día, tuve el honor de perderme entre los abrazos y caricias de mi acompañante– se lució enganchado en mis prendas durante los tiernos ocho meses que disfruté esa angelical relación, tan predecible en su duración como en el abrupto final debido a los distintos senderos que el destino planificó para ambos.
Tras aquello, pasó a morar largo tiempo sobre el fieltro gris marengo que cubría el fondo del estoico cofre de los secretos que me regaló mi yeya apenas dos años antes de alcanzar su propio paraíso.
Había viajado con ella una travesía llena de emociones encontradas, desde la Perla de las Antillas hasta la costa española, el futuro de una nueva vida. Aquel día las lágrimas se arremolinaban sobre la espuma del mar, mientras Rosario se despedía –abrazada a su cajita de madera de Ceiba– en húmedo silencio de su tierra, de su Cuba natal. Acariciaba con rabia los grabados y relieves que la adornan.
Lo guardó escondido entre los pañuelos de colores que coleccionaba desde niña, protegida por seda, lino, algodón, materiales diversos que aseguraban un descanso cómodo al regalo que un día recibió del amor que hubo de abandonar al otro lado del mundo. Cuando decidió pasarme el preciado objeto, un nudo me ataba la garganta, sabía –en el olvidado fondo de la intuición– que la yeya sentía cercano su final. No habría podido ser de otro modo, nunca se habría despojado del cofre. Lo acogí con mimo a la par que prestaba atención a lo que me dijo: “Querida, utilízala como consideres oportuno, pero que sea importante para ti, eso te ayudará cuando la vida se tuerce un poco, te facilitará el retorno al sendero adecuado, te animará a reflexionar y te permitirá revivir todo aquello que te hizo feliz”.
Así que este cofre negro que acompañó a la abuela Rosario en el viaje del destierro, participó en los mejores momentos de mi vida. Y poco a poco lo fui dotando de historia propia, depositando en su interior cada objeto surgía de una ocasión especial, retazos vivos del camino.
Junto a Wanda duerme un lazo del primer vestido de fiesta, la sortija que me regaló el tío Arturo el día de mi primera comunión, el reloj asido por cadena de plata que heredé de mi madre, los pétalos secos de rosa blanca cuyo aroma me transporta al primer beso en aquel campamento de verano, la pluma de papá que me inició en el mundo de las letras que bailan y se transforman en bellos poemas y un largo etcétera de sueños materializados.
Levanto la vista cansada de mirar una pantalla de plasma, buscando una digna configuración de las palabras, ansiando lograr el efecto deseado, y la observo sobre el escritorio, autoritaria, como poseída por la enorme responsabilidad de mantener unidos tantos y tan dispares souvenires.
Tras aquello, pasó a morar largo tiempo sobre el fieltro gris marengo que cubría el fondo del estoico cofre de los secretos que me regaló mi yeya apenas dos años antes de alcanzar su propio paraíso.
Había viajado con ella una travesía llena de emociones encontradas, desde la Perla de las Antillas hasta la costa española, el futuro de una nueva vida. Aquel día las lágrimas se arremolinaban sobre la espuma del mar, mientras Rosario se despedía –abrazada a su cajita de madera de Ceiba– en húmedo silencio de su tierra, de su Cuba natal. Acariciaba con rabia los grabados y relieves que la adornan.
Lo guardó escondido entre los pañuelos de colores que coleccionaba desde niña, protegida por seda, lino, algodón, materiales diversos que aseguraban un descanso cómodo al regalo que un día recibió del amor que hubo de abandonar al otro lado del mundo. Cuando decidió pasarme el preciado objeto, un nudo me ataba la garganta, sabía –en el olvidado fondo de la intuición– que la yeya sentía cercano su final. No habría podido ser de otro modo, nunca se habría despojado del cofre. Lo acogí con mimo a la par que prestaba atención a lo que me dijo: “Querida, utilízala como consideres oportuno, pero que sea importante para ti, eso te ayudará cuando la vida se tuerce un poco, te facilitará el retorno al sendero adecuado, te animará a reflexionar y te permitirá revivir todo aquello que te hizo feliz”.
Así que este cofre negro que acompañó a la abuela Rosario en el viaje del destierro, participó en los mejores momentos de mi vida. Y poco a poco lo fui dotando de historia propia, depositando en su interior cada objeto surgía de una ocasión especial, retazos vivos del camino.
Junto a Wanda duerme un lazo del primer vestido de fiesta, la sortija que me regaló el tío Arturo el día de mi primera comunión, el reloj asido por cadena de plata que heredé de mi madre, los pétalos secos de rosa blanca cuyo aroma me transporta al primer beso en aquel campamento de verano, la pluma de papá que me inició en el mundo de las letras que bailan y se transforman en bellos poemas y un largo etcétera de sueños materializados.
Levanto la vista cansada de mirar una pantalla de plasma, buscando una digna configuración de las palabras, ansiando lograr el efecto deseado, y la observo sobre el escritorio, autoritaria, como poseída por la enorme responsabilidad de mantener unidos tantos y tan dispares souvenires.





