Soldier on. (To my great old pal Uncle Lou)
When you are sad -- I will help you get drunk and plot revenge against the sorry bitch, who made you sad.
When you are blue -- I will try to dislodge whatever is choking you.
When you smile -- I will know you finally got laid.
When you are scared -- I will rag on you about it every chance I get.
When you are worried -- I will tell you horrible stories about how much worse it could be... until you quit whining.
When you are confused -- I will use little words.
When you are sick -- Stay the hell away from me until you are well again. I don't want whatever you have.
When you fall -- I will point and laugh at your clumsy ass.
This is my oath..... I pledge it to the end. "Why?" you may ask;
Because you are my friend.
The best must be yet to come, then. Or maybe you're just bound to get fuck all in return for all the soddin' trouble. Life's a byotch.
Chin up, mate.
Paredofagia.
Cuando tenía seis años me comí una pared.
Estaba en el patio, a la hora del recreo, y organicé un tren de esos que empiezan con tres niñas y van a su ritmo hasta que se le añaden los niños detrás, la historia adquiere velocidades peligrosas y pringa, sin lugar a dudas, el elemento de delante (id est, menda).
Me comí una pared de lleno, y me empezó a sangrar la nariz. A mí, que en toda la vida (de seis años) nunca me había sangrado la nariz, aquel borbotón torrencial se me apareció letal y, dramática como soy empecé a chillar. Supongo que pensé que si había de morir, al menos que se enterara todo el mundo. Una profesora vino corriendo en mi auxilio, y ni que decir tiene que al olor de la sangre acudió el alumnado en pleno de 1º de EGB y se reunió en corrillo para no perder detalle. “¡Sangre!” gritaban.
A mi madre no le tocaba vigilar patio aquel día, y yo necesitaba mimitos maternos más que nunca. Aquella vez me los merecía. Aquella vez, había motivos más que de sobras para que una madre le diera mimos a su hija hemorrágica terminal. Recuerdo que miré instintivamente hacia arriba, buscando la ventana de la clase, y la vi mirándome, pero sin pinta de ir ni a mover un dedo para bajar a socorrerme.
Saqué la conclusión que se esperaba de mi cabeza de seis años: “A mi madre le importo un rábano”. Estuve semanas con una depresión que seguramente provocó que hoy, a mis veintinueve, aún recuerde aquella mañana.
Y… hoy, a mis veintinueve, entiendo perfectamente la situación y de hecho, de estar en su lugar, habría actuado igual que ella: las criaturas tienen que espabilarse ellas solas. Aquí soy profesora, no madre, de modo que no voy a hacer diferencias, y la profesora a la que le toca vigilar ya se está ocupando de ella.
Es por eso por lo que no entiendo que a mis seis años mi madre tuviera eso tan claro y ahora, a mis veintinueve, no le de la gana de ver que cada uno se tiene que comer sus propias paredes, en esta vida, y se las tiene que comer solito/a. Y que aún así, la necesito por si me sale sangre; la necesito para darme mimitos y no decirme “ya te dije que no corrieras tanto, que te la ibas a dar”, que es algo de lo que ya me puedo dar cuenta yo.
…Y es por eso por lo que no acabo de mirarme al espejo y ver ninguna mujer ni nada que se le parezca. Esto de conseguir que mi madre adorada, admirada y cabezota entre en razón se me está convirtiendo en una misión vital. No quiero ni pensar en tener hijos hasta que las dos lleguemos a un acuerdo saludable acerca de qué hacer con el cordón umbilical, que se nos está alargando ya demasiado. Tanto, que inconscientemente se convierte en algo normal y tengo un 100% de posibilidades de hacer lo mismo con mi descendencia, y me da un miedo atroz. Y como hasta ahora aún soy hija, que no madre, soy consciente de la distancia que pondré entre mis hijos y yo, y de la de cosas que me perderé por cabezota.
Fíjense. Veintinueve años. Esta mañana, al despertarme, me sangraba la nariz. A mí no me sangra la nariz casi nunca, y menos sin motivo; pero me sangraba y se me ha presentado la madalena de Proust en estado líquido, pastoso, rojo oscuro. Y lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido llamar a mi madre.
Luego he recordado que no nos hablamos.
No hemos evolucionado. No señor.
Llevo desde los seis años tan consciente de que comerse alguna pared que otra es inevitable, como obsesionada con que ella no me esté mirando desde la ventana de su clase.
Little Miss Chaos
Recuerdo un tiempo en que consideraba ridículas a las personas que calificaban a la gente de veintipico tirando a treinta y treinta y treinta y algos como “chicos” o “chicas”. Los miraba con el menosprecio de quien está en plena cosecha de espinillas, protuberancias y pelos nuevos en rincones inhóspitos, con cada nuevo amanecer y, creyéndose ya en edad adulta, no concibe cómo alguien aún más adulto pueda ser clasificado dentro del mismo cajón que ella.
Ahora que tengo veintinueve, me la suda.
(Para qué andarnos con rodeos.)
Llevo desde que me salió el último pelo en rincón inhóspito tambaleándome sobre mis propias creencias, con la cuestión existencial acechándome: “Y yo, ¿cuándo dejaré de ser una chica y seré una mujer?” Cuestión a la que no faltaron aportaciones variopintas de mentes expertas, tales que:
1. mi abuela paterna: “Cuando te venga la regla”
2. mi Sra. Madre: “Cuando razones. O sea, nunca.”
3. mis compañeros de escuela: “Jjjmmmfff, tetaaaas” (¿querían decir “ya eres”? Nunca lo sabré)
4. mi padre: “Cuando te veas asomar los pelillos de la nariz” (teoría que me costó un trauma de infancia que ya expliqué)
5. todo el mundo, hace un año y un mes justo: “¡Hoy, hoy!” (el día de mi boda. Si ya sé que no lo hacían por herir mi orgullo femenino, pero si de estar casada dependía mi condición de mujer, digo yo que me habré rejuvenecido diez años de golpe, y ya manda hu…)
En fin, la historia es que más o menos me los fui creyendo a todos, pero cada vez que ocurrían aquellas cosas que se suponía que me iban a hacer saltar la verja y colarme en El Patio De Los Mayores (e.g., el viernes de mi primera regla, el día que tomé mi primera decisión importante Chispas; la mañana en que descubrí que me habían salido bultos a la altura de los pulmones; el día de mi boda), me quedaba igual. Me miraba en el espejo y seguía viendo algo que no llegaba a mujer ni de lejos, por mucho que me lo intentara repetir.
Así, decidí no hace mucho configurar mis propios planteamientos acerca del momento en que dejaré de ser chica y me convertiré en mujer:
1. Cuando lleve más de un año sin fumar. (La descarté por temor a acabar como esas setentonas que salen en las revistas del corazón disfrazadas de Lolita XXXL. No dejar de fumar, que será lo más tristemente probable, y no darme cuenta de que el tiempo pasa igualmente, de que no es que se me haya pasado el arroz, sino que ha criado hongos, se ha descompuesto, se ha convertido en humus, lo ha absorbido la tierra, se ha convertido en árbol, el árbol en papel, y el papel en el periódico donde se ha publicado mi esquela. Y yo ahí, en la cajapino y creyéndome la chica Yeyé )
2. Cuando sea capaz de llevar una alimentación sana y equilibrada sin considerarme a dieta ni cagarme en el Sr. Cadbury a una velocidad media de diez veces por minuto.
3. Cuando tenga hijos.
4. Cuando tenga un trabajo decente a jornada completa.
Bien, lo único que parece, por el momento, que voy a tener, es un trabajo digno. El lunes entro a formar parte de la sucursal inglesa de una supercompañía española importantísima (que sí, gente sin fe, que en España tenemos de eso). Estaré hasta el mes que viene de prueba, con un contrato temporal, y si la cosa funciona, me quedo.
No sé si celebrarlo o no. Primero, porque llevo tanto tiempo corriendo de un lado para el otro como una loca buscando trabajo decente, que es como cuando llevas tanto rato con hambre que llega un punto en el que se te pasa. Segundo, porque la oficina está en Londres, lo que quiere decir que antes o después (más antes que después) si me hacen fija tendré que mudarme a Londres. Y les he cogido un anticariño especial a las mudanzas, desde el verano pasado. Anticariño más o menos proporcional al cariño que le estaba cogiendo a Londres, y que no quiero que se me estropee ahora por tener que vivir allí.
Y luego están Catherine, Max, el loro excéntrico y el perro alcohólico, y los clientes del pub, a los que evidentemente voy a echar de menos (aunque lo superaré fácilmente al darme cuenta de que no tengo que hacer albóndigas ni tortillas ni trabajar doce horas diarias como una loca)
A la tía Winnie no, sin embargo… porque (redoble de tambores) la tía Winnie vive muy cerca de la oficina (las cosas que tiene la vida) y mal que bien, si acabo viviendo en Londres, espero poder verla más a menudo.
En fin… no soy capaz aún de sonreír sin cierto temor a que todo se derrumbe antes ni de empezar, (conociendo mi mala estrella…) pero algo es algo.
Ver la tele comiendo chocolate: Nunca Máis.
BAFTA YA
Qué noche emotiva la de ayer, con la entrega de los BAFTA. Qué lujos, qué trajes, qué londinense el ambiente, qué… qué ridículo espantoso, la Penélope, con ese acento castizo de Iunit uán, lesson faif. No si… que digo yo que podría haber tenido la decencia de otras, de salir a la palestra y decir “No speak English, grasias”, pero claro, a algún mameluco (o a alguna mameluca) se le ocurrió la feliz idea de que presentara uno de los premios. Menudos profesionales, los de la industria de eventos cinematográficos:
-Here put to the Peneloupei, que la gentei iá estarrá bourracha a esas horras y nou se enterarán de lou mal ke habla, la very blowfemalechickens condeneited.
-Okei Peneloupe, then.
Lo más cachondo es que cuando llevas en el Reino Unido lo suficiente como para haberte acoplado –aunque no del todo, para qué engañarnos- a la sociedad, la cultura, y demás, la ves ahí, con ese acento cañí, de aguár gous tuuuu… y te das cuenta de que en realidad a la población inglesa le resulta exótico, hasta sexy, oírla hablar. Fíjense. Y la menda sin curro digno. Quién me mandaba a mí ser decente, carazos, que valgo por tres de la tía ésa. (literalmente, además). También estaba Pedro (Piiiiiidrrrrooooo), que se parecía más a David Lynch que a sí mismo (¿se estará heterosexualizando, a estas alturas?) pero por suerte, no le hicieron hablar en público.
Así no me extraña que me resulte tan difícil encontrar curro serio, conchasumadre, con la imagen que debemos de estar dando “los latinos” en el exterior… ya puede ir menda con la trompeta por el desierto, ya, que lo único que se le queda a la gente es lo cabestrillos que somos.
En fin… la noche fue espectacular, menda siguió hasta el último segundo desde el sofá, comiendo chocolate (motivo principal por el que nunca me invitarán a presentar ni el telediario, porque si hay que hacerme un vestidito como el que llevaba la Pene, casi que necesitarían el triple de paño, pero bueno…) y me emocioné mucho con el discurso de Helen Mirren, la reina (literalmente) de la gala, que no sabía si temblar, llorar, reír, o qué, la mujer. Me habría gustado que se lo hubiera llevado la Dench, pero no se puede tener todo.
ESTADO ACTUAL DE LA SITUACIÓN:
1. Ansioso cual yorkshire con sobredosis de Happy Hippos. No me he pasado mucho por aquí últimamente (y agradezco muchísimo los comentarios, de verdad. No es un decir: agradezco una barbaridad todo tipo de comunicación inteligente en la lengua de Cervantes, en contraposición a la de Beckham, que vale que no entiendan el español, pero es que la mayoría no habla bien ni su propio idioma, y miren que el inglés es fácil)
Ansia provocada por el mismo tematemitatema de siempre: las entrevistas de trabajo. Les juro que me estoy planteando estudiar psicología (si salgo de ésta para contarlo) con el único objetivo de escribir una tesis (dolorosamente larga) sobre las entrevistas de trabajo en Inglaterra.
2. Cosmopolitan. Que no tiene nada que ver con la revista (¡que una tiene un caché!), sino con mis paseos interminables y solitarios por Londres la semana pasada. Paseos que me di aprovechando que ya estaba allí, después de un par de entrevistas de trabajo. Fíjense que aquí la menda estaba convencida de que Londres no le gustaba, y cuánto he llegado a disfrutar la semana pasada de museos y caminatas río arriba, río abajo. Igual es que Londres es como sus habitantes. Igual necesita tiempo para conocerte y desplegar su encanto tímido y serio, al contrario que París, donde todo son luces y colores y la gente pasea a microperros imposibles con una baguette debajo del brazo (la gente, no los microperros.)
El Tate Modern es una auténtica joya por sí solo, con esas exposiciones que combinan la psicología con la filosofía con la sociología con el pensamiento con un ladrillo con una pared a rayajos con un bocatanchoas. Mi favorito: Juan Muñoz, sin lugar a dudas. No sólo por su española condición, sino por sus intenciones, por ese giño casi antipático repelente que pretendió dejar en todos y cada uno de sus hombrecillos de papier maché.
El Natural History Museum es como meter en un bote una clase de ciencias naturales y Hollywood y remover durante horas. ¡Qué decorados, qué luces, qué manera de explicarlo todito tan, tan bien, que hasta los cacahuetes se lo pasan bien en el museo! (Qué tiranosauro, qué acojone, qué bien articuladito que lo han hecho, que me metió un susto que casi hice el ridículo entre una manada de cacahuetes de primaria, que con tanta pleisteixon ya están de vuelta de tó y querían montarse en el bicho, los muy insensatos.)
En fin, luego me fui a babear al Victoria and Albert, que es como si de repente se te tragara una revista de muebles y antigüedades, y había una cola of the Big Cup en la entrada. Y yo pensando: “¿Regalarán tapices del Imperio Otomano?” Pues no. Resulta que al llegar a casa por la noche me entero de que la troupe que había allá anclada esperaba nada menos que a Kylie Minogue, que estaba al caer para presentar su exposición (ultrajante) de vestiditos y modelitos. Ya hay que jod…robarse.
Bah, algún día expondré yo en el Tate Modern mi colección de tejanos con lamparones de aceite de oliva y salsa de tomate de las albóndigas, con un letrerito tope fashion, eso sí, que diga que con esto la autora pretendía expresar gráficamente el sufrimiento de una generación entera de licenciados de letras sin trabajo de lo suyo. Y apareceré el día de la presentación en una limusina de esas con piscina dentro, y en traje de Armani, casual, y me curraré un discurso super left-wing.
COSAS POR HACER:
1. Bajarme de la cosmonube antes de que decida deshacerse y menda se pegue la Milk Father (que viene siendo lo que en España se conoce como la Leche Padre).
2. Dejar de rezar avemarías carentes del tercer verso (que nunca recuerdo) visto que no aportan nada más que una pérdida de tiempo un tanto ridícula. Comprobado que funciona mejor “con el mazo dando” que “a dios rezando”. Recordar que hace tiempo que me declaré agnóstica y que dios no olvida.
3. Dejar de sacudir teléfono y móvil para ver si es que no funcionan. Cuando me llamen, me llamarán.
4. Configurar lista de buenos propósitos de año nuevo (que no he tenido tiempo).
5. Agradecerles que sigan ahí en ocasiones, como la del último post, en que no me aguanto ni yo.
Que tinguem sort.
No aprenderás nunca, querida. Recordarás, de lejos y muy vagamente, tus errores, pero nunca tendrás luces suficientes para asociarlos a situaciones nuevas. Tropezarás la vida hasta que la caigas por última vez, para no volver a levantarte.
Y tú que llevas tanto tiempo con esa culpabilidad vírica, comiéndose con dientes minúsculos, a bocados microscópicos, tu seguridad, tu dignidad, tu orgullo, la poca inteligencia emocional con la que naciste.
-Hola, soy yo –aúllas, con una torpeza afónica que te envía de un empujón al más profundo de los ridículos.
Te carraspean los nervios. Después de meses, aún sudas las lágrimas que te quedaron sin llorar por las manos que sostienen el teléfono que le llama. Pero sabes que tienes que llamar, de todas maneras.
-Yo quién –tose su voz ausente y dormida. Pues claro que estaba durmiendo. No sin razón lo recuerdas media relación medio ido, y la otra media dormido.
-Soy yo. ¿Te he despertado? –preguntas, por enésima vez desde que os conocéis.
-Pero ¿tú sabes la hora que es aquí? –gruñe. De repente, tienes una visión súbita de Orfeo enviándole un mail a Eurídice para decirle que no va al Hades a buscarla porque tiene que dormir. Que arda un rato, que por la mañana ya veremos.
-Sí. Las doce. Y mañana es festivo allí, así que pensé que aún estarías despierto. –le explicas.
Él no responde. ¿Se habrá vuelto a dormir? De todas las reacciones humanas que una se imagina al abandonar a su marido una semana antes de viajar a su país a reunirse con él, la narcótica es la que menos te explicas. Pero así es él, y así sigue la lista de motivos por los que lo dejaste: intacta.
-Bueno, ¿Cómo estás? –le dices. No para saberlo, porque sabes que está bien, sino para cerciorarte de si sigue despierto o no.
-Bien –monosilabiza él. Segunda visión súbita de Orfeo, enviando SMS a Eurídice indicándole por dónde se puede meter el sufrimiento, porque resulta que en el mundo de los vivos hay un oleaje alucinante y ya está encerando la tabla de surf.
Flota, querida. Flota, o aparéntalo, si más no.
Intentas empezar algún tipo de conversación porque lo cierto es que aún tenéis temas pendientes, y lo de ir al grano es una de las mil setecientas cosas en la vida en las que ya has demostrado de sobras la torpeza tremenda que te caracteriza. Intentas hablar de lo que estás haciendo, que te cuente lo que hace él, y no es que esté enfadado. Es que sus horas de sueño son sagradas, incluso más que la mujer a la que se suponía que iba a amar para el resto de su vida. Después de todo, si tú eres la mala y tú lo dejaste, él aún te seguía queriendo, ¿no?.
Ya vuelves a las andadas. Su apatía te hace tremenda e injustamente exigente. Si sólo la sacara ahora lo entenderías, entenderías que te lo mereces por lo que le has hecho, pero… no es, siquiera, una apatía nueva. Es su apatía de siempre, como si nada ni nadie pudiera marcarle en absoluto. Como si aún siguiérais juntos y como si aún siguiera dándote por sentado.
Tu diminuto espíritu racional combate una tercera visión de Orfeo con su guitarra eléctrica, componiendo una canción acerca de lo putas que llegan a ser las mujeres, pero sin hacer nada que pruebe amor, decepción, rabia ni cabreo hacia ninguna de ellas. Corta y pega de otras letras de canciones que se ha bajado de internet, mientras Eurídice es apedreada por toda forma de vida o muerte en el Hades.
En fin, al menos ya sabes que por mirar atrás nunca se perderá, el muchacho. La sensación te apena –porque te recuerda, una vez más, por qué lo dejaste, que el milagro nunca ocurrió y que al final quedaste enterrada, o desterrada- y te alivia al mismo tiempo, porque seguirás cargando con tu culpa, pero no llevarás traumas ajenos sobre tus espaldas.
Eres egoísta. Ni te lo escondes, ni vale el esfuerzo negártelo. No en cuestiones de sentimientos. Los sentimientos son egoístas y no entienden de explicación racional que valga… pero claro: ni los tuyos, ni los suyos tampoco.
Entonces sabes que ha llegado el momento de sacar el tema, y lo sacas. Lo sacas con cuidado, con dos dedos, por una esquinita, para que no se te rompa.
-En fin… estaba pensando…. Que ahora que tienes propiedades, y esas cosas, quizá quieras arreglar lo de los papeles del divorcio… más que nada para estar tranquilo, si quieres, y porque bueno… no le veo mucho sentido a seguir…. En fin, ya sabes…
Él lo agarra de golpe, lo tira al suelo y le salta encima a pisotones: -Sí, de eso quería hablarte. Ya tengo los papeles para enviarlos, pero tienes que ir a Epaña y solucionarlo desde allí –y se enzarza en un infinito blablabla de términos jurídicos y administrativos que dirías que está leyendo un guión, que no es él.
Magnífico aftermath de vuestra relación: la única vez que ha mostrado iniciativa alguna desde que os conocísteis ha sido para informarse sobre el divorcio.
Te rindes. No te ha querido nunca. No como necesitabas ser querida, ergo no y punto. Pasa en las mejores familias.
Cinco minutos después de acabar la conversación más estrambótica de tu vida ya has olvidado la esencia de tu error, y lo único de lo que eres consciente es de que te has convertido en exmujer antes, siquiera, de considerarte mujer.
Que tinguem sort
que trobem tot el que ens va mancar ahir





