Secretos guardados.
“I guess I should warn you. If I turn out to be particularly clear, you’ve probably misunderstood what I’ve said”
(Dr Alan Greenspan, Chairman. Federal Reserve Board.)
Mil o dos mil jueves después del jueves por la noche en que os conocisteis te ves, una noche de esas de calor en medio de Barcelona, caminando por el Raval mientras todas tus neuronas corren, desestabilizadas, haciendo que cunda el pánico en todo tu cuerpo, y tropezándote contra tu propia lengua.
-Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿verdad? – No sabes cómo has llegado a ese punto de honestidad máxima, de desesperación por decirle lo que ni sabías que estaba ahí, y que ahora no puedes seguir negando. No tienes nada que perder. Después de todo, te vas a ir. Te vas para siempre al otro lado del mundo, y las posibilidades de que os volváis a ver se reducen con cada minuto que pasa, y que os acerca más al vuelo que lo ha de llevar de vuelta a su país. De repente, te vuelve a invadir esa sensación de los últimos días, de las últimas semanas: que te estás muriendo de algo terminal, que te quedan apenas dos semanas de vida, que te tienes que despedir de las personas que te importan y dejar las cosas claras con todo el mundo para irte en paz.
-Qué es lo que me quieres decir – te mira. Te conoce tanto, que estás segura de que al menos lo intuye. Lo tiene que intuir, como mínimo. Bastará con ser sutil, con dejarle caer una pista y esperar feedback, sea del tipo que sea. No sabes adónde te puede llevar una confesión de tan tremendo tamaño, pero la necesidad de hacerla se impone sobre lo imposible de las circunstancias (tú, casada con otro, uno bueno, uno que te adora aunque no sepa quién eres. Él, tu camarada, tu confesor, un amigo de siempre, uno con historial, con subidas y bajadas, con recuerdos perennes asociados. Uno que ha dado encanto a tu vida de una manera mágica e inexplicable) Sé sutil. Él lo entenderá.
-Que me gustas-. Le farfullas.
-Ya, y tú a mí también-, te sonríe.
-No me refiero a eso. Me atraes físicamente, también. Mucho. Desde siempre.
Cavilas un segundo sobre los posibles significados del adjetivo “sutil” y si tus últimas palabras se ajustan a alguna de las definiciones.
Te sonrojas. Torpe. Culpable. Perdida.
Él deja de sonreír.
Lo que sigue es una noche que dura cinco años (de recuerdos, de palabras, de conversaciones, de recapitulación de hechos) o un minuto (fugaz, como si la felicidad que te envuelve fuera esa felicidad última de quien no necesita más en su vida y puede morir por la mañana.)
Y por la mañana, te preguntas, qué pasará. Lo pensarás mañana, cuando llegue, te dices, mientras las mejillas se te pierden entre sus manos y todo lo que habías construido, todos tus planes de futuro, todo el esfuerzo de aquellos cuatro años persiguiendo una vida que no era la tuya, ciega, inútil, necia, todo, absolutamente todo, se va borrando más rápido de lo que puedes llegar a controlar.
Por la mañana te das cuenta: le has estado poniendo los cuernos al amor de tu vida con tu propio marido. Has estado enamorada de él siempre; tan enamorada como muerta de miedo de llevarte la patada de tu vida, porque él era demasiado para ti. Demasiado de todo. No podía ser. No podía haberse fijado en ti de esa manera.
Te retuerces en la cama, qué haces, qué vas a hacer ahora. No puedes seguir y fingir que no ha pasado. Ha pasado, y ha quedado marcado. Por las paredes, por los zapatos, por los rincones, por su cara y la tuya. En tu estómago.
Te invade otro pensamiento: quizá para él era una de esas asignaturas pendientes, antes de decir adiós. Por la amistad que os ha unido.
Pasáis el día sin hablar mucho. Pasas el día sintiendo demasiado. Tanto, que crees que vas a vomitarlo todo de golpe, que es demasiado sentir para una sola persona. Empiezas a abrir los ojos a la persona que habías estado escondiendo durante tanto tiempo: tú.
Por la noche, caminando por las Ramblas, te dice, como quien no quiere la cosa:
-Perdona por no haber hablado mucho hoy… estoy intentando digerir todo esto. Llevo tantos años enamorado de ti, desde que nos conocimos, que ya había perdido toda esperanza.
Arrancas a llorar como una imbécil. Todo se ha ido a la mierda. Toda tu vida, tal como la conocías, ha dejado de existir completamente. Estás tan hundida y eres tan feliz, que se te ha dormido hasta la última terminación nerviosa. Flotas. Nadas. Existes.
-¿Por qué….? ¿Por… qué no dijiste nada antes? ¡Viniste a mi boda! ¡Con tu novia!- te oyes gritarle, en medio de las Ramblas, templadas, casi vacías.
-¿Qué querías que dijera? No quería perderte. No me lo podía permitir, y si todo lo que podía ser era tu amigo y tú eras feliz con él … aprendí a conformarme. Eras demasiado. Demasiado… de todo. Nunca pensé que te fijarías en mí de esa manera.
Luego hay meses de duda. Te tienes que marchar, no puedes seguir en ese escenario de la Barcelona de los recuerdos. Te atosigará. Te perseguirá. Te marchas, y decides fiarte de que lo que dijo era verdad.
Y unos cuantos meses y un millón de conversaciones lo devuelven a tu lado, y era verdad.
Lo que sigue, sigue siguiendo aún hoy. Vuestro conocimiento de las realidades cotidianas del otro no ha afectado ni un ápice a la magia de aquel segundo primer jueves por la noche. Es lo que te ha llevado exactamente hasta donde estás: donde querías estar. Tienes la mente clara, clarísima y el corazón lleno, llenísimo. Ocho o nueve meses después has pagado por tu error, has asumido las consecuencias, has pensado y cavilado hasta la náusea y sigues sintiéndote mal, pero sin poder arrepentirte. Sigues con la certeza de que hiciste lo que tenías que hacer, y de que ésta, la que empiezas a saborear ahora, era la vida que te tocaba; la que llamas tu casa porque al otro le querías; le quieres, pero a éste lo adoras, lo amas, admiras e idolatras cada minuto de vida con una conciencia jamás antes experimentada.
Y encuentras tu boda de verdad. La de los días, la de cada día.
Los versos sabáticos.
En algún lugar del mundo, en aquel preciso momento de aquella precisa mañana de sábado, había un hombre desnudo, acostado al lado de la mujer de su vida re-hallada, después de mil años y una noche, y yacía idílico y ocioso, con las sábanas, pegajosas de sudor y de otros fluídos corporales, como único testigo del fin de su agonía amorosa.
En algún lugar del mundo, aquella misma mañana de sábado, había un gato cayendo de pie de lo alto de la copa de un árbol; un niño que corría con su pijama de spiderman por el pasillo a despertar a sus pobres padres y otro niño que moría de hambruna en los brazos de los suyos; una anciana en el váter, luchando contra la pereza de sus intestinos cansados, una pareja adúltera, un adolescente onánico, un perro exhalando sus últimas gotas de aire. Un presentador de televisión que se levantaba para ir a trabajar. Un grupo de estudiantes de tercero de carrera que se despedían hasta la próxima fiesta.
Pero tú no eras ninguno de ellos. Tú, en aquel preciso momento de aquella mañana de sábado, de todas las pieles en que habrías preferido estar (excluyendo la de la anciana; incluyendo la del perro), ibas de camino a la estación de tren, con ese paso nervioso de quien exagera movimientos para no quedarse dormido de pie. Con ese paso roído y oxidado de quien (según tu propio orden lógico del mundo) trabaja más que el psiquiatra de Britney Spears y duerme menos que la madre de Bush.
Caminas con toda la ausencia que la falta de horas de sueño te ha dejado en la cabeza (¿Chamcha, Chamcha, en qué te has convertido? ¿Me saldrán a mí patas de cabra y cuernos en las sienes?), que se ha extendido hasta los músculos, que se ha extendido hasta el buen humor que, habiéndose quedado sin sitio, ha decidido largarse y abandonarte.
Pero tienes que ir, porque si no te haces el dichoso weekly ticket tendrás que pagar veintipico libras más (por meterte en un tren una hora y media de ida, y otro tanto de vuelta, cada día. Definitivamente, tu vida es tan absurda que debe de ser que te has hecho mayor de una puñetera vez).
Veintipico libras más a las ochenta y ocho semanales que ya son es mucho dinero de dios. Es la mitad de lo que ganas, de hecho. No te importa gastártelo en otra cosa; cualquier cosa. Pero ¿en transporte? ¿dónde se ha visto? Y ha sido esa mala leche de sentir que tiras el dinero (y tu vida) al río, que te ha hecho madrugar el único día en que no tenías por qué madrugar.
Tras esquivar a un grupo de abuelos alcohólicos disfrazados del Arsenal, te plantas delante del mostrador del señor de uniforme de horrendez británica y le pides información.
Obviamente –y estás en todo tu derecho, qué carajo- quieres saber cuál es la alternativa de transporte más barata, porque estás consumiendo la poca juventud que te queda en sablazos de a veintiuna con cincuenta peniques al día.
El tipejo te mira y suelta una especie de rebuzno con sorna.
-Son ochenta y ocho con sesenta, love. Preguntes lo que preguntes. Llevo aquí muchos años y créeme, cada día hay gente que intenta lo mismo.
“Que intenta qué”, te preguntas. No pensabas colarte, ni nada de eso. ¿Será pecado querer ahorrar honestamente, encima?
Te manda a hacerte la típica fotomatona que odias y aborreces, y que odias y aborreces aún más, si cabe, en esa precisa mañana de ese preciso sábado, porque aún llevas la cara del revés y vas sin peinar, ni maquillar, ni humanizar, antes del segundo café.
Porca miseria.
Después de tener que suplicarle al geezer que te diga dónde hay un fotomatón y aguantarle que se haga más de rogar que si le hubieras pedido tabaco, resulta que hay una maquinita justo al lado de la presunta oficina de información.
Te cagas en su padre, y luego en su madre, para tus adentros.
Repites la operación.
La maquinita de marras se empeña en hacerte tres fotos tamaño mural antes de concederte las cuatro tamaño pasaporte que le pedías, con el consiguiente gasto de dinero insultante por ver la triste desfigurancia de tu cara, ampliada, y por triplicado. (No querías pan…)
Y vuelves. Vuelves armada de cabezonería, que se empeña en mantenerse firme caminando contra el vendaval y la tormenta que se acaban de desatar.
(Gibreel, préstame tu halo, que me cubra desde el cuello hasta el pelo más alto de la cabeza, que me mantenga amable, que me tenga sosegada. Come on, bibi, sé que estás en elgún lugar del mundo esta precisa mañana, y sé que tiene que ser cerca, por los inmigrantes, por los desterrados, ayúdame a mantener atada a la fiera...)
Y te plantas delante del tremendo imbécil, sin dejar de sonreír. Porque has descubierto, en el tiempo que llevas en esta tu querida isla, que si te ven siempre sonriendo se piensan que eres imbécil y te conceden todos y cada uno de los deseos que les pidas.
Así que sonríes.
-Ah, usted otra vez, Miss.
“Sí, no te jode, Miss Hertfordshire, imbécil. Si yo te contara…”, te callas, para ti.
-A ver, ¿Qué pongo, Miss, Mrs, o Ms?- te pregunta el tío, tachando Ms y Mrs y subrayando Miss, que equivale a llamarte solterona a la cara y sin miramientos.
“Para qué coño preguntas, alcornoque, si vas a poner lo que te salga de donde quiera que te pueda salir”, piensas, al ver cómo se queda contigo. Pero tú sigues sonriendo.
Y con esa misma sonrisa de sábado satánico, le dices, de todas maneras, que no eres Miss. (a no ser que te hayan nombrado sin tener la delicadeza de decírtelo, en cuyo caso ya te gustaría saber dónde carajo te han escondido la corona y las flores, y la banda con el MISS OURENSE en letras doradas bien grandes y bien vulgares)
Al tipejo se la trae floja, porque esa mañana ha decidido que no está allí para hacer su trabajo, sino para darte el día.
Entonces llega el momento del apellido. A saber: de LOS apellidos, porque claro, eres española, y ya has sufrido más de una vez las consecuencias de la imperdonable imbecilidad británica, que no se conforma con ser ignorante sino que además se regodea en el charco de la subnormalidad más apestosa de éste nuestro sub-mundo occidental.
Le empiezas a intentar decir que tienes dos apellidos, para que no te pase como te pasó aquella vez, que casi te quedas sin ir a Australia por culpa de lo mismo (un apellido en el visado, dos en el pasaporte, dos en el DNI), y luego, que casi te quedas sin regresar de Australia.
El tío te interrumpe a mitad de la segunda palabra y suelta (¡En el idioma de Shakespeare! ¡Cómo, Señor, Cómo!)
-Mira, love, si quieres vivir aquí vas a tener que acostumbrarte y adaptarte a lo que hay, ok? Que aquí no estamos en Estados Unidos. En tu tierra, como queráis.
(¿Perdón? ¿Me habré dejado puestos otra vez el burka y el chaleco con la dinamita? Si es que llevo un despiste… va a ser eso).
Ahí es donde la sonrisa que forzabas decide largarse a buscar al buen humor que se te largó horas ha, que debe de estar ya muy, muy, muy lejos del punto exacto en que se encuentra tu propio cuerpo en esos momentos, y de perdida al río, recuerdas aquello que te decían en catequesis que la honestidad sube puntos en el Cielo.
-Look, love -le dices, con el “love” acentuado y una dulzura casi pornográfica, reclinándote levemente sobre el mostrador, para que te oiga mejor -, pago setenta libras de impuestos a la semana, ciento cuarenta de tasas municipales al mes, trabajo bastantes más horas que tú y llevo desde que nací, en España, aguantando a tus compatriotas cuando vienen a ensuciar las calles de mi ciudad y a meterse en peleas. Me he acostumbrado al clima, a la mierda de luz natural, a la mierda de verdura, a la mierda de fruta y a la mierda de carne; a la mierda de servicio que tenéis por transporte público y a setecientos borrachos incultos con los que casi me tengo que pelear a diario por las calles de este sitio inmundo que, dicho sea de paso, se merece todo mi cariño. Creo que un poco más de respeto, de verdad, no te vendría nada, pero que nada mal. Y ahora ponme el nombre que te dé la gana y give me the fucking card, if you don’t mind.
Sí, claro. Ya sabes lo que viene después. Después de ver la cara del cabrito ése transformarse completamente, irse de un sonrosado etílico a un lívido mórbido, de una locuacidad impertinente a un silencio abrupto… te sientes mal. Porque no quieres rendirte. No quieres creerte que vayas donde vayas, viajes a dónde viajes, siempre tengas que ir a darte de bruces con el 10% de hijoputismo autóctono.
Eso sí, Mister Farishta, Mister Chamcha, dejaste el pabellón bien alto.
Aquel preciso sábado por la noche, en algún lugar del mundo había gente en un bar, celebrando un cumpleaños atrasado o adelantado. Seguramente, en algún lugar del mundo de aquella noche de sábado, también había un hombre conviertiéndose en ángel y otro en diablo, vivos o muertos, y una niña con dolor de muelas, una flor que se marchitaba al sol abrasador de verano del hemisferio sur, y un tiburón comiéndose una foca a dentadas hiperbólicas.
Pero tú no eras ninguno de ellos. Tú, aquella precisa noche de sábado, te fuiste a la cama y dormiste como una campeona.





