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Condúceme al placer...
Escritos y fotografías explícitas, MAYORES DE 18 AÑOS

Acerca de

las sirenas atraían a los hombres con sus cantos... yo pretendo atraerte y llegar a engancharte con mis palabras... siendo yo misma... con mi esencia.

Sindicación

 
Dulce y picante...
Abrí los ojos. Estaba sola en la cama. Escuché cacharrear en la cocina. Eran casi las 12 de la mañana, había dormido unas 4 horas... me levanté y me acerqué a la ventana. Fuera seguía lloviendo, se veía que hacía bastante frio. Por suerte, en su casa, hacía el suficiente calor para seguir andando los dos desnudos tranquilamente.
Andé despacio por el pasillo hasta llegar a la cocina. En silencio, apoyada en el marco de la puerta le observé. Completamente desnudo, preparando algo en una cazuelita. Olía a café recién hecho. Me acerqué y me quedé a su lado, apoyada en la encimera, sonriéndole. Se acercó y me besó la mejilla.

-"Prefieres chocolate recién hecho o café?",-me preguntó.
-"Pues... sinceramente café con leche"
-"Estás segura? Anda, siéntate ahí, cierra los ojos y ahora decides..."

Le hice caso, me senté en aquella silla blanca y azul, riéndome y cerré los ojos. Le escuché abrir la nevera y dejar algo en la encimera de la cocina. Me costaba seguir con los ojos cerrados, me podía la curiosidad, pero me esforcé para complacerle. Se acercó a mí y me dijo que abriese la boca. Lo hice. Noté algo duro contra mis labios, cubierto con algo espeso y caliente que supuse era el chocolate. Lo era. No lo metió en mi boca, sino que lo restregó por mis labios, manchándome como un niño que hubiese estado comiendo chocolate. Yo me reía. Metió aquello duro en mi boca y me indicó que mordiese... era una fresa, cubierta con el chocolate caliente. Deliciosa.
Sin dejarme terminar de masticar y tragar, noté su lengua por mi cara, limpiando el chocolate que había restregado por ella, su boca invadió la mía, nuestras lenguas untadas aún en chocolate se enfrentaron. Estábamos muy excitados.

-"Sigues prefiriendo el café",-me preguntó. Sin hablar, sólo con un movimiento de cabeza, negué. Imposible decidirme ahora por el café... Quería más chocolate, quería más de aquel juego que había comenzado. -"Estupendo",-dijo, satisfecho.

Abrí los ojos y le pedí que me los vendase para estar más cómoda. Lo hizo. Recogió en el dormitorio la venda que había utilizado la noche anterior y cubrió mis ojos. Jugueteó de nuevo con mis labios, nuestras lenguas encontrándose de nuevo y de repente, sentí el chorro caliente en mi pecho, el chocolate resbalar por mi piel, calentándola, casi quemándola. Un gemido escapó de mis labios, a pesar de estar atrapados por su boca que me liberó para atrapar inmediatamente mis pezones, la piel de mis senos, lamiéndolos, succionándolos... yo me dejaba hacer, quieta, cada vez más excitada, sintiéndo de nuevo caer el líquido caliente en mi piel, mi vientre, mis pechos, mis muslos... me tomó de las manos y me hizo tumbarme en el suelo, con las piernas abiertas.

Sentí el calor del chocolate en mi sexo... ya no estaba tan caliente, pero la sensación fue intensa, más aún cuando su lengua se perdió en los pliegues de mi sexo, sus manos abriéndolo para limpiarlo mejor, para llegar a todos los rincones. Mis gemidos, cada vez más intensos y el movimiento de mis caderas eran claros indicadores de mi excitación. -"Por favor, fóllame",-gemí.

Su cuerpo sobre el mío.
Su sexo en mi interior.
Sus embestidas haciéndome gemir.
El temblor de piernas precedente al orgasmo.
Entre fuertes gemidos, convulsión en mi interior. Me dejo ir.

El no había terminado. Sin dejar que me recuperase, me hizo ponerme de rodillas frente a él e invadió mi boca con su sexo, duro, caliente aún al haber estado en mi interior, aún con mi sabor.

Me dijo que abriese la boca y sacase la lengua. Supuse que quería correrse en ella... dejó caer chocolate, aún líquido pero sólo tíbio en ella, mientras, su semen se derramaba en mi lengua y mi cara, mezclándose con el chocolate.
 
Cierra los ojos
Si vinieses, te sentarías aquí, en el sofá, cerrarías los ojos... te los vendaría.
Relájate. Tan sólo escúchame, siénteme.

Apagaría la luz... así te será más fácil dejarte llevar...

Estoy sentada junto a tí, sientes el calor de mi cuerpo pegado al tuyo, mi respiración en tu oreja, en tu cuello... caliente, húmeda, como soy toda yo. Sigo hablándote.
Voy a colocarme en el suelo, frente a tí y entre tus piernas, voy a quitarte los zapatos, los calcetines, voy a meter las manos por la pernera de tu pantalón, acariciar tus piernas así, tus pantorrillas... voy a deslizar mis manos por fuera, acariciando tus piernas por encima de la tela, hasta llegar a tu cinturón, que desabrocharé y te quitaré, despacio, mientras tendré mi boca frente a tu boca, casi rozándola, labios con labios... sin tocarlos.

Me iré incorporando, notarás mi cuerpo cerca de tí de nuevo. Mis manos subirán por tu torso, por encima de tu camisa, acariciándote, desabrochando los botones que encuentren a su paso. Iré dejando tu piel al descubierto y notarás mis manos, su calor, en tu cuerpo. Mi boca buscará tu piel, la rozará, levemente, mientras mis manos abren tu camisa, desabrochan tu pantalón.
Voy a besar tu cuello, tus orejas, tus labios, tu cara, voy a lamer tu piel, a tener tu sabor en mi boca. Voy a succionar, a chupar, a deleitarme con el sabor salado de tu cuerpo.

Estoy de pie frente a ti, junto a ti, pero tu no me ves. Tomo tus manos y las llevo a mis muslos, para que me acaricies, pero no te las suelto. Te guío por mis piernas, hacia arriba, tú palpas mis medias, las tiras del liguero, el borde de las bragas, te incorporas para acercarte más a mí, quieres mi sexo pero no, no quiero, no ahora. Te echo hacia atrás de nuevo. Estate quieto, de momento.
Voy a acariciarte de nuevo, tu torso, tu rostro... voy a hacerte sentir mi piel en tu piel, mi cuerpo pegado al tuyo, mi boca deslizarse hambrienta hacia tu sexo. Lo acaricio, duro, hinchado, queriendo salir por encima de la tela. Quiero que sea mío.

Porque... cuando tu sexo esté en mi boca serás mío, haré contigo lo que quiera, lo sabes... cuando tu sexo sienta la humedad, el calor del interior de mi boca; cuando tu sexo sea recorrido por mi lengua, jugosa, juguetona, curiosa; cuando tu sexo sienta la presión de mis labios en su carne dura y mis manos jueguen, acaricien, expriman tu sexo; cuando tu sexo sienta la presión de mi garganta, sienta ese calor, esa tensión; cuando no puedas más y derrames tu esencia en mi boca, abierta para tí, entonces, vas a ser mío... lo sabes, lo deseas.




 
Hace dos años (3: fin de recuerdo -no para mí-)
Me hizo ponerme de rodillas, a sus pies. Me hizo elevar la cara, dejándola a la altura de la cremallera de su pantalón. .-"Esto es lo que quieres, ¿verdad?". Sentí una oleada de calor subir de mi sexo a mi rostro, excitación y vergüenza mezclados. Asentí. No hizo nada más, sólo alejarse por el pasillo y llamarme a su lado.
Me quedé parada, indecisa. Dudé si ponerme de pie o seguirle a cuatro patas. Había probado alguna vez, jugando, a caminar a cuatro patas, me resultaba difícil andar así (imagino que era una especie de "bloqueo" mental, por la humillante postura)... Intento dejar de pensar y me lancé. Llegué al salón y allí estaba sentado en una enorme rinconera. Con un gesto me indica que me acerque y permanezco así, de rodillas, frente a él, esperando. No quiero pensar, sólo dejarme llevar, escucharle, sentirle...
-"Escucha atentamente ahora",-me dice. "Tú conoces mis gustos, mis preferencias...". Sé a qué se refiere: placer y dolor. El me dice que va a someterme a su antojo, que me castigará, que me humillará, que me tratará como le de la gana y como nunca me han tratado hasta ese momento, y que si no quiero aceptarlo, lo diga en ese momento.
Sus palabras hacen que mi cabeza se nuble y siento latir mi sexo, estoy nerviosa, tengo miedo y a la vez, me siento confiada y segura...
Acepto.
Me ordena mirarle a los ojos. Su mirada me hace temblar. No puedo mantener mi mirada en sus ojos. Me tapa los ojos con un pañuelo. Ahora estoy tremendamente excitada... perder el sentido de la vista de esa manera y ser atada siempre fueron mis debilidades... El se levanta. Siento que pasea a mi alrededor, mirándome allí, de rodillas en su alfombra, quieta, esperando. Me tiende la mano y me ordena seguirle, de pie. Sé que obedeceré a lo que me diga y a la vez tengo miedo a entregarme de esa manera... Me guía, me lleva sujetándome por los hombros, por el pasillo por el que antes fui a cuatro patas hasta otra zona del piso.

Me hace sentarme en la cama. Me ordena tumbarme en ella, boca arriba. Obedezco. El abre mis brazos en cruz y las piernas, y los ata a los extremos de la cama, cintas suaves de velcro. Estoy temblando. Noto que él se recuesta a mi lado, siento su contacto, sus manos en mi cuerpo... sus dedos en mi sexo, palpándolo. Deseosa como estoy, mis caderas se mueven y buscan estimularme. El se aleja un poco, siento que me observa.
Estoy en sus manos, sujetas mis muñecas y tobillos, mis brazos y piernas en cruz, abierta, expuesta, entregada.
 
Hace dos años (2)
Ellos sonreían nerviosos. Yo, miraba a la mesa, avergonzada y sintiéndome cada vez más mojada, lo que me avergonzaba aún más y aquello se convirtió en un círculo vicioso.
Me dijo que cerrase las piernas y me acercase a la barra, pero pasando al lado de aquellos dos tipos, a pagar los cafés. Apagó la vibración de las bolas que seguían en mi interior, provocándome un placer increíble en aquella situación. Lo hice, notaba el rubor en mi rostro mientras el camarero me daba el cambio y ellos me miraban y me sonreían. Me temblaban las piernas. El se acercó por detrás y me agarró de la mano para sacarme de allí.
De nuevo en el coche, sacó unas esposas de su bolsillo y las colocó en mis muñecas, que yo dejé reposar sobre los muslos. El me hablaba pero yo no era capaz de articular palabra. Al sentirme atada, era como si además una mordaza invisible me impidiese hablar también. El bromeó con ese aspecto.
El viaje hasta su casa fue de casi una hora. Mis nervios iban aflorando cada segundo, cada indicación de la carretera en la que veía los kilómetros de menos que quedaban hasta llegar a su ciudad, la ansiedad incrementaba. Según le apetecía, durante todo el trayecto, encendió y apagó la vibración de las bolas, deslizaba sus dedos por mi sexo empapado y luego me los hacía lamer, recordándome que no debía llegar a tener un orgasmo.

Antes de salir del coche me quitó las esposas. En el ascensor me fallaban las piernas. Entramos en su casa. Una sensación de pánico me invadió. ¿Y ahora qué podría ocurrir? En realidad ¿de qué conocía a este hombre?. Podría haber fallado mi instinto y él haberme engañado y ahora pasar cualquier cosa, a tantos kilómetros de la tranquilidad de mi casa.
-"Desnúdate",-me dijo, nada más entrar, en el recibidor. Yo bajé la mirada y empecé a hacerlo. Me quité el abrigo, que él tomó y dejó colgado en un perchero. Desabroché mi camisa, dejando ver al quitármela un corpiño negro, me bajé la falda, me deshice de la lencería y dejé todo caer a un lado. El, atento, lo recogió todo y lo dejó estirado en una silla.
Yo estaba tensa, muy nerviosa, pero a la vez, tenía una extraña sensación de seguridad a su lado... y excitada al obedecerle. El metió su mano entre mis piernas, hurgando en mi sexo...
"Estás empapada..."
 
Esta tarde...
Tú.
Sí, sí, tú, no te hagas el despistado que hablo contigo.
No me hagas señalar, que sabes perfectamente que me dirijo a tí.

Esta tarde me has tenido loca. ¿Sorprendido? Vaya... así que te sorprende que me imagine contigo... ¿no lo esperabas?. Pues sí, esta tarde mis fantasías te tenían a tí como protagonista... un cuerpo sin rostro, sin definir en realidad, eras piel, eras unas manos, un torso, eras carne, eras sexo.

¿Te gustaría saber en qué pensaba, tumbada en la cama, caliente, casi hirviendo mi sexo empapado, mientras mis dedos se deslizaban por mi piel, acariciando y apretando mis senos, pellizcando mis pezones, lamiendo mis dedos antes de encontrar mi sexo, de frotar ese trocito de carne rosada y frágil... mis manos buscando el placer que desearían obtener a través de tus manos?

Mírame.
No te conozco y te deseo. Me enciendes. Me provocas. Me aturdes. Me excita pensar en tu cuerpo pegado al mío, tu torso pegado a mi espalda, tus brazos sujetándome contra tí, tus manos tomándome, invadiéndome, tus dedos empapados en mi sexo, acariciándolo hasta hacerme estallar y derramarme para tí.

Poséeme.
 
Hace dos años (1)
Van a cumplirse dos años y mi mente no para de viajar en el tiempo...
El avión sobrevolaba el Mediterráneo y sentía crecer en mi interior la ansiedad por el encuentro... la maleta con algunos de mis "juguetes", el saberme sin bragas... y las palabras de él retumbando en mi cabeza.
Veo el mar desde la ventanilla... llegaría a la ciudad donde me encontraría con él. Me sentí nerviosa, feliz y excitada a la vez.

Crucé las puertas del aeropuerto que me conducirían a él, erguida, aparentando seguridad. Yo intentaba adivinar su presencia, anticiparme para controlar la situación... Pero fue él, con su seguridad, su determinación, el que se acercó, sonriendo y cuando estuvo frente a mí, me tomó y besó mi boca con intensidad. En un momento, me sentí suya... era increíble la sensación de poder que me transmitía...
Sentí la primera oleada de excitación en su presencia al sentarme en el coche cuando deslizó su mano entre mis muslos. Yo me senía abandonarme por momentos a su merced, me sentí entregada, receptiva ante cualquier propuesta, todo mi cuerpo a su disposición. Me hizo levantarme la falda e introdujo en mi interior unas bolas metálicas, grandes, con vibración, que encendió. Dejó el mando de la vibración a su alcance, pasándolo por la cinturilla de mi falda y enganchándolo por fuera. Yo estaba empapada, no recordaba haber estado así desde hacía mucho tiempo. Arrancó el coche y me preguntó por mi viaje y cosas por el estilo. Yo temblaba, de miedo y excitación. Escuchaba atentamente y no era capaz de articular palabra, sólo deseaba contener mi excitación para complacerle y no llegar a tener un orgasmo porque él me lo había "prohibido".
Aparcó en una calle céntrica, desconectó la vibración (cosa que agradecí porque ya no podía más) y salimos a la calle. Llovía. El sacó el paragüas y me agarró contra sí. Me sentía protegida y sumisa a su lado y esa sensación me reconfortaba con él. Entramos en una cafetería. El eligió la mesa y me ayudó a quitarme el abrigo. Hablábamos delante de un par de cafés, él acariciaba mi rostro, mis hombros... cuando, de repente, me dijo que callase y le mirase a los ojos... lo hice, pero enseguida bajé la mirada, no podía manterla mucho tiempo, me dominaban esos ojos, me ultrajaban, notaba que penetraban en mi interior y rebuscaban en cada rincón de mi mente y de mi alma, haciéndose Dueño de mí.

-Has visto que hay dos hombres al fondo, en aquella mesa, ¿verdad?,-me dijo. No me había fijado hasta entonces; efectivamente, eran dos, y nos miraban disimuladamente. -Vas a girarte un poco, hacia ellos, vas a abrir las piernas y subirte un poco la falda, como quien no quiere la cosa.
Le miré sorprendida, dudaba si hacer aquello. Pero de nuevo... sus ojos... lo hice. Aquellos hombres se dieron cuenta enseguida de mis movimientos debajo de la mesa y sus miradas disimuladas se volvieron descaradas. Yo miraba a ver si desde la barra, el camarero nos veía o no, no quería que nos llamasen la atención, me moriría de vergüenza. Mi falda subida hasta dejar ver mis muslos enfundados en las medias, las piernas abiertas mostrando mi sexo invadido por aquellas bolas metálicas y de repente, él encendió de nuevo la vibración. Mi cuerpo se tensó.
-Abre más las piernas, y sube un poco más la falda, muéstraselo, les está gustando, ¿lo ves?.
Me sentía humillada y a la vez muy excitada.
 
Sensualidad
El vino se me ha subido a la cabeza... me río cuando caigo sobre su cama y me mira, me sonríe, divertido. Me gusta su sonrisa y lo sabe, y la utiliza junto con su mirada, para seducirme, para tenerme en sus manos. Recostado a mi lado me observa. Me quedo callada y le miro a los ojos, esos ojos mitad oriental-mitad occidental, producto de la mezcla de razas en su familia, lo normal allá en su país. Acaricia mi rostro, casi sin tocarlo en realidad y se levanta, me ayuda a incoporarme y me lleva hacia el baño. Cuando voy a preguntar, antes de que diga nada, un dedo en mis labios hace que guarde silencio. Espero de pie junto al lavabo mientras él pone el tapón en la bañera y abre los grifos, regula la temperatura y deja el agua correr. Se sienta en el borde de la bañera y me atrae junto a él.

Desabrocha los botones de mi chaquetita de lana negra, dejando la piel al desnudo, la lencería al descubierto. Estoy nerviosa, él lo nota y me pide que me deje llevar. Me desnuda por completo y me tiende la mano para ayudarme a entrar en la bañera, me hace sentarme.
Arremanga su camisa y se enjabona las manos antes de empezar a deslizar sus dedos por mi piel: los hombros, un brazo, la mano, luego el otro... la espalda, el pecho.
Me ayuda a ponerme de pie. Vuelve a poner jabón en sus manos y las desliza por mi estómago, mi vientre, mis caderas, mis muslos, mis piernas... vuelve a subir, se incorpora y me mira a los ojos.

Su presencia me resulta imponente (y más ahora sin tacones, su metro ochenta frente a mi metro sesenta), me gustan sus ojos, su sonrisa, su pelo largo y muy negro. Estoy tremendamente excitada, deseo que me toque sin parar, deseo su piel en mi piel, sus labios, su carne... desliza su mano por mi pubis hacia mi sexo. No deja de mirarme a los ojos y yo intento mantener la mirada cuando sus dedos encuentran el centro de mi placer, ese rincón que me hace estallar... Mis labios entreabiertos dejan escapar un gemido.

Me estremezco.