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Condúceme al placer...
Escritos y fotografías explícitas, MAYORES DE 18 AÑOS

Acerca de

las sirenas atraían a los hombres con sus cantos... yo pretendo atraerte y llegar a engancharte con mis palabras... siendo yo misma... con mi esencia.

Sindicación

 
Hace dos años (1)
Van a cumplirse dos años y mi mente no para de viajar en el tiempo...
El avión sobrevolaba el Mediterráneo y sentía crecer en mi interior la ansiedad por el encuentro... la maleta con algunos de mis "juguetes", el saberme sin bragas... y las palabras de él retumbando en mi cabeza.
Veo el mar desde la ventanilla... llegaría a la ciudad donde me encontraría con él. Me sentí nerviosa, feliz y excitada a la vez.

Crucé las puertas del aeropuerto que me conducirían a él, erguida, aparentando seguridad. Yo intentaba adivinar su presencia, anticiparme para controlar la situación... Pero fue él, con su seguridad, su determinación, el que se acercó, sonriendo y cuando estuvo frente a mí, me tomó y besó mi boca con intensidad. En un momento, me sentí suya... era increíble la sensación de poder que me transmitía...
Sentí la primera oleada de excitación en su presencia al sentarme en el coche cuando deslizó su mano entre mis muslos. Yo me senía abandonarme por momentos a su merced, me sentí entregada, receptiva ante cualquier propuesta, todo mi cuerpo a su disposición. Me hizo levantarme la falda e introdujo en mi interior unas bolas metálicas, grandes, con vibración, que encendió. Dejó el mando de la vibración a su alcance, pasándolo por la cinturilla de mi falda y enganchándolo por fuera. Yo estaba empapada, no recordaba haber estado así desde hacía mucho tiempo. Arrancó el coche y me preguntó por mi viaje y cosas por el estilo. Yo temblaba, de miedo y excitación. Escuchaba atentamente y no era capaz de articular palabra, sólo deseaba contener mi excitación para complacerle y no llegar a tener un orgasmo porque él me lo había "prohibido".
Aparcó en una calle céntrica, desconectó la vibración (cosa que agradecí porque ya no podía más) y salimos a la calle. Llovía. El sacó el paragüas y me agarró contra sí. Me sentía protegida y sumisa a su lado y esa sensación me reconfortaba con él. Entramos en una cafetería. El eligió la mesa y me ayudó a quitarme el abrigo. Hablábamos delante de un par de cafés, él acariciaba mi rostro, mis hombros... cuando, de repente, me dijo que callase y le mirase a los ojos... lo hice, pero enseguida bajé la mirada, no podía manterla mucho tiempo, me dominaban esos ojos, me ultrajaban, notaba que penetraban en mi interior y rebuscaban en cada rincón de mi mente y de mi alma, haciéndose Dueño de mí.

-Has visto que hay dos hombres al fondo, en aquella mesa, ¿verdad?,-me dijo. No me había fijado hasta entonces; efectivamente, eran dos, y nos miraban disimuladamente. -Vas a girarte un poco, hacia ellos, vas a abrir las piernas y subirte un poco la falda, como quien no quiere la cosa.
Le miré sorprendida, dudaba si hacer aquello. Pero de nuevo... sus ojos... lo hice. Aquellos hombres se dieron cuenta enseguida de mis movimientos debajo de la mesa y sus miradas disimuladas se volvieron descaradas. Yo miraba a ver si desde la barra, el camarero nos veía o no, no quería que nos llamasen la atención, me moriría de vergüenza. Mi falda subida hasta dejar ver mis muslos enfundados en las medias, las piernas abiertas mostrando mi sexo invadido por aquellas bolas metálicas y de repente, él encendió de nuevo la vibración. Mi cuerpo se tensó.
-Abre más las piernas, y sube un poco más la falda, muéstraselo, les está gustando, ¿lo ves?.
Me sentía humillada y a la vez muy excitada.
No