Una estadística, una tradición y una película
La estadística:
En Canadá, el año pasado, la cifra de personas muertas por embestida de alce duplicó a la de muertas por ataques de oso.
La tradición:
En el sur de Italia, el día de nochevieja se arrojan por la ventana los cacharros y muebles viejos que ya no se necesitan. Es para iniciar una nueva vida, pero supone un notable desprecio por las cosas antiguas.
La tradición la han copiado en sudáfrica y en algunos lugares de latinoamérica. En Dinamarca, sin embargo, se limitan a romper en la puerta de la casa todos los platos viejos.
La película
2.046. Es una película china. Entre clásica y posmoderna. Sobra la historia de la mujer con un guante, pero el resto hubiera podido escribirlo yo mismo hoy. O al menos subscribirlo. En particular la aventura onírica de ciencia ficción sesentona que da título a la peli.
En Canadá, el año pasado, la cifra de personas muertas por embestida de alce duplicó a la de muertas por ataques de oso.
La tradición:
En el sur de Italia, el día de nochevieja se arrojan por la ventana los cacharros y muebles viejos que ya no se necesitan. Es para iniciar una nueva vida, pero supone un notable desprecio por las cosas antiguas.
La tradición la han copiado en sudáfrica y en algunos lugares de latinoamérica. En Dinamarca, sin embargo, se limitan a romper en la puerta de la casa todos los platos viejos.
La película
2.046. Es una película china. Entre clásica y posmoderna. Sobra la historia de la mujer con un guante, pero el resto hubiera podido escribirlo yo mismo hoy. O al menos subscribirlo. En particular la aventura onírica de ciencia ficción sesentona que da título a la peli.
La historia de miedo
Un noche, hace poco, prometí una historia de miedo tumbado en mi cama junto na una amiga. No la conté porque no era lo más recomendable cuando después uno tiene que pasar la noche solo en ese dormitorio inmenso. Pero empecé a imaginarla, a partir de la idea de un antiguo y horrendo crimen en esa misma habitación.
De pronto, la historia me llega sola, por el comentario de una vecina. Y esta vez es real.
Resulta que en mi casa vivían en los años cuarenta varias familias. Una de ellas ocupaba todo el lado donde esta mi dormitorio y el de invitados. El hombre se llamaba Alfonso; tenía tres hijos y trabajaba de contable en una empresa de seguros.
Como su sueldo no le bastaba para llegar a fin de mes, montó en la azotea de la casa un taller de muñecas de cartón piedra. Alfonso recogía periódicos y cartones viejos; en un gran caldero los hervía hasta convertirlos en una pasta fina que usaba luego para rellenar unos moldes. Al secarse eran perfectas muñecas de cartón piedra que una vez pintadas se vendían fácilmente a los niños de la época.
Una tarde Alfonso se subió al taller junto a la hija más pequeña de la familia, que se entretenía jugando en la azotea. Por alguna razón el tuvo que bajar a casa y la niña, sin vigilancia, se puso a jugar con el calero donde hervían los papeles. Con tan mala suerte que se lo volcó encima.
Sufrió quemaduras horribles y aunque la llevaron al hospital urgentemente, nada se pudo hacer para salvar su vida. Murió en casa, en la cama de sus padres, entre tremendos aullidos que aún recuerdan los vecinos.
La madre se volvió loca y hasta el fin de sus días -no hace tanto de eso- se la veía en el balcón o por la calle siempre gritando como si la estuvieran hirviendo a ella misma.
Así pues, hay razones para el miedo. Y no es la única, porque otro de los hermanos también murió de una caída al patio en esta misma casa, aunque esa es otra historia, para otra noche de miedo.
De pronto, la historia me llega sola, por el comentario de una vecina. Y esta vez es real.
Resulta que en mi casa vivían en los años cuarenta varias familias. Una de ellas ocupaba todo el lado donde esta mi dormitorio y el de invitados. El hombre se llamaba Alfonso; tenía tres hijos y trabajaba de contable en una empresa de seguros.
Como su sueldo no le bastaba para llegar a fin de mes, montó en la azotea de la casa un taller de muñecas de cartón piedra. Alfonso recogía periódicos y cartones viejos; en un gran caldero los hervía hasta convertirlos en una pasta fina que usaba luego para rellenar unos moldes. Al secarse eran perfectas muñecas de cartón piedra que una vez pintadas se vendían fácilmente a los niños de la época.
Una tarde Alfonso se subió al taller junto a la hija más pequeña de la familia, que se entretenía jugando en la azotea. Por alguna razón el tuvo que bajar a casa y la niña, sin vigilancia, se puso a jugar con el calero donde hervían los papeles. Con tan mala suerte que se lo volcó encima.
Sufrió quemaduras horribles y aunque la llevaron al hospital urgentemente, nada se pudo hacer para salvar su vida. Murió en casa, en la cama de sus padres, entre tremendos aullidos que aún recuerdan los vecinos.
La madre se volvió loca y hasta el fin de sus días -no hace tanto de eso- se la veía en el balcón o por la calle siempre gritando como si la estuvieran hirviendo a ella misma.
Así pues, hay razones para el miedo. Y no es la única, porque otro de los hermanos también murió de una caída al patio en esta misma casa, aunque esa es otra historia, para otra noche de miedo.
La estatua y la doncella
Inevitable.
El hombre va disfrazado de estatua; y ejerce de estatua. Encima de un cubilete, en mitad de la calle. A cada moneda que le cae en el platillo cambia su posición por otra aún más verosimil. A cada nueva postura retorcida mayor es la concentración necesaria para permanecer inmóvil.
Y enfrente ella. Tiene apenas diecisiete años. Rubia. jenas y camiseta blanca. Cara traviesa. Lo mira fijamente, a los ojos, sin perder la media sonrisa. Lo mira fijamente, y con deseo. Con deseo descarado.
Parece un duelo. Ella no disimula ni se inmuta, él cada vez está más nervioso.
El hombre va disfrazado de estatua; y ejerce de estatua. Encima de un cubilete, en mitad de la calle. A cada moneda que le cae en el platillo cambia su posición por otra aún más verosimil. A cada nueva postura retorcida mayor es la concentración necesaria para permanecer inmóvil.
Y enfrente ella. Tiene apenas diecisiete años. Rubia. jenas y camiseta blanca. Cara traviesa. Lo mira fijamente, a los ojos, sin perder la media sonrisa. Lo mira fijamente, y con deseo. Con deseo descarado.
Parece un duelo. Ella no disimula ni se inmuta, él cada vez está más nervioso.
Dalibor
Esta noche atormentada he soñado con Dalibor. Dalibor era un niño del norte de Bosnia que llegó en 1993 a nuestro campo de refugiados, a Gasinci. Venía de Derventa, donde durante un bombardeo aéreo una bomba había penetrado, atravesando su casa, hasta el sótano en el que su familia estaba escondida. Murieron todos y él quedó extrañamente ileso.
Dalibor, de once años, vivió en el campo como huérfano, acogido provisionalmente por una buena familia. Parecía loco: aunque sonreía a menudo, apenas hablaba; se pasaba el día sumergido en la enorme cuba que recogía la basura de los cinco mil refugiados; de vez en cuando chillaba lastimosamente.
Su madre de acogida -una mujer musulmana, grandota, peinada con rulos a la rusa y que tenía otros tres hijos- hizo de psicóloga improvisada y frente a las constantes pesadillas de Dalibor, le pidió que dibujara en folios los sueños que tenía. Muy pronto todo el barracón de la familia pasó a estar recubierto de los dibujos de dalibor, pegados en la pared.
El protagonista de la mayoría de dibujos era un montruo extraño y peludo. La señora le puso un nombre al monstruo y en el barracón todos hablaban de él como de un personaje de comic cuyas nuevas aventuras presentaba Dalibor cada mañana. Así se fue aciendo cotidiano y la intensidad de las pesadillas descendió notablemente.
Al cabo de un año, un día de pronto se presentó a la policía croata de la puerta del campo una niña prácticamente idéntica a Dalibor. Resultó ser una desconocida hermana gemela suya que se había escapado de Zagreb y había hecho por su cuenta los doscientos kilómetros de guerra hasta el campo. Así descubriumos que en verdad Dalibor no era totalmente huérfano. Sus padres se habían separado muchos años antes, dividiéndose la custodia de los gemelos: uno para cada uno. Aunque en el bombardeo habían muerto su madre, hermanos y padrastro, en Zagreb vivía aún su padre biológico.
El descubrimiento le dio una nueva trascendencia a las pesadillas de Dalibor. La hermana se quedó unos meses a vivir en el campo, y se volvieron inseparables. Me acostumbré a cruzarme con los dos gemelos juntos deambulando por los caminos del campo. Una piscóloga de alguna ONG que vinó entonces y conoció el caso se atrevió a aventurar que el monstruo de las pesadillas no era "la muerte" como todos pensábamos, sino la figura de su padre, del que nunca habló.
Hoy he vuelto a soñar con toda la historia, y en mi sueño el mosntruo era asombrosamente parecido a ese alien que muchos llevamos dentro y salta cuando menos lo deseamos, estropeándonos.
Dalibor, de once años, vivió en el campo como huérfano, acogido provisionalmente por una buena familia. Parecía loco: aunque sonreía a menudo, apenas hablaba; se pasaba el día sumergido en la enorme cuba que recogía la basura de los cinco mil refugiados; de vez en cuando chillaba lastimosamente.
Su madre de acogida -una mujer musulmana, grandota, peinada con rulos a la rusa y que tenía otros tres hijos- hizo de psicóloga improvisada y frente a las constantes pesadillas de Dalibor, le pidió que dibujara en folios los sueños que tenía. Muy pronto todo el barracón de la familia pasó a estar recubierto de los dibujos de dalibor, pegados en la pared.
El protagonista de la mayoría de dibujos era un montruo extraño y peludo. La señora le puso un nombre al monstruo y en el barracón todos hablaban de él como de un personaje de comic cuyas nuevas aventuras presentaba Dalibor cada mañana. Así se fue aciendo cotidiano y la intensidad de las pesadillas descendió notablemente.
Al cabo de un año, un día de pronto se presentó a la policía croata de la puerta del campo una niña prácticamente idéntica a Dalibor. Resultó ser una desconocida hermana gemela suya que se había escapado de Zagreb y había hecho por su cuenta los doscientos kilómetros de guerra hasta el campo. Así descubriumos que en verdad Dalibor no era totalmente huérfano. Sus padres se habían separado muchos años antes, dividiéndose la custodia de los gemelos: uno para cada uno. Aunque en el bombardeo habían muerto su madre, hermanos y padrastro, en Zagreb vivía aún su padre biológico.
El descubrimiento le dio una nueva trascendencia a las pesadillas de Dalibor. La hermana se quedó unos meses a vivir en el campo, y se volvieron inseparables. Me acostumbré a cruzarme con los dos gemelos juntos deambulando por los caminos del campo. Una piscóloga de alguna ONG que vinó entonces y conoció el caso se atrevió a aventurar que el monstruo de las pesadillas no era "la muerte" como todos pensábamos, sino la figura de su padre, del que nunca habló.
Hoy he vuelto a soñar con toda la historia, y en mi sueño el mosntruo era asombrosamente parecido a ese alien que muchos llevamos dentro y salta cuando menos lo deseamos, estropeándonos.
Carta a los reyes
En casa mantenemos la tradición de enviar una carta a los reyes. El listado de sugerencias de regalos va siempre precedido de una introducción infantil. O no.
Yo ya he enviado la mía de este año. Es así:
Queridos Reyes Magos:
Este que se acaba ha sido un año tan malo que todo lo que yo mismo haya podido hacer es necesariamente bueno. Así que por una vez tengo que deciros que sí que me merezco todos los regalos que seguro que vais a traerme. Dicho eso, ¿qué falta puede hacer una carta? Ninguna, porque sea lo que sea el regalo, estará bien y será merecido.
No obstante, como son muchos los regalos que tenéis que traer en estas fechas y vuestras neuronas despues de dos mil cinco años trabajando ya estarán gastadas, os presento algunas sugerencias.
Yo ya he enviado la mía de este año. Es así:
Queridos Reyes Magos:
Este que se acaba ha sido un año tan malo que todo lo que yo mismo haya podido hacer es necesariamente bueno. Así que por una vez tengo que deciros que sí que me merezco todos los regalos que seguro que vais a traerme. Dicho eso, ¿qué falta puede hacer una carta? Ninguna, porque sea lo que sea el regalo, estará bien y será merecido.
No obstante, como son muchos los regalos que tenéis que traer en estas fechas y vuestras neuronas despues de dos mil cinco años trabajando ya estarán gastadas, os presento algunas sugerencias.
Desastre
La historia de amor más bonita que uno había soñado tener. Una historia tan deliciosa que no acarrea ni un ápice de cursilería. Un amor tan parecido al compañerismo, tan libre, tan natural que parecería perfecto.
>>falta texto osado<<
>>falta texto osado<<
EMPEZANDO
Aki empieza la aventura. En el año uno de la era plantigrada. O post plantigrada. Ojalá que no.