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INTERIORES
Menú de Narima
  • Ingredientes:
    • - Media onza de verdad
    • .
    • - Una cucharada de jarabe amargo de olvido.
    • - Mitad de ignorancia, mitad de osadía.
    • - Una gotita de vanidad.
    • - Un puñado de vacío
    • - Alguna falta de ortografía (opcional)
    • - Palabras de distintos sabores y texturas para adornar, etc.
    • - Ligar bien la mezcla y servir antes de que dé tiempo a arrepentirse.
    Sindicación


     

    CONTANDO HILOS CON CUENTAGOTAS








    El abuelo, cogió una naranja del cesto, jugueteó unos instantes con ella, la sopesó y me la ofreció.
    Toma, está dulce.
    Se quedó observándome a través de los cristales nebulosos de sus gafas. Estaba callado, repiqueteando con los dedos sobre la tabla de la mesa.
    Y bueno, “mariantonia” ¿Qué tal en la escuela?...Yo sabía la importancia que le daba mi abuelo, a eso de llamar a las personas por su nombre.
    Bien, bien, ya nos van a dar las notas. Creo que tengo todos dieces, menos un siete en mates…
    Ya, ya, lo que yo digo es que si aprendéis, si…
    Asentí con la cabeza, esperando que me planteara uno de los acertijos con los que me retaba sobre “cuántos picos y patas hay si…”. Pero no, con gesto pausado, saco la navaja del bolsillo, cogió la naranja, rebanó los dos polos de la fruta y le hizo unos cortes a lo largo de su piel fina y lustrosa.
    Toma, así se monda mejor.
    Tenía una voz grave y un deje crónico, como un hervidero en los bronquios que resonaba como el motor de un “pegaso” en ralentí, sobre todo cuando se reía y le daba la tos.
    ¿Y a ti qué te parece, el sabor de la naranja está en la naranja?
    La naranja era de buen tamaño. Con la “habilidad” de mis manos infantiles, había conseguido, a duras penas, separar los gajos sin que se rompieran todos. Los hilillos de zumo se deslizaban entre los dedos camino de las muñecas. Pero no la había probado, estaba ocupada limpiando el jugo antes de que se colara por la manga del jersey. Si había algo que me resultara tan molesto como llevar verdugo o leotardos, era pringarme hasta los codos.
    Respondí que sí, que creía que sí. Y lo confirmé de nuevo, con la boca llena. Esa dulzura que se me escurría por la barbilla era de naranja.
    ¿A lo mejor, esta naranja, está tomando este gusto a naranja todo el día?
    La pregunta, me pareció tentadora y me lancé con mis argumentos más convincentes.
    ¡Pero abuelo!...- mira- tú, no te pongas nervioso que te vas a confundir, yo te lo explico. ¡ Las naranjas, saben a naranjas desde que “nacendepequeñas”¡ Porque sí! si no, no son naranjas…son peras o…
    Contuvo la risa hasta que se me agotó la enumeración de frutas conocidas y terminé con los brazos en jarra y rubricando la retahíla con una afirmación rotunda:
    tambiéeeen, el botillo sabe a botillo porque es botillo y porque le da la gana…y…y… los gochos comen la fruta caída de los árboles… pero, perooo… fíjate abuelo, (remarque desacelerando el tono) que ni los botillos ni los cerdos crecen el los árboles .(He dicho).

    Sentía calor en las mejillas, creo que me puse colorada, pero estaba satisfecha de haber reconducido la idea, antes de quedarme sin aire…y porque mi abuelo, puso cara de haber descubierto la pólvora con mis explicaciones.

    Di cuenta del resto de la naranja y le acompañé a cambiar en el quiosko las novelas de “gabriel-lafuentestefanía”, como cada sábado del mes. Me compró pipas.
    De regreso a casa, sentada en sus rodillas, me indicó con el dedo el cesto de las naranjas.
    ¿Tú crees que el color de la naranja, está en la naranja?
    Le dije que sí. Sonrió con una expresión pícara y misteriosa.
    Bueno, bueno… pero…¿Y si te pongo unas gafas negras o apago la luz ¿Dónde está el color de la naranja?

    Tuve que admitir cuando me destapé los ojos que, a lo mejor, el color de la naranja no estaba en la naranja. De lo que estaba segura era que en mi caja de lápices Alpino, la pintura naranja, estaba entre el rojo y el amarillo… y que si quería, le enseñaba un truco por si se nos perdía el color naranja.

    Luego, me invitó a coger otra naranja en la palma de la mano y que la pesara.
    ¿Notas que el peso está en la naranja? ¿La naranja misma siente que es pesada? ¿Siente ese peso determinado?

    Al final, me convenció de que la naranja no es otra cosa que una serie de adjetivos, de hechos que dependían de mis ojos, de mis manos, de mi paladar, de mi nariz, de mi boca, de mi oído también (porque dejó caer la naranja en el suelo) y luego me dijo:
    ¿Te parece que la naranja es algo más que estas cosas?
    Sí, la naranja es la naranja.

    Yo en mis trece.
    Muy bien, pero trata de imaginártela sin su aroma, sin forma, sin ese color que varía entre el rojo y el amarillo, sin gusto, sin peso…
    ¡Joooo, abuelo, ese sí que es un acertijo bien difícil!...



    Años después, aprendí algunas nociones elementales de Filosofía, recordé aquel acertijo, entendí la teoría de Berkeley gracias a ese sencillo argumento de la naranja que mi abuelo me había planteado como un juego.
    Lo curioso es que mi abuelo, en su vida oyó hablar de Berkeley, apenas sabía leer y escribir… pero en su manera intuitiva de entender el mundo, me enseñó, entre otras muchas cosas, que los ojos miran, pocos observan y muy pocos ven.