Masturbación, porno y la búsqueda del Playboy perdido
Los hombres practicamos la masturbación visual. Esto es, la imaginación no nos sirve, sino que necesitamos de estímulos externos. Es entonces cuando entramos en el maravilloso círculo vicioso mundo del porno.
Durante mis primeros meses me masturbé profusamente. En ese tiempo, me imaginé a mí mismo realizando el acto sexual. Pero, a veces, la imaginación no es suficiente. Especialmente cuando lo haces por puro instinto. La curiosidad que sentía por conocer las verdaderas características del sexo era brutal. Y lo que a mí me causaba verdadera curiosidad es, ha sido y será las características del cuerpo de la mujer, especialmente de aquellas partes que siempre están escondidas.
¿A qué me refiero?
No me lo creo. ¿Aún no lo has pillado?
Me refiero (a quién si no) a la vagina (coño, conejo) femenina.
No olvidaré nunca lo sensacional que fue ver uno en vivo por primera vez. Sentir por primera vez su humedad es algo que te queda grabado a fuego. Penetrarlo por primera vez se te graba en el corazón. Pero eso es otro tema, y aún quedaban muchos años para eso.
En el verano de mis 14 años compré mi primer Playboy. Como dije, hay días en los que estás tan salido que eres capaz de casi cualquier cosa, y en aquel momento necesitaba eso. Durante varios días, sondeé la ciudad en bicicleta a la búsqueada del quiosco adecuado. El lugar tenía que cumplir una serie de características: barrio en el que no conociera a nadie, que no estuviera en un sitio muy visible ni fuera frecuentado por mucha gente, y sobre todo que tuviera pinta de ponerme pegas cuando se lo pidiera.
El día que me decidí, estaba a la par nervioso y excitado. Es más, estaba muy nervioso y muy excitado. Compré la revista con temblores en las manos, la escondí debajo de mi camiseta y me fui para leerla a un lugar en la que parecía que no había nadie.
El problema de la revista no era tanto meterla en casa como saber dónde guardarla, para lo que opté por una lúcida idea: no esconderla en mi casa. Cerca de mi barrio, por un camino a las afueras, había una montañita de escombros que parecía abandonaba. Era necesario ir en bici, pero no tardaba más de cinco minutos en llegar. Cada vez que tenía oportunidad, me iba hasta allí, cogía la revista, la llevaba hasta casa y en el cuarto de baño o mientras me duchaba me pajeaba indiscriminadamente.
Ya había visto algunas revistas porno en casa de un amigo. Y fue, sencillamente, como ver la luz por primera vez. Una imagen oscura y sucia que nos esconden desde la infancia pero que nos vuelve locos los instintos.
“A esta se la acaban de follar” dijo uno de los dos chavales que ojeaban aquella revista, refiriéndose a una de las chicas. “Todavía tiene el coño abierto”. Estuve allí unos minutos y ni siquiera toqué las revistas (era la primera que veía algo así, la vergüenza aún me dominaba) pero el momento no se le olvidará en la vida.
El caso es que pensé que la revista Playboy sería similar a éstas. Pero Playboy no es porno, es una revista erótica, así que no tenía lo que necesitaba. Sólo en una pequeña foto de una de sus páginas se vislumbraba, muy difuminadamente, la rajita. Cuando me deshice de la revista (una semana después, aproximadamente) esa foto fue lo único que conservé. Estuvo algunos meses en mi cartera, y la tiré cuando tuve sospechas de que mi madre había estando curioseando en ella. Aún así, me fue bastante útil durante mucho tiempo...
Continuará...
Durante mis primeros meses me masturbé profusamente. En ese tiempo, me imaginé a mí mismo realizando el acto sexual. Pero, a veces, la imaginación no es suficiente. Especialmente cuando lo haces por puro instinto. La curiosidad que sentía por conocer las verdaderas características del sexo era brutal. Y lo que a mí me causaba verdadera curiosidad es, ha sido y será las características del cuerpo de la mujer, especialmente de aquellas partes que siempre están escondidas.
¿A qué me refiero?
No me lo creo. ¿Aún no lo has pillado?
Me refiero (a quién si no) a la vagina (coño, conejo) femenina.
No olvidaré nunca lo sensacional que fue ver uno en vivo por primera vez. Sentir por primera vez su humedad es algo que te queda grabado a fuego. Penetrarlo por primera vez se te graba en el corazón. Pero eso es otro tema, y aún quedaban muchos años para eso.
En el verano de mis 14 años compré mi primer Playboy. Como dije, hay días en los que estás tan salido que eres capaz de casi cualquier cosa, y en aquel momento necesitaba eso. Durante varios días, sondeé la ciudad en bicicleta a la búsqueada del quiosco adecuado. El lugar tenía que cumplir una serie de características: barrio en el que no conociera a nadie, que no estuviera en un sitio muy visible ni fuera frecuentado por mucha gente, y sobre todo que tuviera pinta de ponerme pegas cuando se lo pidiera.
El día que me decidí, estaba a la par nervioso y excitado. Es más, estaba muy nervioso y muy excitado. Compré la revista con temblores en las manos, la escondí debajo de mi camiseta y me fui para leerla a un lugar en la que parecía que no había nadie.
El problema de la revista no era tanto meterla en casa como saber dónde guardarla, para lo que opté por una lúcida idea: no esconderla en mi casa. Cerca de mi barrio, por un camino a las afueras, había una montañita de escombros que parecía abandonaba. Era necesario ir en bici, pero no tardaba más de cinco minutos en llegar. Cada vez que tenía oportunidad, me iba hasta allí, cogía la revista, la llevaba hasta casa y en el cuarto de baño o mientras me duchaba me pajeaba indiscriminadamente.
Ya había visto algunas revistas porno en casa de un amigo. Y fue, sencillamente, como ver la luz por primera vez. Una imagen oscura y sucia que nos esconden desde la infancia pero que nos vuelve locos los instintos.
“A esta se la acaban de follar” dijo uno de los dos chavales que ojeaban aquella revista, refiriéndose a una de las chicas. “Todavía tiene el coño abierto”. Estuve allí unos minutos y ni siquiera toqué las revistas (era la primera que veía algo así, la vergüenza aún me dominaba) pero el momento no se le olvidará en la vida.
El caso es que pensé que la revista Playboy sería similar a éstas. Pero Playboy no es porno, es una revista erótica, así que no tenía lo que necesitaba. Sólo en una pequeña foto de una de sus páginas se vislumbraba, muy difuminadamente, la rajita. Cuando me deshice de la revista (una semana después, aproximadamente) esa foto fue lo único que conservé. Estuvo algunos meses en mi cartera, y la tiré cuando tuve sospechas de que mi madre había estando curioseando en ella. Aún así, me fue bastante útil durante mucho tiempo...
Continuará...
Historias mínimas de adolescencia
Vivir la adolescencia es vivir con la sexualidad a flor de piel. Cualquier indicio, por mínimo que sea, hace que el termostato que regula nuestro cuerpo marque de inmediato la señal de alarma. La masturbación no es más que una consecuencia más de esa permanente activación de los sentidos.
Una inocente escena de sexo en una película de acción de inmediato nos vuelve a todos locos. El corazón acelera su ritmo, la piel aumenta su sensibilidad, la respiración se nos hace inestable a la vez que, de inmediato, el músculo que tenemos entre las piernas recibe un flujo de sangre que lo vuelve potente. Todo ello en cuestión de segundos.
Quien dice una escena de sexo dice una fotografía en una revista, un artículo de una revista, el capítulo de un libro, los anuncios eróticos del Teletexto, la imaginación... Una chica del instituto, una amiga que te da la mano, la presentadora del telediario... Soy de la generación de las Mamachicho y de los Vigilantes de la playa, auténticos fetiches sexuales de mi época, protagonistas de noches y noches de soledad y placer.
La mayor parte de las veces es imprevisto. Irse a la cama tras ver alguna escena más o menos fuerte en televisión puede acabar quitándote el sueño. Y no digo solo sexo, digo un abrazo, un beso, una insinuación... Una vez en la cama, desvelado, sin querer, acabas desnudo, jugando con las sábanas y la almohada, desplegando toda tu imaginación hasta correrte. Al principio, crees que lo puedes controlar. La experiencia te enseña que es mejor se precavido, y tener papel higiénico siempre a mano.
Tampoco puedes saber muy bien dónde y cuándo te va a venir el acelerón. A veces hasta el sitio más inesperado tiene ese “algo” que hace provocar una erección difícilmente disimulable... Y quien sabe si también una fugaz visita al baño.
La adolescencia tiene multitud de detalles que relatar más en profundidad. El acercamiento al cuerpo de la mujer femenina y al acto sexual a través del porno será uno de ellos. Tampoco puedo dejar de dedicar un capítulo a los juegos y juguetes sexuales caseros, que tantas horas de diversión me han dado. También hablaré de mis fantasías, reflexiones y curiosidades de adolescencia, muchas de ellas aumentadas tras unas clases de educación sexual en el instituto.
En fin, queda blog para rato, espero que sigais ahí. Me consta que recibo más visitas que comentarios o emails. Me encanta hablar de esto y estoy abierto a todo lo que me queráis contar. Mi email confidencial: masturweb@hotmail.com
Continuará...
Una inocente escena de sexo en una película de acción de inmediato nos vuelve a todos locos. El corazón acelera su ritmo, la piel aumenta su sensibilidad, la respiración se nos hace inestable a la vez que, de inmediato, el músculo que tenemos entre las piernas recibe un flujo de sangre que lo vuelve potente. Todo ello en cuestión de segundos.
Quien dice una escena de sexo dice una fotografía en una revista, un artículo de una revista, el capítulo de un libro, los anuncios eróticos del Teletexto, la imaginación... Una chica del instituto, una amiga que te da la mano, la presentadora del telediario... Soy de la generación de las Mamachicho y de los Vigilantes de la playa, auténticos fetiches sexuales de mi época, protagonistas de noches y noches de soledad y placer.
La mayor parte de las veces es imprevisto. Irse a la cama tras ver alguna escena más o menos fuerte en televisión puede acabar quitándote el sueño. Y no digo solo sexo, digo un abrazo, un beso, una insinuación... Una vez en la cama, desvelado, sin querer, acabas desnudo, jugando con las sábanas y la almohada, desplegando toda tu imaginación hasta correrte. Al principio, crees que lo puedes controlar. La experiencia te enseña que es mejor se precavido, y tener papel higiénico siempre a mano.
Tampoco puedes saber muy bien dónde y cuándo te va a venir el acelerón. A veces hasta el sitio más inesperado tiene ese “algo” que hace provocar una erección difícilmente disimulable... Y quien sabe si también una fugaz visita al baño.
La adolescencia tiene multitud de detalles que relatar más en profundidad. El acercamiento al cuerpo de la mujer femenina y al acto sexual a través del porno será uno de ellos. Tampoco puedo dejar de dedicar un capítulo a los juegos y juguetes sexuales caseros, que tantas horas de diversión me han dado. También hablaré de mis fantasías, reflexiones y curiosidades de adolescencia, muchas de ellas aumentadas tras unas clases de educación sexual en el instituto.
En fin, queda blog para rato, espero que sigais ahí. Me consta que recibo más visitas que comentarios o emails. Me encanta hablar de esto y estoy abierto a todo lo que me queráis contar. Mi email confidencial: masturweb@hotmail.com
Continuará...
La época dorada de la masturbación
De los 13 a los 17 años masturbarse se convierte en algo imprescindible. A esa edad, no solo soñaba casi permanentemene con follar, sino que también me pasaba las horas pergeñando cómo, dónde y cuándo masturbarme. Tengo una licenciatura y un doctorado en Ciencias de la Autosatisfacción Sexual.
Caminar desnudo por casa es un inmenso placer. También lo es hacerlo en la cama de tus padres, en la de tu hermana, en el sofá... Levantar un poco la persiana y dejar que la luz del sol caliente tu entrepierna mientras te la meneas también es un enorme placer. Buscar y rebuscar en la biblioteca familiar puede deparar muchas y agradables sorpresas. Ducharte con la puerta abierta y salir u darte un paseo por los pasillos sin haberte vestido es muy excitante también. Mirar por la mirilla de la puerta, abrir el armario de tu hermana, gritar... Sí, masturbarse es uno de los actos más sigilosos que existen y hacer un día todo el ruido que es de lo más cachondo.
También lo es masturbarte en todas las partes a las que te llevan. En el cuarto de baño de la casa de tus primos, en el de tus abuelos... Si un día puedes inventarte cualquier excusa para permanecer un buen rato solo en una casa que no es la tuya, hazlo. Un día lo hice en un sitio morboso y repugnante a partes iguales: en el servicio de un tren. Otro día (era ya más mayor, pero me gusta recordarlo) lo hice mientras viajaba en un tren regional. De repente me di cuenta de que estaba en la cola del último vagón, y que alrededor mío no había nadie. Me la saqué y me la menée durante no más de unos segundos, pero la sobreexcitación casi me hace correrme de inmediato. Llegué a casa con un subidón impresionante.
Un año (en tercero de BUP, creo) me dediqué a poner una crucecita en cada día que me masturbaba. Dos, si ese día me masturbaba dos veces, etc. Tal vez aún tenga aquel almanaque en algún lugar de mi casa. No voy a decir cuántas veces lo hice aquel año pero sí descubrí ciertas tendencias. Por ejemplo, el verano es una época cumbre. El calor, las vacaciones... Las niñas que enseñan más carne que nunca... La época valle fue el inicio del curso. Nunca he tenido un buen inicio de curso.
Hay épocas en las que te masturbas todos los días. Y épocas (éstas son peores) en las que no solo te masturbas todos los días sino que además no puedes pensar en otra cosa. Incluso hay épocas en las que no puedes pensar en otra cosa pero no te masturbas, solo por no romper el enorme placer de pensar en ello. Masturbarse, en general, es placentero al máximo, pero tras el orgasmo no puedo evitar sentir un bajón que te lleva a pensar ¿por qué lo he hecho?
Siempre he intentado alargar al máximo mi acto sexual. Lo bonito de masturbarse (o de follar) no es masturbarse... Es estar masturbándose.
Continuará...
Caminar desnudo por casa es un inmenso placer. También lo es hacerlo en la cama de tus padres, en la de tu hermana, en el sofá... Levantar un poco la persiana y dejar que la luz del sol caliente tu entrepierna mientras te la meneas también es un enorme placer. Buscar y rebuscar en la biblioteca familiar puede deparar muchas y agradables sorpresas. Ducharte con la puerta abierta y salir u darte un paseo por los pasillos sin haberte vestido es muy excitante también. Mirar por la mirilla de la puerta, abrir el armario de tu hermana, gritar... Sí, masturbarse es uno de los actos más sigilosos que existen y hacer un día todo el ruido que es de lo más cachondo.
También lo es masturbarte en todas las partes a las que te llevan. En el cuarto de baño de la casa de tus primos, en el de tus abuelos... Si un día puedes inventarte cualquier excusa para permanecer un buen rato solo en una casa que no es la tuya, hazlo. Un día lo hice en un sitio morboso y repugnante a partes iguales: en el servicio de un tren. Otro día (era ya más mayor, pero me gusta recordarlo) lo hice mientras viajaba en un tren regional. De repente me di cuenta de que estaba en la cola del último vagón, y que alrededor mío no había nadie. Me la saqué y me la menée durante no más de unos segundos, pero la sobreexcitación casi me hace correrme de inmediato. Llegué a casa con un subidón impresionante.
Un año (en tercero de BUP, creo) me dediqué a poner una crucecita en cada día que me masturbaba. Dos, si ese día me masturbaba dos veces, etc. Tal vez aún tenga aquel almanaque en algún lugar de mi casa. No voy a decir cuántas veces lo hice aquel año pero sí descubrí ciertas tendencias. Por ejemplo, el verano es una época cumbre. El calor, las vacaciones... Las niñas que enseñan más carne que nunca... La época valle fue el inicio del curso. Nunca he tenido un buen inicio de curso.
Hay épocas en las que te masturbas todos los días. Y épocas (éstas son peores) en las que no solo te masturbas todos los días sino que además no puedes pensar en otra cosa. Incluso hay épocas en las que no puedes pensar en otra cosa pero no te masturbas, solo por no romper el enorme placer de pensar en ello. Masturbarse, en general, es placentero al máximo, pero tras el orgasmo no puedo evitar sentir un bajón que te lleva a pensar ¿por qué lo he hecho?
Siempre he intentado alargar al máximo mi acto sexual. Lo bonito de masturbarse (o de follar) no es masturbarse... Es estar masturbándose.
Continuará...
Cogiendo experiencia
Me siento de nuevo ante la pantalla de mi ordenador para seguir relatando mi vida sexual, relatada en clave personal. Para los que aún no me conozcan, mi blog es una autobiografía masturbatoria, fruto de mi deseo de compartir con vosotros mi experiencia. La masturbación es una de las actividades más satisfactorias y libres que existen. No te reprimas, y practícala siempre que te lo pida el cuerpo.
Hasta ahora he relatado mis primeros seis meses de experiencia, y dado algún retazo de lo que vendría y aprendería después. Para ello me he estado remontando muchos años atrás, unos trece para ser más exactos.
Han venido a mi mente sensaciones y recuerdos que hace tiempo que tenía olvidados. He vuelto a experimentar placeres que antaño fueron protagonistas diarios de mi vida, y he revivido fantasías que en el pasado me obsesionaban felizmente. Aún así no creo haber sabido expresaros lo que quería con toda la intensidad que se merece.
El número de visitas a mi blog ha caído en picado. Tal vez mi falta de tiempo para actualizar más a menudo sea una de las causas. Pero a parte de eso hay un factor fundamental: mi posición en los buscadores es deprimente.
Si alguien sigue ahí, me animaría bastante tener vuestro feed-back en un comentario del blog, o bien en la dirección privada de Hotmail que dejé en alguno de los posts antiguos.
Tras seis meses aprendiendo a masturbarme, mi cuerpo empezó a optimizar los recursos que me rodeaban con vistas a tener nuevas experiencias que mejoraran el placer que sentía. Paralelamente, mi mente iba estando cada vez más salida, lo que provocaba una búsqueda permanente de situaciones y momentos en los que gozar de mi cuerpo en tranquila soledad.
No es lo mismo tener unos minutos para gozar encerrado en el baño que disponer de toda tu casa durante una tarde o incluso durante un día entero. Las miniorgias masturbatorias de los cinco metros cuadrados de tu cuarto se convierten en megasesiones de placer cuando dispones de toda una vivienda para dar rienda suelta a tus instintos. Máxime si, además, los prejucios que puede provocar tener a tus padres o tu hermana al otro lado de la pared desaparecen por completo.
Con 13 años no solo mis duchas multiplicaron su duración por cinco, sino que también dejé de salir los fines de semana a pasear con mis padres. Un discreto cambio de actitud que desconozco cómo sería interpretado por ellos, pero que tenía por mi parte un claro objetivo.
Los siguientes cinco años de mi vida estuvieron protagonizados por innumerables pajillas rápidas, pero también por sesiones mucho más largas en las que me masturbaba sin descanso durante jornadas maratonianas.
En los próximos capítulos relataré mi vida sexual durante esos cinco años de mi vida.
Continuará...
Hasta ahora he relatado mis primeros seis meses de experiencia, y dado algún retazo de lo que vendría y aprendería después. Para ello me he estado remontando muchos años atrás, unos trece para ser más exactos.
Han venido a mi mente sensaciones y recuerdos que hace tiempo que tenía olvidados. He vuelto a experimentar placeres que antaño fueron protagonistas diarios de mi vida, y he revivido fantasías que en el pasado me obsesionaban felizmente. Aún así no creo haber sabido expresaros lo que quería con toda la intensidad que se merece.
El número de visitas a mi blog ha caído en picado. Tal vez mi falta de tiempo para actualizar más a menudo sea una de las causas. Pero a parte de eso hay un factor fundamental: mi posición en los buscadores es deprimente.
Si alguien sigue ahí, me animaría bastante tener vuestro feed-back en un comentario del blog, o bien en la dirección privada de Hotmail que dejé en alguno de los posts antiguos.
Tras seis meses aprendiendo a masturbarme, mi cuerpo empezó a optimizar los recursos que me rodeaban con vistas a tener nuevas experiencias que mejoraran el placer que sentía. Paralelamente, mi mente iba estando cada vez más salida, lo que provocaba una búsqueda permanente de situaciones y momentos en los que gozar de mi cuerpo en tranquila soledad.
No es lo mismo tener unos minutos para gozar encerrado en el baño que disponer de toda tu casa durante una tarde o incluso durante un día entero. Las miniorgias masturbatorias de los cinco metros cuadrados de tu cuarto se convierten en megasesiones de placer cuando dispones de toda una vivienda para dar rienda suelta a tus instintos. Máxime si, además, los prejucios que puede provocar tener a tus padres o tu hermana al otro lado de la pared desaparecen por completo.
Con 13 años no solo mis duchas multiplicaron su duración por cinco, sino que también dejé de salir los fines de semana a pasear con mis padres. Un discreto cambio de actitud que desconozco cómo sería interpretado por ellos, pero que tenía por mi parte un claro objetivo.
Los siguientes cinco años de mi vida estuvieron protagonizados por innumerables pajillas rápidas, pero también por sesiones mucho más largas en las que me masturbaba sin descanso durante jornadas maratonianas.
En los próximos capítulos relataré mi vida sexual durante esos cinco años de mi vida.
Continuará...
En la habitación
Si bien el cuarto de baño es un sitio estupendo para hacer nuestras necesidades básicas (ya sabeis a qué me refiero) mi sitio favorito es y ha sido, sin duda, la habitación.
Empezaré diciendo que el descubriento que cambió mi vida fue, sin duda, el papel higiénico. Las primeras pajas son muy inexpertas, y solo esa experiencia que al principio falta es la que te enseña que correrse encima, es decir, en los slips, es muy desagradable. Como siempre, comenzaré por el principio
De forma paralela a mis primeros descubrimientos en el baño me di cuenta de que una de las mejores formas de masturbarse es por rozamiento o por presión. De hecho, está fue la manera en que alcancé mi primer orgasmo. ¿Por qué no seguir investigando en esa línea? Así pues, puedo decir que de entre mis primeras pajas, varias de ellas fueron muy similares a aquella, en la cama, de noche, con la única excepción de que en este caso sí hacía acto de presencia la eyaculación. El semen en mis slips era incómodo al principio, pero cuando me levantaba a la mañana siguiente se había secado de forma que no parecía que hubiera pasado nada (o eso pensaba yo, imagino que estaria en un error)
Era inminente mejorar esta situación, así que no tardé en elaborar una estrategia para poder masturbarme sin dejar huella. ¿Cómo? Dirigiendo mi eyaculación a un montón de papel higiénico que previamente había sustraido del cuarto de baño. Ese papel era guardado en un cajón durante toda la noche, de manera que no levantaba sospechas ni alertas innecesarias haciendo viajes innecesarios al cuarto de baño en mitad de la noche.
En fin, resultó una estrategia inmejorable, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de cierta hora mis padres no entraban en mi cuarto. Guardo gratísimos recuerdos de estas sesiones nocturnas, en las que mi cuerpo desnudo jugaba en la cama y con la almohada, adoptando todo tipo de posiciones y desplegando mi imaginación hasta límites insospechados.
El finál más habitual era tumbado en la cama boca arriba, con el papel colocado sobre mi barriga.
Mi cuarto se convirtió en una especie de santuario de la masturbación, en una época en la que la intimidad es lo más preciado que existe. Un ritual que se repetía varias veces a la semana y en el que la imaginación era el elemento fundamental.
Continuará...
Empezaré diciendo que el descubriento que cambió mi vida fue, sin duda, el papel higiénico. Las primeras pajas son muy inexpertas, y solo esa experiencia que al principio falta es la que te enseña que correrse encima, es decir, en los slips, es muy desagradable. Como siempre, comenzaré por el principio
De forma paralela a mis primeros descubrimientos en el baño me di cuenta de que una de las mejores formas de masturbarse es por rozamiento o por presión. De hecho, está fue la manera en que alcancé mi primer orgasmo. ¿Por qué no seguir investigando en esa línea? Así pues, puedo decir que de entre mis primeras pajas, varias de ellas fueron muy similares a aquella, en la cama, de noche, con la única excepción de que en este caso sí hacía acto de presencia la eyaculación. El semen en mis slips era incómodo al principio, pero cuando me levantaba a la mañana siguiente se había secado de forma que no parecía que hubiera pasado nada (o eso pensaba yo, imagino que estaria en un error)
Era inminente mejorar esta situación, así que no tardé en elaborar una estrategia para poder masturbarme sin dejar huella. ¿Cómo? Dirigiendo mi eyaculación a un montón de papel higiénico que previamente había sustraido del cuarto de baño. Ese papel era guardado en un cajón durante toda la noche, de manera que no levantaba sospechas ni alertas innecesarias haciendo viajes innecesarios al cuarto de baño en mitad de la noche.
En fin, resultó una estrategia inmejorable, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de cierta hora mis padres no entraban en mi cuarto. Guardo gratísimos recuerdos de estas sesiones nocturnas, en las que mi cuerpo desnudo jugaba en la cama y con la almohada, adoptando todo tipo de posiciones y desplegando mi imaginación hasta límites insospechados.
El finál más habitual era tumbado en la cama boca arriba, con el papel colocado sobre mi barriga.
Mi cuarto se convirtió en una especie de santuario de la masturbación, en una época en la que la intimidad es lo más preciado que existe. Un ritual que se repetía varias veces a la semana y en el que la imaginación era el elemento fundamental.
Continuará...





