Masturbación en la Residencia Universitaria (4)
El Éxtasis. Así, con mayúscula.
Todo empezó más o menos normal. Una hora cualquiera de una tarde-noche cualquiera. Aburrido, cansado, con ganas de desconectar. El agua relajante cayendo sobre mi cuerpo desnudo. Jabón, agua, calor, humedad... Excitación. Placer, placer, más placer... Abstraído, mente en blanco, yo y mi cuerpo, yo y mi sexo.
Agua por aquí, agua por allá. Tumbado en el suelo, sintiendo la extraordinaria sensación del agua caliente en mi piel. Cada vez más caliente. Cada vez más intenso. Mi vecina cerca, tal vez. Los minutos pasaban despacio mientras yo, cada vez más salido, cada vez más excitado, pero libre, sobre todo libre, me masturbaba como si no lo hubiera hecho nunca, como si cada sensación fuera nueva y quisiera retenerla ahí, para siempre.
De pié. Sentado. Tumbado. Ahora frío. Ahora calor. En cuclillas. Más fuerte. Menos fuerte. El chorro fue investigando cada poro de mi cuerpo, cada sensación, como no queriendo dejar nada olvidado, deleitándose con ello. La cabeza. Los brazos. Las piernas. Las manos. El pecho. El glande... Los testículos... En cuclillas, completamente dominado por mi otro yo, las piernas completamente abiertas... Los testículos... La boca del ano... Toda mi sangre, todo mi ser estaba ahí cuando, de repente, la electricidad sacudió mi cuerpo en un orgasmo brutal. Sin necesidad de tocar mi pene, en medio de una convulsión interrumpida por la debilidad repentina volví a enfocar el agua hacia arriba a la vez que un segundo orgasmo me volvía a cruzar de arriba abajo y me provocaba nuevas convulsiones de un placer brutal. Tres veces. Cuatro veces. Sin apenas eyaculación, el orgasmo me venía una y otra vez en una suerte de espiral sin fin.
Todo terminó.
Completamente extenuado, tarde varios minutos en volver a mí y tener las fuerzas necesarias para reincorporarme.
Había sido genial. La mejor experiencia de mi vida.
MSN ID: masturweb@hotmail.com
Todo empezó más o menos normal. Una hora cualquiera de una tarde-noche cualquiera. Aburrido, cansado, con ganas de desconectar. El agua relajante cayendo sobre mi cuerpo desnudo. Jabón, agua, calor, humedad... Excitación. Placer, placer, más placer... Abstraído, mente en blanco, yo y mi cuerpo, yo y mi sexo.
Agua por aquí, agua por allá. Tumbado en el suelo, sintiendo la extraordinaria sensación del agua caliente en mi piel. Cada vez más caliente. Cada vez más intenso. Mi vecina cerca, tal vez. Los minutos pasaban despacio mientras yo, cada vez más salido, cada vez más excitado, pero libre, sobre todo libre, me masturbaba como si no lo hubiera hecho nunca, como si cada sensación fuera nueva y quisiera retenerla ahí, para siempre.
De pié. Sentado. Tumbado. Ahora frío. Ahora calor. En cuclillas. Más fuerte. Menos fuerte. El chorro fue investigando cada poro de mi cuerpo, cada sensación, como no queriendo dejar nada olvidado, deleitándose con ello. La cabeza. Los brazos. Las piernas. Las manos. El pecho. El glande... Los testículos... En cuclillas, completamente dominado por mi otro yo, las piernas completamente abiertas... Los testículos... La boca del ano... Toda mi sangre, todo mi ser estaba ahí cuando, de repente, la electricidad sacudió mi cuerpo en un orgasmo brutal. Sin necesidad de tocar mi pene, en medio de una convulsión interrumpida por la debilidad repentina volví a enfocar el agua hacia arriba a la vez que un segundo orgasmo me volvía a cruzar de arriba abajo y me provocaba nuevas convulsiones de un placer brutal. Tres veces. Cuatro veces. Sin apenas eyaculación, el orgasmo me venía una y otra vez en una suerte de espiral sin fin.
Todo terminó.
Completamente extenuado, tarde varios minutos en volver a mí y tener las fuerzas necesarias para reincorporarme.
Había sido genial. La mejor experiencia de mi vida.
MSN ID: masturweb@hotmail.com
Masturbación en la Residencia Universitaria (3)
Aún hoy recuerdo con nostalgia aquel año inolvidable; y pienso cómo y cuánto hubiera cambiado de existir las posibilidades que existen hoy. En mi cuarto no tenía ordenador, ni televisor, y pocos lugares eran buenos para guardar una revista porno sin que ninguna visita la viera. Internet ya empezaba a causar furor, pero por el momento la única forma que tenía de conectarme era en mi casa (pagando la conexión a precio de llamada local) o en la sala de informática de la propia residencia. Ya había hecho búsquedas eróticas, y me había masturbado con fotos descargadas de Internet, pero lo limitado de su acceso y la escasa intimidad del ordenador familiar había hecho que no fuera aún el entorno prefente.
Por fin me compré una revista. Porno, quiero decir. Aún estaba vivo en mi memoria el Playboy comprado hace años, y necesitaba sexo de verdad, apasionado, explícito. Con el mismo procidimiento de selección y los mismos nervios, me aproximé a un kiosco del campus en el que compré la revista que me dio el kiosquero. Lib. Impresionante. Especialmente interesantes las páginas de publicidad de juguetes sexuales. Nunca hasta entonces había visto con detenimiento el impresionante arsenal de objetos destinados al placer. Años después compré alguno. Ya lo contaré.
Esa revista me dio grandes momentos. Aún así, nunca me agotó por dentro. Las ideas seguían fluyendo y mi santuario pajero aún tenía muchas cosas que darme.
Probé muchas cosas. Por ejemplo, la curiosidad me llevó a ponerme, por primera vez en mi vida, un preservativo. También probé con alternativas al masturbator (ver capítulos anteriores) como los calcetines. En fin, ninguna sensación digna de mencionar.
Solo una. Tal vez, la experiencia verdaderamente memorable de todas. Una de las mejores, si no la mejor, paja de mi vida. Tan intensa que nunca después ha sido igualada. Al menos, así la recuerdo.
Una vez más, los mismos ingredientes. Ducha. Agua caliente sobre mi cuerpo excitado.
Un par de años antes un profesor que nos dio clases de sexología en el instituto se había encargado de desmitificar muchos tabúes que había sobre el sexo; y uno de ellos era el sexo anal, más concretamente el sexo anal masculino. Afirmaba que es completamente natural sentir placer e incluso alcanzar el orgasmo excitando directamente el ano, pues el hombre tiene ahí gran cantidad de terminaciones nerviosas.
Yo ya había probado en alguna ocasión a intentarlo, metiendo un poquito mis dedos. Ningún resultado satisfactorio. Ninguno hasta ese día. No fui consciente en ningún momento. No me obligaba a disfrutar tocando mi culito como otras veces. Simplemente, me dejé llevar.
Continuará...
Por fin me compré una revista. Porno, quiero decir. Aún estaba vivo en mi memoria el Playboy comprado hace años, y necesitaba sexo de verdad, apasionado, explícito. Con el mismo procidimiento de selección y los mismos nervios, me aproximé a un kiosco del campus en el que compré la revista que me dio el kiosquero. Lib. Impresionante. Especialmente interesantes las páginas de publicidad de juguetes sexuales. Nunca hasta entonces había visto con detenimiento el impresionante arsenal de objetos destinados al placer. Años después compré alguno. Ya lo contaré.
Esa revista me dio grandes momentos. Aún así, nunca me agotó por dentro. Las ideas seguían fluyendo y mi santuario pajero aún tenía muchas cosas que darme.
Probé muchas cosas. Por ejemplo, la curiosidad me llevó a ponerme, por primera vez en mi vida, un preservativo. También probé con alternativas al masturbator (ver capítulos anteriores) como los calcetines. En fin, ninguna sensación digna de mencionar.
Solo una. Tal vez, la experiencia verdaderamente memorable de todas. Una de las mejores, si no la mejor, paja de mi vida. Tan intensa que nunca después ha sido igualada. Al menos, así la recuerdo.
Una vez más, los mismos ingredientes. Ducha. Agua caliente sobre mi cuerpo excitado.
Un par de años antes un profesor que nos dio clases de sexología en el instituto se había encargado de desmitificar muchos tabúes que había sobre el sexo; y uno de ellos era el sexo anal, más concretamente el sexo anal masculino. Afirmaba que es completamente natural sentir placer e incluso alcanzar el orgasmo excitando directamente el ano, pues el hombre tiene ahí gran cantidad de terminaciones nerviosas.
Yo ya había probado en alguna ocasión a intentarlo, metiendo un poquito mis dedos. Ningún resultado satisfactorio. Ninguno hasta ese día. No fui consciente en ningún momento. No me obligaba a disfrutar tocando mi culito como otras veces. Simplemente, me dejé llevar.
Continuará...
Masturbación en la Residencia Universitaria (2)
Vivir solo cambió radicalmente mi nuevo estilo de vida y dió un empujón hacia adelante. No solo me masturbaba indiscriminadamente, sino que también empecé a ordenar mi vida de la manera más hedonista posible.
Romper las pequeñas normas es una de las sensaciones más gratificantes que existen, a la par que liberadoras. Mi nueva situación me permitía tomarme pequeñas libertades que hasta entonces no me estaban permitidas. Una de esas cosas que ahora me podía permitir tiene relación con los horarios de la ducha.
En el hogar, normalmente, existe una ley no escrita que te indica en qué horarios es correcto darse una buena ducha y en cuáles no lo es tanto. Para mí, romper con eso era un pequeño tesoro. No solo me duchaba cuándo más me apetecía, sino que lo hacía todas las veces que quería. Antes de ir a clase, después, a media tarde, antes de salir de fiesta... Sublime.
La ducha es uno de los objetos más sexuales que existen. Y todos podemos disfrutar de él en nuestras casas. Estar bajo el agua caliente produce un efecto, incluso, sedante. Y a mí me maravillaba.
Por supuesto, no me masturbaba cada vez que me ponía duchaba. Hubiera supuesto un desgaste físico imposible. Pero también lo hacía. Quién lo duda.
Por encima de la bañera, la ducha es un objeto imprescindible en todo hogar; pero lo es sobre todo en la casa de un soltero. Ningún sitio más adecuado para relajarse, para no pensar en nada, para vaciar tu mente de todo aquello que no sea edificante. Solo es necesario encender el grifo, desnudarse, dar un paso hacia adelante y sentir el agua caliente caer sobre la piel. Sencillo y valioso. Si un día tengo la suerte de poder comprarme una casa, ésta tendrá ducha en lugar de bañera. No lo dudo.
Pero vayamos a lo que nos interesa. La ducha privada que gozaba no solo tenía propiedades relajantes, sino también excitantes. Viviendo en la residencia universitaria, podía masturbarme cuando me lo pedía el cuerpo y lo hacía, generalmente, en la ducha. El agua caliente que caía sobre mi en ese metro cuadrado puede aprovecharse de infinitas formas. Para ello, adoptaba las más diversas posiciones. El agua puede caer sobre ti si estas de pie, pero también agachado, tumbado boca arriba, tumbado boca abajo, arrodillado… La variedad es infinita y el orgasmo, por supuesto, intenso y libre. Tal vez, las mejores pajas de mi vida.
Conforme pasaba el tiempo me tomé más libertades. Tras el primer episodio con mi vecina, estuve un tiempo cortado, procurando hacer el menor ruido posible, de forma que ella no escuchara mis aventuras como yo había escuchado la suya.
Pero el tiempo, la costumbre y el morbo fue cambiandolo todo en mi cabeza. Cada vez me gustaba más la idea de que ella me escuchara y se excitara como yo me excitaba cada vez que ella se duchaba. Mis sesiones eran más largas e intensas cada día, y cada vez hacía menos esfuerzo para no hace ruido. Más bien todo lo contrario. Del silencio total que había acompañado mi sexo en solitario durante toda la vida, pasé a hacer todo el ruido que necesitaba. Nunca demasiado, pero sí el suficiente.
No dudo que más de una vez fue evidente lo que hacía. Moriré con la duda de si ella me escuchó algún día. Y también de si se masturbaba mientras yo jugaba.
Continuará...
¿Habeis espiado a alguien mientras se masturbaba? ¿Habeis escuchado a algún vecino, compañero de piso... mientras lo hacía? ¿Qué sentisteis? Deja un comentario o envía un mensaje a masturweb@hotmail.com
Romper las pequeñas normas es una de las sensaciones más gratificantes que existen, a la par que liberadoras. Mi nueva situación me permitía tomarme pequeñas libertades que hasta entonces no me estaban permitidas. Una de esas cosas que ahora me podía permitir tiene relación con los horarios de la ducha.
En el hogar, normalmente, existe una ley no escrita que te indica en qué horarios es correcto darse una buena ducha y en cuáles no lo es tanto. Para mí, romper con eso era un pequeño tesoro. No solo me duchaba cuándo más me apetecía, sino que lo hacía todas las veces que quería. Antes de ir a clase, después, a media tarde, antes de salir de fiesta... Sublime.
La ducha es uno de los objetos más sexuales que existen. Y todos podemos disfrutar de él en nuestras casas. Estar bajo el agua caliente produce un efecto, incluso, sedante. Y a mí me maravillaba.
Por supuesto, no me masturbaba cada vez que me ponía duchaba. Hubiera supuesto un desgaste físico imposible. Pero también lo hacía. Quién lo duda.
Por encima de la bañera, la ducha es un objeto imprescindible en todo hogar; pero lo es sobre todo en la casa de un soltero. Ningún sitio más adecuado para relajarse, para no pensar en nada, para vaciar tu mente de todo aquello que no sea edificante. Solo es necesario encender el grifo, desnudarse, dar un paso hacia adelante y sentir el agua caliente caer sobre la piel. Sencillo y valioso. Si un día tengo la suerte de poder comprarme una casa, ésta tendrá ducha en lugar de bañera. No lo dudo.
Pero vayamos a lo que nos interesa. La ducha privada que gozaba no solo tenía propiedades relajantes, sino también excitantes. Viviendo en la residencia universitaria, podía masturbarme cuando me lo pedía el cuerpo y lo hacía, generalmente, en la ducha. El agua caliente que caía sobre mi en ese metro cuadrado puede aprovecharse de infinitas formas. Para ello, adoptaba las más diversas posiciones. El agua puede caer sobre ti si estas de pie, pero también agachado, tumbado boca arriba, tumbado boca abajo, arrodillado… La variedad es infinita y el orgasmo, por supuesto, intenso y libre. Tal vez, las mejores pajas de mi vida.
Conforme pasaba el tiempo me tomé más libertades. Tras el primer episodio con mi vecina, estuve un tiempo cortado, procurando hacer el menor ruido posible, de forma que ella no escuchara mis aventuras como yo había escuchado la suya.
Pero el tiempo, la costumbre y el morbo fue cambiandolo todo en mi cabeza. Cada vez me gustaba más la idea de que ella me escuchara y se excitara como yo me excitaba cada vez que ella se duchaba. Mis sesiones eran más largas e intensas cada día, y cada vez hacía menos esfuerzo para no hace ruido. Más bien todo lo contrario. Del silencio total que había acompañado mi sexo en solitario durante toda la vida, pasé a hacer todo el ruido que necesitaba. Nunca demasiado, pero sí el suficiente.
No dudo que más de una vez fue evidente lo que hacía. Moriré con la duda de si ella me escuchó algún día. Y también de si se masturbaba mientras yo jugaba.
Continuará...
¿Habeis espiado a alguien mientras se masturbaba? ¿Habeis escuchado a algún vecino, compañero de piso... mientras lo hacía? ¿Qué sentisteis? Deja un comentario o envía un mensaje a masturweb@hotmail.com
Masturbación en la Residencia Universitaria (1)
Mi cuartito lo conformaban: una cama, una mesa, una silla, un armario empotrado y un pequeño aseo con ducha. Un aparato de aire acondicionado y un radiador dotaban el habitáculo de buena temperatura todo el año.
Las paredes eran bastante finas, por lo que, en general, se podía escuchar con bastante claridad todo que hacían y decían en los cuartos vecinos. No tardé mucho en descubrirlo. Sin ir más lejos, la primera noche. Toda una sorpresa.
Aquel día, me acosté pronto en la cama. Aún no conocía a nadie, era ya de noche y el día siguiente tenía que madrugar. Serían, aproximadamente, las 12 y media cuando alguien entró en la habitación de al lado. Escuché perfectamente el golpe de puerta y los movimientos por el cuarto. Cinco minutos después se encendía el grifo de la ducha. ¡Era increíble! ¡Se escuchaba tan próximo que parecía que el sonido venía de mi propio baño!
Un abrumador sentimiento de vergüenza me invadió de repente. Si yo escuchaba lo que allí ocurría, quien estuviera en la habitación de al lado no tardaría en escucharme a mí. Sin ir más lejos, en mi puntual visita de todas las mañanas.
Estaba enfrascado en mis pensamientos cuando, de repente, un nuevo ruido procedente de la ducha puso mi corazón a mi mil y alzó mi polla como un cañón. No. No podía ser. ¡Un gemido! ¿Seguro? Sigiloso, me incorporé a la vez que centraba mis cinco sentidos uno solo: el oído. Un segundo, dos segundos... ¡Y otro gemido! Éste mucho más placentero y prolongado que el anterior. ¡Mi vecina, que aún desconocía mi presencia, se estaba masturbando! No tengo palabras para decir lo que sentí en ese momento. Una mezcla de vergüenza ajena, euforia y excitación, que abrió un nuevo mundo que aún tardé en racionalizar. No era el momento para romper el silencio. Ella no sabía que yo estaba allí y yo aún no me atrevía a dejarme oír. Pero la veda estaba abierta. Con 18 años, la masturbación está en el aire y allí todos nos masturbábamos.
Continuará...
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Email privado: masturweb@hotmail.com
Las paredes eran bastante finas, por lo que, en general, se podía escuchar con bastante claridad todo que hacían y decían en los cuartos vecinos. No tardé mucho en descubrirlo. Sin ir más lejos, la primera noche. Toda una sorpresa.
Aquel día, me acosté pronto en la cama. Aún no conocía a nadie, era ya de noche y el día siguiente tenía que madrugar. Serían, aproximadamente, las 12 y media cuando alguien entró en la habitación de al lado. Escuché perfectamente el golpe de puerta y los movimientos por el cuarto. Cinco minutos después se encendía el grifo de la ducha. ¡Era increíble! ¡Se escuchaba tan próximo que parecía que el sonido venía de mi propio baño!
Un abrumador sentimiento de vergüenza me invadió de repente. Si yo escuchaba lo que allí ocurría, quien estuviera en la habitación de al lado no tardaría en escucharme a mí. Sin ir más lejos, en mi puntual visita de todas las mañanas.
Estaba enfrascado en mis pensamientos cuando, de repente, un nuevo ruido procedente de la ducha puso mi corazón a mi mil y alzó mi polla como un cañón. No. No podía ser. ¡Un gemido! ¿Seguro? Sigiloso, me incorporé a la vez que centraba mis cinco sentidos uno solo: el oído. Un segundo, dos segundos... ¡Y otro gemido! Éste mucho más placentero y prolongado que el anterior. ¡Mi vecina, que aún desconocía mi presencia, se estaba masturbando! No tengo palabras para decir lo que sentí en ese momento. Una mezcla de vergüenza ajena, euforia y excitación, que abrió un nuevo mundo que aún tardé en racionalizar. No era el momento para romper el silencio. Ella no sabía que yo estaba allí y yo aún no me atrevía a dejarme oír. Pero la veda estaba abierta. Con 18 años, la masturbación está en el aire y allí todos nos masturbábamos.
Continuará...
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Road to the climax
Durante años, mi hobbies fueron dos: los videojuegos y la masturbación. Mi entrada en la Universidad supuso la desaparición de uno de los dos y el clímax del otro.
Creo que llega un momento en que las necesidades vitales cambian. Sin duda, la Universidad fue mi punto de inflexión hacia una nueva vida.
En primer lugar, alejarme de casa trajo consigo un desinterés casi total por las consolas, que vino acompañado de un interés cada vez mayor por el mundo del cine. Las causas y los motivos tal vez sean ambientales: me rodeé de gente muy aficionada al mismo. A ellos les debo, tal vez, esa pasión por el séptimo arte.
Pero ese año vino acompañado de un cambio decisivo en mi vida, no solo causado por el cambio de nivel de estudios (con todo lo que eso conlleva) sino también por el hecho, novedoso, genial, de empezar a ser independiente. Ese curso cambió radicalmente mi forma de enfrentarme a la vida.
Mi sueño durante años fue llegar a gozar de libertad total para masturbarme cuándo y cómo más me apeteciera. Mi plan para ello se gestó casi inconscientemente y se confirmó con sorprendente exactitud, superando todas las expectativas.
Salir de casa por primera vez suponía dos cosas: buscar un piso compartido con gente que no conocía o entrar en una residencia universitaria. Tardé muy poco en desestimar la primera opción, al menos durante el primer año. Necesitaba vivir en un lugar que me proporcionara intimidad total y la residencia de estudiantes era ideal para ello. Allí dispondría, por un lado, de una habitación individual con cuarto de baño propio; y, por otro, de un comedor común en el que pasaría horas y horas rodeado de buena gente. Ideal.
Ese año tuve la ocasión de vivir uno de los mejores años de mi vida. Y, si a mi vida onanista se refiere, sin duda fue un año de clímax.
Mis prácticas allí empezaron desde el primer día. No sé ni por dónde empezar. Os cuento.
Continuará...
Deja aquí tus comentarios.
Más privado en: masturweb@hotmail.com
Creo que llega un momento en que las necesidades vitales cambian. Sin duda, la Universidad fue mi punto de inflexión hacia una nueva vida.
En primer lugar, alejarme de casa trajo consigo un desinterés casi total por las consolas, que vino acompañado de un interés cada vez mayor por el mundo del cine. Las causas y los motivos tal vez sean ambientales: me rodeé de gente muy aficionada al mismo. A ellos les debo, tal vez, esa pasión por el séptimo arte.
Pero ese año vino acompañado de un cambio decisivo en mi vida, no solo causado por el cambio de nivel de estudios (con todo lo que eso conlleva) sino también por el hecho, novedoso, genial, de empezar a ser independiente. Ese curso cambió radicalmente mi forma de enfrentarme a la vida.
Mi sueño durante años fue llegar a gozar de libertad total para masturbarme cuándo y cómo más me apeteciera. Mi plan para ello se gestó casi inconscientemente y se confirmó con sorprendente exactitud, superando todas las expectativas.
Salir de casa por primera vez suponía dos cosas: buscar un piso compartido con gente que no conocía o entrar en una residencia universitaria. Tardé muy poco en desestimar la primera opción, al menos durante el primer año. Necesitaba vivir en un lugar que me proporcionara intimidad total y la residencia de estudiantes era ideal para ello. Allí dispondría, por un lado, de una habitación individual con cuarto de baño propio; y, por otro, de un comedor común en el que pasaría horas y horas rodeado de buena gente. Ideal.
Ese año tuve la ocasión de vivir uno de los mejores años de mi vida. Y, si a mi vida onanista se refiere, sin duda fue un año de clímax.
Mis prácticas allí empezaron desde el primer día. No sé ni por dónde empezar. Os cuento.
Continuará...
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