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MasturBLOG - Blog masturbación
Biografía masturbatoria de un chico corriente
Acerca de
Nombre Viktor
Lugar Hemisferio Norte
Aficiones Cine, Sexo
Cita favorita "No me masturbo cuando hace frío"

MasturBLOG es el relato de mis experiencias con la masturbación, desde la más tierna infancia hasta ayer por la mañana. Mi recomendación como autor es que lo leas desde el principio.

Contacto: masturweb@hotmail.com
Sindicación
 
Reflexiones sobre la masturbación
Me masturbo porque me gusta y quien no lo haga que tire la primera piedra. Me gusta hacerlo, contarlo, verlo, hablar sobre ello... Me pone cachondo que ellas lo hagan también. Siento un placer excepcional sintiendo entre mis manos mi erguida verga como lo siento acariciando con mis dedos el húmedo clítoris de mi pareja.

Mis fantasías son, en su mayor parte, masturbatorias. La última y más vibrante masturbarme delante de una desconocida mientras ella lo hace también mientras me mira. Sin tocarnos.

No es la única. Las tengo mucho más irrealizables como aquella en la que, invisible, entro en la habitación de alguna amiga mientras ella despliega todo su arte. Ella se masturba durante largo rato hasta que tiene un intenso, húmedo y prolongado orgasmo. Sin percatarse nunca de mi presencia, claro.

La sensación de masturbarme mientras otros lo hacen me cautiva. Sobre todo si son mujeres. Sueño con masturbarme escandalosamente en la intimidad de mi cuarto mientras una chica lo hace en el de al lado. Nunca nos vemos, nunca hablamos, pero el hecho de saber lo que hacemos nos excita mutuamente y nos une mucho más allá que espiritualmente. Casi nos amamos.

La masturbación es el gran tabú de nuestros días, si bien lo es de manera diferente para ellos y para ellas. Ellos lo proclaman a los cuatro vientos y se jactan de ello ante sus amigos del alma. Nunca ha sido mi caso. Ellas lo hacen sin que nadie se entere, sigilosas, en silencio, pero lo viven mucho más intensamente que nosotros. Estoy seguro de ello. En este sentido, mi espíritu femenino está más acusado que el masculino.

Soy un poco exhibicionista. Declaro que he enseñado mi acto por Internet a chicos y a chicas. Son como pajas asistidas. Ellas nunca me lo enseñaron a mi. Las comprendo y las apoyo: yo tampoco lo haría. Internet está lleno de vídeos grabados por desgraciados sin respeto ni empatía alguna hacia el ser humano. Les deploro.

Todos hemos hecho cosas y experimentado juegos masturbatorios que no declararíamos ni locos. Aún así, los repetimos e, incluso los superamos.

Me quiero masturbar. Estoy solo y no vendrá nadie hasta la noche. Disfruto de mi cuerpo porque es mío, porque puedo y porque quiero. Esta vez quiero prolongarlo. Me siento poderoso, seguro, tranquilo. Mi indumentaria, los calcetines y una camiseta. Lo haré solo porque no tengo compañía pero soñando en ellas. Tal y como antes he descrito. Me dais morbo. Lástima que la realidad supere siempre a la ficción...


 
Una noche sin fin
Mi primer año en la Universidad fue, como habreis podido comprobar, inolvidable. La vida del estudiante se había apoderado de mí en el sentido más hedonista de la palabra y, fiesta tras fiesta, el curso había llegado a su fin.

Los costes de vivir en una Residencia son muy altos y los años en la Universidad, numerosos. Motivos más que suficientes para que tuviera que tomar una decisión de la que tampoco me arrepentí: buscar un piso compartido.

La vida en un piso de estudiantes es diferente en varios sentidos. En primer lugar, siempre hay jaleo. En segundo lugar, los momentos de intimidad son muy escasos e insuficientes, por no decir casi inexistentes.

Mis tiempos de anarquía y autogestión onanista habían llegado a su fin, y se impuso una reducción forzada del número de actos, así como una limitación sustancial en los horarios de los mismos. Tuve que sustituir cantidad por calidad. Lo hice bien.

Básicamente, solo podía hacerlo en dos momentos: de noche con todo el mundo en la cama (lo cual sucedía demasiado tarde) o con la casa vacía y sin perspectivas de que nadie apareciera por sorpresa.

Esta última posibilidad no era complicada pues, en aquella época, mis compañeros de piso solían marcharse a sus pueblos casi todos los fines de semana. Si bien la perspectiva de pasar solo y aburrido los mejores días de la semana provocó que yo hiciera, en demasiadas ocasiones, el mismo viaje de vuelta al hogar familiar, he de decir que mis extraordinarias necesidades fisiológicas no se redujeron y me obligaron a aprevechar de vez en cuando la atractiva perpectiva de disfrutar de ¡dos días! de completa soledad.

Raramente los pasaba completamente solo. Lo normal es que quedara con los amigos para salir de noche. Soy pajero, no autista. Pero el resto os lo podeis imaginar. En mi línea.

No obstante, lo que ahora os voy a relatar no tuvo ocasión en uno de esos lujuriosos fines de semana, sino al finalizar uno de ellos.

Un domingo cualquiera, al llegar de pasar el fin de semana en casa de mis padres, me encontré el piso vacío, sin nadie. Esperé y esperé hasta que lo tardío de la hora me hizo perder la esperanza de tomar una cerveza en compañía. Todos mis compañeros habían retrasado su vuelta al lunes por la mañana.

Fue entonces cuando mi mente pergeñó un plan: me metería desnudo en la cama e intentaría masturbarme muy tranquilo, tratando de disfrutar el mayor tiempo posible. Lo que nunca planée fue que aquello fuera a durar tanto.

Como sabeis, nunca he tenido ni escrúpulos ni vergüenza por hacerle cosas a mi cuerpo. Todo lo que da placer está ahí para dar placer, y hay que aprovecharlo.

Me metí desnudo en la cama y empecé a frotarme de la manera tradicional, pajeándome con la mano, frotándome contra las sábanas, contra el colchón, en las más diversas posiciones. Para que no me sobreviniera el orgasmo y para aguantar el mayor tiempo posible hacía pequeñas paradas, gracias a las cuales reducía un poco mi excitación (por lo que prolongaba el tiempo hasta el orgasmo) y, además, daba un poco de descanso a mi polla.

Sé por experiencia que cuando llevo mucho tiempo pajeándome empieza a dolerme de estar tanto tiempo excitada. También sé por experiencia que, si antes de irme a la cama me he empezado a masturbar, no concilio el sueño hasta haber terminado. Todo se unió hasta perder el control de la situación.

Tras un rato jugando con las manos, empecé a jugar con la almohada, al tradicional estilo de tumbarme sobre ella y masturbarme a base de movimiento pélvicos. De la mano al cochón, del colchón a las sábanas y de las sábanas a la almohada, todo ello regulado con paradas de descanso “estratégicas” y tranquilidad, mucha tranquilidad, llegué a estar masturbándome en la cama nada más y nada menos que hora y media o dos horas

Pero la sobre-excitación no terminaba. La cama terminó por quedarse pequeña, de manera que me levanté y empecé a pasearme desnudo por la casa. De esta manera, a todo lo anterior uní pequeños paseos nocturnos por todas las habitaciones del piso, visitas a la terraza, los sofás y la programación de televisión, que a esas horas emiten erotismo duro si no porno.

Y así, de cama al salón, y del salón a la cama pasé otra hora larga. Incluso tenía que aplicar agua fría de vez en cuando a mi polla para reducir un poco el calentón. Después de tanto frotamiento ya la tenía un poco escocida.

Nunca me plantée correrme. En aquellos momentos lo único que me pedía el cuerpo era precisamente jugar y disfrutar durante el máximo tiempo posible, de la manera más placentera que encontrara.

A todo esto y después de tanto rato todo eso se me quedé pequeño. Me metí en la ducha y allí me pajée otro rato hasta que decidí salir. Y necesitado de alcanzar un placer como el de aquel día en la ducha de la residencia, busqué algo para masturbarme analmente. Al principio metí sólo un dedo, después poco a poco más hasta que me cupo el juguete entero. Y metiendo y sacando me estuve hasta que me aburrí de ello.

Cómo terminó todo no lo sé. Hoy día sólo puedo decir que después de 4 ó 5 horas masturbándome lo había alargado todo tanto y había disfrutado de tal manera que ya no me apetecía correrme. Era imposible tener un orgasmo la mitad de placentero que lo que había sentido hasta entonces.

Me dormí pronto y al día siguiente fui a clase a las 8.30, después de dormir no más de dos o tres horas.

Continuará...



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