En la habitación
Si bien el cuarto de baño es un sitio estupendo para hacer nuestras necesidades básicas (ya sabeis a qué me refiero) mi sitio favorito es y ha sido, sin duda, la habitación.
Empezaré diciendo que el descubriento que cambió mi vida fue, sin duda, el papel higiénico. Las primeras pajas son muy inexpertas, y solo esa experiencia que al principio falta es la que te enseña que correrse encima, es decir, en los slips, es muy desagradable. Como siempre, comenzaré por el principio
De forma paralela a mis primeros descubrimientos en el baño me di cuenta de que una de las mejores formas de masturbarse es por rozamiento o por presión. De hecho, está fue la manera en que alcancé mi primer orgasmo. ¿Por qué no seguir investigando en esa línea? Así pues, puedo decir que de entre mis primeras pajas, varias de ellas fueron muy similares a aquella, en la cama, de noche, con la única excepción de que en este caso sí hacía acto de presencia la eyaculación. El semen en mis slips era incómodo al principio, pero cuando me levantaba a la mañana siguiente se había secado de forma que no parecía que hubiera pasado nada (o eso pensaba yo, imagino que estaria en un error)
Era inminente mejorar esta situación, así que no tardé en elaborar una estrategia para poder masturbarme sin dejar huella. ¿Cómo? Dirigiendo mi eyaculación a un montón de papel higiénico que previamente había sustraido del cuarto de baño. Ese papel era guardado en un cajón durante toda la noche, de manera que no levantaba sospechas ni alertas innecesarias haciendo viajes innecesarios al cuarto de baño en mitad de la noche.
En fin, resultó una estrategia inmejorable, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de cierta hora mis padres no entraban en mi cuarto. Guardo gratísimos recuerdos de estas sesiones nocturnas, en las que mi cuerpo desnudo jugaba en la cama y con la almohada, adoptando todo tipo de posiciones y desplegando mi imaginación hasta límites insospechados.
El finál más habitual era tumbado en la cama boca arriba, con el papel colocado sobre mi barriga.
Mi cuarto se convirtió en una especie de santuario de la masturbación, en una época en la que la intimidad es lo más preciado que existe. Un ritual que se repetía varias veces a la semana y en el que la imaginación era el elemento fundamental.
Continuará...
Empezaré diciendo que el descubriento que cambió mi vida fue, sin duda, el papel higiénico. Las primeras pajas son muy inexpertas, y solo esa experiencia que al principio falta es la que te enseña que correrse encima, es decir, en los slips, es muy desagradable. Como siempre, comenzaré por el principio
De forma paralela a mis primeros descubrimientos en el baño me di cuenta de que una de las mejores formas de masturbarse es por rozamiento o por presión. De hecho, está fue la manera en que alcancé mi primer orgasmo. ¿Por qué no seguir investigando en esa línea? Así pues, puedo decir que de entre mis primeras pajas, varias de ellas fueron muy similares a aquella, en la cama, de noche, con la única excepción de que en este caso sí hacía acto de presencia la eyaculación. El semen en mis slips era incómodo al principio, pero cuando me levantaba a la mañana siguiente se había secado de forma que no parecía que hubiera pasado nada (o eso pensaba yo, imagino que estaria en un error)
Era inminente mejorar esta situación, así que no tardé en elaborar una estrategia para poder masturbarme sin dejar huella. ¿Cómo? Dirigiendo mi eyaculación a un montón de papel higiénico que previamente había sustraido del cuarto de baño. Ese papel era guardado en un cajón durante toda la noche, de manera que no levantaba sospechas ni alertas innecesarias haciendo viajes innecesarios al cuarto de baño en mitad de la noche.
En fin, resultó una estrategia inmejorable, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de cierta hora mis padres no entraban en mi cuarto. Guardo gratísimos recuerdos de estas sesiones nocturnas, en las que mi cuerpo desnudo jugaba en la cama y con la almohada, adoptando todo tipo de posiciones y desplegando mi imaginación hasta límites insospechados.
El finál más habitual era tumbado en la cama boca arriba, con el papel colocado sobre mi barriga.
Mi cuarto se convirtió en una especie de santuario de la masturbación, en una época en la que la intimidad es lo más preciado que existe. Un ritual que se repetía varias veces a la semana y en el que la imaginación era el elemento fundamental.
Continuará...





