Bueno, realmente no sé bien cómo empezar, porque realmente esto es empezar de nuevo. Los últimos meses han sido como una carretera de montaña, con una nueva curva tras cada giro, ahora trabajando de tarde, ahora de mañana, vuelta a la tarde, vuelta a la mañana, durante semanas desayunaba a las 12, ¿o almorzaba?, después vuelta al desayuno horrible y tempranero, y al almuerzo-merienda. Yo siempre he padecido de la enfermedad de la inercia. Cuando estoy despierto, quiero seguir despierto. Cuando estoy dormido, tiendo a seguir dormido. De forma que durante mi horario de tarde me era prácticamente imposible levantarme temprano y aprovechar la mañana, dormir y trabajar era casi mi vida entera.
Ahora estoy otra vez trabajando por la mañana, pero no ya en una consulta. Ahora soy médico de planta, y me encargo de los pacientes ingresados, que generalmente son personas que sufren de procesos agudos, que generalmente son personas que han visto su vida romperse en sólo unos minutos o unas horas, que generalmente son personas enfermas y asustadas, a veces muy asustadas.

La secuencia se repite muchas veces, muy parecida. En la consulta de Urgencias, hablas con un paciente y su familia, le explicas su situación, el origen de sus síntomas, la necesidad de un estudio más profundo y de un tratamiento hospitalario, los riesgos de su enfermedad, los riesgos del tratamiento que crees necesario, tu esperanza en que todo vaya bien... como casi siempre. Sales de la consulta. Un familiar del paciente, o dos, o tres, te asaltan y te inquieren de modo furtivo, susurrando y mirando de reojo tras de sí: "
Dígame la verdad, doctor, ¿es grave?". Yo casi siempre respondo que es tal como lo he explicado con el enfermo en la consulta, que no he escondido nada. Pero lo admito, hay un
casi, hay un error, pues hay alguna vez en que no te querda valor para contar todo lo que sospechas, o incluso ya sabes. Piensas que cuando esté en Planta, cuando la Resonancia Magnética (casi siempre) muestre la certeza, será otro colega el que tenga toda la información que se precisa para dar la peor noticia.
Pues bien, ahora yo soy ese colega, ese que debe dar, alguna vez, la peor noticia, en una sociedad que está cambiando, justo en estos tiempos, los modos en que se deben hacer las cosas. Ante la peor noticia, es más fácil hablar con los familiares, incluso ellos suelen reclamarlo así ("
si encuentra algo malo no se lo diga a mi marido, él no lo soportaría"). El condenado, como el cornudo, es siempre el último en enterarse, a veces muere sin que nadie se lo haya advertido. Aunque esto cambiará en breve, lo vergonzoso, para mí, para mis colegas, para mi sociedad, es que no lo haya hecho aún. Supongo que si algún día me asalta algo capaz de matarme, quiero que me lo digan... entonces ya decidiré si quiero saberlo.
Como véis, hoy sólo os he traído divagaciones. Como compensación, os dejo una portada. Quizá la del mejor regalo que he recibido, de la hija de una paciente que me provoca una hernia de disco cervical cada vez que me ve, cuando me agarra del cuello para darme un beso. Me encantó, porque me quiso regalar la felicidad.