He vuelto
Razones
Según mi madre, de pequeño decidí ser médico para curar a mi padre. No tenía nada grave, sólo una úlcera, pero supongo que a un niño de 4 ó 5 años le impresiona mucho ver a su padre con cara de dolor intenso. Eso instaló en mi cerebro una vocación cabezota de la que nunca pude librarme, ni siquiera cuando en COU todo el mundo intentaba convencerme para que estudiase Informática o Telecomunicaciones, y las cifras del paro en los médicos salían todos los días en los telediarios. Empiezas a estudiar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que habías imaginado, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Acabas la carrera, empiezas a trabajar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que has estado estudiando, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Y quizá, finalmente, el trabajo de un médico se parezca más a lo que imaginó un niño de 5 años.
Enlaces

Imprescindibles

Más amig@s

Para aprender

Causas justas

¿Qué hora es?
Sindicación
Último post publicado el 29 de marzo                                                                                                                                                                                                                                                    CADENAS
 
Miedo
La vida está llena de barreras, la enfermedad tan sólo trae algunas más a nuestro camino. El problema suele ser que una de ellas puede hacerse infranqueable: hablo del miedo.

Los médicos somos muy parcos cuando se nos interroga sobre el futuro. Yo suelo decir que no soy un adivino. Pero cuando alguien es diagnosticado de una enfermedad crónica, sea cual sea, sabe que tendrá una forzosa compañera de viaje para toda la vida, que le irá dando tirones y poniendo zancadillas con mayor o menor frecuencia, y que puede hacerle caer antes de tiempo. El presente es muchas veces liviano, sín síntomas o con síntomas menores, pero las expectativas respecto al futuro se vician en la sala de espera, mientras están sentados juntos los que están comenzando y los que ya llevan tiempo, algunos mucho, caminando. De vez en cuando, algún veterano mira con melancolía al recién llegado. De vez en cuando, algún veterano siente tristeza por lo que ha ido aprendiendo. De vez en cuando, algún veterano vierte un inevitable rencor proporcionando enseñanzas que nadie le ha pedido. No ocurre todos los días, pero algún día ocurre. A veces no hay rencor culpable, pero alguien piensa que ha aprendido sólo con lo que ha visto.

A veces, tras uno de estos incidentes, el que está comenzando te pide una bola de cristal. Otras veces no te la pide, ya cree saber cómo será su futuro, y comienza a reducir su presente. Sueños, aficiones, personas, trabajos... se quedan en la orilla del camino, abandonados por alguien que ha inundado su vida de miedo. Otras veces no son abandonados, se van perdiendo en la bruma de la tristeza.

Intento centrar la mirada en el presente. El que sólo mira al horizonte pierde la belleza del camino, llega al final más vacío. Pongamos dos casos. Como serán inventados, les daré a los dos el mismo trabajo (administrativo, por ejemplo), la misma edad (¿44?), una infancia feliz y un ambiente social similar (el que queráis).

El primero, llamémosle Inadvertido, ha ido viviendo sin grandes problemas, ha amado a su mujer y ha tenido dos hijos, su trabajo quizá no ha sido el que deseaba (de pequeño quería ser bombero), pero le permite pagar las facturas. Se ha divertido con sus amigos, ha sido feliz con su familia, ha tenido alguna enfermedad, la peor aquella apendicitis que le hizo ingresar en el hospital a los 32 años. Durante años, cada sabado acudió al mismo lugar a jugar al fútbol con sus amigos, hasta que comenzaron a verse ridículos en calzón corto (era lo que decían para no admitir que se ahogaban en la primera carrera) y lo transformaron en partidas de cartas con cigarros y buen whisky. Su primer hijo acaba de entrar en la Universidad, iba pensando en eso cuando tuvo el accidente. Una voltereta del coche bastó para fracturarle la sexta vértebra cervical. La lesión medular le ha enviado a una cama de hospital.

Al segundo, lo llamaré Advertido. A los 21 años, un día notó que veía raro, no le prestó mucha atención. Pero en los días siguientes, el ojo derecho comenzó a dolerle, cada vez más, y la visión siguió empeorando, cada vez más. Fue a Urgencias y una chica joven con bata blanca se empeñó en que tenía que verlo un Neurólogo. Él sólo quería que le recetaran un colirio y marcharse de aquel lugar caótico, pero no le dejaron. El neurólogo le dejó en una cama de hospital y le dijo que tenía una inflamación del nervio óptico. Conectaron sus venas a tubos de plástico, por donde le introducían un medicamento, supuestamente para curarle, pero que le producía insomnio. En los días siguientes le hicieron muchas pruebas. Lo peor... aquel pichazo en la espalda. Y cuando se fue le dijeron que había tenido una neuritis óptica, que no se sabía la causa, y que tendría que hacer revisiones periódicas, porque tampoco sabían si podría repetirse en el nervio óptico o en otras partes del sistema nervioso. Pensó si aquellos médicos en realidad sabrían algo y se fue a casa, aliviado porque ya veía bien y no tenía dolor. Acudió a revisiones, para él rutinarias. Algo más de un año después sintió un extraño mareo, y comenzó a ver doble. Acudió al hospital, donde volvieron a ingresarle, volvieron a conectar sus venas a tubos y volvieron a hacerle pruebas, incluso le volvieron a pinchar en la espalda. Volvieron a desaparecer los síntomas con aquel líquido que le quitaba el sueño y cuando se pudo ir a casa le dijeron que tenía Esclerosis Múltiple. Las revisiones dejaron de ser rutinarias y se cargaron de angustia. Le pusieron un incómodo tratamiento, que le obligaba a pincharse tres días a la semana y que al principio le provocaba unas horas de "gripe" cada vez que se lo ponía. Estando en la sala de espera, pensó por primera vez en la vida sobre una silla de ruedas. Se lo comentó a su neurólogo, que le dijo que eso no tenía por qué pasarle a él, que recibía un tratamiento para intentar evitarlo, pero claro, el enfermo era él, aquel médico sólo pretendía tranquilizarle. Fue durante esos días cuando se le acercó un invitado al que no había llamado, el Miedo. Además traía de la mano a su mejor amiga, la Amargura. Y se quedaron con él durante años. Por Él renunció a seguir preparando sus oposiciones al Cuerpo de Bomberos, le convenció de que con su problema no iba a dar la talla. Ella le fue alejando de algunos amigos y finalmente también de su novia. Habían conocido con preocupación su enfermedad, pero no quisieron dejar que les contagiara su tristeza. Consiguió un trabajo como administrativo. Sentado ante un ordenador creyó estar más seguro. Hasta aquella temporada en la que su mano derecha comenzó a rebelarse, no perdió fuerza, pero temblaba y nunca pulsaba la tecla que él quería. Tuvo que pedir la baja y acudir otra vez al hospital para que le pusieran los sueros. Además, también tuvo que confesar en su trabajo que tenía una enfermedad. Hablaba con la lengua liada y caminaba tambaleándose. Decidió decir la verdad cuando un compañero le preguntó si había bebido. Aquel brote se fue, dejándole una leve inestabilidad en la marcha y un tratamiento antidepresivo nuevo. Los años pasaban, y de vez en cuando tuvo algunos brotes más, aunque realmente su cuerpo consiguió ir saliendo airoso de todos. Pero el miedo le seguía atenazando, y muchas noches soñaba, en blanco y negro, que estaba en aquella sala de espera sobre una silla de ruedas. Apenas tuvo relaciones con mujeres, decía que no quería ser una carga para nadie. Cuando el asunto se ponía serio, huía. Vivía con sus padres, ya casi ancianos, que nunca pudieron dejar de mirarle con sus ojos inundados en pena. En su última revisión, su neurólogo se mostró satisfecho. Llevaba más de 20 años de enfermedad, y apenas tenía déficits neurológicos. Se lo diría a sus padres, aunque sabía que eso no iba a hacerles cambiar la mirada. Estaba pensando en eso cuando comenzó a sentir una sensación extraña en las plantas de sus pies, como si estuviese pisando sobre agua. No le quiso dar importancia. Ahora, días después, vuelve a estar en la cama de un hospital, con sus venas conectadas a tubos de plástico, y con su pene también conectado a un tubo de plástico. No tiene piernas. Los médicos le dicen que sí, pero él no las siente, y cuando envía órdenes para moverlas, no pasa nada. En su habitación, otro hombre llora casi todo el tiempo. Un accidente de coche le ha quitado también sus piernas. Sin embargo, hoy ha estado riendo entre lágrimas. Ha sido cuando su hijo, después de salir de la Universidad, ha ido a visitarle y le ha dicho que le quería.

Cuando atiendo a alguien con una enfermedad crónica y potencialmente incapacitante, de vez en cuando aparece el miedo. Por desgracia, pocas dudas se pueden despejar respecto al futuro. Los nuevos tratamientos en Esclerosis Múltiple, siendo concreto, y los que están por venir, nos regalan grandes esperanzas en ese sentido, pero comprendo que no sean suficientes para quien está enfermo. Algunos de mis pacientes hacen siempre la misma primera pregunta al sentarse: ¿Se ha descubierto algo nuevo?

Yo no puedo hablar de futuro, sólo de presente. Disfrutad el día de hoy, porque es el único cierto. Y por favor, que nadie pierda su vida pensando en que algún día la perderá, es una forma estúpida de morir.
 
La sentencia
En todo trabajo hay cosas que no gusta hacer. Hay pacientes que debes ver, aunque sepas que no los vas a ayudar. Jamás vas a encontrar su sonrisa. De hecho, jamás volverán a sonreir. No vas a poder ayudarles en nada. Por supuesto, no se curarán, tampoco vas a ser capaz de aliviarles.

Suele suceder en la UCI. El Intensivista te acompaña hasta la cabecera de una cama, mientras te va relatando la historia clínica y los resultados de las pruebas. Llegas hasta una persona atada por varios cables que invaden sus venas, con modernas sanguijuelas en su pecho que envían información a un monitor cardíaco, con un tubo de plástico que entra por su boca para prestarle aliento. En un primer vistazo ya ves claro cuál será el resultado. Pero hay que seguir el protocolo. Es lo legal, es lo correcto, es tu trabajo, aunque no te guste.

Comienzas por mirarle a los ojos. Las pupilas son enormes y tristes. Las atacas con una luz, pero no se defienden. Agarras la cabeza con ambas manos y la giras con rapidez. A un lado y a otro, a un lado y a otro, sus ojos están fijos, no es un muñeco. Pides a la enfermera un algodón, y tocas con él las córneas, pero eso no le hace cerrar los ojos. En silencio pides perdón. Clavas una uña sobre una ceja, y luego sobre la otra. Ni una mueca, ni un movimiento, ni un rastro de dolor. Pides a la enfermera una jeringa con suero frío, muy frío, y bañas con él sus oídos, pero eso no hace que sus ojos tiemblen. Pides a la enfermera que introduzca una sonda por su boca hasta su garganta, pero eso no le hace toser. Pides a la enfermera que le inyecte una droga y dejas de mirar al paciente. Fijas tu vista en los números del monitor, que no suben. Sigues mirando, siguen sin subir. Sigues mirando, ya no van a subir. Desconectan el respirador. Nada. Nada. Nada. Vuelven a conectarlo, no ha hecho ningún intento de respirar por sí mismo. Concluyes.

En un despacho firmas tu parte de la sentencia. Recuerdas a aquella chica alegre que conociste de residente, y a la que un riñón devolvió la libertad. Recuerdas a aquel hombre que sigue haciendo feliz a su familia con el hígado de otro que se fue. Recuerdas a aquel chico joven que sigue amando, con el aliento que le prestan los pulmones de otro que fue sentenciado. Al final encuentras sonrisas, que te hacen sólo un poco menos difícil tu misión de juez.

La vida está llena de llantos y risas, y algunos pueden reir porque otros lloran. No quisiera entristeceros, pero necesitaba contarlo. Gracias por escucharme y sed felices.
 
MAGIA
Hay días que son largos, otros son frenéticos. Todo hay que hacerlo rápido, como si fuese uno el Fernando Alonso de la Medicina. Hoy ha sido uno de esos días.

Muchos pacientes, demasiados. Mis protestas habituales a la secretaria, que ya me mira como yo miro un cuadro de Kandinsky, algo estridente y que no entiendo. Además, al hospital llegué con el bolsillo lleno de trámites médico-administrativos por resolver. Así que ya estaba nervioso, pues me invade un desagradable sudor frío cada vez que tengo que enfrentarme a la burocracia sanitaria. Por si eso no fuese bastante, una familiar había enfermado y estaba en la Observación del hospital, esperando a que yo bajase a interesarme por ella.

Comencé mi consulta con rapidez, pasando a Fresca, una chica joven a la que se le nota mucho su juventud, a la que la enfermedad no ha conseguido marchitar, ni por fuera ni por dentro. Me gusta verla, porque vive con una frescura y naturalidad envidiables. No es indiferente respecto a su problema, pero tampoco obsesiva con él. Relata sus molestias y pregunta sus dudas sin expresar angustia, sin dar importancia a detalles nimios ni ocultar por miedo hechos importantes.

Empezar el trabajo bien tiene una especie de efecto talismán, que influye en el ánimo, pero quizá también consigue producir magia. Quizá esto suene extraño y algo supersticioso. Pero es que esta mañana, el día parecía que había oído hablar de mi prisa y se apiadó de mí, desalojando los obstáculos del camino. Cada historia clínica estaba en su sitio, cada prueba esperada aparecía rápidamente, incluso las analíticas, sin tener que recurrir a Internet buscando auxilio. Así los pacientes fueron pasando ante mi sin complicaciones, sin imprevistos, ni siquiera hoy preguntaban mucho, era como si ellos también hubiesen tenido noticias de mi prisa.

De este modo, a la una y media acabé la consulta, y pude bajar a Observación a interesarme por mi familiar. Quizá os extrañe que no bajase antes de la consulta, pero había conseguido hablar por teléfono con la compañera que llevaba el caso, sabía que estaba estable y en buenas manos. Si no es imprescindible, intento que a mis pacientes no les afecten cuestiones que no les conciernen, y éste era un problema personal mío del que ellos no eran culpables. Cuando bajé, coincidí con el cirujano vascular, que había ido a verla, pues su dolencia era una variz ulcerada que se empeñaba en no parar de sangrar. La complicación se debía a un tratamiento anticoagulante que recibe, el cual impide formar el trombo que debe cerrar las heridas. El cirujano destapó la venda que la cubría, la examinó, orientó al enfermero mientras éste vendaba de nuevo la pierna, e indicó el tratamiento a seguir. Al poco rato, mi familiar iba ya camino de su casa.

Subí a la planta superior. Tenía que hacer dos trámites en Gestoría de usuarios. Para el primero me encontré con una mujer encantadora que no dejaba de sonreir mientras tecleaba en el ordenador para solicitar fuera del hospital la prueba que necesitaba. Le dí las gracias con fruicción y pasé al siguiente trámite. Era la puerta de enfrente, donde necesitaba visar una receta especial para un paciente con Alzheimer. Tenía ciertas dudas, pues el paciente tenía una tarjeta sanitaria de una comunidad distinta a la mía. Me atendió una mujer distinta, pero con la misma actitud que la anterior. En pocos minutos resolvió el problema. Me despedí deshaciéndome en frases de agradecimiento y subí a otra planta, para terminar con mi última gestión. Pensé que todo iba demasiado bien, que ahora me encontraría el problema, agazapado tras cualquier esquina y rabioso por llevar toda la mañana esperándome. Pero debió quedarse dormido, porque tras una esquina lo que encontré fue a la compañera que buscaba, a la que necesitaba pedir que hiciera sin demora una prueba a una chica embarazada que había atendido en la guardia del sábado. Sólo necesitaba esa prueba, ingresar para ello a una mujer gestante, en un ambiente tan poco saludable como es el hospitalario, me había producido escalofríos cuando la atendí. Así que me había quedado con sus datos para gestionarle la prueba ambulatoriamente, pero con celeridad, y yo mismo la citaré para ver el resultado. Mi compañera sonreía mientras se lo explicaba, mientras sus ojos se nublaban, seguro que pensando que le iba a ser muy difícil acoplar a la chica en su agenda. Cogió el papel de petición de mi mano y me respondió que no me preocupara, que le hará la prueba esta misma semana. Nuevamente turno de dar gracias y volví a mi planta a recoger mis cosas. Eran las tres, así que emprendí el camino a casa sonriendo.

Besos y abrazos para todas y todos. Espero que hayáis tenido un buen día.
 
Interminable
El jueves comenzó tarde, y luego no quería terminar


Suena el despertador, pero lo apago sin despertarme. Oigo la voz de Ana... "son menos 10". Salto, saltamos, prisa cuando aún tengo los ojos cerrados...ella me lleva al hospital y luego se va a su oficina.
Llego tarde, así que no entro a la sesión clínica y aprovecho para resolver unas queries. Cuando la sesión termina, voy con los demás a la cafetería. Agua sucia de pie, las mesas están llenas de batas blancas y pijamas verdes.

Todo sale mal


La primera paciente ha venido sin cita. Sus dolores de cabeza han empeorado. Pero es que además lleva varios días con fiebre. Pero es que además tiene las defensas bajas. Pero es que además está vomitando. Pero es que además su nuca está tensa. Todos los signos de alarma me llaman. Y yo no quiero, porque la conozco. Sé cómo va a reaccionar. "Tengo que enviarte a Urgencias, puede ser una infección y hay que hacerte una punción lumbar hoy mismo". Llora... lo sabía. "Es que todo me pasa a mí". Pienso que eso lo he oído ya muchas veces antes, pero ella tiene razón. Trato de consolarla, puedo estar equivocado, pero hay que hacer la prueba. Baja a Urgencias.
Otro paciente viene por el resultado de unos análisis. Lo ví hace unos meses, con los mismos análisis, resultado dudoso, había que repetirlos. Busco los actuales... no han llegado. Enciendo el ordenador. Conecto con la web del laboratorio. Introduzco mi clave. Introduzco sus datos. Aparecen los análisis. La informatización es maravillosa. Los generales... normales. Los especiales, aquellos que salieron dudosos, ahora están pendientes de completar. La informatización es maravillosa, pero el laboratorio no. Hace más de un mes que le sacaron la sangre, tiempo más que suficiente para que estuviesen listos. Preguntas huérfanas de respuesta, espero que sólo por el momento. "Dígale a la secretaria que le cite en dos semanas. Pero llame el día antes, para asegurarse de que están ya todos los resultados"- le digo. "¿Y si no están?"- me inquiere. Pienso en decirle que yo mismo bajaré a matar al Jefe de Laboratorio, pero me contengo. Le aseguro que estarán. Espero no equivocarme. Espero también que no sea la secretaria la que me mate a mí. Ya no tiene huecos en el libro donde apuntar pacientes, y luego yo tengo el cinismo de quejarme y decirle que a tantos pacientes no los puedo ver bien.
Otra paciente, de alta hace unos meses, quedó pendiente del resultado de otros análisis. Los busco... están. Los miro... en la mayoría de los ítems el resultado es... plasma insuficiente, lo que significa que no hay resultado, ni lo habrá. Más preguntas huérfanas. Hay que repetirlos. Viene desde otra provincia porque confía en nosotros. Decepción. Quería que hoy le dijese que no está enferma. No le puedo precisar aún, pero sí sé que nunca le podré decir que no está enferma. Le digo que se repita los análisis en su ciudad, así se evita un viaje. Le digo que la secretaria le dé cita en un mes. Tiemblo. Luego tengo que regalarle un piropo bonito para que no me odie demasiado.
La última paciente (ha habido más, rememoro los destacados). Sufre Esclerosis Múltiple, en fase avanzada, y recibe un tratamiento agresivo, intravenoso. No quiere seguir, dice que no le hace nada, y viene desde muy lejos sólo para ponerse "los sueros". Le sonrío y le digo que se los tiene que poner, con voz cariñosa pero firme. "Lleva pocas dosis, irán funcionando"- afirmo. Las pruebas... están todas. Miro los análisis, lo patológico están en negrita. Primer punto negro, anemia, pero leve. No hay problema. Segundo punto negro, plaquetas altas... muy altas. Puede ser un problema. Habrá que averiguar, repetir el análisis, pedir consulta al Hematólogo. Último gran punto negro, el ecocardiograma muestra alteración cardíaca. Hay que suspender el tratamiento. Se lo digo a ella. No se sorprende, se alegra. Comienzo a rellenar papeles. Analítica completa. Consulta con Hematólogo. Nuevo ecocardiograma. Consulta con Nutricionista. Se va contenta, no se tiene que poner hoy el suero. Me quedo preocupado. Si no puede seguir con los sueros no voy a tener armas para combatir su enfermedad. Ahora pienso que quizá ella no quiera seguir luchando.
No hay más pacientes.

En casa


Llego a las tres. Engullo algo rapidamente y consigo pasar diez minutos con Ana. A las cuatro menos cuarto vuelvo a salir. Tengo que pasar consulta en una Clínica privada. Está a cincuenta kilómetros de mi casa. Comienzo a las cuatro y media. Lo que paga el Seguro no da para pagar hipotecas.


Otra vez tarde


Un accidente en la carretera ha provocado retenciones. En el lugar del accidente, sólo cascotes desprendidos de la mediana y un guardia civil. Debió ser hace ya un rato, pues no he visto pasar ninguna ambulancia, ni grúas. Llego tarde. Además han citado a pacientes desde media hora antes de cuando realmente comienza la consulta. Ya están impacientes. La primera se ha tenido que ir, su hijo pequeño sale del colegio a las cinco. Después vendrá.
El primero, un hombre con demasiado trabajo, asustado por el televisivo señor Alzheimer. No puede tener Alzheimer con cuarenta años. Le escucho, le exploro, le paso un test, le explico, le recomiendo... se tranquiliza. Me alegra, parece un buen hombre.
El segundo, el suegro del director de la clínica. Es un hombre mayor con más de un problema. Escucho a su hija, escucho a su esposa, y al final, me dejan escucharlo a él... pero él habla poco. Le exploro, le paso un test. Faltan algunos resultados analíticos, pero es razonable. La sangre se le sacó ayer. Miro la resonancia. Decido los diagnósticos. Les explico. Me escuchan mientras me interrumpen. Decido el tratamiento. Les explico. Espero que mejore. Su hija y su yerno me simpatizan.
Varios pacientes, menos destacables.
La penúltima es una anciana, rusa. Apenas chapurrea el castellano. Yo tampoco sé hablar ruso. Ya la ví hace unos meses. Venía con su hija, que traducía. Hoy viene sola. Le descubrí un tumor cerebral en las visitas previas. Benigno, pero tumor. La mandé al neurocirujano. A medias, consigo entender que no ha ido. No quiere operarse, no le duele nada. Intento explicarle que es necesario, pero apenas me entiende. Finalmente decido pedir una nueva resonancia, al menos para conocer el crecimiento del tumor. Le digo que cuando traiga la prueba venga con su hija. Para decidir arriesgase, debe comprender a qué se arriesga.
El último paciente va mejorando. Tiene una enfermedad de Parkinson. Hace muchas preguntas. Consigo vencer mi agotamiento y contestarlas todas. Le aumento el tratamiento. Sale de la consulta sonriendo. Recojo mis cosas. Vuelvo a casa.

El teléfono


Llego a casa. Son las diez y media. Ana está hablando por teléfono con su madre. Le exijo mi beso. Me pasa el teléfono. Mi suegra me habla de su salud. La escucho. Pregunto por mi suegro. Está mejor de su neuralgia, pero las pastillas le dan sueño. Le digo que se irá acostumbrando. Nos despedimos.
Busco un papel en mi bolsillo. Tiene un número. Lo tecleo en el teléfono. Es una paciente. Me dejó un recado para que la llamara. Tiene problemas. Un colega le ha suspendido bruscamente el tratamiento que yo le había instaurado. Se encuentra muy mal. Le digo que es normal, esas pastillas no se pueden quitar de golpe. Le indico cómo hacerlo. Me lo agradece. Me pide perdón. Me dice que cuando tiene un problema lo primero que quiere es hablar conmigo. Me dice que yo la escucho. Me agrada... y me asusta. Finalmente nos despedimos.
Cojo el teléfono fijo. Marco el número de mi madre. Le digo que ya he llegado a casa. Me cuenta sus dolores. Le pregunto por mi padre. Me dice que va mejor. Aún tiene el azúcar alta, pero ya menos. Le digo que mañana revisaré todas las cifras. Ya serán suficientes. Probablemente tendrá que tomar más pastillas. Es mi madre. Cuando le digo que no he cenado, se despide rápidamente.

Hambriento

Ceno a las once y media. En televisión está el final de Cuéntame. Cuando Imanol Arias baila con su hija se humedecen mis ojos. Me contengo, me da vergüenza. Ana me hace cosquillas, pero no soy buen compañero esta noche. Ella se acuesta. A mí ya no me queda ni sueño. Enciendo el ordenador. Voy a mirar los blogs un rato. Me río con Laura. No creo que sea tonta. Tengo que sacar un rato para contestar a su pregunta. Ya sé como comenzaré. Me alegra que me hagas esa pregunta. Me gustaría tener un hijo. Bueno, una niña. Si viniese ahora, la cuidaría mi madre. Esta vida... Me voy con Azul. Yo no sería capaz de levantarme más temprano para escribir en el blog. Soy más bien de noche. Aquel perro que me mordió de pequeño debía ser un vampiro disfrazado. Pienso en escribir un post. Lo prometí. Pero ya no voy a poder...

Gracias


Si has leído hasta aquí, mereces que te de las gracias. Besos y abrazos para todas y todos.




 
Sin tiempo
Que nadie piense que me olvidé de mi diario. El trabajo ha caído sobre mí a la vuelta de vacaciones, a lo que se ha unido el constante ir y venir a cambiar regalos de Navidad para los que no calculé bien la talla, como el jersey de mi hermano...

No, no, no. No le queda pequeño, él le queda grande al jersey, que haga más ejercicio, ¡leñe!


Así que sólo quería deciros que no me he olvidado del diario, pero ahora estoy atrapado por el tiempo. Mañana (y si no puedo, el sábado seguro que sí) prometo seguir contando historias.

Besos y abrazos para todas y todos.
 
Recuerdos de papel
Hasta el martes no vuelvo al trabajo, así que estos días no he tenido pacientes que me inspiren a contaros historias. Por eso, el tono de mi diario ha cambiado un poco. No quería rememorar forzadamente historias pasadas, porque lo que quisiera es transmitiros lo que mi trabajo me hace sentir, a veces será agrio, a veces dulce y casi siempre, agridulce.

Hoy escribo porque he estado revoliviendo entre mis papeles antiguos, papeles que guardo de cuando era estudiante y tenía más tiempo para todo. Buscaba algo que aún no he encontrado, pero me he topado con unos malísimos poemas que escribí cuando tenía unos 20 años. Me ha gustado volver a leerlos, y os voy a dejar un par de ellos aquí. No quiero que me digáis que os gustan, porque sé que será mentira (son horrorosos). A mí me han hecho sonreir, seguramente porque han evocado mis recuerdos. También me han avergonzado, así me sentía cuando he caído en la cuenta de que nunca nadie, salvo yo, los había leído. Quizá por eso he decidido publicarlos aquí. Os he mostrado ya mi alegría y mi tristeza, ahora os regalo mi vergüenza.

Tracto solitario

En un pequeño rincón de mi alma
Mala, mala, mala, mala es...la hiel inunda de hedor mis sentidos
Todo es desagradable y desagradecido
Ella me humilló con su indiferencia
Soñé tantas veces con su amor y el mío
Con una palabra mató mi esperanza
con una palabra tan muerta y vacía

Y ahora no me habla, ahora no me mira
Incluso hasta añoro la palabra aquella
que partió mi alma en dos aquel día
Mi ganglio de Scarpa necesita ondas
que digan sus labios, que fone su boca
Mi ganglio está triste, y yo estoy llorando
lágrima exocrina de sabor salado
que va por mi nervio
¡el tracto solitario!



                                                                        Amar

Hoy vas ser feliz porque tus ojos se han cansao de ser llanto...        Correr, besar al viento
        Gritar, llamar al sol
        Reir el sentimiento
        Parar un girasol

        Llorar sin la tristeza
        Morir viviendo más
        Musicar sin compás
        Orar mientras se reza

        Navegar las colinas
        Escalar altos mares
        Beber sangre de espinas
        Andar otros lugares

        Dormir siempre soñando
        Soñar siempre despierto
        Despertar en lo cierto
        Y acabar empezando


Besos y abrazos para todas y todos
 
CONCURSO
Esta tarde, tras un rato largo de dar vueltas y vueltas a mi cabeza... se me ha salido (Ja, ja). Vale, vale, en realidad quería decir que me he dado cuenta de algo. No es muy justo que yo vaya por el mundo virtual pidiendo que se publique cierta foto, si yo no he publicado la mía (No, el de Acerca de no soy yo, es Ramón y Cajal).

Así que tras muchas reflexiones, he decidido publicar mi foto (chicas, por favor, de una en una, que soy tímido). Sin embargo, tampoco quería ponerlo muy fácil. Lo fácil es aburrido. Por ello, he ideado un juego. ¿Que ya sois mayorcitos para juegos? Nunca se es demasiado mayor para jugar. Además, es muy fácil. Sólo tenéis que buscarme pinchando en las cajas de colores, y es gratis.

¿Estaré aquí? ¿Estaré aquí?









¿Estaré aquí? ¿Estaré aquí?









¿Estaré aquí? ¿Estaré aquí?









¿Estaré aquí? ¿Estaré aquí?











 
Tomar aliento
Bueno, comienza un nuevo año, para mí con unos días libres. No tengo nada planeado. No me voy a Mallorca, ni a Bilbao, ni tampoco a Madrid, ni siquiera tengo un bar enfrente donde refugiarme, así que supongo que me quedaré en casa. Tampoco me quejo, creo que es algo que necesito. Mejor dicho, mi casa y yo nos necesitamos mutuamente. Ya sabéis: cuadros que colgar, armarios que ordenar... De todas formas, sé como acabará. Cuando llegue la mañana en que vuelva a madrugar para ir al trabajo, seguirá dando miedo abrir los armarios, no sea que se caigan los cuadros que se apilan dentro.

Lo reconozco, como dice mi padre, nací cansado. Yo tendría que haber sido Adán, que sólo tenía que estirar su brazo para regoger fruta y retozar con Eva, sin frío, sin calor, sin hambre, sin dolor... ¡Maldita serpiente! Y me pregunto: ¿por qué tengo yo que pagar el error de mis antepasados? ¿No fui limpiado del pecado original con el bautismo? ¡¡¡EXIJO MI PARAÍSO!!! Ejem, perdonad, creo que ya comencé a desvariar... el ocio no es bueno.

Aprovecharé los días libres para tomar aliento. ¿No habéis tenido nunca esa sensación de querer parar, cerrar los ojos, volver abrirlos y empezar de nuevo, pero desde cero? Como resetear el ordenador. Mejor dicho, como formatear el disco duro. Tienes un descanso y te parece que será así, pero es una ilusión. Al final, vuelves y tus problemas te están esperando. Ni siquiera te reciben con un agradable "¿Qué tal te ha ido?", sino con un brusco "¿DÓNDE TE HABÍAS METIDO?". No me malinterpretéis, en general estoy bastante contento con mi vida, pero tengo siempre demasiadas cosas pendientes.

Y sobre este diario, estoy pensando qué voy a hacer. Se admiten sugerencias. No sé si rememorar pacientes o contar lo que vaya haciendo. ¿Qué pensáis? ¿Queréis información médica sobre algún tema en concreto? Ayudadme, de verdad, que no sé que hacer. He tenido una idea, pero no sé si va a cuajar. Consiste en que Laura me envíe su foto y la publico aquí (no te molestes, Laura, es que NiCo es tan insistente... pobre chaval, ¿qué te cuesta? Ja, ja). En serio, estoy abierto a sugerencias, no tenéis más que decírmelo.

En fin, que besos y abrazos para todas y todos, que me alegro.