Hoy quiero ser optimista, en los últimos días la vida, como queriendo compensar mi fin de semana y dos días con gripe, me ha traído buenas noticias, y me siento alegre. Son noticias que no son buenas ahora, sino que abren las puertas de una esperanza que pudiera o no confirmarse, pero he decidido dar la espalda al señor Murphy y disfrutarlas, aunque sea sólo por un rato. ¿Que os las cuente? No, aún no puedo, y pasarán todavía meses antes de poder hacerlo. Es algo personal... no, Laura, no va a venir un Rafita a este mundo... todavía.
Empiezo por Atenazada. Tras años de lágrimas, de miedo a vivir, de desesperanza, ayer la ví sonreir, sonreir de verdad. Comencé a atenderla hace unos 2 años, debido a unos dolores de cabeza y epilepsia que padecía como consecuencia de una trombosis venosa cerebral. La verdad es que cuando la conocí ya no tenía crisis epilépticas, y tampoco tenía muchos dolores de cabeza, sólo tenía miedo y un saco de lágrimas. Le pedí un par de pruebas que la tranquilizaran, le hice un par de ajustes en el tratamiento, y me obstiné en repetirle, en cada revisión, que todo iba mejor, que podía estar tranquila. Poco a poco fue pasando de vivir tumbada en la cama a vivir. No la veo llorar desde hace meses. Su madre me repitió varias veces en la última visita: "Gracias a Dios está muy bien". Yo recordé a una anciana y sonreí sin replicar. No insinué, ni por un momento, que yo había contribuido a liberarla de las tenazas del miedo.
Sigo por Desenfadada, que ha venido hoy. A ella comencé a verla porque ya la habían visto todos mis compañeros... y no quería volverlos a ver. Aceptó verme a mí porque no me conocía. Yo ya había oído hablar de ella, acudía a cada cita en un estado de enfado continuo. Todo le parecía mal, se peleaba con las secretarias, se peleaba con las enfermeras, se peleaba con los médicos, se peleaba con las pelusas que encontraba en su camino. La verdad, cuando entré en la consulta con ella, no me hizo ninguna gracia. Empezó a pelearme, como era natural. En algunas cosas tenía razón, sobre todo en lo referente a problemas de infraestructura, que intenté hacerle ver que éramos nosotros, los médicos, los primeros en sufrir. En otras cosas no tenía razón, y no se la dí. Pero en los posos del fondo se adivinaba el aroma del miedo. Un miedo atroz a una enfermedad que los médicos le habíamos diagnosticado, y que ella no quería tener. Eso era, en mi opinión, el origen de su enfado perpetuo. Conseguí calmarla, conseguí que sintiera confianza, conseguí que me viera como a alguien que quería ayudarla. ¿Cómo? Escuchando y hablando. En las siguientes revisiones ya siempre la he atendido yo, a cambio ella siempre me regala palabras bonitas.
Hoy escribo sólo para decir que estoy enfermo. Llevo desde el viernes con algo que debe ser una gripe (uno es mal médico de sí mismo), y no tengo ánimos para contar cosas. No he podido ir a trabajar, y he tenido que suspender también las consultas de mañana. Espero estar aquí pronto con vosotros, devolviendo aunque sólo sea un poco de lo que me proporcionáis. También prometo a alguien contestar un correo electrónico, no lo he hecho aún porque no sería buen consejero en mi estado. Sólo una cosa mientras te contesto, busca sonrisas y buenos sentimientos entre mis amig@s bloguer@s, seguró que algun@ conseguirá calmar tus olas.
Entonces deseo un regalo, recuerdo a Perpleja. Hoy ha venido a mi consulta. La veo desde hace un par de años, desde un día que la encontré en Urgencias. Sus familiares la trajeron porque "no se acordaba de nada". De repente la habían notado como confusa, repitiendo siempre las mismas preguntas. ¿Dónde está Alberto? Ha ido a clase a la Universidad. Un minuto después. ¿Dónde está Alberto? Te dije que ha ido a clase. Otro minuto. ¿Donde está Alberto? Está en clase, ya te lo he dicho. Un minuto más. ¿Dónde está Alberto? ¿Pero qué te pasa? Te he dicho que en clase. Y así podría llenar líneas y líneas y líneas. Alarmados por lo relatado, sus familiares la trajeron a Urgencias, y allí la encontré, con un rostro mezcla de perplejidad y miedo. De vez en cuando esbozaba una sonrisa sin alegría, y en el instante siguiente lloraba asustada. Estaba sufriendo una Amnesia Global Transitoria, en la que la persona se ve privada por unas horas de la memoria anterógrada, no es capaz de recordar nada de lo que va pasando, repite las mismas preguntas porque no ha fijado la información, no recuerda que ya le han contestado. Afortunadamente sólo dura unas horas, y la recuperación es completa, salvo por el hecho de que nunca se recuerdan la mayoría de los hechos acaecidos durante el periodo de amnesia, pues no han dejado huella en el cerebro.
Con ella he recordado a la primera paciente que atendí, hace años, con este problema. Por casualidad compartíamos apellido, digamos Palacios, y cuando me presenté se lo hice notar. ¡Ah, pues seremos primos!- respodió sonriendo. Un par de minutos después le pregunté. ¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió. Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Unos minutos después, la misma operación. ¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió. Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Repetí lo mismo al menos diez veces, y a todas me respondió con las mismas palabras acompañando a la misma sonrisa.
Me hizo pensar que las personas somos máquinas biológicas que funcionamos como un sistema informático. Cuando se activan los mismos circuitos, se repiten las mismas acciones. ¿Hemos perdido la espontaneidad o simplemente es que siempre hemos carecido de ella? Supongo que la sorpresa nació cuando fuimos muchos, las interacciones entre nosotros, y entre nosotros y el ambiente, se fueron haciendo cada vez más complejas, siempre bajo el influjo de la memoria. Cuando se tiene la oportunidad de prescindir de la memoria, al mismo estímulo sigue siempre la misma respuesta... ¿o no? No recuerdo donde lo leí, pero vivir es recordar.


Esta mañana ha sido horrible. La verdad es que llevamos ya bastante tiempo demasiado sobrecargados de trabajo. Ya estábamos casi al límite, pero hace unas semanas un compañero pasó a mejor vida... bueno, no a esa mejor vida, quiero decir que le han hecho un contrato mejor, en otra consulta. Desde entonces, hemos quedado sólo 2 para hacer lo que antes hacíamos a duras penas 3 médicos. La mayoría de los pacientes pasan demasiado tiempo esperando, la mayoría de ellos padecen problemas complicados, y los que hemos quedado nos pasamos la mañana corriendo de un lado a otro, rebuscando pruebas entre montañas de papeles y acarreando pesadas historias clínicas de despacho en despacho.
Hace años, siendo aún novios, estaba en un bar con Ana, escuchando sus quejas acerca de sus problemas con su trabajo. Yo estaba empezando mi Residencia, y la interrumpí para contarle la historia de una chica que había conocido en el hospital, muy joven, que esperaba, conectada a una máquina de diálisis, a que un día le llegase el riñón que ansiaba. Aquella chica siempre estaba alegre y sonriendo. Sólo conseguí que Ana se sintiera peor y se enfadara. Me acusó de haber querido decir que lo de ella no tenía importancia comparado con lo de aquella chica. Entonces no la comprendí. Hoy sí. Todo es importante cuando duele, aunque parezca ridículo. Y todo puede tener una comparación que lo haga ridículo. ¿Qué pensaría el último ejemplar de una especie casi extinta del desastre del tsunami? Seguramente que somos muy afortunados, que aún quedamos miles de millones de personas sobre la Tierra. De verdad, no es retórica. Toda queja es importante, cualquier herida duele, cada lágrima escuece.
El día que conocí a Ana, yo no sabía que cambiaría mis sueños por ella. Cuando yo era estudiante, no había nada más importante para mí que la Medicina. Tenía planes, planes de futuro, planes en los que marcharía de mi ciudad, y si podía también de mi país, para ser un médico de los que aparecen en los libros de historia. Quería volar a EEUU, aprender allí, desarrollarme allí, enseñar allí. Quizá pasando primero por algún hospital importante del país. No he renunciado a ningún sueño, lo he cambiado. Lo he cambiado por intentar hacer feliz a una mujer excepcional, y eso me ha permitido no tener que abandonar a mi familia, me ha permitido ayudar a personas cada día aquí, me ha permitido ser feliz, aunque esté plagado de quejas que nunca me parecen ridículas. Pero he dicho mal, yo no he cambiado ningún sueño, fue el sueño el que cambió solo. La aventura americana dejó de ser importante, sin apenas percibirlo. Cuando elegí plaza en el MIR ni siquiera me acordé de ella. Ahora la recuerdo y no me atrae. Me acuerdo de mi niñez de 5 años, quería borrar una cara de dolor. Ahora lo estoy pensando y veo que a veces lo he conseguido, he transformado muecas en sonrisas, he hecho ver a personas que estaban ciegas, he rescatado a desgraciados de la demencia... No, no, no, no creáis que me estoy endiosando. Estos milagros ocurren sólo cuando la naturaleza lo permite, y muchas veces son tan sólo transitorios, pero uno siente que hace algo.
Al hilo de lo anterior, he recordado a Atrapado. Le conocí porque es el padre de un amigo. Me pidieron ayuda hace un par de años. Le habían diagnosticado de Demencia Vascular, y me decían que estaba muy mal. Postrado en una silla de ruedas, apenas era capaz de moverse o hablar. Así me llegó, con la cabeza gacha y babeando copiosamente. Revisé sus pruebas y revisé su tratamiento. Un colega le había prescrito dosis bastante elevadas de neurolépticos, estaba sedado y parkinsonizado. Reduje progresivamente el tratamiento sedante y le traté con antiparkinsonianos. Semanas después estaba despierto, caminaba de forma normal, disfrutaba de su familia y su familia disfrutaba de él. Con el tiempo, su cuadro de demencia se ha ido agravando, debido a lo que se conoce como Enfermedad por Cuerpos de Lewy. Actualmente está recluido en una cama, sin relación con su entorno. Pero la naturaleza me permitió regalarle unos meses, casi un año, en el que pudo vivir en lugar de dormir.
También me ha venido a la memoria una anciana, Incrédula, a la que ví hace unos meses en la consulta privada. Llevaba varios días sufriendo unos lancinantes dolores en la cara, a causa de una Neuralgia del Trigémino. Le prescribí Tegretol, pero comenzando sólo por media pastilla al día, dosis que tenía que ir subiendo progresivamente. Salió de mi consulta y volvió hace pocas semanas. Sonreía, y antes de nada se confesó. "Cuando vine la otra vez y usted me mandó a casa con media pastillita, yo me decía que cómo se creía este hombre que me iba a quitar el dolor sólo con eso. Pero como me lo dijo me la tomé, y desde esa tarde ya no me duele nada. ¿Qué tendrá la pastilla?" Me reí con ella. Ya había dejado de tomar el tratamiento y el dolor no había vuelto. Le indiqué cómo volver a tomarlo si reaparecía la neuralgia y marchó feliz.
Y al hilo de la pastilla he recordado a Certera. Otra mujer anciana que ingresé hace un par de años en el hospital, sospechando una Arteritis de la Temporal como causa de sus dolores de cabeza. Le puse tratamiento con prednisona y a la mañana siguiente me acerqué a la habitación para verla. Su rostro había tornado la mueca de sufrimiento en una sonrisa. Le pregunté por su dolor de cabeza y me dijo que gracias a Dios se le había quitado ya. Entre risas le respondí: "Bueno, será gracias a Dios y a la pastilla que yo le he dado, ¿no?", con lo que su cara enrojeció mientras decía que también, claro, también por la pastilla. Pero supongo que ella poseía la sabiduría que da el paso del tiempo. Si Dios, o la Naturaleza, o el Destino, o Loquesea no quiere, no hay pastilla que valga.