He vuelto
Razones
Según mi madre, de pequeño decidí ser médico para curar a mi padre. No tenía nada grave, sólo una úlcera, pero supongo que a un niño de 4 ó 5 años le impresiona mucho ver a su padre con cara de dolor intenso. Eso instaló en mi cerebro una vocación cabezota de la que nunca pude librarme, ni siquiera cuando en COU todo el mundo intentaba convencerme para que estudiase Informática o Telecomunicaciones, y las cifras del paro en los médicos salían todos los días en los telediarios. Empiezas a estudiar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que habías imaginado, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Acabas la carrera, empiezas a trabajar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que has estado estudiando, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Y quizá, finalmente, el trabajo de un médico se parezca más a lo que imaginó un niño de 5 años.
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Último post publicado el 29 de marzo                                                                                                                                                                                                                                                    CADENAS
 
De espaldas al señor Murphy

Si algo puede ir bien, irá bien, o la tostada siempre cae por donde no lleva la mantequilla


Hoy quiero ser optimista, en los últimos días la vida, como queriendo compensar mi fin de semana y dos días con gripe, me ha traído buenas noticias, y me siento alegre. Son noticias que no son buenas ahora, sino que abren las puertas de una esperanza que pudiera o no confirmarse, pero he decidido dar la espalda al señor Murphy y disfrutarlas, aunque sea sólo por un rato. ¿Que os las cuente? No, aún no puedo, y pasarán todavía meses antes de poder hacerlo. Es algo personal... no, Laura, no va a venir un Rafita a este mundo... todavía.

A alguien le he dicho hoy que la depresión actúa como un filtro, que sólo deja pasar a la conciencia lo malo y feo del mundo y nos esconde lo bueno. Pues ahora yo quiero llevar el filtro contrario, unas gafas especiales que lo tiñan todo de colores alegres, ya he dicho que por un rato, luego me las quitaré para que nada me pille desprevenido. Hoy quiero ver mi botella medio llena.

Empiezo por Atenazada. Tras años de lágrimas, de miedo a vivir, de desesperanza, ayer la ví sonreir, sonreir de verdad. Comencé a atenderla hace unos 2 años, debido a unos dolores de cabeza y epilepsia que padecía como consecuencia de una trombosis venosa cerebral. La verdad es que cuando la conocí ya no tenía crisis epilépticas, y tampoco tenía muchos dolores de cabeza, sólo tenía miedo y un saco de lágrimas. Le pedí un par de pruebas que la tranquilizaran, le hice un par de ajustes en el tratamiento, y me obstiné en repetirle, en cada revisión, que todo iba mejor, que podía estar tranquila. Poco a poco fue pasando de vivir tumbada en la cama a vivir. No la veo llorar desde hace meses. Su madre me repitió varias veces en la última visita: "Gracias a Dios está muy bien". Yo recordé a una anciana y sonreí sin replicar. No insinué, ni por un momento, que yo había contribuido a liberarla de las tenazas del miedo.

Sigo por Desenfadada, que ha venido hoy. A ella comencé a verla porque ya la habían visto todos mis compañeros... y no quería volverlos a ver. Aceptó verme a mí porque no me conocía. Yo ya había oído hablar de ella, acudía a cada cita en un estado de enfado continuo. Todo le parecía mal, se peleaba con las secretarias, se peleaba con las enfermeras, se peleaba con los médicos, se peleaba con las pelusas que encontraba en su camino. La verdad, cuando entré en la consulta con ella, no me hizo ninguna gracia. Empezó a pelearme, como era natural. En algunas cosas tenía razón, sobre todo en lo referente a problemas de infraestructura, que intenté hacerle ver que éramos nosotros, los médicos, los primeros en sufrir. En otras cosas no tenía razón, y no se la dí. Pero en los posos del fondo se adivinaba el aroma del miedo. Un miedo atroz a una enfermedad que los médicos le habíamos diagnosticado, y que ella no quería tener. Eso era, en mi opinión, el origen de su enfado perpetuo. Conseguí calmarla, conseguí que sintiera confianza, conseguí que me viera como a alguien que quería ayudarla. ¿Cómo? Escuchando y hablando. En las siguientes revisiones ya siempre la he atendido yo, a cambio ella siempre me regala palabras bonitas.

Y yo hoy os quisiera regalaros unas gafas especiales, unas gafas opacas a lo malo y feo del mundo, pero transparentes a los colores alegres y la bondad. Usadlas, aunque sea de vez en cuando. ¿Que dónde os las he dejado? Mirad bien, ya todos las tenéis, sólo hay que ponérselas.



Besos y abrazos para todas y todos.
Decidle algo bonito a quien tengáis cerca.
 
Enfermo
¡Qué malito estoy!Hoy escribo sólo para decir que estoy enfermo. Llevo desde el viernes con algo que debe ser una gripe (uno es mal médico de sí mismo), y no tengo ánimos para contar cosas. No he podido ir a trabajar, y he tenido que suspender también las consultas de mañana. Espero estar aquí pronto con vosotros, devolviendo aunque sólo sea un poco de lo que me proporcionáis. También prometo a alguien contestar un correo electrónico, no lo he hecho aún porque no sería buen consejero en mi estado. Sólo una cosa mientras te contesto, busca sonrisas y buenos sentimientos entre mis amig@s bloguer@s, seguró que algun@ conseguirá calmar tus olas.


Besos y abrazos para todas y todos. Marcháos pronto de aquí, no sea que os contagie.
 
El peso del tiempo

Pesan, pesan las horas, los días, las semanas, los meses, pesan.
Cada minuto se pisa con el siguiente, la prisa te mete prisa,
tan deprisa va el tiempo como la vida, todo corre y siempre llegas tarde.


No me gusta llegar tarde... y siempre llego tarde. No me gusta hacer esperar... y siempre hago esperar. Es el precio que pago por no rendirme a la prisa, al menos no cuando me siento en mi consulta. Cada paciente entra con retraso. Culpable el tiempo concedido al anterior. Culpable el que haya el doble citados de lo razonable. Culpable la secretaria por darles la cita. Culpable el médico por revisarlos con demasiada frecuencia. Al final, toda la culpa cae encima del paciente, que es el que espera. Aunque toda cae también sobre la pobre secretaria, que recibe mis quejas y las de los pacientes. Y cae también sobre mí, que supiro por que los minutos corran menos, pero todos se obstinan en durar sólo sesenta segundos. Ya ha pasado otro cuarto de hora. Y al final de la mañana, cuando se va el último, todos los segundos, minutos y horas han caído sobre mí, aplastándome. No miro la lista de mañana porque sé que será igual... o peor.

Entonces deseo un regalo, recuerdo a Perpleja. Hoy ha venido a mi consulta. La veo desde hace un par de años, desde un día que la encontré en Urgencias. Sus familiares la trajeron porque "no se acordaba de nada". De repente la habían notado como confusa, repitiendo siempre las mismas preguntas. ¿Dónde está Alberto? Ha ido a clase a la Universidad. Un minuto después. ¿Dónde está Alberto? Te dije que ha ido a clase. Otro minuto. ¿Donde está Alberto? Está en clase, ya te lo he dicho. Un minuto más. ¿Dónde está Alberto? ¿Pero qué te pasa? Te he dicho que en clase. Y así podría llenar líneas y líneas y líneas. Alarmados por lo relatado, sus familiares la trajeron a Urgencias, y allí la encontré, con un rostro mezcla de perplejidad y miedo. De vez en cuando esbozaba una sonrisa sin alegría, y en el instante siguiente lloraba asustada. Estaba sufriendo una Amnesia Global Transitoria, en la que la persona se ve privada por unas horas de la memoria anterógrada, no es capaz de recordar nada de lo que va pasando, repite las mismas preguntas porque no ha fijado la información, no recuerda que ya le han contestado. Afortunadamente sólo dura unas horas, y la recuperación es completa, salvo por el hecho de que nunca se recuerdan la mayoría de los hechos acaecidos durante el periodo de amnesia, pues no han dejado huella en el cerebro.

Con ella he recordado a la primera paciente que atendí, hace años, con este problema. Por casualidad compartíamos apellido, digamos Palacios, y cuando me presenté se lo hice notar. ¡Ah, pues seremos primos!- respodió sonriendo. Un par de minutos después le pregunté. ¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió. Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Unos minutos después, la misma operación. ¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió. Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Repetí lo mismo al menos diez veces, y a todas me respondió con las mismas palabras acompañando a la misma sonrisa.

Me hizo pensar que las personas somos máquinas biológicas que funcionamos como un sistema informático. Cuando se activan los mismos circuitos, se repiten las mismas acciones. ¿Hemos perdido la espontaneidad o simplemente es que siempre hemos carecido de ella? Supongo que la sorpresa nació cuando fuimos muchos, las interacciones entre nosotros, y entre nosotros y el ambiente, se fueron haciendo cada vez más complejas, siempre bajo el influjo de la memoria. Cuando se tiene la oportunidad de prescindir de la memoria, al mismo estímulo sigue siempre la misma respuesta... ¿o no? No recuerdo donde lo leí, pero vivir es recordar.

Os he contado todo esto porque deseé un regalo. El regalo del olvido. Para estas mujeres, cada minuto era una vida, porque era el primero y el último, no pisaba a los anteriores ni era atropellado por el siguiente. Quizá de ese modo, se tornen más livianos y no me vea aplastado por su peso. Quizá de ese modo me encuentre menos cansado.

Pero luego he recordado ese refrán que dice: Cuidado con lo que deseas, pues puede hacerse realidad. Así que ahora estoy sacudiendo mi cabeza, tratando de expulsar mis malos pensamientos de ella.


Besos y abrazos para todas y todos. Por favor, perdonadme la paranoia.

 
Ivan Noble y los Sísifos

Esta noche son varias ideas las que se empujan tras las puertas de mi mente.
Intentaré que vayan saliendo con cierto orden, pero no sé si seré capaz.


Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Finalmente conocí a Yolanda. Y ella me hizo conocer a Ivan Noble, un periodística británico que tras ser diagnosticado de un tumor cerebral maligno, publicó sus experiencias en Internet, en un diario que leían miles y miles de personas. Finalmente falleció el día 31 de enero, a pesar de los esfuerzos de los médicos y de los suyos propios, aunque en su camino tuvo la entereza de regalar sentimientos, humor, vida y enseñanzas. Iván cruzó mi vida con la de Yolanda, y ella cerró el círculo desde mí hasta él. No he podido leer todo su diario aún, pero sí algunos posts. Quisiera hablaros de ello. Porque su historia me recordó, otra vez, mi misión de Sísifo, remontando con esfuerzo rocas que, tarde o temprano, vuelven a caer. Pero sus escritos me recordaron que lo importante no es remontar la roca, que está en el camino. No importa cuántas veces subas y vuelvas a bajar, lo que importa es no olvidar que la roca no es tal. Puede sentir, puede reir, puede llorar, puede tener miedo, puede estar segura, puede llenarse de paz... según la forma en que la empujes. Mis rocas tiene rostro y son blandas al tacto. Se les puede hacer más daño en la dura ascensión que el que puedan sufrir después en la violenta caída.


Lo que quería hacer con esta columna era tratar de demostrar que era posible sobrevivir y vencer al cáncer y no dejarse aplastar por él. Aunque ahora tenga que dejarlos, siento que lo he logrado. No he sido vencido.
Esta noche he leído un post de Ivan, al que llama Cómo dar malas noticias. He tratado de pensar al respecto, de pensar en cómo lo hago yo. No os esconderé que no me gusta hacerlo, a nadie le gusta. Intentaré ser sincero. No me miro los zapatos. Trato de mirar a los ojos al enfermo o su familiar, intento acompañarlo de algún contacto físico, como poner mi mano en su hombro. Esto casi siempre es muy difícil si estás detrás de una mesa. Me tomo el tiempo necesario, evito transmitir sensación de prisa, creo que lo consigo. No sé si soy capaz de esconder mi frustración y el que la situación me resulta desagradable. Evito las palabras tabú, como tumor. No sé si esto es bueno o malo. Sí me centro bastante en hablar de las opciones de tratamiento, huyo de hablar claramente sobre la posibilidad de la muerte. Esto último debe ser un defecto. Todos tienen (tenemos) derecho a saberlo. Me presento la mayoría de las veces, fallo cuando la prisa me está agarrando por el cuello. Y trato de hacer ver que recuerdo perfectamente a quien se sienta al otro lado de la mesa, si es que lo he visto antes. Esto es más fácil de lo que parece. Debo esforzarme con la letra, supongo que a algún colega que ha llegado tras de mí se lo habré puesto bastante difícil. Y si el paciente se siente feliz, sus días se llenan de vida, no sé si vive más tiempo, pero vive más. Y aquí termina mi autocrítica, prometo intentar enmendar mis defectos. Si llega aquí algún médico, que no me lea a mí, que lea el artículo de Ivan. Si llega algún médico docente, que lo enseñe a sus estudiantes, y que les advierta que lo preguntará en el examen final. Nadie me habló a mí de esto en la Universidad. Sí he de decir que sí lo hicieron en el hospital, un gran médico de urgencias, que trata bien a los enfermos y tiene mejor letra que yo.


Yo también te estoy agradecido
Me estoy extendiendo, y todavía tengo algunas cosas importantes que deciros. Hoy me siento afortunado porque me han dado las gracias por existir. Ha sido por correo electrónico, alguien que no conozco, con palabras excesivas. Y ya os he dicho que conocí a Yolanda, y vino a mi casa, y me aseguró respetar mi intimidad... así que al final hizo el reportaje. A ella y a Joaquín también quiero darles las gracias, porque me lo hicieron todo muy fácil y agradable. Y sé que su trabajo se ha hecho más complicado para respetar mi deseo de que no se me identifique. Gracias. Mi diario tendrá unos dos o tres minutos en televisión, que en principio se emitirán el próximo lunes de madrugada, en el programa Siete días, siete noches. Pero no es mi reportaje, ni el de Almudena (con perdón), sino el de Ivan Noble.



Gracias, Ivan, por enseñarme.


Besos y abrazos para todas y todos. Sed cuidadosos cuando remontéis vuestras rocas.
 
Palabras afiladas
Esta mañana ha sido horrible. La verdad es que llevamos ya bastante tiempo demasiado sobrecargados de trabajo. Ya estábamos casi al límite, pero hace unas semanas un compañero pasó a mejor vida... bueno, no a esa mejor vida, quiero decir que le han hecho un contrato mejor, en otra consulta. Desde entonces, hemos quedado sólo 2 para hacer lo que antes hacíamos a duras penas 3 médicos. La mayoría de los pacientes pasan demasiado tiempo esperando, la mayoría de ellos padecen problemas complicados, y los que hemos quedado nos pasamos la mañana corriendo de un lado a otro, rebuscando pruebas entre montañas de papeles y acarreando pesadas historias clínicas de despacho en despacho.

En medio del caos ha aparecido una chica joven, bueno, una niña aún. Tiene una enfermedad a la que aún no hemos sido capaces de poner nombre, pero que la ha llevado ya varias veces a ingresar en el hospital. Hoy ha venido sin llamar porque ha comenzado otra vez a encontrarse peor. Es un caso difícil, que me he quedado para presentar en sesión clínica y tratar de resolver, tratar de darle una respuesta a su madre, cada día más preocupada. La verdad, ahora está bastante bien, casi asintomática, salvo por pequeños problemas de visión en un ojo para los que le he prescrito tratamiento.

Es un caso aún sin resolver, pero eso no me ha llamado la atención. Es demasiado joven, pero eso no me ha llamado la atención. La historia clínica es demasiado gruesa para una chica de su edad, pero eso no me ha llamado la atención. Lo que me ha sorprendido es lo mismo que hirió a la chica en su último ingreso.

No era la primera vez que ingresaba, ni siquiera la segunda. No era la primera ni la segunda vez que los médicos la torturábamos. No era la primera vez que una parte de su pequeño cuerpo se empeñaba en no funcionar. En realidad, estaba peor que nunca. La cabeza le dolía, tenía fiebre y sus piernas poco a poco habían ido perdiendo fuerza, hasta dejar de moverse. Pero eso no la amedrentó. Lo que le hizo daño fue la acusación de un colega, que pensó que todo aquello se debía a la imaginación de la chica, que estaba somatizando. Incluso le había hecho preguntas personales tratando, no dudo que con buena fe, de encontrar el bloqueo mental que supuestamente hacía a la niña fabricar sus síntomas. Pero no era el caso. La exploración de un neurólogo bastó para asegurar la veracidad de sus síntomas. Las pruebas consecuentes sólo confirmaron lo ya esperado. El posterior tratamiento la devolvió a la casi normalidad. Fueron días realmente duros para ella. Pero ahora, meses después, lo que recuerda con más dolor son las lágrimas que derramó porque un médico no la creyó. Y se ríe cuando recuerda la punción en la espalda y a aquel médico que bromeaba con ella mientras la hacía.

Tenemos que tener cuidado con las palabras, pueden hacer más daño que las agujas.

Besos y abrazos para todos y todas. Que os regalen palabras dulces.
 
Letra de médico
Necesito relajarme, y hoy no tengo tiempo de dejar un post largo. Se me ha hecho demasiado tarde y mañana madrugo. Así que he decidido averiguar, con vuestra ayuda, la verdad acerca de la mala fama de la letra de los médicos. Por eso os he dejado un escrito, de mi puño y letra, con la esperanza de que no tengáis problema en traducirlo. No me dejéis mal, por favor.

¿A que se entiende?


Prometo seguir contando historias. Besos y abrazos para todas y todos.
 
Carta a Yolanda
Ha sido ésta una extraña semana. Comenzó con una guardia, el lunes, en la que por suerte tuve una eficaz ayuda, pero que fue cansada, como todas. Al día siguiente, al levantarme, salí del hospital con una molesta sensación de culpa, pues dejaba a una compañera con demasiado trabajo. Llegué a casa y dormí un rato, necesitaba descansar, pues por la tarde tenía que atender a pacientes en otra consulta. Faltaron bastantes. Hacía frío, se ve que no quisieron abandonar el calor de sus casas. Por la noche, revisé mi diario. Un comentario me sorprendió, no pude responder entonces. Tampoco pude escribir nada, estaba cansado.

Algun@s sabréis a qué me refiero con lo del comentario sorpresa. Sí me veo en la obligación de aclarar que nadie me ha secuestrado. Ahora acabo de mandar un correo electrónico a Yolanda, y en lugar de explicarlo, lo copiaré aquí.


Hola Yolanda.

Perdona la tardanza, pero la verdad es que he tenido poco tiempo esta semana, y además me ha costado digerir tus mensajes. No estoy acostumbrado a que las cosas vayan tan rápido.

No me preguntes por qué, pero con tu primer comentario te había imaginado en la prensa escrita. Sí, ya sé que en tu dirección ponía antena3tv, pero fue así. Cuando en tus correos comenzaste a hablarme de televisión, la verdad es que no me intimidó... me acojonó, con perdón.

Verás, mi diario nació por casualidad, una tarde libre, mientras navegaba. Ahora ni siquiera recuerdo cómo llegué a la página de ya.com. Pero sí recuerdo que nació con vocación de ser íntimo. Quizá esto te parezca extraño. ¿Cómo quería que fuese íntimo si lo publicaba en Internet? Yo quería la intimidad que regalan los desconocidos. Nadie de mi entorno lo conocía, y no fue hasta ayer que se lo enseñé a Ana.

Quise algo así porque quería escribir de forma libre, incluso aquello que me avergonzara. Luego el camino se tornó sorprendente. Encontré a desconocidos que se convirtieron en poco tiempo en amigos electrónicos. Me gustaba leerlos, y ellos decían que les gustaba leerme. No voy a enumerarlos, porque me dejaría a alguno, pero me he reído con ellos, me he emocionado con ellos, he sentido rabia cuando alguno estaba triste y he sentido pena cuando alguno decía que nos dejaba.

Y de repente, apareciste tú, una intrépida reportera que me propone salir en televisión. Con ello, me has hecho parar y pensar en lo que estaba haciendo. He releído mis posts, he recordado mis historias, he revisado mis estadísticas, he paseado por otros blogs... y he descubierto varias cosas.

En primer lugar, he descubierto que mi diario no es sólo mío. Cuento historias de personas que se han cruzado en mi vida, con la particularidad de que esas personas han llegado hasta mí en busca de ayuda o consuelo. Incluso las que menciono como inventadas, están hechas de retales de otras personas reales que se han sentado frente a mí. No doy el nombre de nadie, por supuesto, pero la televisión es un escaparate demasiado poderoso. Me encantaría que mi diario lo leyese mucha, mucha gente, pero con mi imagen al lado en un programa televisivo sería todo demasiado evidente, y si uno sólo de mis pacientes se molestara, ya no habría merecido la pena.

También he pensado en lo que ocurriría después. Yo voy a seguir viendo pacientes, a nuevos y a otros ya conocidos, algunos de ellos que ya han aparecido en este diario. ¿Crees que a Lágrima le seguirá sirviendo el placebo que le doy con mis palabras si sabe que es sólo eso, un placebo? ¿Podría alguien sentarse ante mí con recelo pensando en lo que yo luego pueda contar en Internet? Te hago estas preguntas porque es lo que a mí me asusta.

He pensado en mis compañeros, en mi jefe. Yo escribo sobre lo que hago y sobre lo que eso me hace sentir. No creo que escribiese igual sabiendo que a la mañana siguiente me iban a hacer comentarios en la sesión clínica. No malos comentarios, pero sí palabras que seguro me sonrojarían. Además, mi situación laboral no es nada estable, un mal común a los médicos que tenemos menos de 40 años y tratamos de hacernos un hueco dentro de un sistema donde sólo cuenta el tiempo trabajado. Hacer ruido puede ser bueno o malo.

Así que ahora estoy aquí, deseando dar a conocer mi diario y deseando mantener mi anonimato. ¿Se pueden conjugar ambos deseos? Supongo que eso debes decidirlo tú. Yo estoy dispuesto a contestarte todas las preguntas que quieras hacerme, pero no quiero que mi nombre ni mi imagen se hagan públicos... por favor.

Prometo llamarte por teléfono mañana por la tarde.

Un beso.

Rafa.



Y eso es todo... por ahora. Besos y abrazos para todas y todos. Me alegra que estéis ahí.
 
Con permiso de Dios
Estoy de guardia en el hospital, tengo residente (un buen chaval que me concede más libertad) y por tanto tengo tiempo. También tengo ganas de escribir, pero no sé muy bien de qué, así que empezaré algo a ver qué sale.

¿Historias de pacientes? Hoy creo que no, al menos no sólo de ellos. Además, he descubierto algo en los comentarios que no me ha gustado. Algo así como el hablar de tener quejas ridículas cuando se comparan con historias que yo he contado. Cualquier queja es ridícula cuando se compara con otra de más envergadura. ¿Hasta dónde se empequeñecen mis historias si se comparan, por ejemplo, con el desastre del tsunami asiático? En peligro de extinciónHace años, siendo aún novios, estaba en un bar con Ana, escuchando sus quejas acerca de sus problemas con su trabajo. Yo estaba empezando mi Residencia, y la interrumpí para contarle la historia de una chica que había conocido en el hospital, muy joven, que esperaba, conectada a una máquina de diálisis, a que un día le llegase el riñón que ansiaba. Aquella chica siempre estaba alegre y sonriendo. Sólo conseguí que Ana se sintiera peor y se enfadara. Me acusó de haber querido decir que lo de ella no tenía importancia comparado con lo de aquella chica. Entonces no la comprendí. Hoy sí. Todo es importante cuando duele, aunque parezca ridículo. Y todo puede tener una comparación que lo haga ridículo. ¿Qué pensaría el último ejemplar de una especie casi extinta del desastre del tsunami? Seguramente que somos muy afortunados, que aún quedamos miles de millones de personas sobre la Tierra. De verdad, no es retórica. Toda queja es importante, cualquier herida duele, cada lágrima escuece.

Primer Amor, por Olga SinclairEl día que conocí a Ana, yo no sabía que cambiaría mis sueños por ella. Cuando yo era estudiante, no había nada más importante para mí que la Medicina. Tenía planes, planes de futuro, planes en los que marcharía de mi ciudad, y si podía también de mi país, para ser un médico de los que aparecen en los libros de historia. Quería volar a EEUU, aprender allí, desarrollarme allí, enseñar allí. Quizá pasando primero por algún hospital importante del país. No he renunciado a ningún sueño, lo he cambiado. Lo he cambiado por intentar hacer feliz a una mujer excepcional, y eso me ha permitido no tener que abandonar a mi familia, me ha permitido ayudar a personas cada día aquí, me ha permitido ser feliz, aunque esté plagado de quejas que nunca me parecen ridículas. Pero he dicho mal, yo no he cambiado ningún sueño, fue el sueño el que cambió solo. La aventura americana dejó de ser importante, sin apenas percibirlo. Cuando elegí plaza en el MIR ni siquiera me acordé de ella. Ahora la recuerdo y no me atrae. Me acuerdo de mi niñez de 5 años, quería borrar una cara de dolor. Ahora lo estoy pensando y veo que a veces lo he conseguido, he transformado muecas en sonrisas, he hecho ver a personas que estaban ciegas, he rescatado a desgraciados de la demencia... No, no, no, no creáis que me estoy endiosando. Estos milagros ocurren sólo cuando la naturaleza lo permite, y muchas veces son tan sólo transitorios, pero uno siente que hace algo.

Primum non noccereAl hilo de lo anterior, he recordado a Atrapado. Le conocí porque es el padre de un amigo. Me pidieron ayuda hace un par de años. Le habían diagnosticado de Demencia Vascular, y me decían que estaba muy mal. Postrado en una silla de ruedas, apenas era capaz de moverse o hablar. Así me llegó, con la cabeza gacha y babeando copiosamente. Revisé sus pruebas y revisé su tratamiento. Un colega le había prescrito dosis bastante elevadas de neurolépticos, estaba sedado y parkinsonizado. Reduje progresivamente el tratamiento sedante y le traté con antiparkinsonianos. Semanas después estaba despierto, caminaba de forma normal, disfrutaba de su familia y su familia disfrutaba de él. Con el tiempo, su cuadro de demencia se ha ido agravando, debido a lo que se conoce como Enfermedad por Cuerpos de Lewy. Actualmente está recluido en una cama, sin relación con su entorno. Pero la naturaleza me permitió regalarle unos meses, casi un año, en el que pudo vivir en lugar de dormir.

Borrando muecasTambién me ha venido a la memoria una anciana, Incrédula, a la que ví hace unos meses en la consulta privada. Llevaba varios días sufriendo unos lancinantes dolores en la cara, a causa de una Neuralgia del Trigémino. Le prescribí Tegretol, pero comenzando sólo por media pastilla al día, dosis que tenía que ir subiendo progresivamente. Salió de mi consulta y volvió hace pocas semanas. Sonreía, y antes de nada se confesó. "Cuando vine la otra vez y usted me mandó a casa con media pastillita, yo me decía que cómo se creía este hombre que me iba a quitar el dolor sólo con eso. Pero como me lo dijo me la tomé, y desde esa tarde ya no me duele nada. ¿Qué tendrá la pastilla?" Me reí con ella. Ya había dejado de tomar el tratamiento y el dolor no había vuelto. Le indiqué cómo volver a tomarlo si reaparecía la neuralgia y marchó feliz.

Con permiso de DiosY al hilo de la pastilla he recordado a Certera. Otra mujer anciana que ingresé hace un par de años en el hospital, sospechando una Arteritis de la Temporal como causa de sus dolores de cabeza. Le puse tratamiento con prednisona y a la mañana siguiente me acerqué a la habitación para verla. Su rostro había tornado la mueca de sufrimiento en una sonrisa. Le pregunté por su dolor de cabeza y me dijo que gracias a Dios se le había quitado ya. Entre risas le respondí: "Bueno, será gracias a Dios y a la pastilla que yo le he dado, ¿no?", con lo que su cara enrojeció mientras decía que también, claro, también por la pastilla. Pero supongo que ella poseía la sabiduría que da el paso del tiempo. Si Dios, o la Naturaleza, o el Destino, o Loquesea no quiere, no hay pastilla que valga.

Bueno, soy incorregible. Al final acabé contando historias de pacientes. Una advertencia, no es que sea bueno, es que lo que hago mal no lo cuento.

Besos y abrazos para todas y todos. Que Dios, o la Naturaleza, o el Destino, o Loquesea, os trate bien a todos.