He vuelto
Razones
Según mi madre, de pequeño decidí ser médico para curar a mi padre. No tenía nada grave, sólo una úlcera, pero supongo que a un niño de 4 ó 5 años le impresiona mucho ver a su padre con cara de dolor intenso. Eso instaló en mi cerebro una vocación cabezota de la que nunca pude librarme, ni siquiera cuando en COU todo el mundo intentaba convencerme para que estudiase Informática o Telecomunicaciones, y las cifras del paro en los médicos salían todos los días en los telediarios. Empiezas a estudiar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que habías imaginado, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Acabas la carrera, empiezas a trabajar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que has estado estudiando, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Y quizá, finalmente, el trabajo de un médico se parezca más a lo que imaginó un niño de 5 años.
Enlaces

Imprescindibles

Más amig@s

Para aprender

Causas justas

¿Qué hora es?
Sindicación
Último post publicado el 29 de marzo                                                                                                                                                                                                                                                    CADENAS
 
De la mano de Terri Schiavo


Supongo que todos conocéis el caso de Terri Schiavo, la mujer norteamericana cuya vida o muerte se ha convertido en noticia los últimos días. De su mano vuelvo hoy a mi diario. Me ha hecho pensar en ella, me ha hecho recordar pacientes, algunos cercanos y otros distantes a su caso.


No me quiero extender mucho sobre Terri. En la foto os he dejado el enlace a la página que lucha por ella en Internet. Tiene una traducción a castellano, pero es muy mala, así que os la dejo en inglés. Diría que su caso es una excusa para debatir, un vez más, sobre la eutanasia, pero no es cierto. No es un caso de eutanasia. Es un caso que consiste en dejar morir, de hambre y sed, a una persona, cuyo nivel de conciencia nadie puede establecer (es imposible), y que no lo ha pedido. ¿Un asesinato? Como poco, una denegación de auxilio. No se trata de desconectarla de una máquina que respira por ella, se trata de dejarla morir de inanición. Es como si una hija dejase de dar de comer a su padre atrapado por la demencia. ¿Algún juez lo autorizaría? Quizá en América...

Quizá no merece la pena vivir así, quizá es sólo un vegetal, quizá es lo que ella querría... no lo sé. Realmente, en su estado, nadie lo sabe. No está en muerte cerebral, luego no está muerta. Alguna vez he tenido pacientes parecidos. No sé si entienden, no sé si sienten, no sé si sufren... no sé. Cuando rien, cuando lloran, cuando tienen una mueca de dolor, los médicos solemos decir que es sólo un reflejo. Es un convencionalismo, que nace de la ignorancia, de nuestra ignorancia, y del miedo, de nuestro propio miedo a un estado que nos parece terrible. Es un convencionalismo que no nace del conocimiento, sino de nuestra falta de él. Yo suelo sugerir a los familiares que les hablen con tono tranquilo y cariñoso, pienso que pueden reconocerlo. Quizá me equivoque, pero aunque mi consejo no pudiera reconfontar al paciente, seguro que sí reconforta a sus allegados.

Lo admito, no sé qué sería más cruel, si hacerla morir o dejarla seguir viviendo así. De lo que no tengo ninguna duda es de que la forma elegida sí es la más cruel posible. Y no comprendo cómo se puede llegar a tal punto de hipocresía e ignorancia. No comprendo que para los jueces, para su exmarido, para el 60% de la opinión pública norteamericana, sea más humano el someterla a la larga tortura de la inanición que el, por ejemplo, administrarle dosis de sedantes suficientes para hacerla entrar en un plácido y eterno sueño. La razón ha vuelto a dormirse.



Besos y abrazos para todas y todos.
Lamento no saber más.




 
Encontrando sonrisas

Si miras con atención, en ocasiones
puedes encontrar la sonrisa donde menos te lo esperas.


La mañana comenzó como cualquier mañana... deseando que las horas transcurrieran con fluidez pero sin prisa, que cupiesen en ellas todo el trabajo, todos los pacientes y las pesadas tareas administrativas, que al final del día pudiera salir del hospital a la hora de salida, no cuarenta minutos después.

Una anciana no me llamó la atención. Había ingresado por un susto que finalmente se quedó en eso, sólo en un susto. Rió con ganas cuando se enteró que se iba de alta, que las pruebas habían salido bien. Lo he visto otras veces, es natural. Insisto, no me llamó la atención.

Tras ver a pacientes ingresados, tenía varios citados en consulta. Los primeros pasaron ante mí sin complicaciones. Ajustes de medicación, papeleos para solicitar pruebas, insistir a alguien para que anduviese un rato todos los días, todos los días, todos los días... la farmacología tiene límites pero la voluntad humana también, a veces.

La consulta se atascó en Asediada, que años ha fue capaz de superar un cáncer, pero ahora no es capaz de vencer a la depresión. Su estado de ánimo le provoca frecuentes fallos de memoria, por eso llegó hasta mí. Tanto su exploración neurológica, como las exploraciones de neuroimagen y analíticas son normales. Los tests neuropsicológicos sólo muestran alteraciones en aquellos apartados que inciden sobre la situación afectiva, finalmente se puede concluir que no tiene ningún problema físico, ninguna enfermedad neurológica que le impida recordar. Sólo está asediada por la tristeza, que la ocupa en rumiar pensamientos de ruina, sin dejar espacio para el recuerdo, no hablo ya del recuerdo feliz, sino del recuerdo cotidiano. Traté de explicárselo y ella trató de entenderlo. Le prometí un informe.

Los últimos pacientes y se acabó la mañana.. cuarenta minutos después de la teórica hora de salida. Volvía a casa, pero antes necesitaba acercarme a un cajero, no tenía más de un par de euros en mis bolsillos. En el cajero, en la recepción del hospital, una cola de varias personas me obligó a demorarme aun más. Junto a la cola, un niño de no más de 8 ó 9 años. Tenía algo en la mano... una pistola de plástico, con la que apuntaba hacia las personas que hacían cola en espera de unos euros. Envolviendo sus pequeñas caderas, un cinturón de plástico, con esposas de plástico, balas de plástico, cuchillo de plástico. Todo un Clint Eastwood de poco más de un metro, que se afanaba en apuntar azarosamente con su pistola de plástico, y con una expresión de perdonavidas dibujada en el rostro que el propio Clint hubiese querido para una de sus películas. No exagero, era como un asesino en miniatura, y a eso jugaba, a asesinarnos.

Sentí una profunda pena por el pequeño pistolero, a la vez que indignación hacia unos padres que no acertaba a identificar. Quizá exageraba, pero estaba cansado.

Súbitamente, el niño giró la cabeza, mirando por detrás de mí. Sus labios transformaron su fea mueca en una increíble sonrisa, una sonrisa que demostraba que la felicidad plena existe, al menos en los niños. Corrió como si Clint le estuviese persiguiendo. Su cuchillo de plástico cayó al suelo, pero él no miró atrás, porque en ese momento estaba saltando para abrazarse a una anciana que también sonreía, una anciana que no me había llamado la atención, una anciana que finalmente resultó ser la abuela de aquel niño que sí me había llamado la atención. Los contemplé embobado. Ni siquiera me fijé en si el niño recogió su cuchillo de plástico.

Estaba aliviado. Aquel niño no dudó en cambiar sus feos juguetes por el abrazo de su abuela, supongo que lo había juzgado mal. El gesto de su cara y su rabia debían ser fruto de su preocupación, del miedo que sentía y que, por fortuna, desapareció en un instante.

Cuando ya no lo esperaba, salí del hospital sonriendo.



Besos y abrazos para todas y todos.
Mirad con atención, la sonrisa está ahí fuera.

 
Dos casos fáciles y otro sin resolver

Bueno, estoy de vuelta tras unos días demasiado agitados,
en los que la vida ha vuelto a ir más deprisa que yo.



He tenido que recuperar varias consultas que tuve que aplazar por la gripe, y la verdad es que casi no llego al final de la semana. Todos los días trabajando mañana y tarde, excepto el viernes, aunque tampoco me sirvió de mucho, pues caí dormido en el sofá apenas me senté. El sábado descansando y hoy domingo, desafortunadamente, ha comenzado de nuevo mi semana, pues estoy de guardia en el hospital. Sólo me consuelo pensando en que esta semana tengo varias tardes libres (miércoles, jueves y viernes, para ser exactos), pero en el horizonte me espera una nueva guardia el próximo sábado.

En el camino, muchos pacientes, tantos que ya casi no los recuerdo. El más pintoresco, un señor extranjero. Aún no acabo de comprender muy bien el porqué de su consulta. Me dejó tan desconcertado que no sé qué nombre ponerle, así que lamento no ser muy original y le llamaré simplemente Extranjero. Vino a verme hace unas tres semanas, por problemas de sueño. Tiene, supuestamente, dificultades para dormir por las noches, durante las cuales apenas duerme 4 ó 5 horas. Concilia bien el sueño, pero se despierta muy pronto. Luego, durante el día, se regala siestas de un par de horas. Le solicité una polisomnografía, fundamentalmente con el objetivo de descartar un SAOS, cuyo informe me trajo esta semana, siendo el resultado normal. Entonces, achacando su problema a una cuestión de malos hábitos de sueño, comencé a hacerle recomendaciones, que su esposa le iba traduciendo. Que si no haga comidas pesadas en las horas previas a irse a la cama. Que si haga ejercicio diario, pero no por las tardes, cerca de las horas de sueño, porque el ejercicio favorece el sueño, pero si se hace muy cercano a las horas de dormir lo entorpece. Que si no se eche la siesta tras el almuerzo. Que si no tome excitantes, como café. Cada frase traducida, el pobre hombre abría más los ojos y hacía gestos de contrariedad. Insistía en francés a su esposa, que finalmente accedió a desvelarme sus protestas. Que si e él no le gustaba hacer ejercicio. Que si a él le encantaba dormir la siesta. Que si él no tomaba excitantes. Y sobre todo, que él se encontraba muy bien con su forma de dormir, un rato por la noche y otro por el día, cuando estaba despierto no estaba cansado, y no entendía por qué tenía que cambiarla. Y tenía razón, pero el que ya no entendía nada era yo, pues si él prefería ese ritmo de sueño, para qué venía a verme a mi contándome que tenía problemas con el sueño. Y es que al final comprendí que quien realmente tenía un problema era su esposa, que pasaba la mitad de la noche durmiendo sola y luego por el día él la dejaba despierta y sola otra vez para echarse su siesta.

Escribiendo la historia de Extranjero he recordado la historia de otra mujer, anciana, que fue otro caso fácil de resolver. Aunque primero me vuelvo a encontrar ante la dificultad de ponerle nombre... digamos... Evidente. Venía por una supuesta neuralgia que le producía intensos dolores a nivel de la raiz nasal, en el lado derecho. Había estado antes viendo a otros colegas, había probado varios tratamientos, en principio correctos, sin obtener respuesta satisfactoria. Lo curioso del caso es que la enferma tenía dos gafas. Cuando no se ponía ninguna de ellas, no tenía dolor, cuando se ponía las más nuevas, tampoco tenía dolor, y cuando se ponía las más antiguas, poco a poco iba apareciendo el dolor hasta hacerse insoportable, justo en la zona donde se apoyaban las gafas en el lado derecho de su raiz nasal. Así que no se me ocurrió mejor solución que decirle que no usara nunca más esas gafas, marchándose la señora más contenta que unas pascuas, tras encontrar la solución a su molesto problema.

Y no quiero terminar hoy sin recordar a Solitaria. Realmente es una de esas pacientes que han sido atrapadas por la peor de las enfermedades, la Soledad. Tiene una Esclerosis Múltiple, no obstante, tras años de enfermedad su estado físico es casi perfecto, ningún déficit neurológico y ningún problema con el tratamiento. Pero está sola en este mundo, y lo peor es que creo que se ha resignado a seguir sola. Tiene a su madre, a su familia... pero eso no es suficiente para una mujer joven. No conoce el mundo fuera de su familia, no tiene pareja, no tiene amigos, ni parece saber cómo buscarlos. Hace unos meses le recomendé que chatease por Internet, pero me ha hecho poco caso. ¿Dije poco? Realmente quise decir ninguno. Cada vez que viene a revisión la castigo con un pequeño discurso, pero es que cada vez la veo más triste y más resignada. Su madre me dice que lo que yo le digo le va entrando poco a poco, pero el caso es que ella sigue sola, y no hace nada por remediarlo. Le he insistido en lo de Internet, le he hablado de los blogs, le he sugerido que se apunte a un gimnasio, o a clases de pintura, o a un taller de teatro... a cualquier cosa que consiga hacerle salir de casa y descubrirle que hay todo un mundo ahí fuera, esperándola. Ella me ha dado la razón y yo le he respondido que no quiero que me dé la razón. Sólo quiero que la próxima vez que venga me hable de los amigos que ha conocido, que me deje ver el brillo de la alegría en sus azules y ahora apagados ojos. Espero que algún día os pueda contar cómo por fin se ha resuelto este caso.


Besos y abrazos para todas y todos.
Si Solitaria os conociera seguro que brillarían sus ojos.