He tenido que recuperar varias consultas que tuve que aplazar por la gripe, y la verdad es que casi no llego al final de la semana. Todos los días trabajando mañana y tarde, excepto el viernes, aunque tampoco me sirvió de mucho, pues caí dormido en el sofá apenas me senté. El sábado descansando y hoy domingo, desafortunadamente, ha comenzado de nuevo mi semana, pues estoy de guardia en el hospital. Sólo me consuelo pensando en que esta semana tengo varias tardes libres (miércoles, jueves y viernes, para ser exactos), pero en el horizonte me espera una nueva guardia el próximo sábado.
En el camino, muchos pacientes, tantos que ya casi no los recuerdo. El más pintoresco, un señor extranjero. Aún no acabo de comprender muy bien el porqué de su consulta. Me dejó tan desconcertado que no sé qué nombre ponerle, así que lamento no ser muy original y le llamaré simplemente
Extranjero. Vino a verme hace unas tres semanas, por problemas de sueño. Tiene, supuestamente, dificultades para dormir por las noches, durante las cuales apenas duerme 4 ó 5 horas. Concilia bien el sueño, pero se despierta muy pronto. Luego, durante el día, se regala siestas de un par de horas. Le solicité una
polisomnografía, fundamentalmente con el objetivo de descartar un
SAOS, cuyo informe me trajo esta semana, siendo el resultado normal. Entonces, achacando su problema a una cuestión de malos hábitos de sueño, comencé a hacerle
recomendaciones, que su esposa le iba traduciendo. Que si no haga comidas pesadas en las horas previas a irse a la cama. Que si haga ejercicio diario, pero no por las tardes, cerca de las horas de sueño, porque el ejercicio favorece el sueño, pero si se hace muy cercano a las horas de dormir lo entorpece. Que si no se eche la siesta tras el almuerzo. Que si no tome excitantes, como café. Cada frase traducida, el pobre hombre abría más los ojos y hacía gestos de contrariedad. Insistía en francés a su esposa, que finalmente accedió a desvelarme sus protestas. Que si e él no le gustaba hacer ejercicio. Que si a él le encantaba dormir la siesta. Que si él no tomaba excitantes. Y sobre todo, que él se encontraba muy bien con su forma de dormir, un rato por la noche y otro por el día, cuando estaba despierto no estaba cansado, y no entendía por qué tenía que cambiarla. Y tenía razón, pero el que ya no entendía nada era yo, pues si él prefería ese ritmo de sueño, para qué venía a verme a mi contándome que tenía problemas con el sueño. Y es que al final comprendí que quien realmente tenía un problema era su esposa, que pasaba la mitad de la noche durmiendo sola y luego por el día él la dejaba despierta y sola otra vez para echarse su siesta.
Escribiendo la historia de
Extranjero he recordado la historia de otra mujer, anciana, que fue otro caso fácil de resolver. Aunque primero me vuelvo a encontrar ante la dificultad de ponerle nombre... digamos...
Evidente. Venía por una supuesta
neuralgia que le producía intensos dolores a nivel de la raiz nasal, en el lado derecho. Había estado antes viendo a otros colegas, había probado varios tratamientos, en principio correctos, sin obtener respuesta satisfactoria. Lo curioso del caso es que la enferma tenía dos gafas. Cuando no se ponía ninguna de ellas, no tenía dolor, cuando se ponía las más nuevas, tampoco tenía dolor, y cuando se ponía las más antiguas, poco a poco iba apareciendo el dolor hasta hacerse insoportable, justo en la zona donde se apoyaban las gafas en el lado derecho de su raiz nasal. Así que no se me ocurrió mejor solución que decirle que no usara nunca más esas gafas, marchándose la señora más contenta que unas pascuas, tras encontrar la solución a su molesto problema.
Y no quiero terminar hoy sin recordar a
Solitaria. Realmente es una de esas pacientes que han sido atrapadas por la peor de las enfermedades, la Soledad. Tiene una
Esclerosis Múltiple, no obstante, tras años de enfermedad su estado físico es casi perfecto, ningún déficit neurológico y ningún problema con el tratamiento. Pero está sola en este mundo, y lo peor es que creo que se ha resignado a seguir sola. Tiene a su madre, a su familia... pero eso no es suficiente para una mujer joven. No conoce el mundo fuera de su familia, no tiene pareja, no tiene amigos, ni parece saber cómo buscarlos. Hace unos meses le recomendé que chatease por Internet, pero me ha hecho poco caso. ¿Dije poco? Realmente quise decir ninguno. Cada vez que viene a revisión la castigo con un pequeño discurso, pero es que cada vez la veo más triste y más resignada. Su madre me dice que lo que yo le digo
le va entrando poco a poco, pero el caso es que ella sigue sola, y no hace nada por remediarlo. Le he insistido en lo de Internet, le he hablado de los blogs, le he sugerido que se apunte a un gimnasio, o a clases de pintura, o a un taller de teatro... a cualquier cosa que consiga hacerle salir de casa y descubrirle que hay todo un mundo ahí fuera, esperándola. Ella me ha dado la razón y yo le he respondido que no quiero que me dé la razón. Sólo quiero que la próxima vez que venga me hable de los amigos que ha conocido, que me deje ver el brillo de la alegría en sus azules y ahora apagados ojos. Espero que algún día os pueda contar cómo por fin se ha resuelto este caso.