He vuelto
Razones
Según mi madre, de pequeño decidí ser médico para curar a mi padre. No tenía nada grave, sólo una úlcera, pero supongo que a un niño de 4 ó 5 años le impresiona mucho ver a su padre con cara de dolor intenso. Eso instaló en mi cerebro una vocación cabezota de la que nunca pude librarme, ni siquiera cuando en COU todo el mundo intentaba convencerme para que estudiase Informática o Telecomunicaciones, y las cifras del paro en los médicos salían todos los días en los telediarios. Empiezas a estudiar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que habías imaginado, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Acabas la carrera, empiezas a trabajar y descubres que la medicina no se parece en nada a lo que has estado estudiando, pero hay suerte y te gusta lo que descubres. Y quizá, finalmente, el trabajo de un médico se parezca más a lo que imaginó un niño de 5 años.
Enlaces

Imprescindibles

Más amig@s

Para aprender

Causas justas

¿Qué hora es?
Sindicación
Último post publicado el 29 de marzo                                                                                                                                                                                                                                                    CADENAS
 
9 minutos

Otro día de guardia que va acabando mientras comienzo estas líneas. No sé si podré terminar el post hoy, o si lo tendré que hacer a saltos, pero tengo ganas de escribir. Y eso aunque esté agotado, pues todo hoy ha sido denso y sin pausa, la batería de mi cerebro ya hace sonar el zumbido de baja carga y los músculos de mi espalda se han llenado de agujas a ambos lados de mis vértebras, doblándome... un soldado tratando de resistirse a la rendición.

Y es que la jornada comenzó temprano por la mañana, cuando mi organismo ya se había habituado al despertar tranquilo que proporciona el trabajar en horario de tarde. Madrugar duele más cuando has llegado a creer que no tendrás que volver a hacerlo. Con mis pestañas aún queriendo acariciarse, pasó el primer paciente de una consulta frenética, en la que el sistema encierra al acto médico en sólo nueve minutos.

Invitar al paciente a sentarse, estrechar su mano y presentarse... 30 segundos. Rellenar los formularios necesarios para solicitar las pruebas que precise... 60 segundos. Recetar los medicamentos que creo indicados... 30 segundos. Entre principio y final me quedan siete minutos. Dos minutos y 30 segundos para preguntar, escuchar y apuntar los síntomas (a veces tres minutos). Un minuto y 30 segundos para anotar los antecedentes de importancia (a veces un minuto). Dos minutos para realizar una exploración neurológica enfocada (no, no quise decir incompleta). Un minuto para llegar otra vez a la silla, sentarse, escribir los datos de la exploración, escribir el diagnóstico inicial, anotar los pasos siguientes que deben seguirse, en cuanto a pruebas y tratamientos que se prescribirán. Lo olvidé, justo antes del diagnóstico, un instante de reflexión... menos de un segundo.

Pero siempre hay refugios para la suerte.
  • Para mí, porque sólo paso esta consulta ocasionalmente.

  • Para mis pacientes, porque nunca he sido capaz de cumplir los horarios.

  • Para todos, por los minutos que regalan quienes faltan a la cita.




Besos y abrazos para todas y todos.
Sonreir y ser amable no hace correr más al reloj.