Me enamoré de este poema de Neruda en cuanto lo leí. Lo sabía de memoria, y lo elegí para recitárselo a la que hoy es mi mejor amiga como arma de conquista. Sí, es cierto que lo elegí, pero jamás se lo recité. Apenas acerté a balbucear que me gustaba y quería conocerla mejor. Quizá, si no hubiese sido tan tímido, si le hubiese recitado el poema, no habría tardado un mes en decirme que sí. Aunque en realidad, más de once años después, ya recuerdo aquel purgatorio como un sufrimiento delicioso.
¿A qué viene todo esto?, os preguntaréis. Pues no lo sé. Supogo que la vida es demasiado corta y demasiado rápida. Sin darme cuenta, comencé a escribir mi diario en la blogosfera, cuando miré atrás, llevaba ya varios meses haciéndolo, al mirar atrás hoy, llevo ya más de dos meses sin escribir nada. No ha sido por desidia, os lo aseguro, de hecho comencé varios posts que han quedado en el otro purgatorio de los borradores, nunca pude terminarlos. Me he seguido visitando a mí mismo (confesaré un pecado, soy algo egocéntrico), sorprendiéndome de veras por ver que alguien pasaba por mi rincón cada día. Pero el trabajo, las guardias, el cansancio, las mil y una obligaciones que a todos nos atenazan, han sido más fuertes que mi afán por escribir, he salido derrotado una vez tras otra.
Ahora vuelvo... si no envío este post también al purgatorio. Siempre he dicho que los buenos amigos se reconocen porque cuando hablas con ellos es como si fuese el primer día, aunque el silencio se hubiese prolongado por meses o años. Y mientras escribo reconozco las mismas sensaciones que cuando os hablé de
Trámite.
Miro hacia atrás, busco una historia, un regalo para vosotros entre los innumerables pacientes que me han contado historias estos meses. Han sido cientos, pero no dudo. Es otra historia de amor. Es la historia de un paciente que se opuso al consejo médico, pues una colega le había atendido en Urgencias y quiso dejarle ingresado, pero se negó. Un par de semanas después lo recibí en mi consulta, leí el informe de urgencias y comencé a reprenderle, pues aunque finalmente, la evolución posterior por sí sola había descartado un proceso grave, en el inicio esto no podía saberse y había puesto en riesgo su salud. Él, llamadle
Agradecido, sólo me contestó que el día que estuvo en Urgencias, se había quedado su perra sola en casa, y no tenía a quien avisar para cuidarla. Reconoceré que eso tampoco me ayudó a comprenderle. Sin embargo, siguió hablando, contándome como su pareja le había tenido engañado durante meses; como se sorprendió cuando regresó de un corto viaje y se encontró su casa vacía, no sólo faltaba su pareja, sino cualquier mueble, objeto o electrodoméstico que se pudiera vender; como se asustó cuando pidió los extractos bancarios y todos le hacían la mueca del cero; y como se desesperó cuando empezó a recibir reclamaciones judiciales por deudas millonarias que él desconocía hasta entonces. Así, una noche, en la que lloraba al borde de la ventana, decidió saltar sin despedirse. Iba a tomar impulso cuando sintió algo en el costado, y luego otra vez, y otra. Se giró y se encontró con la mirada de su perra, que movió la cabeza a un lado y a otro, a un lado y a otro, a un lado y a otro.
Agradecido se abrazó a ella y lloró como un niño. Aquel no de amor puro le proporcionó fuerzas para seguir luchando.
"Ella me salvó la vida, y yo no podía dejarla morir de hambre y sed", me dijo. Al fin le entendí, aunque él se equivocaba. No habría muerto de hambre y sed, sino de pena y miedo, creyendo que él habría encontrado una ventana lejos de ella.