Esta es la historia de Libre. Aunque realmente no es cierto eso, es la historia de mi encuentro con Libre (
lo prometido es deuda, Laura). Seguro que la historia de ella es mucho más rica y extensa.
La conocí cuando empezaba a formarme como Neurólogo. Por aquel entonces tenía que hacer guardias en las urgencias del hospital. Unos celadores entraron a una chica sobre una camilla. Estaba consumida. Unos 30 años y los mismos kilos. El adjunto de la Urgencia me llamó y dijo: "Rafa, a ella la ves tú, tiene una ELA". Entonces aún no me asustaba este acrónimo, sólo lo conocía de los libros. Significa
Esclerosis Lateral Amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que va mermando de forma progresiva la función muscular. Piernas, brazos, deglución, voz, respiración. Cruelmente rápida, la mayoría de los pacientes no llegan a sobrevivir 2 años. Y casi todos mantienen la lucidez durante todo el curso de su enfermedad.
Pasé a Libre a una consulta, con sus familiares, sus padres y su marido. Sobre la camilla una chica morena, con unos enormes ojos azules, piel algo pálida, y una extrema delgadez, que no conseguía robarle ni un ápice de su hermosura. Serena, me explicó que había venido porque le costaba trabajo respirar. Yo, pertrechado tras mi mesa, escribía con rapidez. Tenía que acabar para correr a Observación y que la ingresaran allí, pues podía empeorar y necesitar soporte respiratorio. Aun así, tuve tiempo de observar a su marido, con sus ojos inundados de tristeza y miedo. Me sorprendió, era evidente que la amaba.
Ya estaba ella en una cama en Observación cuando el adjunto que me la encomendó me contó su historia, bueno, su historia en 2 minutos. Cuando le diagnosticaron la enfermedad, el chico asustado al que yo había visto era su novio. Tras conocer la condena (un diagnóstico de ELA es una condena a muerte) decidieron casarse, y se convirtió en su marido. Creo recordar que vivían juntos en casa de los padres de ella. No conocían su intimidad, pero siempre que tenía que ir al hospital, él estaba con ella. Además, Libre había firmado un documento con un abogado en el pedía expresamente que no se tomaran medidas extraordinarias con ella para prolongar su vida.
Libre no quería acabar sus días atada a una máquina con un
tubo desde el interior de su pecho. Probablemente quería partir desde su cama, tras mirar a los suyos desde sus francos ojos azules, tras exhalar su último y liviano aliento en los labios de su marido.
Han pasado 7 años y recuerdo perfectamente su nombre. Cada persona deja un pedacito de ella en los otros, quizá esa sea la verdadera eternidad. Libre y el chico asustado están ahora
besándose en algún rincón de mi alma.