Prometí a
Laura dedicarle este post, y la verdad es que no encuentro mejor manera para unir pasado y presente en mi blog. Desde una amiga que acabo de encontrar, hacia un amigo que perdí.
Me acordé de él ayer, mientras atendía a un paciente en la consulta. Se trataba de un chico de unos 30 años con dolor de cabeza. Nada más entrar resultó obvio que no era un chico "normal". Apenas hablaba, era su madre la que relataba los síntomas, y dejó para el final que su hijo tenía un "problema", a raiz de una vacuna que le pusieron cuando tenía 2 años. Debió tratarse de una
encefalitis postvacunal, que había causado en el chico un déficit intelectivo, conducta retraída y torpeza motora. Entonces me acordé de él.
Él era el
Doctor Carlos Rodríguez Barrionuevo, fallecido prematuramente (sólo tenía 59 años) y de forma repentina. Dedicó su vida a los niños, en el difícil campo de la
Neuropediatría, y os aseguro que no exagero nada al afirmar que hay miles de adultos que hoy viven como personas plenas gracias a sus cuidados. Yo lo conocí cuando aprendí 3 meses junto a él como residente. Sabía ser cariñoso, divertido, amable y serio, siempre estaba estudiando, y disfrutaba con su trabajo, como uno cualquiera de los niños que atendía con la PlayStation. Repartía sin tacañería enseñanzas, bromas, medicinas y consejos. A mí me dijo una vez: "Rafa, en 3 meses no vas a aprender a ser Neurólogo Infantil, pero al menos aprenderás cómo educar a tus hijos".
Yo soy Neurólogo de adultos, y la mayoría de las veces reduzco o alivio los síntomas que entorpecen la vida de otras personas. Alguna vez ayudo a llegar a un buen resultado. Y sólo de vez en cuando, estoy cerca cuando se produce un milagro (entorpeciendo al Diablo para que deje hacer a Dios).
Carlos tendía su mano a los niños cuando eran más vulnerables, los agarraba fuerte y los rescataba del río de lava que se los llevaba hacia el limbo del daño cerebral irreversible. Su trabajo perdurará eternamente, a través de generaciones y generaciones de personas, que no habrían pisado este mundo si él no lo hubiese pisado antes.
Dios se lo llevó porque tenía los parque infantiles del Cielo más vacíos por su culpa. Ahora estará con Él, contandolé el mismo chiste que un día me contó a mí: "¿Sabes la diferencia entre un Neurólogo de adultos y Dios? Pues que Dios
sí sabe que no es neurólogo?"
