Bueno, hoy os busco desde la guardia, así que no sé cuántas veces me interrumpirán mientras escribo este post. La verdad es que llevo un día difícil. Acabé el trabajo normal después de las tres de la tarde, que es cuando empieza la guardia. Apenas tuve tiempo de comer un pincho de tortilla casi a las cuatro. Las horas de la tarde me las he pasado entre la urgencia, la observación y mi planta, con un pequeño paréntesis bloguero sobre las diez (me ha venido muy bien). Y ahora (en este momento es ya la una de la madrugada del
día de los inocentes) acabo de subir de comprarme un bollycao bombón (¿quieres un poco,
Laura?) y unas galletas, que serán toda mi cena.
Pero ya está bien de hablar de mí. Hoy quería escribir de un amigo, al que llamaré Desafortunado, aunque con interrogaciones. Le conocí después de que él sufriera un
infarto cerebral, por el que le incluí en un Ensayo Clínico. Se había recuperado muy bien de su enfermedad, quedando sólo con una ligera inestabilidad, y pudiendo reincorporarse a su trabajo (no era un hombre mayor). Las revisiones eran frecuentes y nos fuimos tomando cariño, pues la verdad es que es una persona agradable, siempre con una sonrisa dibujada en los labios, y que al referirse a mi me llamaba "hijo", lo cual me agradaba, tanto por el tono cariñoso como por hacerme sentir más joven. Todo iba transcurriendo con una rutinaria normalidad, pero hace un año y medio volvió a enfermar. Pensaron que se trataba de un nuevo infarto cerebral, pero era sólo una simple infección alimentaria:
salmonelosis. Simple, sí, pero casi se lo lleva de este mundo unos años antes de lo debido (todos nos iremos, tarde más o tarde menos). La infección le provocó un
shock séptico que le llevó hasta la UCI con un fracaso multiorgánico. Por unos días parecía que no podría superarlo, pero él no quiso dejar sola a su esposa, ni dejar de ver la sonrisa de su pequeño nieto. Se aferró a su vida desde los cables que le ataban a su cama de hospital, y poco a poco fue mejorando. Cuando salió de la UCI pesaba unos veinte kilos menos y no era capaz de mantenerse en pie. Lloraba como un niño, pero me seguía llamando "hijo" mientras yo le aseguraba que se recuperaría. Y finalmente el tiempo se puso de mi lado y me dió la razón. No está como antes de la salmonelosis, pero casi. Eso sí, ya nunca ha vuelto ha trabajar, porque ya nadie le ha querido dar trabajo.
Hoy ha vuelto a una de sus retomadas visitas rutinarias. Me ha vuelto a llamar "hijo" y me ha vuelto a regalar su sonrisa. Desafortunado, pero con interrogaciones, pues me niego a pensar que lo sea alguien que, incluso cuando aún tironeaba para intentar que la Muerte le soltase, era capaz de regalar
cariño.