Vivir y morir
Generalizando, casi ofendiendo, se podría decir que es posible calcular la experiencia de un médico sobre la base de la sensación que le produce la muerte de un paciente.
Un médico “viejo” siente fastidio. Fastidio por el papeleo burocrático al que se ve obligado, fastidio por tener que salir de la consulta al domicilio del finado, fastidio por haber sido despertado en la guardia... yo creo que el enfermo tiene tendencia a morirse de madrugada, como queriendo irse sin hacer ruido, para no molestar, pero si tras la muerte le visita un médico “viejo”, pensará que lo ha hecho para fastidiar.
Él médico “maduro” siente fracaso. Algo se ha hecho mal, o algo se podía haber hecho mejor, o algo no se ha hecho. Cuando no se acierta a encontrar un algo, el fracaso puede tornarse más social, ante la creciente costumbre de preferir morir en la aséptica frialdad de una institución sanitaria y no en el contaminado calor del hogar. Esta preferencia suele estar marcada por los familiares del finado, entendiendo por aséptico el librar al hogar del olor a la Muerte y a los fluidos que ésta no se lleve consigo, aunque se prive al desgraciado moribundo de cariño, intimidad y a veces también, respeto. Pero aún nos queda el peor fracaso, el que no sólo concierne al médico, sino también a toda persona pensante, el fracaso humano que para la vida supone la muerte. Fracaso o, al menos, incertidumbre. Cuando yo era más joven y más triste escribía: “Extraño camino es la vida, sólo hecho para ser andado” (seguía, pero me avergüenza lo torpemente que fabrico versos). Andar, y andar, y andar para, al final... dejar de andar.
El médico “joven” siente tristeza. Unas veces la tristeza es por el finado, a quien se ha podido conocer, o se cree conocer. Casi todos los moribundos dan la impresión de ser buenas personas, de no merecer morir. Mi esposa diría que nadie merece morir. Yo no sé si es cierto, pero al menos me permito pensar que sí hay quien no merece vivir. De todas formas, admito que no he visto a ningún moribundo del que pensara que merecía morir. Además, los familiares provocan en el médico “joven” tristeza. Unas veces tristeza por su inmensa tristeza, otras veces tristeza por su poca tristeza. Y también tristeza por su ingrata misión de pájaro de mal agüero.
El médico “inexperto” siente miedo. Seguro que hay algo por lo que pueden denunciarle, y reza por el fallecido... para que lo entierren pronto y comiencen a descomponerse las pruebas de su, para él, segura negligencia. O mejor, que lo incineren, si no temiera levantar sospechas él mismo se lo propondría a la familia.
Por último está el estudiante de Medicina. Aquí la cuestión se complica, el grupo se hace muy heterogéneo, supongo que en gran parte por la ausencia de responsabilidad. Sí estoy convencido de que hay dos elementos principales: la fascinación y el sobrecogimiento. Supongo que éstas son las claves para que no haya olvidado aún a las dos primeras pacientes que “se me murieron”, cuando aún era estudiante y lo único que yo hice por ellas fue leer sus historias clínicas.
Ya han pasado bastantes años, y actualmente diría que soy un “joven” con algún rasgo “maduro”, aunque sé que mi jefe me juzgaría un pretencioso si leyera esto. También es verdad que lo que escribo se basa en mis reflexiones y en el conocimiento limitado de un grupo de médicos compañeros que es necesariamente reducido. Además, en todo lo vivo se dan excepciones, pero seguro que la mayoría de mis colegas “viejos” se considerarían la oveja blanca del rebaño de ovejas negras.
Sobre mi memoria flota, como el aroma de una mujer, el recuerdo de aquellas dos primeras muertes, de aquellas dos ancianas, tan aparentemente distintas y tan similares en su desenlace. De aquellas dos vidas que rozaron mi vida, y que no he sido capaz de olvidar. Me gusta confiar en que eran buenas personas, aunque no por ello su final fuese más dulce. Morir siempre es amargo, ya seas malo, bueno o regular.
Y hace sólo unos días firmé mi último certificado de defunción. No consigo recordar quién era.
Ella pasó por aquí:
Es triste ver cómo muere alguien. Peor cuando esa muerte es larga y parece que se agarran a lo más ínfimo para no irse de este mundo.
Las últimas tres personas que han muerto en mi planta lo han hecho en mi turno. Me gusta pensar que están tranquilos y seguros conmigo, y les ayudo a dar el paso al otro lado.
Es un trabajo difícil.
Me gusta ver que existen médicos con sentimientos. No tengo la suerte de trabjar con muchos así.
Besos.
bikerin pasó por aquí:
Quizas los medicos deberiais ser meros tecnicos sin sentimientos.
Pero entonces los pacientes nos sentiriamos aún mas desvalidos.
¡Qué fuerte se siente uno cuando está sano, y que inferior cuando no lo está! :-)