Estoy de guardia en el hospital, tengo residente (un buen chaval que me concede más libertad) y por tanto tengo tiempo. También tengo ganas de escribir, pero no sé muy bien de qué, así que empezaré algo a ver qué sale.
¿Historias de pacientes? Hoy creo que no, al menos no sólo de ellos. Además, he descubierto algo en los comentarios que no me ha gustado. Algo así como el hablar de tener quejas ridículas cuando se comparan con historias que yo he contado. Cualquier queja es ridícula cuando se compara con otra de más envergadura. ¿Hasta dónde se empequeñecen mis historias si se comparan, por ejemplo, con el desastre del tsunami asiático?

Hace años, siendo aún novios, estaba en un bar con Ana, escuchando sus quejas acerca de sus problemas con su trabajo. Yo estaba empezando mi Residencia, y la interrumpí para contarle la historia de una chica que había conocido en el hospital, muy joven, que esperaba, conectada a una máquina de
diálisis, a que un día le llegase el riñón que ansiaba. Aquella chica siempre estaba alegre y sonriendo. Sólo conseguí que Ana se sintiera peor y se enfadara. Me acusó de haber querido decir que lo de ella no tenía importancia comparado con lo de aquella chica. Entonces no la comprendí. Hoy sí.
Todo es importante cuando duele, aunque parezca ridículo. Y todo puede tener una comparación que lo haga ridículo. ¿Qué pensaría el último ejemplar de una especie casi
extinta del desastre del tsunami? Seguramente que somos muy afortunados, que aún quedamos miles de millones de personas sobre la Tierra. De verdad, no es retórica.
Toda queja es importante, cualquier herida duele, cada lágrima escuece. 
El día que conocí a Ana, yo no sabía que cambiaría mis sueños por ella. Cuando yo era estudiante, no había nada más importante para mí que la Medicina. Tenía planes, planes de futuro, planes en los que marcharía de mi ciudad, y si podía también de mi país, para ser un médico de los que aparecen en los libros de historia. Quería volar a EEUU, aprender allí, desarrollarme allí, enseñar allí. Quizá pasando primero por algún hospital importante del país. No he renunciado a ningún sueño, lo he cambiado. Lo he cambiado por intentar hacer feliz a una mujer excepcional, y eso me ha permitido no tener que abandonar a mi familia, me ha permitido ayudar a personas cada día aquí, me ha permitido ser feliz, aunque esté plagado de quejas que
nunca me parecen ridículas. Pero he dicho mal, yo no he cambiado ningún sueño, fue el sueño el que cambió solo. La aventura americana dejó de ser importante, sin apenas percibirlo. Cuando elegí plaza en el MIR ni siquiera me acordé de ella. Ahora la recuerdo y no me atrae. Me acuerdo de mi niñez de 5 años, quería borrar una cara de dolor. Ahora lo estoy pensando y veo que a veces lo he conseguido, he transformado muecas en sonrisas, he hecho ver a personas que estaban ciegas, he rescatado a desgraciados de la demencia... No, no, no, no creáis que me estoy endiosando. Estos
milagros ocurren sólo cuando la naturaleza lo permite, y muchas veces son tan sólo transitorios, pero uno siente que hace algo.

Al hilo de lo anterior, he recordado a
Atrapado. Le conocí porque es el padre de un amigo. Me pidieron ayuda hace un par de años. Le habían diagnosticado de
Demencia Vascular, y me decían que estaba muy mal. Postrado en una silla de ruedas, apenas era capaz de moverse o hablar. Así me llegó, con la cabeza gacha y babeando copiosamente. Revisé sus pruebas y revisé su tratamiento. Un colega le había prescrito dosis bastante elevadas de
neurolépticos, estaba sedado y
parkinsonizado. Reduje progresivamente el tratamiento sedante y le traté con antiparkinsonianos. Semanas después estaba despierto, caminaba de forma normal, disfrutaba de su familia y su familia disfrutaba de él. Con el tiempo, su cuadro de demencia se ha ido agravando, debido a lo que se conoce como
Enfermedad por Cuerpos de Lewy. Actualmente está recluido en una cama, sin relación con su entorno. Pero la naturaleza me permitió regalarle unos meses, casi un año, en el que pudo vivir en lugar de dormir.

También me ha venido a la memoria una anciana,
Incrédula, a la que ví hace unos meses en la consulta privada. Llevaba varios días sufriendo unos lancinantes dolores en la cara, a causa de una
Neuralgia del Trigémino. Le prescribí
Tegretol, pero comenzando sólo por media pastilla al día, dosis que tenía que ir subiendo progresivamente. Salió de mi consulta y volvió hace pocas semanas. Sonreía, y antes de nada se confesó. "
Cuando vine la otra vez y usted me mandó a casa con media pastillita, yo me decía que cómo se creía este hombre que me iba a quitar el dolor sólo con eso. Pero como me lo dijo me la tomé, y desde esa tarde ya no me duele nada. ¿Qué tendrá la pastilla?" Me reí con ella. Ya había dejado de tomar el tratamiento y el dolor no había vuelto. Le indiqué cómo volver a tomarlo si reaparecía la neuralgia y marchó feliz.

Y al hilo de la pastilla he recordado a
Certera. Otra mujer anciana que ingresé hace un par de años en el hospital, sospechando una
Arteritis de la Temporal como causa de sus dolores de cabeza. Le puse tratamiento con
prednisona y a la mañana siguiente me acerqué a la habitación para verla. Su rostro había tornado la mueca de sufrimiento en una sonrisa. Le pregunté por su dolor de cabeza y me dijo que gracias a Dios se le había quitado ya. Entre risas le respondí: "
Bueno, será gracias a Dios y a la pastilla que yo le he dado, ¿no?", con lo que su cara enrojeció mientras decía que también, claro, también por la pastilla. Pero supongo que ella poseía la sabiduría que da el paso del tiempo. Si Dios, o la Naturaleza, o el Destino, o Loquesea no quiere, no hay pastilla que valga.
Bueno, soy incorregible. Al final acabé contando historias de pacientes. Una advertencia, no es que sea bueno, es que lo que hago mal no lo cuento.
Besos y abrazos para todas y todos. Que Dios, o la Naturaleza, o el Destino, o Loquesea, os trate bien a todos.