Ha sido ésta una extraña semana. Comenzó con una guardia, el lunes, en la que por suerte tuve una eficaz ayuda, pero que fue cansada, como todas. Al día siguiente, al levantarme, salí del hospital con una molesta sensación de culpa, pues dejaba a una compañera con demasiado trabajo. Llegué a casa y dormí un rato, necesitaba descansar, pues por la tarde tenía que atender a pacientes en otra consulta. Faltaron bastantes. Hacía frío, se ve que no quisieron abandonar el calor de sus casas. Por la noche, revisé mi diario. Un comentario me sorprendió, no pude responder entonces. Tampoco pude escribir nada, estaba cansado.
Algun@s sabréis a qué me refiero con lo del comentario sorpresa. Sí me veo en la obligación de aclarar que nadie me ha secuestrado. Ahora acabo de mandar un correo electrónico a Yolanda, y en lugar de explicarlo, lo copiaré aquí.
Hola Yolanda.
Perdona la tardanza, pero la verdad es que he tenido poco tiempo esta semana, y además me ha costado digerir tus mensajes. No estoy acostumbrado a que las cosas vayan tan rápido.
No me preguntes por qué, pero con tu primer comentario te había imaginado en la prensa escrita. Sí, ya sé que en tu dirección ponía antena3tv, pero fue así. Cuando en tus correos comenzaste a hablarme de televisión, la verdad es que no me intimidó... me acojonó, con perdón.
Verás, mi diario nació por casualidad, una tarde libre, mientras navegaba. Ahora ni siquiera recuerdo cómo llegué a la página de ya.com. Pero sí recuerdo que nació con vocación de ser íntimo. Quizá esto te parezca extraño. ¿Cómo quería que fuese íntimo si lo publicaba en Internet? Yo quería la intimidad que regalan los desconocidos. Nadie de mi entorno lo conocía, y no fue hasta ayer que se lo enseñé a Ana.
Quise algo así porque quería escribir de forma libre, incluso aquello que me avergonzara. Luego el camino se tornó sorprendente. Encontré a desconocidos que se convirtieron en poco tiempo en amigos electrónicos. Me gustaba leerlos, y ellos decían que les gustaba leerme. No voy a enumerarlos, porque me dejaría a alguno, pero me he reído con ellos, me he emocionado con ellos, he sentido rabia cuando alguno estaba triste y he sentido pena cuando alguno decía que nos dejaba.
Y de repente, apareciste tú, una intrépida reportera que me propone salir en televisión. Con ello, me has hecho parar y pensar en lo que estaba haciendo. He releído mis posts, he recordado mis historias, he revisado mis estadísticas, he paseado por otros blogs... y he descubierto varias cosas.
En primer lugar, he descubierto que mi diario no es sólo mío. Cuento historias de personas que se han cruzado en mi vida, con la particularidad de que esas personas han llegado hasta mí en busca de ayuda o consuelo. Incluso las que menciono como inventadas, están hechas de retales de otras personas reales que se han sentado frente a mí. No doy el nombre de nadie, por supuesto, pero la televisión es un escaparate demasiado poderoso. Me encantaría que mi diario lo leyese mucha, mucha gente, pero con mi imagen al lado en un programa televisivo sería todo demasiado evidente, y si uno sólo de mis pacientes se molestara, ya no habría merecido la pena.
También he pensado en lo que ocurriría después. Yo voy a seguir viendo pacientes, a nuevos y a otros ya conocidos, algunos de ellos que ya han aparecido en este diario. ¿Crees que a Lágrima le seguirá sirviendo el placebo que le doy con mis palabras si sabe que es sólo eso, un placebo? ¿Podría alguien sentarse ante mí con recelo pensando en lo que yo luego pueda contar en Internet? Te hago estas preguntas porque es lo que a mí me asusta.
He pensado en mis compañeros, en mi jefe. Yo escribo sobre lo que hago y sobre lo que eso me hace sentir. No creo que escribiese igual sabiendo que a la mañana siguiente me iban a hacer comentarios en la sesión clínica. No malos comentarios, pero sí palabras que seguro me sonrojarían. Además, mi situación laboral no es nada estable, un mal común a los médicos que tenemos menos de 40 años y tratamos de hacernos un hueco dentro de un sistema donde sólo cuenta el tiempo trabajado. Hacer ruido puede ser bueno o malo.
Así que ahora estoy aquí, deseando dar a conocer mi diario y deseando mantener mi anonimato. ¿Se pueden conjugar ambos deseos? Supongo que eso debes decidirlo tú. Yo estoy dispuesto a contestarte todas las preguntas que quieras hacerme, pero no quiero que mi nombre ni mi imagen se hagan públicos... por favor.
Prometo llamarte por teléfono mañana por la tarde.
Un beso.
Rafa.
Y eso es todo... por ahora. Besos y abrazos para todas y todos. Me alegra que estéis ahí.