No me gusta llegar tarde... y siempre llego tarde. No me gusta hacer esperar... y siempre hago esperar. Es el precio que pago por no rendirme a la prisa, al menos no cuando me siento en mi consulta. Cada paciente entra con retraso. Culpable el tiempo concedido al anterior. Culpable el que haya el doble citados de lo razonable. Culpable la secretaria por darles la cita. Culpable el médico por revisarlos con demasiada frecuencia. Al final, toda la culpa cae encima del paciente, que es el que espera. Aunque toda cae también sobre la pobre secretaria, que recibe mis quejas y las de los pacientes. Y cae también sobre mí, que supiro por que los minutos corran menos, pero todos se obstinan en durar sólo sesenta segundos. Ya ha pasado otro cuarto de hora. Y al final de la mañana, cuando se va el último, todos los segundos, minutos y horas han caído sobre mí, aplastándome. No miro la lista de mañana porque sé que será igual... o peor.

Entonces deseo un regalo, recuerdo a
Perpleja. Hoy ha venido a mi consulta. La veo desde hace un par de años, desde un día que la encontré en Urgencias. Sus familiares la trajeron porque
"no se acordaba de nada". De repente la habían notado como confusa, repitiendo siempre las mismas preguntas.
¿Dónde está Alberto? Ha ido a clase a la Universidad. Un minuto después.
¿Dónde está Alberto? Te dije que ha ido a clase. Otro minuto.
¿Donde está Alberto? Está en clase, ya te lo he dicho. Un minuto más.
¿Dónde está Alberto? ¿Pero qué te pasa? Te he dicho que en clase. Y así podría llenar líneas y líneas y líneas. Alarmados por lo relatado, sus familiares la trajeron a Urgencias, y allí la encontré, con un rostro mezcla de perplejidad y miedo. De vez en cuando esbozaba una sonrisa sin alegría, y en el instante siguiente lloraba asustada. Estaba sufriendo una
Amnesia Global Transitoria, en la que la persona se ve privada por unas horas de la
memoria anterógrada, no es capaz de recordar nada de lo que va pasando, repite las mismas preguntas porque no ha fijado la información, no recuerda que ya le han contestado. Afortunadamente sólo dura unas horas, y la recuperación es completa, salvo por el hecho de que nunca se recuerdan la mayoría de los hechos acaecidos durante el periodo de amnesia, pues no han dejado huella en el cerebro.

Con ella he recordado a la primera paciente que atendí, hace años, con este problema. Por casualidad compartíamos apellido, digamos Palacios, y cuando me presenté se lo hice notar.
¡Ah, pues seremos primos!- respodió sonriendo. Un par de minutos después le pregunté.
¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió.
Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Unos minutos después, la misma operación.
¿Sabe usted quién soy yo? Miró a su alrededor, me miró a mí, miró mi bata blanca y respondió.
Pues el médico. Sí, ¿pero cómo me llamo? No sé. Pues yo me llamo Palacios, como usted. ¡Ah, pues seremos primos!- respondió sonriendo. Repetí lo mismo al menos diez veces, y a todas me respondió con las mismas palabras acompañando a la misma sonrisa.

Me hizo pensar que las personas somos máquinas biológicas que funcionamos como un sistema informático. Cuando se activan los mismos circuitos, se repiten las mismas acciones. ¿Hemos perdido la espontaneidad o simplemente es que siempre hemos carecido de ella? Supongo que la sorpresa nació cuando fuimos muchos, las interacciones entre nosotros, y entre nosotros y el ambiente, se fueron haciendo cada vez más complejas, siempre bajo el influjo de la memoria. Cuando se tiene la oportunidad de prescindir de la memoria, al mismo estímulo sigue siempre la misma respuesta... ¿o no? No recuerdo donde lo leí, pero
vivir es recordar.
Os he contado todo esto porque deseé un regalo. El regalo del olvido. Para estas mujeres, cada minuto era una vida, porque era el primero y el último, no pisaba a los anteriores ni era atropellado por el siguiente. Quizá de ese modo, se tornen más livianos y no me vea aplastado por su peso. Quizá de ese modo me encuentre menos cansado.
Pero luego he recordado ese refrán que dice:
Cuidado con lo que deseas, pues puede hacerse realidad. Así que ahora estoy sacudiendo mi cabeza, tratando de expulsar mis malos pensamientos de ella.
Besos y abrazos para todas y todos. Por favor, perdonadme la paranoia.