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CRÓNICAS DE UN ROMÁNTICO GOLFERAS
Yo soy hedonista porque el mundo me ha hecho así...
Acerca de
Esta persona es un enamoradizo al que le han hecho pupa muchas veces.

No deje a esta persona al alcance de sus niñas.

No conduzca ni realice actividades peligrosas mientras consuma con esta persona, puede producir de todo menos somnolencia.

No debe tomarse nada con esta persona durante más de 15 días sin consultar a su mejor amiga, puede producir adicción.

Consulte su uso si está embarazada o cree que pudiera estarlo, no está para pasar malos ratos el muchacho.

Atención, contiene azúcar, consulte su uso si es diabética.

Ahora también en supositorios.

Las autoridades sanitarias advierten: MELOCOTONCITO PUEDE BENEFICIAR SU SALUD ERÓTICO-FESTIVA Y LA DE LAS QUE LA RODEAN.


Sindicación
 
UN HOMBRE DE HONOR
Lo apresaron. Era un joven alto, rubio, apuesto y simpático. Pero era un militar del bando contrario. Lo encerraron junto a otros, en un edificio que amenazaban con incendiar, a pesar de las súplicas de las mujeres de su casa. Estaba a punto de morir.

Por suerte, la filtración de un rumor puso en fuga a los sitiadores. Y quedó libre. Poco después, como sucede muy a menudo en la vida, las tornas se invirtieron.

Llegaron los camiones. El que subía a uno de esos camiones, no volvía. Los que estuvieron a punto de convertirse en ejecutores, ahora eran ejecutados.

Era una guerra. En las guerras se cometen tremendas injusticias. En las guerras sale lo peor del ser humano.

Y en ocasiones, también sale lo mejor del ser humano.

Él, que había estado amenazado de muerte por compañeros de los que subían a los camiones, no estaba dispuesto a ver cómo moría gente inocente por el hecho de haber caído del lado perdedor. En medio de una guerra, desconocía el sentimiento de venganza. Sabía que un hombre de honor alcanza su gloria en batalla, en un combate justo, no en la venganza contra el prisionero desarmado.

Bajó a todo el que pudo de esos camiones. Salvó a hijos, a padres, a hermanos, a maridos. Salvó a madres de perder a sus pequeños, salvó a hijos de quedar huérfanos, salvó a mujeres de quedar viudas.

Setenta años después de aquellos hechos, aún le recuerdan y le quieren por lo que hizo. Un hombre que honró a sus padres, que se casó y fue feliz con una mujer durante sesenta y cinco años, que tuvo cinco hijos, que a su vez tuvieron once nietos, que a su vez tuvieron cuatro biznietos.

Un hombre de noventa y cinco años que vivió una vida plena, que murió como todos deseamos morir, de viejo, dormido y acompañado de quienes le querían.

Un hombre al que apenas conocí, pero que me emocionó con su historia. Un hombre que dio lugar a la familia que hoy es como la mía. Un hombre cuya nieta, que lo echará siempre de menos, soy dichoso de amar, y cuyos biznietos tengo la fortuna de poder acostar por las noches. Unos biznietos que tengo la esperanza de que lleguen a conocer y comprender el inmenso ejemplo de humanidad que les mostró su bisabuelo, y que espero ser capaz de transmitirles de la forma más fidedigna posible.

Escrito queda en su honor, mi coronel.
 
POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN


Artículo 20
1. Se reconocen y protegen los derechos:

a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

b) A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica.

c) A la libertad de cátedra.

d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.
 
UN AÑO CON ALEGRÍA, UN AÑO CON MIEDO
A finales de enero de 2005 conocí a una chica en el trabajo. Durante poco menos de un mes, la traté muy de pasada, hasta que me destinaron a otro edificio de mi empresa.

A pesar del poco tiempo y de lo superficial de nuestra relación hasta ese momento, la imagen que me quedó de ella era la de una persona de trato muy agradable, con un magnífico sentido del humor y un perenne buen ánimo, cualidades éstas que siempre he admirado en mis compañeros de trabajo, porque son la base de un ambiente de trabajo óptimo.

Durante varios meses, el trato fue sólo telefónico, hasta mediados de noviembre de ese mismo año. Me impactó de tal manera verla desanimada, a ella, que era la alegría personificada, que le propuse que quedáramos para que me contara sus problemas.

Tras varias citas, empezó a ser obvio para ambos que estaba pasando algo, muy a pesar de la complicadísima situación personal de ella, lo cual hacía altamente desaconsejable para los dos iniciar cualquier tipo de relación íntima.

La relación cuajó tanto y tan rápidamente que a principios de diciembre yo lo tenía clarísimo: mi intención era vivir con ella, era cuestión de tiempo que esto ocurriera y tenía la poderosa sensación de que nos iría muy bien durante muchísimo tiempo, tal vez toda la vida.

Era una certeza absoluta, impropia de una persona reflexiva como me tienen quienes me conocen. Es cierto que no le tengo miedo a las decisiones arriesgadas, y lo saben los que me rodean, pero algunos no son conscientes de las vueltas y vueltas que le doy a cualquier tipo de decisión antes de tomarla. Quizás por ese análisis tan exhaustivo que hago de todo es por lo que no le tengo miedo a las decisiones ni a los errores, sean lo importantes que sean.

En este caso, por más que analizaba y analizaba, no había ni sombra de duda respecto a lo que quería hacer. Es más, me desconcertaba profundamente la falta de dudas razonables, pero por mucho que buscaba, seguía sin encontrarlas.

Esta certeza fue la que me permitió alegrarme tanto de la anunciada venida de mi chiquitín, hace poco más de un año. Y a los pocos días, me mudé oficialmente a la que hoy es mi casa.

En cuestión de dos meses, había pasado de ser un soltero que vivía en casa de sus padres y salía de juerga los fines de semana a ser un padre de familia. Y el único sentimiento que asocié al proceso, y que asocio ahora a su recuerdo, es el de una felicidad desbordante como una ola que impacta contra mi cuerpo. Para recordar otro periodo de mi vida más feliz, tendría que retroceder hasta la infancia.

Hace ya un año del final de este proceso. Ha sido un año fantástico, y espero que los que le sigan sean al menos igual a éste, pero creo que serán incluso mejores.

Eso sí, ha habido un cambio radical en mi forma de pensar en este año. Hasta ahora, mis decisiones, arriesgadas o certeras, estaban encaminadas a encontrar mi lugar en el mundo. Ahora ya lo he encontrado, y no me quiero mover de aquí. Antes, mi deseo era cambiar a mejor. Ahora creo sinceramente que, en lo básico, estoy más que realizado, y que lo que me toca es evolucionar suavemente.

De repente, he descubierto el miedo al cambio, porque no se me ocurre cómo podría ser mejor una situación distinta de la actual.
 
COMPAÑEROS DE BATALLA
¿Sabeis las películas bélicas, en las que salen escenas de combate cuerpo a cuerpo, o de batalla de trincheras, en las que parece que se acaba el mundo, en las que todo es ruido, explosiones y gritos?

Pues a mí me encantan. No sé si seré un sádico reprimido, pero en cierta medida me dan la impresión de ser un fiel reflejo de lo miserable que pueden llegar a ser las personas... y también la grandeza que pueden llegar a alcanzar.

A veces, en medio de una batalla de ésas tan terribles, se puede ver al soldado que ayuda a un compañero a sobrevivir, al que salva a un grupo incluso a costa de su propia vida, al que protege a un compañero de las iras de un superior. A veces sobreviven y se lamentan de no haber podido salvar una vida más, a pesar de haber salvado muchas otras.

Por una cuestión de autodisciplina, me tomo el trabajo un poco como si fuera una guerra. Hay superiores y subordinados. Hay órdenes y obediencia. Hay un trabajo que hacer y un tiempo límite para hacerlo. Hay un enemigo (la competencia) que compite contigo, y al que hay que superar cada día.

Y también hay compañeros de trabajo. Valientes soldados que aprietan los dientes ante las avalanchas de trabajo, ante la incomprensión e incluso el desprecio de los jefes, ante los horarios criminales (no pagados, por supuesto), ante los chapuzas que continuamente les exigen que hagan mal su trabajo en contra de su orgullo profesional. Valientes soldados que defienden con uñas y dientes su casa, su tiempo libre, a su familia.

Valientes soldados que consiguen olvidar durante unas horas el fragor cuasi-bélico que los une para pasar un agradable rato en compañía, en ese descanso de la dura batalla laboral que se llama fin de semana.

A ellos les dedico hoy este texto. A mis queridos compañeros de trabajo. Sin ellos la batalla sería demasiado difícil de soportar. Gracias a ellos, la lucha cada día se hace algo más llevadera.

Fuerza y honor, compañeros. Fuerza y honor.
 
MI ABUELA
Hace unos ochenta y cuatro años, en un pueblecito de Extremadura, nació una pequeña niñita. Era una niña fuerte, rebelde y un poco desconfiada, pero con un gran corazón.

Con apenas catorce años, tuvo que ver como la guerra arrasaba su mundo, acababa con su padre y sus tres hermanos varones, y las obligaba a ella, a su hermana mayor y a su madre a huir para salvar la vida.

El odio que arrastró toda su vida por los que diezmaron a su familia, curiosamente, lo redimió con el hombre de su vida, que había pertenecido al mismo bando que los asesinos de sus hermanos. Él era un hombre bueno, y ella una buena mujer, y se enamoraron, por encima de las buenas costumbres de la época.

De su amor nacieron cuatro hijas y un hijo, y los educaron en el respeto a los demás, en el amor a la familia y en el valor de la verdadera amistad.

Mi abuela tuvo que sufrir, como buena madre, la enfermedad crónica de su hija mayor, el alejamiento de su hijo, que se fue a hacer las américas buscando la libertad que la España de mediados de siglo no le ofrecía, la enfermedad y muerte de su único hijo varón, y el fallecimiento de su marido, de su gran compañero durante más de cuarenta años.

Pero también tuvo la alegría de ver como crecían sus hijas, de ver como conocían a buenos hombres, como se casaban con ellos y cómo la rodeaban de nietos. Pudo ejercer de abuela, dando caprichos a sus nietos que les eran negados por sus madres, pudo disfrutar de largos veranos al sol en la casa de campo junto con el abuelo y sus nietos, viendolos jugar y reir.

Luego llegó la Nada, como en la Historia Interminable, sólo que en el nuevo siglo, la Nada se llama Alzheimer. La Nada le hizo olvidar a sus yernos, después a sus nietos, después a sus hijas, después a su marido. La Nada le impidió conocer a su único bisnieto, pero no pudo impedir que cuando yo se lo puse en sus debilitados brazos, una sonrisa recorriera su rostro, ni que nos sonriera cuando le hablábamos.

Esta mañana, su cuerpo de ochenta y cuatro años y su mente infantil no han podido seguir manteniendo su escasa vida. En algún momento entre las cuatro y las seis de la mañana, sus pulmones han dejado de respirar y su corazón ha dejado de latir. Murió durmiendo, de vieja, y con una vida llena de momentos amargos, pero también de momentos dulces, y sobre todo, deja en el mundo una gran familia, cuatro hijas, tres yernos, siete nietos y un bisnieto.

Y la prueba de que el amor es capaz de vencer al odio, el olvido, la distancia y la muerte, capaz de construir un mundo nuevo, una familia.
 
EL CERRO DE SANTA BRÍGIDA
Cuando se abandona Sevilla a través del Puente del Alamillo, característico por su enhiesta torre cual monumento fálico, al cabo de unos momentos, más o menos al lado del otro monumento del camino, (el monumento a la estupidez de los políticos imbéciles, que hacen política para las empresas constructoras antes que para los ciudadanos, el Estadio Olímpico de una ciudad sin Juegos Olímpicos)...

Cuando se llega a esa altura, se puede ver el límite del Valle del Guadalquivir, la llanura donde se extiende la ciudad, y el inicio de una elevación del terreno que discurre paralela al río a todo lo largo de la capital andaluza: el Aljarafe.

El Aljarafe (nombre que nos evoca claramente su origen árabe) tiene a su vez varios picos que sobresalen, y que son las mayores alturas del área metropolitana de una ciudad sin cuestas y a pocos metros sobre el nivel del mar. Y con el Puente del Alamillo a nuestras espaldas y el Estadio cuasi-Olímpico a nuestro lado, mirando al frente mientras conducimos con precaución, podremos ver la mayor cota. Destaca por su solitario árbol casi en la cumbre, además de por ser ligeramente más alta que los otros picachitos que aparecen a su alrededor.

Se trata del Cerro de Santa Brígida.

El Cerro de Santa Brígida se eleva 115 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, en el cual se alzaba una ermita en honor de Santa Brígida, de ahí el nombre del promontorio. De la antigua construcción sólo queda parte del suelo, ya que durante la invasión napoleónica, fue destruida para poder montar un destacamento desde el que se dominaba toda la ciudad. A pesar de ello, a principios de octubre se sigue haciendo una romería que parte desde la ciudad de Camas, a la cual pertenece el cerro, y que sube hasta su cima.

Yo desconocía esto la primera vez que me fijé en él. Simplemente, había vivido en Sevilla durante veinte años sin haberme percatado de su existencia. Y siendo un joven conductor, deseoso de recorrer todos los caminos posibles, lo vi al pasar y me pregunté hasta qué altura podría llegar con el coche.

El primer intento, que se saldó con desastre, a pesar de contar con medios para que no fuera así, fue allá por 1998. Un amigo de un primo mío vino a visitarnos desde la capital del reino con un todoterreno sin bloqueo de diferencial ni reductora (vamos, un semi-todoterreno que ahora son tan abundantes). Había llovido bastante e intentamos un ataque “a las bravas”, por un camino de tierra que resultó ser un pozo de lodo de medio metro de alto. Quedamos atascados y para sacar el vehículo tuvimos que contar con la ayuda de dos buenos samaritanos, a los cuales invitamos posteriormente a una copa por su buena acción, y con volver hechos unas croquetas humanas.

El segundo intento fue en el verano de 2000. Pensé que no habría barro y que sería una buena ocasión para volverlo a intentar. Iba en el coche nuevo de mi padre, con mi exnovia y le dije lo que pretendía hacer. Esta vez, una exploración previa de las posibles vías de ataque me había permitido descubrir que existía una zona pavimentada y habitada por un lateral que llegaba hasta medio camino de la cumbre. Las vistas de Sevilla, una ciudad llana, que se podían contemplar desde allí merecían el intento de seguir hasta arriba.

Salimos a un camino de tierra y al llegar a un punto, la inclinación y lo polvoriento del terreno impedía que el coche pudiera avanzar. Aunque yo estaba convencido de que podría superarlo, la insistencia de mi exnovia de que lo dejara me hizo desistir.

El tercer intento, el primero con éxito, fue totalmente en solitario y no había hablado sobre él hasta ahora. Llevé a mi exnovia a una entrevista de trabajo a un polígono industrial cercano a la zona. Tenía tiempo y el coche de mi exsuegra. Aunque habían pasado dos o tres años desde la anterior vez, no lo había vuelto a intentar, pero esta vez pensé que era un momento propicio, porque tras unos días de lluvia, hacía más de una semana que lucía el sol y hacía calor. Pensé que evitaría el polvo y el barro, así que retomé la ruta que descubrí la anterior vez y llegué al punto fatídico, donde hube de rendirme anteriormente.

Esta vez, cambié la forma de atacar el punto en cuestión. En lugar de avanzar lentamente, traté de llegar con impulso para ver si así podía pasar sin perder agarre. Y esto, en combinación con el menor peso del coche de mi exsuegra respecto al de mi padre, me permitió sobrepasar ese lugar, a partir del cual el camino, si bien más empinado, era también mucho más firme. Y llegué a la cumbre.

No había nada más alto, salvo el árbol que podía verse solitario, y que descubrí que no crecía en la misma cumbre, sino justo en donde comienza la pendiente. Podía ver los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, volando a mi altura, y los coches avanzar por la autovía de circunvalación. Podía ver la catedral, la Giralda, las torres de la Plaza de España, los puentes... Una vista inigualable. Me guardé aquella imagen, junto con el sabor de la victoria, para mí. No le comenté a nadie lo que había conseguido.

La siguiente vez que subí, fue la primera vez que subí acompañado, la primera que subí de noche y la primera que lo hice con mi propio coche. Llevé a la pandilla que salíamos por aquel entonces (verano de 2004), y las vistas de noche también eran preciosas. Pusimos música, bebimos refrescos y comimos patatas (somos chicos muy sanos).

La siguiente vez fue la primera que subí con pareja. Era de noche y llevé a mi novia a la sazón (verano de 2005). Estuvimos disfrutando de las vistas un momento, pero el temor a la subida y a la bajada de mi acompañante, nos hizo abandonar el lugar rápidamente.

La última vez que he subido fue con la madre de mis hijos. Fue a principios del pasado diciembre. Fue muy bonito, porque estuvimos casi toda la noche allá arriba, y muy posiblemente fuera donde encargamos nuestro chiquitín.

Al mes de subir por última vez me mudé a nuestro Hogar, Dulce Hogar. Desde una de las ventanas de nuestro dormitorio puedo ver perfectamente, a muy poca distancia, el Cerro de Santa Brígida.

Para mí, el cerro representa la felicidad que todos buscamos en la vida. Al principio, ni siquiera sabes dónde está. Un día reparas en ella, y te preguntas cómo podrías alcanzarla. Realizas aproximaciones infructuosas y fallidas, pero aunque parezca que desistes, en tu mente sigue fija la idea de alcanzarla. La felicidad no va a irse de allí, y tardes días, semanas, meses o años, al final vuelves a intentar conquistarla. Intentas nuevos caminos que jamás antes recorriste, te acercas, quedas frenado, superas las dificultades y finalmente llegas hasta ella.

Primero tú solo, por ti mismo. No se puede dar felicidad a los demás si no eres capaz de ser feliz contigo mismo. Después con los amigos. Después con las sucesivas parejas.

Y cuando encuentras a la persona adecuada, a esa persona especial, a esa persona ideal, sobre la felicidad que os une se puede construir incluso un nuevo hogar, y nuevas vidas en ese nuevo hogar. Y cada día, podrás asomarte y mirar como si de una pequeña y brillante joya se tratara, ese cerro conquistado, esa felicidad que ahora, y pase lo que pase, siempre será tuya.

PD: Este post se lo dedico a mi minipollo, que hoy cumple su primer mes de vida, por todo lo que nos está dando a su madre, a su hermano mayor y a mí, y por su primera risa, que hizo el honor de otorgárnosla a mí (y al patito de peluche con cascabel que me ayudaba, todo hay que decirlo), mientras su madre nos miraba, en la tarde de ayer.
 
MI PARTO (UN PARTO DE HOMBRE)
Por fin encuentro un momento de tranquilidad para poder plasmar lo que tantos me pedíais desde hace tanto tiempo (sí, Almu, sí, aquí lo tienes...).

Las primeras señales de que aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera las dieron las contracciones de las cuatro y veinte y las cinco y veinte. Estábamos de tapeo con mi hermana y su pareja. Tras los habituales chascarrillos (ya había habido alguna que otra falsa alarma), les preguntamos que si querían subir a casa a merendar y a esperar a las seis y veinte. Por supuesto, nos dijeron que sí.

Pasaron las seis y veinte sin que ocurriera nada especial. Transcurrió el derbi Sevilla-Betis y la idea de una nueva falsa alarma ya había calado. Un amigo me envió un SMS “No estaría de Dios que naciera hoy”. Sabía de mis ganas de ser padre, y al retraso, que ya duraba diez días, le estaba sacando la punta suficiente.

Al poco de terminar el partido, cuando mi hermana y su novio estaban a punto de marcharse, una fuerte contracción hizo doblarse a mi amada en el sofá. Algo en la duración, en la cara que puso ella, me hizo ponerme en guardia mentalmente, con ese despliegue mental y sensorial que el nerviosismo contenido origina en mí, y que hace que me crezca cuando estoy bajo presión. El reloj marcaba las nueve menos diez.

La siguiente, igualmente fuerte, llegó a las nueve y cinco, quince minutos más tarde. Las anteriores nunca habían sido tan seguidas ni tan duraderas. Llamé a mi madre, a mi suegra y a mi cuñada, que era la que se quedaría con el mayor cuando tuviéramos que ir al hospital. Les avisaba que si la cosa seguía así hasta las diez de la noche, iríamos a maternidad. Terminando las llamadas llegó la contracción de las nueve y veinticinco. Diez minutos.

A las diez de la noche, mi suegra ya estaba allí. Ella nos llevó al lugar donde nacería nuestro pequeñín. Entramos por urgencias, tras pasar el siempre divertido trámite burocrático (“¿motivo del ingreso?”, “contracciones”, dije; “que se ha tragado un melón, no te jode”, pensé, “¿por qué demonios crees que hemos venido al hospital maternal con un barrigón de este calibre, cegata?”).

El médico, un chico joven, rompió el saco amniótico, del cual surgió líquido lleno de meconio (la primera cacota del bebé). Esto, que parecía algo poco importante, determinaría el desarrollo de los acontecimientos durante la siguiente semana.

La madre entró a monitores. Pude visitarla una vez, antes de que me anunciaran que el niño debía salir por cesárea. Se dice que hoy en día se practican muchas cesáreas, pero luego se confirmó que el bebé, debido al meconio que había inhalado e ingerido, no hubiera superado un parto vaginal. De nuevo, viva la ciencia.

Momentos más tarde de la una y media de la mañana, mientras la madre se recuperaba de la anestesia de la operación, me permitieron compensar el no haber podido ver el nacimiento dejándome ver a mi pequeño.

Jamás en la vida olvidaré aquel momento. Lo estaban lavando cuando entré, pues estaba llenito de caquita por todas partes, el pobre. Lo pude sostener un par de minutos bajo un foco de calor.

¿Sabéis eso de que los padres ven a sus hijos siempre guapos? El mío estaba gris y lleno de mierda, pero en ese momento para mí era la cosa más bonita que había visto en mi vida.

Tenía los ojitos abiertos y me miraba. A lo largo de mi vida mucha gente me ha mirado mientras esperaba algo de mí, o mientras me criticaban, o mientras me alababan, y cada mirada tiene un efecto sobre mí. Incluso antes de que alguien te hable, la mirada es el primer contacto inteligente que establecen dos personas, en la que se puede leer bondad, maldad, inteligencia, simpatía...

Bueno, pues esos ojos no esperaban nada de mí, ni me criticaban, ni me halagaban. Simplemente me miraban y me aceptaban. Supongo que ni comprendían quien era yo, pero esa mirada era la primera de millones. Esos ojos me mirarían de mil maneras a lo largo de decenas de años. Vi esos ojos mirándome el primer día de colegio, el primer día que montara en bicicleta, el primer día que trajera una chica a casa, el primer día que volviera de su primer día de trabajo. Vi esos ojos sobre un cuerpo joven y fuerte mirándome cuando yo no sea más que un saco de piel y huesos marchito. Vi esos ojos mirando el mundo por mí cuando yo ya no pueda verlo.

Y sentí que debía ser digno de esa mirada. Muchos me han dicho después que se me ve más maduro desde que nació mi pequeño, pero pocos saben que ésta es la causa.

Luego vino el desbarajuste. La pediatra recomendó el ingreso del “minipollo” en neonatología, porque su sistema digestivo no se recuperaba bien del daño que le había ocasionado la caca que había tragado. Así que a las tres horas de vida, los tres kilos cuatrocientos sesenta gramos y cincuenta y tres centímetros de reluciente humanidad que me miraba fueron ingresados en el hospital infantil aledaño.

Los días siguientes transcurrieron intentando dormir en el sillón más resbaladizo que alguna vez haya tenido la desgracia de ocupar y el hospital infantil para poder tocar a través de una incubadora a mi renacuajo, con pequeñas pausas para poder asearme. Y cuidando de su mamá, por supuesto.

Y por fin, llegó del día de dormir en casa los cuatro, la familia completa. El pequeñajo, asombrosamente, duerme toda la noche sin parar, come bien y apenas llora. Eso sí, come con tan ansia que se llena de gases como un zeppelín, y como no los eche, luego le duelen lo suyo. Nuestro pollo mayor está contentísimo con su hermano pequeño, hasta el punto que quiere que duerma con él en su cama. En cuanto pueda, les dejaremos dormir juntos.

Y mi amor eterno y yo... Pues cuando ya pensábamos que era imposible más felicidad, más felices aún somos.

Así da gusto dejar de ser golferas. Aunque ella me sigue disfrutando como si fuera el mismo melocotoncito de siempre. Tiene la exclusiva. Y yo, encantado.

Tres pares de ojos me acompañan ahora en cada momento, tres preciosos pares, tengo que añadir (¡lo cual me recuerda que tengo que trabajar!). Así es imposible no ser cada día mejor, y no sentirse cada día mejor.

Seguiremos informando desde La Casa de la Pradera: P Un saludo. (Perdonad la longitud del post, pero es que había mucho que contar, y eso que es un resumen muy resumido)
 
DANA
Hace ya casi diez años que llegó a casa de mis padres (a la sazón, simplemente mi casa). Era una bolita de pelo color canela intenso, y por eso mi hermana insistió en que tenía que llamarse como la protagonista de "Expediente X". Bonito nombre para un bonito cachorro.

Creció poco, pero rápido, y su cola se irguió hasta ser la más pizpireta del barrio. El pelaje de su cuello, a modo de melena, le dio un porte de autoridad que confirmaba su nueva posición, como gobernanta del resto de los animales de la casa (otra perra y una gata). Mi abuela le enseñó, antes de que la enfermedad de nombre alemán le hiciera lo mismo que a Bastian Baltasar Bux en la Historia Interminable, a hacer piruetas para pedir comida o juego. Consiguió su lugar fijo al lado de la dueña de la casa en el sofá de las siestas...

Obviamente, nada de esto podía saber el conductor cuyo vehículo impactó mortalmente con su cabecita anoche.

Mi hermano nos interrumpió en medio de la conversación, buscándola. La vecina le había avisado de que había un perro atropellado que podía ser ella. Él no quiso creerla y empezó a llamarla. Cuando me lo contó, salté como un resorte y me fui directo a la calle, mientras por el camino, deseaba con todas mis fuerzas que todo fuera un estúpido error.

Estaba como dormida. Era Dana. Su cola estaba relajada, ya nunca se erguiría orgullosa. Su pecho quieto, sus patas quietas, su mirada fija. Sólo un hilo de sangre en un lado de la cabeza nos gritaba que no estaba dormida, que jamás despertaría, que jamás podríamos volver a jugar o dormir con ella.

Estaba bajo una fuerte impresión cuando volví a casa a por algo para poder portarla y herramientas para enterrarla. Fuimos mi padre, mis hermanos, mi cuñado y yo. Se quedaron mi madre, mi embarazada mujer, mi hijo, mi tía y mi abuela.

Todo un hombre de metro ochenta y setenta y cinco kilos de peso, mi hermano, lloraba mientras llevaba a Dana en sus brazos, cuando nos acercamos a un lugar entre unas palmeras. Allí, por turnos, empezamos a cavar.

Un nudo de lágrimas me desgarraba la garganta mientras la acaricié por última vez, era una presa a punto de desbordar. La cogí y la deposité en su lugar. Mientras la cubríamos, yo lloraba sin mesura. No sé si los demás lo hacían, casi no podía ver la tierra que mis manos deslizaban sobre su cuerpo.

Nos despedimos de la familia y nos fuimos a casa. La inocencia del pollo hacía dolorosas preguntas que debía responder, y así lo hice. Le conté cómo un animal, un ser irracional, puede convertirse en parte de tu vida, cómo puede haber crecido contigo y cómo puede dolerte el saber que no volverá a recibirte festejando cuando cruces la puerta de entrada. Ni siquiera yo imaginaba que pudiera doler tanto.

Anoche me costó dormir, mi mujer tuvo la paciencia y el amor para oirme recordar algunas cosas acerca de un diminuto animal que nos dio un poquito de felicidad durante muchos años. Y esta mañana no podía volver a dormir. Así que me he levantado y he escrito este texto, que es la forma que tengo de dejar claro ante el mundo lo que ha significado Dana para mí y lo que la recordaré. Es lo menos que se merece.

Necesito que nazca mi pequeño, necesito una alegría ya (y parece que está a punto de ocurrir). Seguiremos informando, como siempre. Un saludo.
 
UNA AGRADABLE SORPRESA (MÁS)
Ayer, al volver de un duro día de trabajo, encontré un detalle en forma de carta, que me había escrito la madre de mis hijos. Me gustó tanto la misiva, el gesto y el hecho de que me la hubiera escrito con la frescura propia de una pareja de enamorados (que es lo que somos, por encima de hipotecas, compras mensuales, niños, tareas domésticas,...), que le he pedido permiso para publicarla.

Y me lo ha dado. Así que, por primera vez, Melocotoncito tiene el inmenso honor de ceder el espacio de hoy a su amada, lo cual no había ocurrido nunca antes.

Seguramente este es el último post antes del feliz acontecimiento, Deseadnos suerte, ya os contaré como fue todo. Un saludo.

"¡Hola!

No sé si te habré sorprendido, espero que sí y gratamente...

En principio, ésta no tiene ninguna razón de ser, o puede que sí, una, la más importante; me apetecía.

Simplemente ha sido una de esas veces que una canción, un comentario, una imagen... te hacen pensar en tu vida, en lo que tienes, lo que vives y/o lo que sientes... Y me he puesto a pensar en mi vida; que es una vida normal, supongo... mejor que algunas y puede que peor que otras; pero es la mía. Esto me ha llevado a pensar que, ahora, es la nuestra; lo cual me ha hecho retroceder una vez más en el tiempo, y recordar qué nos ha conducido y cómo a este momento.

Puede que tuvieran razón aquellos que en un principio calificaron nuestra relación de locura. Puede que sí, que fuera una locura; pero era mi locura, tu locura, nuestra locura. Y si la cordura suponía tener que renunciar a esto, a todo... entonces hicimos lo mejor en dejarnos llevar por nuestra maravillosa locura.

No cambiaría ni un segundo de los que llevo vividos contigo.

Supongo que con lo nuestro le estaremos dando en las narices a esos que en algún momento nos calificaron de egoístas y de no saber querer. Nuestra forma de querer... no les satisfacía o quizás la suya no a nosotros. Ni mejores ni peores... distintas y/o incompatibles. No así las nuestras, que quizás estuvieran destinadas y por eso no podían compenetrarse con ninguna otra.

Es tu historia; es mi historia... y ahora, juntos, es la nuestra. Es única, es distinta, es irrepetible y es la que quiero vivir. Y no quiero que cambie, aunque madure, evolucione... mantendremos las risas, los juegos, las chiquilladas... siempre... la complicidad, la intimidad, la pasión, el deseo, la sinceridad, la comprensión, el diálogo, el cariño, el respeto... Todo, tal cual está. Tal cual lo vivimos. Porque, digan lo que digan, nuestra historia es Maravillosa.

Te quiero.

Ayer, Hoy; Mañana... Y SIEMPRE."
 
PARA TI, AMOR MÍO
Hace tiempo ya que quería escribir lo que hoy me dispongo a fijar con palabras. A pesar de ello, me sigue pareciendo una temeridad pretender ni tan siquiera esbozar el maravilloso paraíso en que se ha convertido mi alma, no hay colores en la paleta ni vocablos suficientes (y no es un tópico, es que simplemente, no los hay) para capturar con un mínimo de garantías lo que tanto deseo transmitir al mundo, la noticia que siempre quise dar desde que abrí este blog, hace ya tantos meses...

Te encontré. No sé cómo lo hice, pero te encontré. Me he pasado toda la vida buscándote, para empezar a vivir contigo el resto de la que me queda. He perseguido pálidos fantasmas, he imaginado sueños de los que he despertado, he caído en trampas de las que, con dificutad, y algún que otro rasguño, conseguí zafarme. He realizado piruetas que han asustado a los que me quieren bien... Y todo sólo por encontrarte, sin saber siquiera si tendría éxito en la búsqueda.

No tiene mérito. No arriesgaba nada. La vida sin ti es ensordecedora, rodeado de gente o solo en mi habitación.

Sí, ahí estuviste, tantos días, delante de mí, y yo no te veía. ¡Cómo iba a saber que al amor de mi vida se le ocurriría disfrazarse de persona normal y corriente! Pero claro, tú también tenías una vida que vivir, y unas piedras en el camino en las que tropezar, es lógico que no fueras a pecho descubierto...

Y el azar me permitió estar cuando se levantó ligeramente el velo de indiferencia que te aislaba y protegía del mundo. Y me deslumbraste con tu belleza, pero no ésa que todo el mundo puede ver, no ésa que es efímera y está expuesta al ataque de los elementos, sino tu verdadera belleza, la que yo tengo el inmenso privilegio de disfrutar cada día. Entonces fue cuando sentí miedo. El miedo del ciego de nacimiento al que, por un instante, se le permite ver, y que no sabe si superará su condición, o la sufrirá con más crudeza aún por conocer el otro lado.

Simplemente sucedió. Nuestras almas salvaron el vacío que separa a las personas y se fundieron en el abrazo del amor verdadero. Nunca más se separaron.

Y ya no sueño yo solo, sino que vivimos juntos en nuestro sueño común. Vamos señalándonos cada paisaje, sentándonos a reir en cada piedra del camino (y menudas piedras, pero mayores son nuestras risas). No hay preocupación que, acostado junto a ti, no se me antoje una anécdota. Qué decir de la bicicleta, que ya despegó. ¡Y qué decir de los besos, cada uno tiene un sabor irrepetible!

Qué gusto, después de tanto esperar al principio del camino, coger tu mano y las de los que nos acompañarán por su propio camino, y empezar a andar...

Siempre te quise, sólo necesitaba tenerte a mi lado para poder decírtelo. Te quiero, y siempre te querré, pase lo que pase.

Para ti, amor mío.