MI ABUELA
Hace unos ochenta y cuatro años, en un pueblecito de Extremadura, nació una pequeña niñita. Era una niña fuerte, rebelde y un poco desconfiada, pero con un gran corazón.
Con apenas catorce años, tuvo que ver como la guerra arrasaba su mundo, acababa con su padre y sus tres hermanos varones, y las obligaba a ella, a su hermana mayor y a su madre a huir para salvar la vida.
El odio que arrastró toda su vida por los que diezmaron a su familia, curiosamente, lo redimió con el hombre de su vida, que había pertenecido al mismo bando que los asesinos de sus hermanos. Él era un hombre bueno, y ella una buena mujer, y se enamoraron, por encima de las buenas costumbres de la época.
De su amor nacieron cuatro hijas y un hijo, y los educaron en el respeto a los demás, en el amor a la familia y en el valor de la verdadera amistad.
Mi abuela tuvo que sufrir, como buena madre, la enfermedad crónica de su hija mayor, el alejamiento de su hijo, que se fue a hacer las américas buscando la libertad que la España de mediados de siglo no le ofrecía, la enfermedad y muerte de su único hijo varón, y el fallecimiento de su marido, de su gran compañero durante más de cuarenta años.
Pero también tuvo la alegría de ver como crecían sus hijas, de ver como conocían a buenos hombres, como se casaban con ellos y cómo la rodeaban de nietos. Pudo ejercer de abuela, dando caprichos a sus nietos que les eran negados por sus madres, pudo disfrutar de largos veranos al sol en la casa de campo junto con el abuelo y sus nietos, viendolos jugar y reir.
Luego llegó la Nada, como en la Historia Interminable, sólo que en el nuevo siglo, la Nada se llama Alzheimer. La Nada le hizo olvidar a sus yernos, después a sus nietos, después a sus hijas, después a su marido. La Nada le impidió conocer a su único bisnieto, pero no pudo impedir que cuando yo se lo puse en sus debilitados brazos, una sonrisa recorriera su rostro, ni que nos sonriera cuando le hablábamos.
Esta mañana, su cuerpo de ochenta y cuatro años y su mente infantil no han podido seguir manteniendo su escasa vida. En algún momento entre las cuatro y las seis de la mañana, sus pulmones han dejado de respirar y su corazón ha dejado de latir. Murió durmiendo, de vieja, y con una vida llena de momentos amargos, pero también de momentos dulces, y sobre todo, deja en el mundo una gran familia, cuatro hijas, tres yernos, siete nietos y un bisnieto.
Y la prueba de que el amor es capaz de vencer al odio, el olvido, la distancia y la muerte, capaz de construir un mundo nuevo, una familia.
Con apenas catorce años, tuvo que ver como la guerra arrasaba su mundo, acababa con su padre y sus tres hermanos varones, y las obligaba a ella, a su hermana mayor y a su madre a huir para salvar la vida.
El odio que arrastró toda su vida por los que diezmaron a su familia, curiosamente, lo redimió con el hombre de su vida, que había pertenecido al mismo bando que los asesinos de sus hermanos. Él era un hombre bueno, y ella una buena mujer, y se enamoraron, por encima de las buenas costumbres de la época.
De su amor nacieron cuatro hijas y un hijo, y los educaron en el respeto a los demás, en el amor a la familia y en el valor de la verdadera amistad.
Mi abuela tuvo que sufrir, como buena madre, la enfermedad crónica de su hija mayor, el alejamiento de su hijo, que se fue a hacer las américas buscando la libertad que la España de mediados de siglo no le ofrecía, la enfermedad y muerte de su único hijo varón, y el fallecimiento de su marido, de su gran compañero durante más de cuarenta años.
Pero también tuvo la alegría de ver como crecían sus hijas, de ver como conocían a buenos hombres, como se casaban con ellos y cómo la rodeaban de nietos. Pudo ejercer de abuela, dando caprichos a sus nietos que les eran negados por sus madres, pudo disfrutar de largos veranos al sol en la casa de campo junto con el abuelo y sus nietos, viendolos jugar y reir.
Luego llegó la Nada, como en la Historia Interminable, sólo que en el nuevo siglo, la Nada se llama Alzheimer. La Nada le hizo olvidar a sus yernos, después a sus nietos, después a sus hijas, después a su marido. La Nada le impidió conocer a su único bisnieto, pero no pudo impedir que cuando yo se lo puse en sus debilitados brazos, una sonrisa recorriera su rostro, ni que nos sonriera cuando le hablábamos.
Esta mañana, su cuerpo de ochenta y cuatro años y su mente infantil no han podido seguir manteniendo su escasa vida. En algún momento entre las cuatro y las seis de la mañana, sus pulmones han dejado de respirar y su corazón ha dejado de latir. Murió durmiendo, de vieja, y con una vida llena de momentos amargos, pero también de momentos dulces, y sobre todo, deja en el mundo una gran familia, cuatro hijas, tres yernos, siete nietos y un bisnieto.
Y la prueba de que el amor es capaz de vencer al odio, el olvido, la distancia y la muerte, capaz de construir un mundo nuevo, una familia.





