MI PARTO (UN PARTO DE HOMBRE)
Por fin encuentro un momento de tranquilidad para poder plasmar lo que tantos me pedíais desde hace tanto tiempo (sí, Almu, sí, aquí lo tienes...).
Las primeras señales de que aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera las dieron las contracciones de las cuatro y veinte y las cinco y veinte. Estábamos de tapeo con mi hermana y su pareja. Tras los habituales chascarrillos (ya había habido alguna que otra falsa alarma), les preguntamos que si querían subir a casa a merendar y a esperar a las seis y veinte. Por supuesto, nos dijeron que sí.
Pasaron las seis y veinte sin que ocurriera nada especial. Transcurrió el derbi Sevilla-Betis y la idea de una nueva falsa alarma ya había calado. Un amigo me envió un SMS “No estaría de Dios que naciera hoy”. Sabía de mis ganas de ser padre, y al retraso, que ya duraba diez días, le estaba sacando la punta suficiente.
Al poco de terminar el partido, cuando mi hermana y su novio estaban a punto de marcharse, una fuerte contracción hizo doblarse a mi amada en el sofá. Algo en la duración, en la cara que puso ella, me hizo ponerme en guardia mentalmente, con ese despliegue mental y sensorial que el nerviosismo contenido origina en mí, y que hace que me crezca cuando estoy bajo presión. El reloj marcaba las nueve menos diez.
La siguiente, igualmente fuerte, llegó a las nueve y cinco, quince minutos más tarde. Las anteriores nunca habían sido tan seguidas ni tan duraderas. Llamé a mi madre, a mi suegra y a mi cuñada, que era la que se quedaría con el mayor cuando tuviéramos que ir al hospital. Les avisaba que si la cosa seguía así hasta las diez de la noche, iríamos a maternidad. Terminando las llamadas llegó la contracción de las nueve y veinticinco. Diez minutos.
A las diez de la noche, mi suegra ya estaba allí. Ella nos llevó al lugar donde nacería nuestro pequeñín. Entramos por urgencias, tras pasar el siempre divertido trámite burocrático (“¿motivo del ingreso?”, “contracciones”, dije; “que se ha tragado un melón, no te jode”, pensé, “¿por qué demonios crees que hemos venido al hospital maternal con un barrigón de este calibre, cegata?”).
El médico, un chico joven, rompió el saco amniótico, del cual surgió líquido lleno de meconio (la primera cacota del bebé). Esto, que parecía algo poco importante, determinaría el desarrollo de los acontecimientos durante la siguiente semana.
La madre entró a monitores. Pude visitarla una vez, antes de que me anunciaran que el niño debía salir por cesárea. Se dice que hoy en día se practican muchas cesáreas, pero luego se confirmó que el bebé, debido al meconio que había inhalado e ingerido, no hubiera superado un parto vaginal. De nuevo, viva la ciencia.
Momentos más tarde de la una y media de la mañana, mientras la madre se recuperaba de la anestesia de la operación, me permitieron compensar el no haber podido ver el nacimiento dejándome ver a mi pequeño.
Jamás en la vida olvidaré aquel momento. Lo estaban lavando cuando entré, pues estaba llenito de caquita por todas partes, el pobre. Lo pude sostener un par de minutos bajo un foco de calor.
¿Sabéis eso de que los padres ven a sus hijos siempre guapos? El mío estaba gris y lleno de mierda, pero en ese momento para mí era la cosa más bonita que había visto en mi vida.
Tenía los ojitos abiertos y me miraba. A lo largo de mi vida mucha gente me ha mirado mientras esperaba algo de mí, o mientras me criticaban, o mientras me alababan, y cada mirada tiene un efecto sobre mí. Incluso antes de que alguien te hable, la mirada es el primer contacto inteligente que establecen dos personas, en la que se puede leer bondad, maldad, inteligencia, simpatía...
Bueno, pues esos ojos no esperaban nada de mí, ni me criticaban, ni me halagaban. Simplemente me miraban y me aceptaban. Supongo que ni comprendían quien era yo, pero esa mirada era la primera de millones. Esos ojos me mirarían de mil maneras a lo largo de decenas de años. Vi esos ojos mirándome el primer día de colegio, el primer día que montara en bicicleta, el primer día que trajera una chica a casa, el primer día que volviera de su primer día de trabajo. Vi esos ojos sobre un cuerpo joven y fuerte mirándome cuando yo no sea más que un saco de piel y huesos marchito. Vi esos ojos mirando el mundo por mí cuando yo ya no pueda verlo.
Y sentí que debía ser digno de esa mirada. Muchos me han dicho después que se me ve más maduro desde que nació mi pequeño, pero pocos saben que ésta es la causa.
Luego vino el desbarajuste. La pediatra recomendó el ingreso del “minipollo” en neonatología, porque su sistema digestivo no se recuperaba bien del daño que le había ocasionado la caca que había tragado. Así que a las tres horas de vida, los tres kilos cuatrocientos sesenta gramos y cincuenta y tres centímetros de reluciente humanidad que me miraba fueron ingresados en el hospital infantil aledaño.
Los días siguientes transcurrieron intentando dormir en el sillón más resbaladizo que alguna vez haya tenido la desgracia de ocupar y el hospital infantil para poder tocar a través de una incubadora a mi renacuajo, con pequeñas pausas para poder asearme. Y cuidando de su mamá, por supuesto.
Y por fin, llegó del día de dormir en casa los cuatro, la familia completa. El pequeñajo, asombrosamente, duerme toda la noche sin parar, come bien y apenas llora. Eso sí, come con tan ansia que se llena de gases como un zeppelín, y como no los eche, luego le duelen lo suyo. Nuestro pollo mayor está contentísimo con su hermano pequeño, hasta el punto que quiere que duerma con él en su cama. En cuanto pueda, les dejaremos dormir juntos.
Y mi amor eterno y yo... Pues cuando ya pensábamos que era imposible más felicidad, más felices aún somos.
Así da gusto dejar de ser golferas. Aunque ella me sigue disfrutando como si fuera el mismo melocotoncito de siempre. Tiene la exclusiva. Y yo, encantado.
Tres pares de ojos me acompañan ahora en cada momento, tres preciosos pares, tengo que añadir (¡lo cual me recuerda que tengo que trabajar!). Así es imposible no ser cada día mejor, y no sentirse cada día mejor.
Seguiremos informando desde La Casa de la Pradera: P Un saludo. (Perdonad la longitud del post, pero es que había mucho que contar, y eso que es un resumen muy resumido)
Las primeras señales de que aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera las dieron las contracciones de las cuatro y veinte y las cinco y veinte. Estábamos de tapeo con mi hermana y su pareja. Tras los habituales chascarrillos (ya había habido alguna que otra falsa alarma), les preguntamos que si querían subir a casa a merendar y a esperar a las seis y veinte. Por supuesto, nos dijeron que sí.
Pasaron las seis y veinte sin que ocurriera nada especial. Transcurrió el derbi Sevilla-Betis y la idea de una nueva falsa alarma ya había calado. Un amigo me envió un SMS “No estaría de Dios que naciera hoy”. Sabía de mis ganas de ser padre, y al retraso, que ya duraba diez días, le estaba sacando la punta suficiente.
Al poco de terminar el partido, cuando mi hermana y su novio estaban a punto de marcharse, una fuerte contracción hizo doblarse a mi amada en el sofá. Algo en la duración, en la cara que puso ella, me hizo ponerme en guardia mentalmente, con ese despliegue mental y sensorial que el nerviosismo contenido origina en mí, y que hace que me crezca cuando estoy bajo presión. El reloj marcaba las nueve menos diez.
La siguiente, igualmente fuerte, llegó a las nueve y cinco, quince minutos más tarde. Las anteriores nunca habían sido tan seguidas ni tan duraderas. Llamé a mi madre, a mi suegra y a mi cuñada, que era la que se quedaría con el mayor cuando tuviéramos que ir al hospital. Les avisaba que si la cosa seguía así hasta las diez de la noche, iríamos a maternidad. Terminando las llamadas llegó la contracción de las nueve y veinticinco. Diez minutos.
A las diez de la noche, mi suegra ya estaba allí. Ella nos llevó al lugar donde nacería nuestro pequeñín. Entramos por urgencias, tras pasar el siempre divertido trámite burocrático (“¿motivo del ingreso?”, “contracciones”, dije; “que se ha tragado un melón, no te jode”, pensé, “¿por qué demonios crees que hemos venido al hospital maternal con un barrigón de este calibre, cegata?”).
El médico, un chico joven, rompió el saco amniótico, del cual surgió líquido lleno de meconio (la primera cacota del bebé). Esto, que parecía algo poco importante, determinaría el desarrollo de los acontecimientos durante la siguiente semana.
La madre entró a monitores. Pude visitarla una vez, antes de que me anunciaran que el niño debía salir por cesárea. Se dice que hoy en día se practican muchas cesáreas, pero luego se confirmó que el bebé, debido al meconio que había inhalado e ingerido, no hubiera superado un parto vaginal. De nuevo, viva la ciencia.
Momentos más tarde de la una y media de la mañana, mientras la madre se recuperaba de la anestesia de la operación, me permitieron compensar el no haber podido ver el nacimiento dejándome ver a mi pequeño.
Jamás en la vida olvidaré aquel momento. Lo estaban lavando cuando entré, pues estaba llenito de caquita por todas partes, el pobre. Lo pude sostener un par de minutos bajo un foco de calor.
¿Sabéis eso de que los padres ven a sus hijos siempre guapos? El mío estaba gris y lleno de mierda, pero en ese momento para mí era la cosa más bonita que había visto en mi vida.
Tenía los ojitos abiertos y me miraba. A lo largo de mi vida mucha gente me ha mirado mientras esperaba algo de mí, o mientras me criticaban, o mientras me alababan, y cada mirada tiene un efecto sobre mí. Incluso antes de que alguien te hable, la mirada es el primer contacto inteligente que establecen dos personas, en la que se puede leer bondad, maldad, inteligencia, simpatía...
Bueno, pues esos ojos no esperaban nada de mí, ni me criticaban, ni me halagaban. Simplemente me miraban y me aceptaban. Supongo que ni comprendían quien era yo, pero esa mirada era la primera de millones. Esos ojos me mirarían de mil maneras a lo largo de decenas de años. Vi esos ojos mirándome el primer día de colegio, el primer día que montara en bicicleta, el primer día que trajera una chica a casa, el primer día que volviera de su primer día de trabajo. Vi esos ojos sobre un cuerpo joven y fuerte mirándome cuando yo no sea más que un saco de piel y huesos marchito. Vi esos ojos mirando el mundo por mí cuando yo ya no pueda verlo.
Y sentí que debía ser digno de esa mirada. Muchos me han dicho después que se me ve más maduro desde que nació mi pequeño, pero pocos saben que ésta es la causa.
Luego vino el desbarajuste. La pediatra recomendó el ingreso del “minipollo” en neonatología, porque su sistema digestivo no se recuperaba bien del daño que le había ocasionado la caca que había tragado. Así que a las tres horas de vida, los tres kilos cuatrocientos sesenta gramos y cincuenta y tres centímetros de reluciente humanidad que me miraba fueron ingresados en el hospital infantil aledaño.
Los días siguientes transcurrieron intentando dormir en el sillón más resbaladizo que alguna vez haya tenido la desgracia de ocupar y el hospital infantil para poder tocar a través de una incubadora a mi renacuajo, con pequeñas pausas para poder asearme. Y cuidando de su mamá, por supuesto.
Y por fin, llegó del día de dormir en casa los cuatro, la familia completa. El pequeñajo, asombrosamente, duerme toda la noche sin parar, come bien y apenas llora. Eso sí, come con tan ansia que se llena de gases como un zeppelín, y como no los eche, luego le duelen lo suyo. Nuestro pollo mayor está contentísimo con su hermano pequeño, hasta el punto que quiere que duerma con él en su cama. En cuanto pueda, les dejaremos dormir juntos.
Y mi amor eterno y yo... Pues cuando ya pensábamos que era imposible más felicidad, más felices aún somos.
Así da gusto dejar de ser golferas. Aunque ella me sigue disfrutando como si fuera el mismo melocotoncito de siempre. Tiene la exclusiva. Y yo, encantado.
Tres pares de ojos me acompañan ahora en cada momento, tres preciosos pares, tengo que añadir (¡lo cual me recuerda que tengo que trabajar!). Así es imposible no ser cada día mejor, y no sentirse cada día mejor.
Seguiremos informando desde La Casa de la Pradera: P Un saludo. (Perdonad la longitud del post, pero es que había mucho que contar, y eso que es un resumen muy resumido)
Comentario:
Yo viví lo mismo, aunque de forma distinta, claro. Yo tenía las contracciones y era a mi a quien le dolían; era a mí a quien el médico exploraba y hacía pensar que examinaba la campanilla desde abajo (dolía más la exploración que las propias contracciones). A mí me tomaron una vía con suero y oxitocina, la cual aceleraba de forma bastante desagradable y cansina las contracciones. Era a mi a quien le planteaban si sería un parto normal o si me iban a abrir. Fui yo a quien pasearon por medio hospital y quien entró en aquel quirofano, a quien pusieron tal y como su madre la trajo al mundo delante de no sé cuánta gente (no exagero, fueron al menos doce personas las que entraron en el quirófano mientras yo permanecía totalmente desnuda tumbada en una camilla). En ese momento ni lo piensas ni te importa... pero ahora cuando lo pienso no puedo evitar sentir algo de vergüenza. Fue a mi a quien abrieron y quien después estuvo tres horas en una sala, en la que a medida que desaparecían los efectos de la anestesia iban apareciendo los de tener la barriga abierta por la mitad (bastante mas desagradables incluso que las contracciones)esperando ansiosa el momento de ver a mi hijo y recibir el abrazo de su padre y del resto de la familia. Fui yo quien después de todo, se pasó dos dias sin poder ver al ser que había traido a este mundo, y he sido yo quien se ha pasado dos semanas sin poder hacer nada por si misma (una de ellas metida en la cama del hospital, lo cual hace que no tenga conciencia del tiempo transcurrido).
Ahora ya todo ha pasado, y lo doy por bueno, aunque después de haber tenido un parto normal al estilo antiguo sin anestesia epidural ni nada, y otro con cesárea... de haber podido elegir, hubiera firmado por otro parto normal, de la misma forma y otra vez sin anestesia.
Ahora ya todo ha pasado, y lo doy por bueno, aunque después de haber tenido un parto normal al estilo antiguo sin anestesia epidural ni nada, y otro con cesárea... de haber podido elegir, hubiera firmado por otro parto normal, de la misma forma y otra vez sin anestesia.
Comentario:
ohhhhhhhh!!!!!!!
mil enhorabuenas nenito!!!
besazos para los 4 de la casita de la pradera me alegro mucho!
muacssssssssss
mil enhorabuenas nenito!!!
besazos para los 4 de la casita de la pradera me alegro mucho!
muacssssssssss
Comentario:
Muchas felicidades, me alegro de que tengais ya al pollito, hace tiempo que te sigo pero nunca te deje un comentario hasta hoy, estoy emocionada porque es la primera vez que leo algo tan bonito. Besos
Comentario:
Ole, Ole y Ole! di que sí que realmente sois una preciosa familia. Ahora sí que tenéis en casa, la culminación de vuestro amor. Me ha encantado conoceros y comprobar que la felicidas absoluta, es posible. Besitos a los cuatro!!!
Comentario:
Por fin el post!! Sin duda el más importante de todo el blog...sabes que se me han saltado las lágrimas al leer la primera vez q cogiste al renacuajo? Jos...debe ser increíble.
Ya te felicité vía msn, pero una vez más, muchas felicidades :).
besotes
Ya te felicité vía msn, pero una vez más, muchas felicidades :).
besotes
Comentario:
¡Felicidades!
¡Foto,foto!
¡Foto,foto!
Comentario:
enhorabuena por el acontecimiento, me alegro de que todo haya salido bien, (dentro de lo que cabe) y espero de todo corazon que seais muy felices.
Comentario:
Carnecita de gallina se me ha puesto al leer el post, que bien que todo haya salido genial y que esteis tan felices, me alegro un monton.
A ver si un dia teneis un hueco y me invitas a tomar una cocacola y a visitar la casa de la pradera para conocer a tu amor, tu pollo y al minipollo.Un abrazo.
A ver si un dia teneis un hueco y me invitas a tomar una cocacola y a visitar la casa de la pradera para conocer a tu amor, tu pollo y al minipollo.Un abrazo.





