EL CERRO DE SANTA BRÍGIDA
Cuando se abandona Sevilla a través del Puente del Alamillo, característico por su enhiesta torre cual monumento fálico, al cabo de unos momentos, más o menos al lado del otro monumento del camino, (el monumento a la estupidez de los políticos imbéciles, que hacen política para las empresas constructoras antes que para los ciudadanos, el Estadio Olímpico de una ciudad sin Juegos Olímpicos)...
Cuando se llega a esa altura, se puede ver el límite del Valle del Guadalquivir, la llanura donde se extiende la ciudad, y el inicio de una elevación del terreno que discurre paralela al río a todo lo largo de la capital andaluza: el Aljarafe.
El Aljarafe (nombre que nos evoca claramente su origen árabe) tiene a su vez varios picos que sobresalen, y que son las mayores alturas del área metropolitana de una ciudad sin cuestas y a pocos metros sobre el nivel del mar. Y con el Puente del Alamillo a nuestras espaldas y el Estadio cuasi-Olímpico a nuestro lado, mirando al frente mientras conducimos con precaución, podremos ver la mayor cota. Destaca por su solitario árbol casi en la cumbre, además de por ser ligeramente más alta que los otros picachitos que aparecen a su alrededor.
Se trata del Cerro de Santa Brígida.
El Cerro de Santa Brígida se eleva 115 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, en el cual se alzaba una ermita en honor de Santa Brígida, de ahí el nombre del promontorio. De la antigua construcción sólo queda parte del suelo, ya que durante la invasión napoleónica, fue destruida para poder montar un destacamento desde el que se dominaba toda la ciudad. A pesar de ello, a principios de octubre se sigue haciendo una romería que parte desde la ciudad de Camas, a la cual pertenece el cerro, y que sube hasta su cima.
Yo desconocía esto la primera vez que me fijé en él. Simplemente, había vivido en Sevilla durante veinte años sin haberme percatado de su existencia. Y siendo un joven conductor, deseoso de recorrer todos los caminos posibles, lo vi al pasar y me pregunté hasta qué altura podría llegar con el coche.
El primer intento, que se saldó con desastre, a pesar de contar con medios para que no fuera así, fue allá por 1998. Un amigo de un primo mío vino a visitarnos desde la capital del reino con un todoterreno sin bloqueo de diferencial ni reductora (vamos, un semi-todoterreno que ahora son tan abundantes). Había llovido bastante e intentamos un ataque “a las bravas”, por un camino de tierra que resultó ser un pozo de lodo de medio metro de alto. Quedamos atascados y para sacar el vehículo tuvimos que contar con la ayuda de dos buenos samaritanos, a los cuales invitamos posteriormente a una copa por su buena acción, y con volver hechos unas croquetas humanas.
El segundo intento fue en el verano de 2000. Pensé que no habría barro y que sería una buena ocasión para volverlo a intentar. Iba en el coche nuevo de mi padre, con mi exnovia y le dije lo que pretendía hacer. Esta vez, una exploración previa de las posibles vías de ataque me había permitido descubrir que existía una zona pavimentada y habitada por un lateral que llegaba hasta medio camino de la cumbre. Las vistas de Sevilla, una ciudad llana, que se podían contemplar desde allí merecían el intento de seguir hasta arriba.
Salimos a un camino de tierra y al llegar a un punto, la inclinación y lo polvoriento del terreno impedía que el coche pudiera avanzar. Aunque yo estaba convencido de que podría superarlo, la insistencia de mi exnovia de que lo dejara me hizo desistir.
El tercer intento, el primero con éxito, fue totalmente en solitario y no había hablado sobre él hasta ahora. Llevé a mi exnovia a una entrevista de trabajo a un polígono industrial cercano a la zona. Tenía tiempo y el coche de mi exsuegra. Aunque habían pasado dos o tres años desde la anterior vez, no lo había vuelto a intentar, pero esta vez pensé que era un momento propicio, porque tras unos días de lluvia, hacía más de una semana que lucía el sol y hacía calor. Pensé que evitaría el polvo y el barro, así que retomé la ruta que descubrí la anterior vez y llegué al punto fatídico, donde hube de rendirme anteriormente.
Esta vez, cambié la forma de atacar el punto en cuestión. En lugar de avanzar lentamente, traté de llegar con impulso para ver si así podía pasar sin perder agarre. Y esto, en combinación con el menor peso del coche de mi exsuegra respecto al de mi padre, me permitió sobrepasar ese lugar, a partir del cual el camino, si bien más empinado, era también mucho más firme. Y llegué a la cumbre.
No había nada más alto, salvo el árbol que podía verse solitario, y que descubrí que no crecía en la misma cumbre, sino justo en donde comienza la pendiente. Podía ver los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, volando a mi altura, y los coches avanzar por la autovía de circunvalación. Podía ver la catedral, la Giralda, las torres de la Plaza de España, los puentes... Una vista inigualable. Me guardé aquella imagen, junto con el sabor de la victoria, para mí. No le comenté a nadie lo que había conseguido.
La siguiente vez que subí, fue la primera vez que subí acompañado, la primera que subí de noche y la primera que lo hice con mi propio coche. Llevé a la pandilla que salíamos por aquel entonces (verano de 2004), y las vistas de noche también eran preciosas. Pusimos música, bebimos refrescos y comimos patatas (somos chicos muy sanos).
La siguiente vez fue la primera que subí con pareja. Era de noche y llevé a mi novia a la sazón (verano de 2005). Estuvimos disfrutando de las vistas un momento, pero el temor a la subida y a la bajada de mi acompañante, nos hizo abandonar el lugar rápidamente.
La última vez que he subido fue con la madre de mis hijos. Fue a principios del pasado diciembre. Fue muy bonito, porque estuvimos casi toda la noche allá arriba, y muy posiblemente fuera donde encargamos nuestro chiquitín.
Al mes de subir por última vez me mudé a nuestro Hogar, Dulce Hogar. Desde una de las ventanas de nuestro dormitorio puedo ver perfectamente, a muy poca distancia, el Cerro de Santa Brígida.
Para mí, el cerro representa la felicidad que todos buscamos en la vida. Al principio, ni siquiera sabes dónde está. Un día reparas en ella, y te preguntas cómo podrías alcanzarla. Realizas aproximaciones infructuosas y fallidas, pero aunque parezca que desistes, en tu mente sigue fija la idea de alcanzarla. La felicidad no va a irse de allí, y tardes días, semanas, meses o años, al final vuelves a intentar conquistarla. Intentas nuevos caminos que jamás antes recorriste, te acercas, quedas frenado, superas las dificultades y finalmente llegas hasta ella.
Primero tú solo, por ti mismo. No se puede dar felicidad a los demás si no eres capaz de ser feliz contigo mismo. Después con los amigos. Después con las sucesivas parejas.
Y cuando encuentras a la persona adecuada, a esa persona especial, a esa persona ideal, sobre la felicidad que os une se puede construir incluso un nuevo hogar, y nuevas vidas en ese nuevo hogar. Y cada día, podrás asomarte y mirar como si de una pequeña y brillante joya se tratara, ese cerro conquistado, esa felicidad que ahora, y pase lo que pase, siempre será tuya.
PD: Este post se lo dedico a mi minipollo, que hoy cumple su primer mes de vida, por todo lo que nos está dando a su madre, a su hermano mayor y a mí, y por su primera risa, que hizo el honor de otorgárnosla a mí (y al patito de peluche con cascabel que me ayudaba, todo hay que decirlo), mientras su madre nos miraba, en la tarde de ayer.
Cuando se llega a esa altura, se puede ver el límite del Valle del Guadalquivir, la llanura donde se extiende la ciudad, y el inicio de una elevación del terreno que discurre paralela al río a todo lo largo de la capital andaluza: el Aljarafe.
El Aljarafe (nombre que nos evoca claramente su origen árabe) tiene a su vez varios picos que sobresalen, y que son las mayores alturas del área metropolitana de una ciudad sin cuestas y a pocos metros sobre el nivel del mar. Y con el Puente del Alamillo a nuestras espaldas y el Estadio cuasi-Olímpico a nuestro lado, mirando al frente mientras conducimos con precaución, podremos ver la mayor cota. Destaca por su solitario árbol casi en la cumbre, además de por ser ligeramente más alta que los otros picachitos que aparecen a su alrededor.
Se trata del Cerro de Santa Brígida.
El Cerro de Santa Brígida se eleva 115 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, en el cual se alzaba una ermita en honor de Santa Brígida, de ahí el nombre del promontorio. De la antigua construcción sólo queda parte del suelo, ya que durante la invasión napoleónica, fue destruida para poder montar un destacamento desde el que se dominaba toda la ciudad. A pesar de ello, a principios de octubre se sigue haciendo una romería que parte desde la ciudad de Camas, a la cual pertenece el cerro, y que sube hasta su cima.
Yo desconocía esto la primera vez que me fijé en él. Simplemente, había vivido en Sevilla durante veinte años sin haberme percatado de su existencia. Y siendo un joven conductor, deseoso de recorrer todos los caminos posibles, lo vi al pasar y me pregunté hasta qué altura podría llegar con el coche.
El primer intento, que se saldó con desastre, a pesar de contar con medios para que no fuera así, fue allá por 1998. Un amigo de un primo mío vino a visitarnos desde la capital del reino con un todoterreno sin bloqueo de diferencial ni reductora (vamos, un semi-todoterreno que ahora son tan abundantes). Había llovido bastante e intentamos un ataque “a las bravas”, por un camino de tierra que resultó ser un pozo de lodo de medio metro de alto. Quedamos atascados y para sacar el vehículo tuvimos que contar con la ayuda de dos buenos samaritanos, a los cuales invitamos posteriormente a una copa por su buena acción, y con volver hechos unas croquetas humanas.
El segundo intento fue en el verano de 2000. Pensé que no habría barro y que sería una buena ocasión para volverlo a intentar. Iba en el coche nuevo de mi padre, con mi exnovia y le dije lo que pretendía hacer. Esta vez, una exploración previa de las posibles vías de ataque me había permitido descubrir que existía una zona pavimentada y habitada por un lateral que llegaba hasta medio camino de la cumbre. Las vistas de Sevilla, una ciudad llana, que se podían contemplar desde allí merecían el intento de seguir hasta arriba.
Salimos a un camino de tierra y al llegar a un punto, la inclinación y lo polvoriento del terreno impedía que el coche pudiera avanzar. Aunque yo estaba convencido de que podría superarlo, la insistencia de mi exnovia de que lo dejara me hizo desistir.
El tercer intento, el primero con éxito, fue totalmente en solitario y no había hablado sobre él hasta ahora. Llevé a mi exnovia a una entrevista de trabajo a un polígono industrial cercano a la zona. Tenía tiempo y el coche de mi exsuegra. Aunque habían pasado dos o tres años desde la anterior vez, no lo había vuelto a intentar, pero esta vez pensé que era un momento propicio, porque tras unos días de lluvia, hacía más de una semana que lucía el sol y hacía calor. Pensé que evitaría el polvo y el barro, así que retomé la ruta que descubrí la anterior vez y llegué al punto fatídico, donde hube de rendirme anteriormente.
Esta vez, cambié la forma de atacar el punto en cuestión. En lugar de avanzar lentamente, traté de llegar con impulso para ver si así podía pasar sin perder agarre. Y esto, en combinación con el menor peso del coche de mi exsuegra respecto al de mi padre, me permitió sobrepasar ese lugar, a partir del cual el camino, si bien más empinado, era también mucho más firme. Y llegué a la cumbre.
No había nada más alto, salvo el árbol que podía verse solitario, y que descubrí que no crecía en la misma cumbre, sino justo en donde comienza la pendiente. Podía ver los aviones despegando y aterrizando en el aeropuerto, volando a mi altura, y los coches avanzar por la autovía de circunvalación. Podía ver la catedral, la Giralda, las torres de la Plaza de España, los puentes... Una vista inigualable. Me guardé aquella imagen, junto con el sabor de la victoria, para mí. No le comenté a nadie lo que había conseguido.
La siguiente vez que subí, fue la primera vez que subí acompañado, la primera que subí de noche y la primera que lo hice con mi propio coche. Llevé a la pandilla que salíamos por aquel entonces (verano de 2004), y las vistas de noche también eran preciosas. Pusimos música, bebimos refrescos y comimos patatas (somos chicos muy sanos).
La siguiente vez fue la primera que subí con pareja. Era de noche y llevé a mi novia a la sazón (verano de 2005). Estuvimos disfrutando de las vistas un momento, pero el temor a la subida y a la bajada de mi acompañante, nos hizo abandonar el lugar rápidamente.
La última vez que he subido fue con la madre de mis hijos. Fue a principios del pasado diciembre. Fue muy bonito, porque estuvimos casi toda la noche allá arriba, y muy posiblemente fuera donde encargamos nuestro chiquitín.
Al mes de subir por última vez me mudé a nuestro Hogar, Dulce Hogar. Desde una de las ventanas de nuestro dormitorio puedo ver perfectamente, a muy poca distancia, el Cerro de Santa Brígida.
Para mí, el cerro representa la felicidad que todos buscamos en la vida. Al principio, ni siquiera sabes dónde está. Un día reparas en ella, y te preguntas cómo podrías alcanzarla. Realizas aproximaciones infructuosas y fallidas, pero aunque parezca que desistes, en tu mente sigue fija la idea de alcanzarla. La felicidad no va a irse de allí, y tardes días, semanas, meses o años, al final vuelves a intentar conquistarla. Intentas nuevos caminos que jamás antes recorriste, te acercas, quedas frenado, superas las dificultades y finalmente llegas hasta ella.
Primero tú solo, por ti mismo. No se puede dar felicidad a los demás si no eres capaz de ser feliz contigo mismo. Después con los amigos. Después con las sucesivas parejas.
Y cuando encuentras a la persona adecuada, a esa persona especial, a esa persona ideal, sobre la felicidad que os une se puede construir incluso un nuevo hogar, y nuevas vidas en ese nuevo hogar. Y cada día, podrás asomarte y mirar como si de una pequeña y brillante joya se tratara, ese cerro conquistado, esa felicidad que ahora, y pase lo que pase, siempre será tuya.
PD: Este post se lo dedico a mi minipollo, que hoy cumple su primer mes de vida, por todo lo que nos está dando a su madre, a su hermano mayor y a mí, y por su primera risa, que hizo el honor de otorgárnosla a mí (y al patito de peluche con cascabel que me ayudaba, todo hay que decirlo), mientras su madre nos miraba, en la tarde de ayer.
Comentario:
Yo he pasado cinco años viendo el cerro desde cualquiera de las ventanas de mi casa entonces, ahora casa de mi madre. Siempre he considerado un lujo el levantarme por las mañanas, subir las persianas y abrir las ventanas y sentir que sólo me faltaba un perro y algo de nieve para ser lo mas parecido a una Heidi a lo andaluz. Todo lo que podías ver era campo; y en determinadas epocas del año se percibe un fresco olor a hierba húmeda... una auténtica gozada. Ésta, además de la tranquilidad de la zona es una de las razones por las que sigo y pienso seguir, viviendo aquí.
Y más ahora que sé lo mucho que tú disfrutas viviendo aquí.
Me había llamado siempre la atención por lo solitario de su árbol, vigilante, tranquilo; aunque nunca imaginé la importancia que llegaría a tener en mi vida, y lo ligado que estaría a mi felicidad, directa o indirectamente.
Yo había subido antes una vez, una mañana dando un paseo con mi madre y una amiga. Realmente las vistas son increíbles, y recuerdo que pensé que de noche, con todo iluminado tenía que ser precioso. Y lo es. Merece la pena subir, al menos una vez, ya que una vez vivida la experiencia de haber subido en coche, recordándo como los nervios y la congoja se apoderaban de mi mientras el coche se inclinaba en la subida y yo pensaba que nos ibamos rodando hacia abajo, no sé si sería capaz de repetirlo. Era de noche, apenas se veía el camino por el que circulábamos... quizás de haberlo visto yo también hubiera intentado hacerle desistir en su intento. Me alegro de no haberlo hecho, al menos una vez he disfrutado de las vistas de una maravillosa ciudad iluminada en la mejor compañía que se podía pedir para tan especial momento.
Por eso, y por las posibles consecuencias de aquel momento, que hoy cumple un mes, gracias.
Y más ahora que sé lo mucho que tú disfrutas viviendo aquí.
Me había llamado siempre la atención por lo solitario de su árbol, vigilante, tranquilo; aunque nunca imaginé la importancia que llegaría a tener en mi vida, y lo ligado que estaría a mi felicidad, directa o indirectamente.
Yo había subido antes una vez, una mañana dando un paseo con mi madre y una amiga. Realmente las vistas son increíbles, y recuerdo que pensé que de noche, con todo iluminado tenía que ser precioso. Y lo es. Merece la pena subir, al menos una vez, ya que una vez vivida la experiencia de haber subido en coche, recordándo como los nervios y la congoja se apoderaban de mi mientras el coche se inclinaba en la subida y yo pensaba que nos ibamos rodando hacia abajo, no sé si sería capaz de repetirlo. Era de noche, apenas se veía el camino por el que circulábamos... quizás de haberlo visto yo también hubiera intentado hacerle desistir en su intento. Me alegro de no haberlo hecho, al menos una vez he disfrutado de las vistas de una maravillosa ciudad iluminada en la mejor compañía que se podía pedir para tan especial momento.
Por eso, y por las posibles consecuencias de aquel momento, que hoy cumple un mes, gracias.





