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Textos e imágenes desordenadas
Acerca de
Un naufragio es, en principio, el inicio de un fracaso, yo propongo que el naufragio no sea más que el comienzo de algo nuevo
Sindicación
 
Historias de un inútil sentimental.

Todos lo hemos sido alguna vez, y lo que es mejor yo, en ciertas ocasiones, como en aquélla lo sigo siendo……

L: Por favor, me indicas el camino a tu corazón?
B. Cómo dices?
L: No te preocupes, si no recuerdas donde lo dejaste la última vez lo sigo buscando yo por mi cuenta.
B: Un poco cursi, no?
L: Venga, estoy seguro de que dentro de ese envoltorio tan atrayente hay una ventana abierta a tus sueños por la que se filtran virutas de tus ilusiones y miedos.
B: Cursi del todo….
L: Vale, sólo quería ofrecerte un abrazo para que cuando caiga el sol te acompañe entre la lluvia y el viento.
B: Y si me invitas a una copa….
L: No, tranquila, seguro que la soledad aún me guarda un hueco entre sus caderas….

Cierto, aquella noche dormimos juntos, pero tras salir de tu cama y coger ese autobús yo volvía a estar sólo y tú tardaste menos de un mes en volver con el hijo del embajador de Aznar en un país de Europa del Este y olvidaste todo lo que nunca te dije.
 
SUBIR, SUBIR, SUBIR….

Una vez vi una peli sobre un hombre condenado a caer
que no cesaba de esforzarse en subir.

A primera vista resultaba un tanto patético,
todo el que miraba la oscuridad de aquella sala
sabía que subía para caer sin remedio posible.

Tras más de una hora de película y cuatro de sus caídas
empecé a comprender cosas desde mi fila solitaria:
aquel hombre tenía un destino,
no supe bien si subir o caer.

Pero lo cierto es que cada vez que volvía a intentarlo,
se llevaba algo valioso consigo para el descenso y los posteriores intentos,
primero una sonrisa maledicente,
luego unos ojos de hurón asustado,
unas mejillas ilusionadas
y, en la última y más larga de sus caídas, un manojo de promesas verdaderas.

Cuando aquel hombre inició su quinta ascensión,
vi en su gesto un rasgo de resignación: subir para caer,
pero en cuanto tensó la cordada comprendí que empezaba a disfrutar.

Aquella subida, la última para mí, fue diferente,
parecía concentrado en evitar errores pasados,
en controlar sus acciones para poder coronar la cumbre.

Fuera las cosas no le ayudaban:
enfermedades, amagos de traición, palabras venenosas,
todo hacía indicar una caída dura,
cuando me percaté de que, independientemente del resultado, subir es sufrir,
decidí salir del cine y refugiarme de tanta profundidad en una oreja amiga.
 
Ella y Dios

El día en que fui infiel a la primera mujer a la que quise de verdad comprendí, por fin, que dios no podía existir. Es curioso, siempre he pensado que la fidelidad es algo enormemente sobrevalorado, sobre todo por las mujeres. No, no lo digo por lo que ellas suelen pensar. Estoy convencido de que en una pareja hay cosas mucho más dolorosas e importantes que la infidelidad.
No lo hice por falta de amor, amaba a esa mujer. Siempre pensé que fue una pequeña venganza, tú me robas la ilusión y yo….
Pero hoy creo que tampoco, simplemente la necesitaba y ella, una vez más, no estaba. No trato de justificarme, no creo que lo necesite. Lo cierto es que nunca pensé que fuera a ser infiel y mucho menos contra ella. No me sentí culpable, y eso me arrojó contra la verdad: dios no podía existir.
 
Una buena mano.

Ana tiene uno de los oficios que más detesto, pero a veces le sirve para escribr cosas como estas. GRACIAS.+

" Dicen que lo peor ya pasó. que no tenemos porque preocuparnos. que pronto volverán nuestros hijos y maridos. que unos señores se reunieron en un país lejano y decidieron que ya no somos un pueblo peligroso. Ya ve, gente que no sabe leer ni escribir y fuimos capaces de atemorizar a países que buscan vida en Marte. Queda lejos Marte, verdad?. Nunca entendí muy bien la razón de buscar algo tan lejos, seguro que tienen cosas más importantes que encontrar en su propio planeta. Porque este es su planeta, no es el nuestro, nuestro pedazo es algo temporal, sabemos que nos lo quitarán cuando lo necesiten, cuando sus hijos no tengan terreno donde construir sus hipotecas o cuando tengan nuevas armas que probar. Las armas siempre tiene la razón. El problema surge cuando uno se olvida de que la razón es un poco puta y que el día que le duele la cabeza te tienes que apañar con la fuerza que, vale, es un sucedáneo, pero que para cuando te das cuenta de ello ya estás de sangre hasta las rodillas y entonces ya no hay quien dé media vuelta.

Aunque usted no lo crea eso también pasó en mi país, unos pocos decidieron que era hora de sacar de la cama a la violencia, que vestida con las ropas más atrevidas de la religión salió a engatusar a nuestros jóvenes. Es cierto que nada se arregla con ello, pero cuando uno no tiene vida lo único con lo que puede hacerse escuchar es con su propia muerte. No, no los justifico, pegar un mordisco a un caníbal nunca sirve para calmar el hambre. Y el hambre mata, eso ya lo sabe usted. No es algo rápido como, por ejemplo, un infarto, pero con el tiempo es letal: nadie que haya pasado hambre de verdad duda que morirá.

En cambio en su mundo todos se creen inmortales, piensan que el tiempo se detendrá un día y les dirá: adelante, ser felices. Es lo que pasa cuando uno tiene buenas cartas, desprecia las de los demás. Es entonces cuando la partida empieza a acabarse. El resto son formalidades."
 
Días de cristal.

Recuerdo los días en blanco,
y al chico de cristal gritando a mis ojos
que no sabía cómo vivir.
A veces yo le tarareaba “el truco es seguir respirando”
y las cuerdas de su guitarra tocaban “basura”.

Dicen que perder lo que no has tenido duele el doble,
Otto nació entre olvidados,
nunca tuvo nada y se paseaba “knock out”
siempre como recién salido del rincón eléctrico del hombre de pelo blanco.

Un día la mancha blanca se extendió por sus zonas oscuras
y todos supimos que sólo quedaba esperar,
como los castillos de arena que sueñan con esa ola,
la que les devuelva al vientre de la playa.

Dos años son mucho más que 730 días,
sólo con los gritos de los ausentes
soy capaz de juntar más de tres mil noches de pedazos rotos.
 
De esperanza no tenía más que el nombre.



Nacer en un país eminentemente católico tiene sus ventajas, te venden tus deseos por el precio de una oración. Desconozco el nombre del santo de la foto, pero si me obligaran a decir uno sin duda diría San Francisco que es de los pocos, con Santo Domingo, al que le tengo cierto cariño. Admito que tener cariño a un santo es algo decididamente absurdo, pero si uno ha visto la obra de Fo sobre el santo de Asís o todavía sueña con la existencia de ciertas playas del caribe se deben admitir también excepciones a esa regla. En fin, que me gustaría que fuera San Francesco (juglare de dio) pero no apostaría un padrenuestro por ello.

Aún desconociendo el nombre del santo, y mucho más de lo que hizo para alcanzar dicha condición, lo curioso de este santo es que, sea quién sea, la gente que visita la basílica del Trastevere tiene la costumbre (bienintencionada) de dejar un papelito alrededor de la imagen con uno o, en el caso de los más compulsivos, varios de sus deseos. Dada mi (incorruptible) naturaleza fisgona, la visita a esta iglesia, que hacía la número 40 en diez días por medio Italia, se centró en tratar de vislumbrar qué es lo que pedía toda esta gente a ese santo (para mí) desconocido.

De la lectura (maldisimulada) de alguno de los desideratum de la foto obtuve las siguientes conclusiones:

1) Que, estadísticamente, los castellano- escribientes somos los más necesitados,
2) Que la estupidez es patrimonio exclusivo del ser humano, así lo confirma el acto de haber dejado un kleenex recién usado a los pies de una imagen (por mucho que se desconozca su identidad o esté rodeada de múltiples papelitos),
3) que el japonés supera ampliamente mi (escasa) capacidad imaginativa
y 4) que debí haberme apostado ese padrenuestro.

La lectura de parte de los deseos me hizo recordar un tiempo en el que yo también pedía cosas. Cierto que no solía escribirlas (craso error, pues con los años he comprendido que no soy capaz de entender determinadas cosas hasta que las escribo), pero sí recuerdo que rezaba. Primero, de muy crío, de noche, antes (o a la vez) de dormir; costumbre que duró hasta que leí a un escritor francés que afirmaba que la esperanza es un buen desayuno pero una pésima cena. Desde entonces, y guiado por una primaveral vena racionalista, empecé a rezar por las mañanas. Fuera de día o de noche lo cierto es que rezar siempre me pareció algo próximo al chantaje, emocional, pero chantaje al fin y al cabo. Me imagino que en aquel tiempo mis oraciones no diferían de las de cualquier niño en su primera adolescencia: que mi equipo gane el domingo, que la chica más altiva de la clase me haga caso… en fin, derrotas anticipadas que intentaba esquivar hasta que comprobé que, a menudo, mis deseos y mis oraciones tomaban caminos divergentes.

Quiero a gente que, en temas religiosos, va desde el beatismo más indecoroso hasta la cuasi- herejía más insospechada; yo soy más comodón: cada día estoy a un lado de esa balanza. Aún así, durante los últimos días he disfrutado de un mismo ritual: 1) Olvidar mis antiguos prejuicios contra algunos hombres de negro que, durante siglos, han y siguen intentando (con éxito manifiesto) convertir los miedos de la gente en la única multinacional eterna, 2) Entrar en cada una de las “chiesas”, 3) Subir el volumen de mis auriculares, 4) Sentarme y mirar alrededor sin pensar en nada (algo en lo que cada día soy mejor), y 5) escuchar en paz los ecos de la esperanza acumulada que durante siglos ha sobrevolado las cabezas de los arrodillados en la madera.

Y en eso estaba mi última mañana en Roma cuando Calamaro y San Francisco (lástima de padrenuestro) cortocircuitaron en algún rincón escondido de mis entrañas.


 
Lapsus calami
Siempre he pensado que los errores dicen mucho más que los aciertos...

“La tripulación del buque tragado por las olas estaba formaba por veinticinco hombres, que dejaron centenares de viudas condenadas a la miseria” Dramas marítimos, Gaston Leroux

“¡Vámonos!, dijo Meter buscando su sombrero para enjugarse las lágrimas”. Lourdes. Zola

“Con las manos cruzadas sobre la espalda paseábase Enrique por el jardín, leyendo la novela de su amigo” El día fatal, Rosny.

“Con un ojo leía, con el otro escribía” A orillas del Rhin, Auback

“El cadáver esperaba, silencioso, la autopsia”.El favorito de la suerte. Octavio Feuillet.

“Empiezo a ver mal, dijo la pobre ciega” Beatriz, Balzac

“Tenía la mano fría como la de una serpiente” Ponson du Terrail

“El cadáver miraba con reproche a los que le rodeaban”

“En las cercanías de la ciudad hubo rebaños enteros de osos que andaban siempre solos”

“Excursiones de dos o tres días eran para ellos cosa diaria”


Recogidos por R. Bolaño en un inabarcable 2666.
 
Amén.
Y el Hijo del Padre dijo: "ganarás el pan con el sudor de tu frente"



quizás ha llegado el momento de empezar a pasar hambre....

 
La ciudad desde mi espejo

En la esquina de mi calle hace días que alguien ha dejado abandonado un espejo. No es un espejo especialmente bonito pero su inclinación hace que todos los que pasan por ese lado de la acera no puedan evitar una mirada mal disimulada con la que chequean su apariencia diaria. Yo por mi parte intento no caer en la tentación de ver mi imagen duplicada y la engaño cada mañana fumando un cigarro en la esquina opuesta. Desde ella y antes de arrancar hacia el trabajo, me entretengo buscando a los diferentes dueños de los reflejos que envía el cristal hacia mi retina. Durante los últimos días me he dado cuenta de que unas veces el espejo desprende el reflejo de las heridas recientes de la gente que se mira en él y otras, las menos, el espejo parece proyectar los sueños por cumplir de algunos afortunados. Es como si dependiendo del brillo del emisor, el espejo devolviera verdades y mentiras a su antojo. Así que últimamente mi primer cigarro es cada vez más largo y mientras se va consumiendo no dejo de preguntarme si la sucesión de espaldas, penumbras, caminos embarrados y días de noria, son la parte cóncava o convexa de los que, por unos instantes, caminan por la acera. A veces no me puedo reprimir y trato de preguntar a la gente por sus reflejos, pero cuando el tráfico de mi esquina no me lo impide, son ellos mismos los que parecen querer evitarme y así olvidar ese reflejo inoportuno cuyo significado ignoro. Ayer entendí que la única forma de conocer el funcionamiento del espejo era mirándolo de frente. Así que apagué el cigarro y me dirigí firme hacia la acera de enfrente. En los escasos pasos que me separaban del espejo no pude evitar pensar en qué reflejo que me lanzaría, iba sopesando las dos opciones cuando, ya en su zona de influencia, un hombre mayor se cruzó entre el cristal y yo. Por más que traté de disociar las dos imágenes que arrojó el espejo fui incapaz de comprender si aquel rincón oscuro fue donde desencarriló su pasado, si esa playa con sombras de luna será la que alegre mi memoria o si todo lo contrario. Esta mañana, antes del café que consigue separarme de la noche he tratado de aclarar el entuerto, pero en la acera sólo he encontrado unos cristales rotos que aún reflejaban pequeños pedazos de otras vidas hacia el cielo hipnótico de esta ciudad de otoño.

 
Música para las fieras.

Al sur de mi corazón comienzan los problemas,
mis caderas no se hablan con mis pies,
ellas sufren cuando empieza la música
porque, afirman, ellos no consiguen que mis zapatos sigan el ritmo.

Las cosas no van mejor por el oeste,
mi mano derecha hace tiempo que desconfía de mi boca,
fruto de ello soy incapaz de acariciar tu costado cuando te beso.

Mis ojos quieren independizarse de mi nariz,
al principio pensé que era un problema de vecindad,
pero no, ellos no aguantan que cuando te miro fijamente a los ojos
ella se arrugue en un gesto que emborrona la mejor de mis miradas.

Mi huesos se sienten enjaulados,
envidian el viento de mis rizos,
y entre crujidos murmuran que las primeras canas castigan su insolencia.

Mi espalda y mi nuca no hablan el mismo idioma,
y todo lo paga el cuello que sufre agujetas todas las noches.

Mis lágrimas hace tiempo que buscan otro pecho en el que aterrizar,
uno que las acune liso y firme,
que no se sienta avergonzado cuando lo visitan nocturnas y cansadas.

Mi sexo critica a mi imaginación,
no soporta cuando ésta lo relega a un segundo plano,
cuando embosco a la pasión o tardo una semana en bajar de una nube.

Mis venas todavía no han olvidado aquella época
en que mi brazo izquierdo se divertía agujereándolas,
buscando su principio y su fin,
su cabo y su rabo.

Mis oídos defienden que mi boca sólo se abre para crear problemas,
que el silencio no se trueca por unas palabras imperfectas
que se olvidarán con el viento.

Mis dedos, huérfanos de arena y salitre, viven la situación con resignación,
no saben a quien obedecer,
y hace días que vagan solitarios en el espacio que queda entre las teclas,
tratando de recordar una ansiada melodía,
esa que lleve la armonía a este montículo de órganos resacosos tras las noches de descanso.
 
PONTE DE ULLA


El día en que G me hizo esta foto yo aún creía en Dios
y por Ribadulla sólo cruzaban tres puentes.
Nos dirigíamos a la boca del lobo sí, pero con los brazos bien abiertos
e intentando olvidar que aquel tren se desemperezaba en su cueva.

En nuestro camino hacia el túnel encontré gente en la creer,
gente que pintaba colores en sonrisas ajenas,
gente que desde el fracaso de su bata blanca
trataba que el alma de sus enfermos desapareciera invicta,
algunos que escucharon antes a mis ojos que a su cuenta corriente,
y alguien que aún llora cuando bajo la cabeza.
Verdad que son pocos, pero la búsqueda continua.

La mañana que llegó el tren lo esperábamos juntos,
tras el paso asíncrono de su último eje
escuché el “gracias” más bonito de mi vida
y la lluvia compartida acalló el eco de su estela de vapor.
Aunque dicen que el que resiste vence
a veces hay una visión que no puedo apartar de mi mente:
ésa de un ingenuo que se repite “por ahora todo va bien”
mientras la gravedad le acerca vertiginosa al suelo.


Las fotografías tienen cualidades ocultas,
hoy esta me susurró que buscar el equilibrio no sirve de nada si no sabes caer.



 
La cesta de la compra.

Primero perdí los limones, no sé porqué pero siempre los he asociado con la familia, desde crío he creído que los limones son mi fruta preferida pero lo cierto es que sólo los uso cuando lo exige el alimento preciso. Mucha gente no puede vivir sin este cítrico: una vez vi como una amiga aderezaba un bistec con un limón verde y algo seco y no pude sino pensar en que hacía demasiado que no hablaba con mi madre.

Cuando todavía no me había percatado de lo de los limones noté como los dos botes de atún que compro todas las semanas iban saliendo cuidadosamente de la bolsa. Esta vez sí me di cuenta pero no me afligí. Al fin y al cabo el trabajo es algo que nunca debería suponer más que una mala excusa con la acallar la conciencia. Sin familia y sin trabajo empezó a llover.

Entonces intenté mantener la calma, pensé que en el fondo el atún nunca fue verdaderamente importante para mi dieta y que en la nevera siempre guardaba un par de limones para las emergencias. Además, en mi bolsa todavía quedaba lo justo para cenar: unos tomates (el amor), unas cervezas (el dinero) y una cebolla (mis amigos).

Ensimismado en las gotas de lluvia que caían desde las hojas del árbol que me cobijaba perdí las seis cervezas que compro todos los miércoles. Aunque no las necesite, es una manía compulsiva, ya puedo tener latas y latas en la nevera que ese ansia que todos llevamos dentro me obliga a renunciar a zumos y otras bebidas que seguro resultan más sanas.

Sin dinero pensé en todos los que no pueden hacer una compra tan variada como la que vengo haciendo yo desde hace años y en sus contrarios, aquellos que en vez de comprar cada semana los mismos seis o siete artículos pueden permitirse comprar cada día cosas diferentes en diferentes establecimientos. En fin, mi bolsa cada vez era más ligera. Fue entonces cuando perdí a mis amigos, sí, dicen que las cebollas te hacen llorar pero no es cierto: lloras si las cortas, si las deshaces y sobre todo cuando usas sus rodajas sólo para cocinar alimentos que no compartes con otros. Las cebollas, nos ha jodido, no tienen ninguna vocación de servir únicamente para satisfacerte a ti y a tus necesidades.

La cena se me había complicado seriamente, iluso de mí pensaba que aún me quedaban esos tomates de rama, sí, esos que aunque resultan algo sosos sin condimentar seguro que aportan todos los nutrientes necesarios. Eso es, el amor sería mi salvación, me permitiría aguantar hasta que la mañana siguiente pudiera visitar la tienda de comestibles de la esquina.

Pero no, cuando el sol se ponía definitivamente una gota de lluvia cayó en mi bolsa y me percaté de que estaba totalmente vacía. Durante un instante caí en la desesperación, sólo me quedaba una bolsa de la compra vacías (las palabras). Desde entonces las uso de paraguas hasta que pueda reunir fuerzas y salir a por nuevos alimentos.
 
Es lo que hay.


Hay silencios y mentiras,
Hay gritos y tangos que derrotan,
Hay naufragios y ausencias,
Hay malentendidos y conflictos,
Hay guerra, bombas y siempre alguien en contra,
Hay almohadas solitarias y amnésicas,
Hay jeringuillas y cánceres acechando,
Hay agobios sin ironía
….
Y un día vas y te mueres
Y dicen que queda el amor… es lo que hay.
 
Algo en que creer.
Una vez soñé que tenía un perro que adoraba las pelis de Truffaut, suena pretencioso pero yo no elijo lo que sueño y mucho menos los gustos cinéfilos de Trotski. Sí, ése era su nombre, sin duda algo desafortunado para un pastor alemán nacido en plena España de los noventa. Yo, por mi parte, nunca dudé de las mujeres que te empapan con una mirada, ni siquiera cuando intuí que se trataba de una mera proyección de mi subconsciente destructivo. A M la conocí rodeados de jardines, jardines llenos de lluvia como decía Van Morrison en una de sus canciones. A veces la lluvia es sinónimo de ausencia, pero también de algo que desde dentro te invita a no desesperar, algo parecido a la fe pero sin nada en que creer. Yo andaba mareado por la luz de las estrellas, ella parecía perdida, como una cría recién despertada de una horrible pesadilla. Un día todo se volvió algo insoportable y entonces soñé con Trotski a mi lado jugando con Jules et Jim.....
 
La vida como coartada

Las cuatro de la mañana,
tú con otro,
yo con otra ,
y la lluvia en la ventana.