Reflexiones sobre el recuerdo y/o el olvido
I
¿Cuántas cosas hemos vivido, que luego hemos olvidado? ¿Para qué sirve vivir algo (un hecho, una sensación, un sentimiento...) que después no recordaremos? ¿Merecen la pena esos hechos, esas sensaciones, esos sentimientos olvidados? ¿No tienen ningún valor? ¿O, en cambio, en ellos reside la esencia de nuestra existencia?
II
Conversaciones, viajes, cuerpos, chistes, calles, sabores, películas, “polvos”, descubrimientos, frases, caras, mentiras, pesadillas, nombres, secretos, dolores, asignaturas, miradas, reflexiones, fechas, obras de arte, besos, promesas... Cientos y cientos (quizás miles o millones) de realidades que han formado parte de nuestra vida y que, irremediablemente, se pierden en la impenetrable oscuridad del olvido.
III
¿Cuántas cosas inolvidables hemos acabado olvidando?
IV
¿Por qué hay tanto tiempo olvidado en nuestra vida? ¿Son los recuerdos la única parte de nuestra vida que se puede considerar realmente vivida? Si es así, ¿cuánto tiempo “vivimos” las personas? ¿Cuánto es tiempo “perdido”?
V
M. Kundera, en su libro “La Ignorancia”, apunta: “El dato fundamental es la relación numérica entre el tiempo de la vida vivida y el tiempo de la vida almacenada en la memoria. (...) Puedo suponer que, sin gran probabilidad de error, la memoria se limite a conservar una millonésima, una mil millonésima, en definitiva, un infinitésima pequeña parte de nuestra vida vivida.”
VI
¿Por qué se olvidan las cosas? ¿Por qué existe el olvido? ¿Por falta de espacio? ¿Por falta de atención? ¿Por falta de entrenamiento? ¿Por lógica? ¿Por error? ¿Por rutina? ¿Por hacer más soportable la rutina? ¿Por aburrimiento? ¿Por dejar espacio a la sorpresa? ¿Para no perder la esperanza? ¿Para seguir deseando?
VII
Ernesto Sábato escribe en “El Túnel”: “La frase todo tiempo pasado fue mejor no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente- la gente las echa en el olvido.”
VIII
Muchas preguntas abiertas y sólo una certeza: el olvido existe. Aceptando esta verdad irrevocable, ¿hasta que punto vivir consiste en olvidar? ¿El ser humano vive en un presente que no tendrá futuro, sino un pasado parcial, incierto, a veces oscuro, casi siempre vacío? ¿Sólo hay presente, el ahora? ¿El pasado olvidado carece de sentido?
IX
Quizás en esta última incertidumbre (¿el pasado olvidado carece de sentido?) reside mi necesidad de escribir: para dar sentido, inmortalizándola con la palabra sobre un papel, a alguna parte de mi vida, aunque sea, en proporción, inmensamente pequeña. Escribir para dar a la existencia un significado, un peso, un valor, una seguridad, una razón de ser. Escribir para que vivir no sea una absoluta y angustiosa pérdida de memoria.
X
Hace unos meses escribí un poema que, de forma inconsciente, emocionalmente, respondía a esta incertidumbre que ya empezaba a palpitar en mi cabeza:
“Porque vivir es sentir,
escribo
para recordar que he sentido
para no olvidar que he vivido.”
XI
Hoy es miércoles. ¿Qué pasó ayer, un martes cualquiera, un día normal y rutinario? Logro recordar a grandes rasgos dónde estuve, con quién me encontré, qué hice. Pero si intento recordar qué dije a esa persona, a qué hora entré en ese lugar, cómo hice aquello... necesito hacer un gran esfuerzo para, en el mejor de los casos, recordarlo perfectamente. Si intento recordar qué pasó el martes de la semana pasada, otro martes cualquiera, otro día normal y rutinario, hace apenas ocho días, el esfuerzo que debo realizar es mucho mayor; y el resultado, mucho más decepcionante. ¿Y el martes de hace un mes? No logro recordar nada, excepto una realidad maquillada (o inventada) con borrosas pinceladas de vida.
XII
Es angustioso el hecho de vivir tanto, para después recordar tan poco.





