Novatadas con el motorino
Despuès de un mes con la moto ya he pasado por las 4 “novatadas” bàsicas de todo principiante:
1. Me ha parado la “polizia d’estrade” y me ha puesto una multa. Eso sì, no habìa cometido ninguna infracciòn y la multa fue por la sencilla razòn de no llevar los papeles de la moto. La culpa no fue mìa, sino de los propietarios del hotel por olvidarse de semejante detalle. Muy italiano. Por supuesto, ellos se encargaron de pagar los 60 euros de multa.
2. He hecho el “cani” con el motorino yendo con tres personas al mismo tiempo. La sensaciòn de impunidad de Siena por la noche da pie a este tipo de cosas. Esta es una ciudad tan tranquila que se permite el lujo de dar descanso nocturno a sus agentes de la ley. Y la gente, como es lògico, tan contenta.
3. Me he caìdo de la moto. Era primera hora de la mananha, con la tostada aùn en la cabeza, y no conseguìa arrancarla. Yo iba con prisa porque llegaba tarde al trabajo. En esto que el motor se enciende de repente y yo hacìa siglos que habìa dejado de apretar el freno. Resultado: la moto que sale como un caballo salvaje, no consigo controlarla y acabamos ella y yo comiendo suelo. Yo sòlo me hice una fea herida en la rodilla, pero ella acabò con rasgunhos por todos lados (nada que no pueda disimular un buen bote de spray) y con el cuenta-kilòmetros que ha dejado de contar. Dìas despuès una mujer encargada de la limpieza urbana me preguntò que tàl me encontraba. La caìda fue intrascendente, pero no pasò inadvertida en la vecindad.
4. He llorado encima de la moto.
Por tanto, ya puedo considerarme “bautizado” y lanzarme a las carreteras con los galones de nuevo veterano. Tendrè que tener cuidado porque puede que las bromas ya se hayan terminado.
Porta Camollia

Esta es la puerta que atravieso a diario para entrar en Siena.
Sobre su arco hay una inscripciòn en latìn, COR MAGIS TIBI SENA PANDIT, que significa:
Siena te abre un corazòn que es màs grande que esta puerta.
Asì da gusto entrar en la ciudad.
Vico Alto
En los 3 meses que llevo en Italia he realizado tres trabajos: camarero de comedor de hotel, botones y recepcionista. Sin lugar a dudas, estoy metiendo cabeza en el mundo de la hosteleria de Siena. Trabajos de rutinas simples y mecànicas, que se realizan casi sin pensar y que no dan muchas màs satisfacciones que el mero abultamiento de tus bolsillos. Autènticos “curros”. Pero, como siempre, en ellos me encuentro con personas de lo màs variapintas y que le dan algo de encanto a mis horas de trabajo. Asì pasò en “Vico Alto”, el hotel donde hacìa de camarero.
En la cocina de “Vico Alto” trabajaba una mujer hindù de avanzada edad que no hablaba italiano. Ella decìa que “parlo inglese”, pero cada manhana cuando le preguntaba “How are you?” solamente obtenìa su silencio por respuesta. Su larga trenza negra, tenhida de alguna cana, su piel morena que parecìa fruto de una sobredosis de solarium y su mancha en el centro de la frente no dejaban ninguna duda de su procedencia, aunque nunca me lo hubiera dicho. Tampoco me dijo nunca su nombre, pero esto es màs difìcil deducirlo por su aspecto fìsico. Ella se dedicaba a fregar los platos, los cubiertos y las tazas que los camareros recogìamos del comedor, labor que realizaba con constancia, serenidad y sin despegar los labios excepto cuando tarareaba alguna extranha canciòn. Bajo su uniforme de trabajo siempre vestìa un pantalòn de chandal azul celeste y zapatillas de deporte que, junto a varios pendientes infantiles con forma de estrella y luna y sus ojos grandes y brillantes, le daban aspecto de quinceanhera con patas de gallo. Ninha que ha envejecido demasiado ràpido o mujer con alma de chiquilla.
El primer dìa yo me preguntè còmo hacìa una mujer incapaz de comunicarse para conseguir un trabajo. Luego conocì a su marido que tambièn trabajaba en el hotel, pero de recepcionista. Por supuesto, tambièn era hindù (yo nunca he visto una mujer hindù casada con un hombre de otra raza). Y èl sì hablaba italiano, aunque no mucho mejor que yo.
En la misma cocina, a la hora del almuerzo, trabajaba un cocinero italiano. Su pelo blanco era brillante y grasiento, como la campana de humo que habìa encima de sus hornillos. Un cabello largo que se peinaba hacia atràs para disimular una calvicie propia de su edad. Era una persona que trasmitìa elegancia con el mandil de cocinero atado a la cintura y una sartèn en la mano. Pero era una elegancia muy particular, que podrìa definir como provincial. Siempre estaba fumando, encièndose los cigarros con la colilla del anterior. Era como si el cartel de “Vietato fumare” que habìa en el muro de la cocina tuviera una claùsula especial que le excluìa a èl. Sin duda una ley no escrita que habìa adquirido gracias a su veteranìa. Su labio inferior, gordo y flàcido, le daba aspecto de viejo sabueso. Estaba hinchado y caìdo, seguramente como resultado de llevar tantos anhos (tantas decadas) soportando el peso de un cigarro.
Anna, que trabajaba conmigo en el comedor recogiendo y colocando platos, cubiertos y vasos (que luego otros camareros tendrìan que volver a recoger y colocar en un diario y angustioso proceso cìclico), tambièn fumaba en la cocina. Aunque Anna, a diferencia del cocinero, lo hacìa cuando no habìa nadie y en un rincòn que no cubrìa una càmara de seguridad (o vigilancia) que habìa en ella. Los primeros dìas Anna fumaba solamente en el cuarto de banho. Lo hacìa a escondidas, devorando el cigarro en cuatro caladas. Antes de salir del cuarto de banho siempre tiraba de la cadena. Al principio se resistìa a confiarme este pequenho secreto, pero desde el primer dìa le delatò el inconfundible olor de su aliento a cigarro a primera hora de la manhana. Anna tenìa 24 anhos, era del sur de Italia, presumìa de descendencia griega (a pesar de nunca haber estado allì) y le quedaban pocos meses para acabar la carrera de Biologìa. Le gustaba el flamenco y los espanholes. Un dìa, en el cuarto de banho que tambièn hacìa las funciones de vestuario, me pidiò que le abrocharà una tira suelta de su sujetador rojo. En mi ùltimo dìa en el hotel quedamos en tomarnos un cafè (o una cerveza) que pronto acabarà unièndose a la interminable lista de asuntos que han quedado, para siempre, pendientes.
Ci sentiamo!!
Navegando por La Toscana
Abril se despidiò con nubes grises y agua. Mayo se ha presentado en sociedad nevando. Nieve que flota en el aire, cayendo y subiendo, para luego atrincherarse en los màrgenes de la carretera. Nieve de algodòn que la gente, ignorante, llama polèn.
Esta manhana hacìa de nuevo sol y he salido de casa con dos cascos, he recogido a una amiga y nos hemos ido a navegar por La Toscana. Nunca habìa visto, si mi mala memoria me permite utilizar el tèrmino “nunca”, un paraje natural tan espectacular y, al mismo tiempo, tan humilde. Belleza de andar por casa que tan bien retratada sale en las postales que todos compartimos en el archivo visual colectivo.
La Toscana es un paisaje de suaves y ondulantes colinas que el tiempo ha moldeado con caprichosa elegancia. Un inmenso mar verde de olas sin espuma, donde los desperdigados caserones de piedra son diminutas islas en las que no hay palmeras, sino cipreses.
Durante horas hemos recorrido carreteras solitarias, con el casco entre las piernas, el cuello torcido y empachados de aire fresco. Carreteras que perfilaban las colinas, en un continuo subir y bajar de montanha rusa para todos los pùblicos, haciendo trabajar, para luego relajarse, al motorino.
Un “giro” que tambièn ha tenido su anècdota divertida cuando nos hemos quedado sin gasolina a pocos metros de Radi, un pueblo perdido en medio del campo con una sola calle (que decidieron llamar, muy sabiamente, Radi). Por suerte allì encontramos una “osteria” donde unos campechanos obreros, los ùnicos que habìa en su comedor, se ofrecieron a llevarnos a Monteroni d’Arbia, un pueblo con gasolinera a 4km de distancia. El màs viejo de ellos, que se sentò atràs con nosotros, no paraba de hablar a pesar de que no le entendìamos nada. Una vez en la gasolinera uno que era griego se encargò de sujetar la botella que estàbamos llenando de gasolina mientras mantenìa un cigarro encendido en la otra. No conforme con este riesgo innecesario, le daba una calada de vez en cuando. Pa’habernos matado. Y al volante estaba el tercero en discordia, un albanes que callaba y sonreìa. Al final decidieron llegar tarde a la obra para llevarnos de vuelta a Radi, donde habìamos dejado el motorino. Unos hombres muy peculiares y amables que nos sacaron de un buen aprieto.
Ci sentiamo!
Una democracia "màs democràtica"
Nicolas Sarkozy ha ganado las elecciones generales en Francia. Es decir, la derecha se ha impuesto a la izquierda. O, como ha declarado Silvio Berlusconi con su habitual visiòn sensacionalista y partidista de la realidad: “la derrota de Segolene Royal prueba que los europeos ya consideran agotada la capacidad de gobernar de la izquierda”. Deberìa hacer un archivo con las mejores declaraciones de este “personaje” polìtico. El otro dìa vi una baraja de cartas que habìa repartido su partido como parte de alguna campanha electoral. Parecìa una broma barata realizada por su peor enemigo. Mira, hoy tengo ganas de hablar de la polìtica italiana.
Una de los primeros detalles que me sorprendieron al llegar a Italia fueron las pàginas de informaciòn polìtica de los periòdicos. En ellas aparecìan diàriamente un sin fin de nombres de dirigentes y de partidos polìticos dando su opiniòn sobre los diferentes temas de actualidad. Me resultaba casi imposible ubicar en ese inmenso “gazpacho nominativo” quièn era quièn y què papel jugaba en el panorama polìtico del paìs. Conceptos tan bàsicos como saber què partidos formaban parte del gobierno y cuàles estaban en la oposiciòn me costaba un verdadero quebradero de cabeza (tarea dificultada por la facilidad con la que formaciones aliadas se lanzaban feroces crìticas, tiràndose casas enteras contra su proprio tejado). Con el paso del tiempo y la ayuda de internet, conseguì poner a cada persona y a cada partido en su sitio. Pero, a pesar de tener ya cada pieza colocada en su sitio, el rompecabezas de la polìtica italiana se me presentò casi màs confuso y complejo que al principio. Desde cuàndo, siempre a mi humilde entender, pueden formar alianza un partido liberal y democristiano (por muy centrista que sea) y un partido comunista de la vieja escuela. En la polìtica italiana el fin justifica los medios y cualquier combinaciòn es posible para conseguir el poder (o no dejàrselo a Berlusconi, fin que justifica aùn màs los medios).
Vasos con agua y aceite aparte, la polìtica italiana puede presumir de ser mucho “màs democràtica” que, por ejemplo, democracias como la espanhola. Què quiero decir con tan atrevida afirmaciòn? El inmenso “gazpacho nominativo” que aparece en las pàginas de los diarios italianos no es màs que el reflejo de un amplìsimo abànico de partidos que defienden todos y cada uno de los niveles ideològicos que hay entre la izquierda y la derecha. Todos forman parte de la opiniòn pùblica. Liberales, socialistas, democristianos, progresistas, nacionalistas, comunistas, centristas, ecologistas, conservadores… Todos tienen voz. Por tanto, una sociedad compleja, heterogènea y multicultural como la italiana puede sentirse realmente representada en su panorama polìtico. En cambio, en Espanha vivimos anclados en un bipartidismo (a la americana?) que infrarrepresenta a los ciudadanos y que, al no existir verdaderas alternativas que reflejen su realidad social (compleja, heterogènea y multicultural), provoca el desarraigo polìtico y desvaloriza el derecho al voto. El bipartidismo acerca la polìtica a conceptos demasiado mercantilistas. Por tanto, el pluripartidismo italiano es la consecuencia lògica de una democracia “màs democràtica”.
Pero el sistema polìtico de Italia, si bien màs atractivo para los votantes y màs idealista teòricamente hablando, sufre un mal endèmico: su incapacidad para formar gobiernos estables. Es decir, su sistema no es funcional. Un dato escalofriante: el actual Gobierno, encabezado por Romano Prodi, es el nùmero 60 en los 61 anhos de Repùblica Italiana. Està claro que algo falla. El ùltimo ejemplo tuvo lugar hace un par de meses cuando Prodi dimitiò, para luego dar marcha atràs, tras una grave crisis de Gobierno. La causa directa fue la falta de consenso sobre el mantenimiento de las tropas italianas en Afghanistan entre los partidos gobernantes y, màs en concreto, por la negativa de los partidos comunistas que votaron en contra del acuerdo. Còmo va a ser viable un gobierno compuesto por tendencias ideològicas tan heterogèneas como irreconciliable? La democracia “màs democràtica” no sirve para hacer democracia?
Yo no sé la respuesta, pero parece que Prodi y los suyos sì, y ya se han puesto manos a la obra. Su gobierno ha iniciado una discutida reforma en el sistema electoral que favorecerà a las grandes formaciones polìticas y, por tanto, restarà poder a los grupos minoritarios. Las consecuencias no se han hecho esperar y hace un par de semanas Demòcratas de Izquierda, partido formado por ex integrantes del PCI, y La Margarita, formado por liberales de centro, se disolvieron para fusionarse bajo un nuevo nombre: Partido Demòcrata. El camino hacia la funcionalidad polìtica en Italia se ha iniciado y, lo que es lo mismo, hacia el reducionismo ideològico y las estrategias mercantilistas. Esperemos que sea para bien.
Ci sentiamo!
Monteriggioni
Hace un par de semanas me fui en moto a Monteriggioni, una aldea amurallada a menos de 20 kilometros de Siena. Las circunstancias invitaban a romper con la monotonía: el día era cálido y azul y, sobre todo, no tenía que trabajar. ¿La moto? Una scooter que me han dejado para uso personal en el hotel. Es la única ventaja de trabajar en horario de tarde-noche en un lugar abandonado por los medios de transporte públicos cuando empieza a oscurecer.
Antes de montarme en ésta, nunca había conducido una moto. “Perdona, pero es que hace tanto tiempo que no me monto en una que, bueno, no recuerdo cómo se pone en marcha.” “Claro, el freno delantero es el de la izquierda.” Me puse el casco, encendí el motor y llegué vivo (y muerto de frío) a casa. Conducir una moto es como montar en bici, pero sin hacer esfuerzo físico. Encender, acelerar, pulsar el intermitente y frenar. Desde aquel día han desaparecido las pocas distancias que había en Siena y dejé de vivir a las afueras.
Me gusta sentir como el frescor me golpea la cara y se cuela por todos los resquicios de mi ropa. No me gusta sentir a mi espalda un coche ansioso por adelantarme porque reaparecen en mi mente viejos fantasmas. Afortunadamente la carretera secundaria que comunica Siena y Monteriggioni no está muy frecuentada. Sintiéndome libre, me deje llevar por la moto, deslizándome con pastosa suavidad por sus continuas curvas. No había prisa y la carretera no era un trámite, sino la principal razón del viaje.
En moto las sensaciones son fugaces y prueban los reflejos de tus cinco sentidos. Los árboles me saludaban con su intermitente sombra. Quitamiedos de corteza y hojas. Durante el trayecto atravesé un pequeño bosque de espesa vegetación. Su olor a naturaleza húmeda y su condensado frescor me recordaba a Candelario, donde hace más de un año que no voy. Nunca había pasado tiempo sin estar en mi pueblo “político”.
Monteriggioni apareció sobrio e imponente en lo alto de una colina. Vieja muralla de piedra gris y robustas torres. Sobre ella, sobre la muralla, el horizonte se ensancha y el campo parece no tener límites. Dentro de ella, de la muralla, cuatro calles, más restaurantes que casas y una plaza.
Ya estaba atardeciendo cuando me senté en la terraza de la cafetería “Cerchia”, donde, además de servir café, venden productos típicos de la Toscana, tabaco, carretes de foto y helados. El sol brillaba, pero no se dejaba ver, estando más cerca de las montañas que del cielo. La terraza estaba tan abarrotadas de turistas como el resto de la aldea. De las mesas surgían conversaciones pausadas y suaves. Un constante susurro de diferentes lenguas (e idiomas). Sólo las esporádicas risas, a veces carcajadas, rompían la monotonía del aire. De fondo, se escuchaban los gemidos de un violín. Melodía triste y fatigosa. Y detrás del murmullo de los turistas y de las notas del violín, estando más cerca que lejos, el silencio.
Cuando las sombras ganaban a la luz la batalla por el suelo de la plaza, los turistas empezaron a abandonar Monteriggioni. Yo, asumiendo mi compromiso social dentro del rebaño, me uní a ellos. Y volví a Siena con el atardecer en el espejo retrovisor de la moto.





