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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Un día en una plaza (italiana)

La plaza está serena. La gente camina despacito. El sol es cálido y su brillo, egoísta. Suena el reloj: son las 12 de la mañana. Los pájaros recorren el cielo, brindando con el aire que el tiempo no se detiene y la vida sigue creciendo. Las palomas, los pájaros más pragmáticos y mundanos, se concentran alrededor de un banco donde un niño les invita a un festín de migas de pan y sonrisas.

Una muchacha ilumina la plaza con su jersey rosa. Sus cabellos se vierten sobre sus hombros en un torrente de castaños y dorados. Más generosa que vanidosa, camina regalando miradas cómplices a los que la observan.

Una pareja dibuja con sus brazos una “v” de victoria. Un hombre enchaquetado, que tiene prisa y sólo mira la hora, se tropieza con la pareja y les obliga a soltarse de la mano. El paso frenético del hombre desafía la tranquilidad de la plaza. Es una sombra fugaz que no se queda, que busca desaparecer, que no saluda ni disfruta. Nada de él ha quedado atrás en la plaza.

Un grupo de jóvenes desafía el azote del sol sentándose en medio de la plaza. Llaman la atención sin necesidad: sus cabellos rubios y su piel blanca son un incandescente punto de luz que daña a los ojos. Se descalzan mientras les quitan el envoltorio a sus hamburguesas y abren con los dientes los sobres de ketchup. Hablan chillando y ríen frenéticamente. Pero, curiosamente, este grupo de jóvenes no desentona ni molesta en la plaza. Más bien le da vida y color. Un muchacho se quita la camiseta y varias muchachas muestran su ombligo al sol. No lo entiendo: me parece mucho más estético el blanco que el rosa.

Llega la tarde y la plaza se empacha de vitalidad. Personas, en grupo o en solitario, invaden cada uno de sus rincones. Un rumor constante de conversaciones empalaga el aire. De repente se escuchan carcajadas seguidas de aplausos: un mimo entretiene tanto a niños como a padres. Melodías enlatadas que siempre se quedan a medias suenan en bolsos y bolsillos. Un camarero grita enojado a una gitana que se pasea entre las mesas de una terraza con un carrito de bebé. Le amenaza con llamar a la policía si la vuelve a ver, mientras ella se aleja con parsimoniosa chulería, como volverá hacer un par de horas después.

Dos hombres y una mujer conversan sosegadamente en una terraza. Ellos toman café con leche; ella, un vaso de agua. Uno de los hombres, un elegante cuarentón con el pelo engominado hacia atrás, no deja de hablar un segundo. El otro hombre y la mujer, cuya proximidad en la mesa los delata como pareja, escuchan y asienten mecánicamente sin participar en la conversación. Un perro blanco y de pelo rizado descansa a los pies de la mujer. Está aburrido y se le caen los párpados. Intenta jugar con una paloma, pero ésta huye al sentir su presencia. El perro vuelve desilusionado a los pies de la mujer, que sigue asentiendo las palabras del hombre engominado.

El sol empieza a ponerse por el oeste. Luces y sombras dividen la plaza: piedras y cristales teñidos de naranja y terrazas que empiezan a vaciarse. Una joven de pelo alborotado busca con su cámara fotográfica el encuandre que no desmerezca el color de la luz. El atardecer le ha obligado a utilizar medio carrete (o debería escribir media tarjeta de memoria, que será más probable, pero mucho menos romántico).

Con la llegada de la noche la plaza se emborracha. Cervezas, copas de vino y cubatas la inundan con su promesa de diversión. La plaza quiere apagar la luz de su mesilla de noche, pero es vano porque no consigue dormir por culpa del escándalo de conversaciones y risas que hay en la calle. Está harta y vieja: son ya muchos siglos trabajando a jornada continua. La plaza le cuenta sus lamentos a la luna, que le responde con una sonrisa burlona. Incluso tiene la sensación de que alguna estrella se está riendo de sus penurias. Al menos, dentro de poco, cerrarán el último bar y con un poco de suerte podrá dormir un poco antes de que los basureros la despierten para quitarle las legañas de la cara.
 
El Palio, la gran fiesta de Siena

El Palio, la centenaria carrera de caballos entre las contradas (barrios) de Siena, convertida en la gran fiesta de la ciudad, fue la inmejorable forma de despedirme de mi etapa como “erasmus de pastiche”. Un acontecimiento que los seneses viven con una irradiante pasión y con un escrupuloso respeto de sus tradiciones, convirtiendo su ciudad en más suya que nunca. Ahora el Palio se vuelve a celebrar, hay dos carreras al año, y yo quiero recordar lo que viví mis últimos días en Siena.

Una semana antes de la carrera, la ciudad ya se empieza a preparar para la carrera, luciendo sus mejores galas. Siena se impregna de los colores de cada contrada, que sus banderas ondean al viento. Sus calles, siempre invernales y melancólicas por las noches, se revitalizan con las lámparas que las contradas instalan en sus vías principales. Luz y color para una Siena vieja y nostálgica que rejuvenece, que recibe una inyección de vitalidad, que por unos días deja el ritmo empalagoso de pueblo y se acerca un poco más al concepto de ciudad. Los seneses hacen vida de calle y, con el siempre infalible apoyo de estudiantes y turistas, toman los principales puntos de esparcimiento: Via di Cittá, Banchi di Sopra, la Piazza del Duomo… Y, como no podía ser de otra forma, la convertida en hipódromo de quita-y-pon, Piazza del Campo.

Durante estos días los seneses presumen más que nunca de contrada. Por las calles la gente lleva al cuello el pañuelo con los colores de su bandera. Un San Fermín multicolor al que sólo le falta un encierro de “Osos Amorosos”. Las noches se reservan a hacer vida comunitaria con multitudinarias cenas en lugares representativos de cada contrada: L’Oca se reúne en la Piazzoleta di Fontebranda, La Tartuca en el Prato San Agostino, L’Istrice (yo vivía fuera de la muralla, pero ésta era la contrada más cercana a mi casa y, por tanto, “la mía”) en Porta Camollia… Interminables hileras de mesas cubiertas con manteles con los colores de la contrada y acompañadas de cientos de sillas de madera. Comida de comedor universitario en platos de plástico y sazonada con botellas de vino toscano. El Palio es la fiesta de Siena y los seneses lo celebran a lo grande.

La prensa local, atestiguando por escrito lo que se habla en la calle, dedica páginas y páginas, fotografías y fotografías, a los acontecimientos previos al Palio. Las noticias hacen referencia a los jinetes y sus caballos, las entrevistas tienen como protagonistas a los miembros representativos de cada contrada, las columnas analizan los resultados de las diferentes carreras de prueba… La polémica es, como siempre, una inmejorable fuente de información para los periódicos durante estos días. La caída del caballo de la contrada de La Chiocciola en la salida de una carrera de prueba y la supuesta culpabilidad del mossiere, la persona encargada de soltar la cuerda, llenaron muchas páginas durante este Palio. El caballo, el teóricamente más veloz y, por tanto, el gran favorito en las apuestas, se hirió tan gravemente que no pudo participar en la carrera final. La Chiocciola había perdido el Palio sin haberlo corrido. La rabia de los integrantes de esta contrada era tan intensa que barajaron la posibilidad de no participar en el desfile histórico previo a la carrera. El mossiere fue despedido y se contrató inmediatamente a todo un profesional en la ardua labor de “soltar la cuerda”. El Palio no sería el Palio sin este tipo de particularidades.

El día de la carrera Siena es una olla a presión (y me refiero también al significado físico de la expresión: sus calles, en principio ya estrechas, se vuelven intransitables ante la saturación de gente). Pero antes de que los caballos salgan a la Piazza, las contradas celebran una serie de eventos previos a la carrera. Entre ellos destaca la exhibición de banderas en la Piazza del Duomo. Por parejas, cada contrada realiza una coreografía en la que destaca el lanzamiento de banderas al aire. La pareja que tira las banderas más alto y las recoge con elegancia es la que más aplausos se lleva del público y, por tanto, vencedor de este pequeño duelo de calentamiento previo al Palio. La coreografía de banderas se hace por tradición en honor al Obispo, el cuál observa el espectáculo desde una pequeña ventana. Pero el Obispo pone más empeño en saludar al cortejo de mujeres que sigue a cada contrada que en observar la exhibición de banderas.

Cuando se termina este acto la gente ya empieza a dirigirse a la Piazza del Campo, a pesar de que aún quedan varias horas para el comienzo de la carrera. Es una larga y “pesante” espera que se ven obligados a realizar aquellos que no han podido conseguir una plaza de palco, que puede llegar a alcanzar los 400 euros los días previos al Palio, y quieren coger un buen sitio junto a las vallas. Una auténtica prueba de paciencia y sacrificio físico, pero que se suaviza si tienes una madre que guarda el sitio con inquebrantable disciplina mientras tú te dedicas a recorrer la plaza y saludar a amigos y conocidos. Para matar el aburrimiento, cada vez más aburrido, la gente hace lo que puede: fumar y/o comer, darse masajes los unos a los otros, hacer la enésima foto a la Torre del Mangia… Y organizar una porra de la carrera. Yo aposté por la Civetta, la contrada que apoyan Fabio y Stefano, los dos hermanos que regentan el hotel en el que trabajaba. Al día siguiente no hubo nada que celebrar en “Hotel Ai Tufi”.

El último acto antes de la carrera es el Desfile Histórico. Una colorida, muy creíble y bastante interminable exhibición de trajes de época, armaduras, armas, caballos y más banderas. Un desfile muy fotogénico y lleno de pequeños detalles, pero que sólo disfrutan aquellos que han llegado pocos minutos antes a su asiento de palco y no están ansiosos porque la carrera empiece de una vez por todas.

Cuando los caballos salieron del Palazzo Pubblico, el centro de la Piazza del Campo estaba lleno a reventar. Los contradinos gritan y alzan los pañuelos con sus colores para dar el último aliento a sus jinetes, ahora protagonistas absolutos del Palio y, por tanto, centro de todas las miradas. Pero este bullicio se frena en seco cuando una voz anuncio a través de un megáfono el comienzo del sorteo de los puesto de salida. Un silencio vibrante inunda la Piazza, y a cada nombre de contrada que anuncia la voz del megáfono le sigue un mudo aplauso o un largo suspiro de decepción. Sin duda, no es lo mismo ser nombrado el primero que el décimo, lo cual influye decisivamente en el posterior desarrollo de la carrera.

El momento de más tensión de la carrera es la salida. El complejo sistema del Palio, en el que uno de los propios jinetes da la salida, mientras el resto debe mantenerse en posición, dificulta muchísimo su correcta realización. La picardía y las pequeñas dosis de juego sucio, siempre presentes en eventos de gran competitividad, dificultan aún más la salida. Cerca de 15 minutos, entre salidas nulas y las lentas reorganizaciones de la parrilla, tardó el Palio en dar comienzo. El público mantuvo la compostura todo el tiempo, aunque algún tímido silbido o abucheo de desaprobación se escucharon al final. Pero este duelo entre los jinetes en la parrilla de salida era lógico: una mala salida suponía automáticamente la imposibilidad de ganar una carrera tan corta.

Si la salida tardó 15 minutos en realizarse, podríamos decir que el Palio duró en total 17 minutos. Tantas horas esperando para ver un suspiro de carrera. ¿Merece la pena? Para alguien como yo que lleva meses viviendo en Siena, donde el Palio es tan omnipresente como el aire, sí. Para un turista que está de visita fugaz, supongo que es más discutible. Desde el centro de la Piazza apenas se distingue nada de lo que está sucediendo sobre la pista, pero la tensión y la intensidad del ambiente hace que te lo imagines. Durante la carrera tres jinetes se cayeron de sus monturas, detalle que se apreciaba porque de repente veías caballos que corrían por libre. Y la vuelta final no pudo ser más emocionante: dos jinetes, L’Oca y Nicchio, completamente solos en cabeza y situados casi a la misma altura luchando por la victoria. Los caballos llegaron a la meta distanciados por escasos centímetros. La polémica estaba servida.

En principio, el caballo de L’Oca parecía haber sido el ganador. De todos los puntos de la Piazza del Campo aparecieron enloquecidos intengrantes de esta contrada que se abrían paso a empujones para coger el trofeo del Palio, un largo estandarte de color rojo. La pista de arena era un torrente de gente con pañuelos y banderas verdes y blancas que sonreían, gritaban y cantaban con el rostro desencajado de alegría. Los que habían sido más rápidos y ágiles ya habían escalado al palco donde se encontraba el estandarte del Palio y lo ondeaban orgullosos. Pero entonces la sorpresa se dibujó en el rostro de todas las personas que se encontraban en la Piazza: en la fachada del Palazzo Pubblico izaron la bandera azul de Nicchio. La decisión del jurado daba la victoria al jinete de la otra contrada.

Instantáneamente surgieron integrantes de la contrada de Nicchio por todos los rincones de la Piazza, como escasos minutos antes había sucedido con miembros de L’Oca. Pero su euforía, su alegría, por inesperada, era inmensamente mayor. En un abrir de ojos el estandarte del Palio pasó de las manos de miembros de L’Oca a miembros de Nicchio, pasando del verdiblanco al azul oscuro el color de su escolta. Pero las sorpresas todavía no habían terminado: en la fachada del Palazzo Pubblico bajaron la bandera de Nicchio e izaron la de L’Oca. La foto-finish demostró que el jurado se había equivocado y que el ganador de la carrera había sido el jinete de L’Oca.

De nuevo el Palio cambió de manos y, con él, la sonrisa cambió de rostros. Y esta vez fue de forma definitiva. L’Oca se llevó el estandarte del Palio de desfile por toda la ciudad, dejando atrás a los miembros de Nicchio con cara de tontos y, sobre todo en el caso de las mujeres, materializando su impotencia con lágrimas. Un torbellino de emociones que puso de manifiesto que el Palio es mucho más que una simple carrera de caballos para los seneses.

La noche se reservó para el festejo de la contrada de L’Oca. Los más jóvenes se dedicaron a recorrer la ciudad ondeando sus banderas y tocando los tambores como si se trataran de un cortejo de conquistadores en marcha triunfal. Una celebración que se prolongaría durante varias semanas y que no compartieron los miembros de la contrada de la Torre, sus rivales históricos. Lo cual no impidió que todas las noches L’Oca lanzara pequeños cohetes artificiales desde la Piazza del Campo en dirección a su barrio, que con mucha lógica empieza en la Torre del Mangia. No sé qué les parecerá este detalle a los miembros de la Torre, pero yo debo reconocer que me pareció muy gracioso.


Ci sentiamo!

PD. Para más información, en este caso visual, he colgado algunas fotos hechas durante estos días en mi fotolog. Dan una idea de cómo vive Siena sus días de Palio.
 
Podría escribir sobre Malta...

Llevo más de un mes sin aparecer por aquí. Una vez más mi distanciamiento de internet es sinónimo de felicidad. Sí, he sido feliz durante todo este tiempo porque han sido días en los que he vivido. Días en los que he estado en Malta, en Sicilia, en Siena, en Madrid, en Portugal... Días en los que he hecho nuevas amistades. Días me he reencontrado con viejas amistades, ya sean excompañeros del colegio mayor, excompañeros de universidad, excompañeros del colegio, excompañeros de la guardería, una exnovia, una prima... Días en los que me he reencontrado con la familia. En definitiva, días en los que he estado de vacaciones (aunque debo apuntar que tengo la sensación de llevar de vacaciones muchos meses más).

Hago memoria y podría escribir sobre mi semana en Malta, ese pequeño país insular en medio del Mediterráneo en el que he estado poco más de una semana. Podría escribir sobre el carácter latino de esta antigua colonia británica que tiene mucho de Marruecos y nada de Escocia. Podría escribir sobre su cielo sin nubes, la suavidad de su calor y la claridad de la piedra con la que están hechas todas sus casas. Podría escribir sobre sus carreteras hechas con asfalto de Italia y sus playas hechas con arena de Túnez. Podría escribir sobre sus autobuses naranjas que desafían al paso del tiempo con vírgenes y santos haciendo de sus ángeles de la guarda. Podría escribir sobre sus iglesias con prepotentes cúpulas de color rojo que dominan el perfil de todas sus ciudades. Podría escribir sobre sus escuelas para aprender inglés que atiborran la isla de adolescentes (y no tan adolescentes) con ganas de playa y juerga nocturna…

Si sigo haciendo memoria también podría escribir sobre Rocío, una gaditana que trabaja en un periódico de Badajoz y que conoce a mi padre porque le ha hecho un par de entrevista. Podría escribir sobre Cecilia, una italiana que me pidió que no me fuera el día de mi despedida. Podría escribir sobre Stefania, una maltesa a la que conocí durante el retraso de nuestro vuelo y que me enseñó la isla en su coche. Podría escribir sobre Alvarito y Panizo, dos amigos con los que me iría de viaje hasta el fin del mundo…

Podría escribir sobre estos y otros detalles, pero tampoco hay mucho más que contar. Porque Malta tiene el encanto de ser diferente, como cualquier país extranjero, y está bien para pasar unos días de playa y sol con buenos amigos, pero no me ha llegado a enamorar.

Pasado mañana me marcho a Candelario, un tranquilo pueblo salmantino situado en la ladera de una sierra, refugio familiar para huir del sofocante calor de Badajoz durante el mes de agosto. Si son ciertos los rumores de que el wifi ha llegado a su biblioteca municipal, volveré a pasar por aquí pronto.


Ci sentiamo!