Un pequeño taburete de plástico
Un pequeño taburete de plástico que da voz a los ciudadanos anónimos y los convierte, aunque sólo sea durante unos instantes, en personajes públicos. Un pequeño taburete de plástico sobre el cual todos, sin importar su raza, cultura, edad, ideología política, trabajo y cualquier otra categoria diferenciadora, tienen el mismo derecho a dar su opinión sobre los temas de debate social. Un pequeño taburete de plástico que permite hablar a la gente de la calle, en la calle, sobre lo que sucede en sus calles. Un pequeño taburete de plástico que promueve una democracia real, directa, práctica, popular, en la que todos pueden participar, dando su voz y opinión, y que va más allá de la falsa democracia burocrática, institucional, impersonal, gubernamental, que se lleva a cabo en ayuntamientos, ministerios y gobiernos.
Estos eran algunos de los conceptos que transmitió un hombre con gafas y gorro de lana, un ciudadano anónimo, el pasado sábado por la mañana en la Piazza Maggiore de Bologna. Llegó en una bicicleta roja, se subió a un pequeño taburete de plástico y expuso su parecer sobre un tema que le pareció que merecía ser discutido públicamente: la crisis de los modelos de educación en la sociedad italiana. Con el paso de los minutos algunos viadantes se pararon, convirtiéndose en oyentes, entre los que algunos decidieron dar su opinión (momento en el cual el hombre con gafas y gorro de lana se baja del taburete y se lo cedía a quién deseaba hablar), corvirtiéndose en debatientes. Y así comenzó un debate público “in piazza” que se alargó por más de una hora y en el que los ciudadanos anónimos, la gente de la calle, fueron los únicos y verdaderos protagonistas.

Retrato visual de una sociedad imperfecta
Bologna. Piazza Maggiore. Una de la madrugada. Ambiente ìntimo y envolvente, producto de la tenue iluminaciòn de la plaza. Un grupo de jòvenes, montados en bicicletas, estàn posicionados en un àngulo de la plaza, formando una improvisada e irregular lìnea de salida. Otro joven, de pie junto a ellos, con una birra en la mano, da la señal de salida. Uno de los ciclistas pierde por momentos el control de la bicicleta y parece que se va a caer, pero mantiene el equilibrio de milagro. Otro grupo de jòvenes, que estàn "tirados" en el suelo de la plaza, se rìen a carcajadas. Una pareja, sentada bajo un pòrtico, observa con atenciòn la carrera, mientras èl comenta y ella sonrìe. Despuès de dos intensas vueltas a la plaza, se proclama vencedor un joven con gafas de sol y una informal chaqueta de pana. Este joven, crecido por la euforìa de la victoria y la ruidosa ovaciòn de sus amigos, se tira al suelo de rodillas con los brazos en alto. Un par de chicas se acerca hasta èl y entre risas le hace alguna foto. Un hombre con gabardina, sombrero y bastòn, que pasea con parsimonia, observa la escena con nostàlgica alegrìa. En el centro de la plaza, confundido entre las sombras, un vagabundo duerme sobre el suelo metido en un saco de dormir rojo y viejo.
Apuntes de un viaje en solitario por Sicilia (I)
Consejos Turìsticos. Recièn llegado a Sicilia desde Malta, el ferry me deja en el pequeño puerto de la pequeña localidad de Pozzalo, abreviaciòn de su antiguo nombre: Pozzo al Mare. Hago auto-stop para llegar al pueblo y me recoge un coche con cuatro mujeres, dos italianas y dos venezolanas. Para romper el hielo les comento que poco o nada tengo decidido sobre mis pròximos 7 dìas de viaje, dando pie a una larga discusiòn entre ellas en italo-español. Que si debo ir a un pueblo pesquero vecino, que si Palermo es muy bonito, que si Taormina tambièn, que si a Taormina ni se me ocurra ir, que si tù què sabes sobre los gustos del muchacho... Al final no saco nada en claro, pero me dejan justo delante de la puerta de un hotel en la plaza del pueblo.
Estaciòn de Pozzalo. Estaciòn abandonada y desolada. El sol arde en el cielo y las chicharras le ponen sonido al calor. Un muchacho de piel morena està sentado a la sombra, con las piernas cruzadas. A su lado, un hombre mayor con chaqueta y sombrero fuma un cigarrillo. Empieza a sonar una campana, triste y cansada, que anuncia la llegada del tren. Suena durante cinco pastosos minutos, alargando la espera.
El tren es diminuto: un vagòn de segunda clase y la cabina del conductor. El revisor intercambia alguna palabra con el hombre mayor con chaqueta y sombrero, que no se mueve de su sombra, y a continuaciòn grita con suavidad: “Andiamo”. El tren reinicia su camino en direcciòn a Siracusa.
Chiesa di San Giovanni. Aprovechando la libertad que me da la bici que he alquilado en el “ostello” de Siracusa, me alejo de su centro històrico en busca del edificio que me ha llamado la atenciòn porque domina dictatorialmente el perfil de la ciudad: la Chiesa di Madonna delle Lagrime. Por el camino, por casualidad, me encuentro otra iglesia mucho màs humilde: San Giovanni. El color amarillo casi fosforescente de su iluminaciòn nocturna, su fachada semiderruida y su ausencia de tejado, que permite que la noche se cuele a travès de su rosetòn, me atraen visualmente y decido bajarme de la bici. Minutos despuès un grupo de teatro se reùne frente a la iglesia para realizar el ensayo de una obra clàsica. Pero lo màs interesante no son los actores, personas interpretando con exageraciòn un papel, sino el improvisado pùblico, personas que interpretan con honestidad su propia papel, que se reùne espontàneamente a su alrededor: una rolliza niña y su impasible, negro y tambièn rollizo conejo, una anciana que se disculpa por darme la espalda (en un parque) y hace de crìtica y consejera de los actores, dos parejas de venteañeros que comen hamburguesas y juegan a las cartas bajo el soportal de la iglesia (uno de ellos sin bajarse en ningùn momento de su moto), los murcièlagos... ¿Por què en todas las obras de teatro clàsico tienen que haber guerras y mujeres jugando el rol de Lady Mcbeth?
Teatro Romano de Taormina. Teatro de Romano de Taormina: entre sus restos arqueològicos se ve como se funden el azul del mar y del cielo y como una montaña escupe humo sin descanso. Teatro Romano de Taormina: un padre le pide a su hijo que se quite las gafas de sol para la foto porque “ti fa una brutta figura”.
El payaso Fernando. Fernando, un payaso argentino, me confiesa en un pequeña plaza de Taormina que estàn haciendo muy malas gorras porque a su espectàculo le falta fuerza. Bueno, todas no han sido malas, como la de aquella en una ciudad de la regiòn de Calabria donde recaudaron 150€. Fernando tambièn se queja de que la policia italiana les està haciendo mucho daño, con constantes controles, la mayorìa con perros; aunque reconoce que la culpa la tiene la furgona, que “canta” mucho porque es muy “gitana”. Una vez han acabado en el calabozo, pero no fue por su culpa. Fernando ahora està mucho màs tranquilo y con la cabeza centrada en mejorar el espectàculo. Su compañero de actuaciòn, el guitarrista, es de Valencia, pero ya no tiene acento valenciano de tanto viajar alrededor del mundo. Fernando està ya cansado de viajar y de Italia, y desea volver al pueblecito de Granada donde vive. Antes de despedirse me pide que le mande las fotos que he hecho porque, quièn sabe, en el futuro puede llegar a ser conocido y le pueden servir para algo.
Turistas. Es primera hora de la mañana en Taormina. El encargado de una tienda de deportes està montando su particular chiringuito callejero para turistas. El encargado sigue una escrupuloso orden de colocaciòn: guìas turìsticas de Sicilia, libros de cocina italiana y siciliana, camisetas falsificadas de fùtbol, toallas de Taormina, gorras y camisetas de Sicilia, pañuelos y pareos y, finalmente, una amplia colecciòn de tamaños y colores de sandalias. No es casualidad que justo cuando acaba el trabajo pasan por delante de su tienda el primer “rebaño” de turistas.
Apuntes de un viaje en solitario por Sicilia (II)
El padre que emigrò a Amèrica. La playa de piedras de Isola Bella, con la caìda del atardecer, se està quedando vacìa, cuando un muchacho siciliano se sienta a mi lado. Unas sandalias femeninas que alguien se ha olvidado le sirven de excusa para iniciar la conversaciòn. El muchacho trabaja como “custodio” de Isola Bella, una genuina reserva natural de diminutas dimensiones que atrae a los jòvenes gamberros como la luz a los mosquitos. Le cuento de mi viaje a Malta y èl me dice que apenas ha salido de Sicilia, excepto para volar a New York. Allì vive su padre, quien tuvo que emigrar forzosamente hace años, dejando a su familia atràs. Le pregunto el motivo, pero su voz se vuelve baja y huidiza, volviendo incomprensibles sus palabras. Instantes despuès, quizàs para romper el denso silencio que se habìa producido en el ambiente, quizàs para compartir una sincera emociòn, el muchacho me dice que podrìa pasarse todo el dìa asì, es decir, estar sentado en la playa mirando el mar. Me despido de èl y le pregunto el nombre. “Tommy”, me responde.
Playa de piedras de Giarre Riposto. La playa de piedras de Giarre Riposto, una “cittadina” entre Taormina y Catania, es genuinamente italiana. Sus bañistas, que no han dejado libre un centìmetro de espacio pròximo a la orilla, son el reflejo visual de la sociedad italiana de clase media y trabajadora, es decir, de la verdadera naturaleza de los italianos de hoy en dìa. En la playa de piedras de Giarre Riposto està el hombre metrosexual. Toma el sol luciendo su perfectamente hinchado y bronceado cuerpo, cualidades que resaltan gracias a un blanquìsimo slip. Està Carmelo, un niño delgado y cabezòn, que se divierte tirando piedras al mar (algunas sorprendentemente casi màs grandes que su cabeza). Carmelo està constantemente huyendo de su panduzo, purito en boca, padre que le intenta regañar por no hacerle caso. Està el hombre que se mete en el agua con traje de submarinismo al completo, arpòn a pequeña escala y machete atado al tobillo incluidos. ¿Tendrà miedo del ataque de un tiburòn blanco mientras explora las profundidas de esta exòtica playa? ¿O querrà ser el centro de atenciòn de toda la playa y, màs en concreto, del grupo de bellas bañistas que hay a su lado? Està el grupo de señores que juegan a las cartas sentados alrededor de mesas de plàstico y bajo una arboleda de sombrillas. Y tambièn està el grupo de niños que se baña en una piscina de plàstico, estàn los pescadores “amateur” situados encima de enormes piedras, està la joven que tiene a juego el bikini, los pendientes, la toalla, las sandalias...
“La chiesa si chiude!”. En medio de una plaza, en medio de Catania, en el medio de un inmenso mercadillo, hay una iglesia atiborrada de gente. Son las fiestas de la “madonna”, y los devotos asedian la parroquìa para rezarle las debidas oraciones. Fuera, en los aledaños de la iglesia, hay decenas de vendedores, bajo un nùmero equivalente de sombrillas, que venden enormes velas amarillas de ofrenda. Junto al portòn de la iglesia hay un par de mujeres sonrientes que reparten roscas de pan y te dan las gracias si las aceptas y un cura intenta cerrar la puerta de entrada e impedir que siga entrando la gente, en su mayorìa ancianas, pero es incapaz de frenar una marea humana que, a pesar de su debilidad individual, es obstinada e increìblemente poderosa en grupo. Otro cura, embutido en su àbito de ceremonia, anuncia desde el altar, con micròfono en mano, que la iglesia se debe cerrar para preparar a la “madonna” para la celabraciòn de la “sera”. El cura que antes estaba en la puerta ahora recorre la parroquìa repitiendo con voz cada màs irritada y subida de tono: “Signora, la chiesa si chiude!” Una mujer que se ha quedado fuera suplica poder entrar en la iglesia para “fare la croce” y punto.
Spaghetti e frutti del mare. Llego a Palermo por la noche y decido dar una vuelta por el centro. Despuès de dejar atràs decenas de placitas e iglesias, decenas de edificios monumentales y cientos de fachadas semiderruidas, me encuentro con dos humildes chiringuitos situados junto a un puerto deportivo. El primero està especializado en fruta fresca, en el que estàn tres mujeres charlando delante de tres enormes trozos de sandìa devorados y sendas colillas de cigarro clavados como banderillas en el centro de cada càscara. El segundo està especializado en espaguetis con frutos del mar. Tengo hambre y me apetece probar algo autèntico en un sitio autèntico.
Mientras espero a que la cocinera, que gesticula tanto al echarle la bronca a su hija que parece imposible que no se rompa las muñecas, me prepare mi raciòn, me alegro la mirada con un niño que se desnuda en medio de la calle y comparte con los comensales su diminuto culo. La cocinera acaba dàndole una bofetada a la hija, quien apto seguido recibe otra del padre, por si habìa alguna sombra de duda sobre la justicia del castigo. Aunque la peor parte se la lleva su hermano, un nervioso chiquillo con cara de travieso, que recibe un escobazo por tirar un trozo de tarta al suelo. Estoy pensando que ya no puedo ver nada màs castizo cuando este mismo chiquillo, que tiene un par de aros en la oreja, se acerca hasta mi mesa montado en una pequeña moto de gasolina para preguntarme si quiero la pasta “al dente”.
Tenìa razòn la cocinera que, al preguntarle còmo preparaban los espaguetis, me ha contestado que estàn muy ricos. Para pagar me tengo que acercar a la mesa diminuta donde estàn sentados ella y 5 miembros màs de la familia comiendo cantidades industriales de espagueti. Estoy seguro que los hijos se comeran todo su plato sin rechistar.
Cefalù. Casas de piedra maquilladas de blanco que observan la marea. Rumor de conversaciones en un italiano tranquilo y meloso que se funde con armonìa con el sonido de las olas. El sol quema, la brisa suaviza y el agua refresca. Mar de azul claro que tiende al oscuro, de marea que te abraza, pero que no te maneja. La “Rocca”, un peñòn rocoso, se eleva por encima de los tejados con tejas, recordando que la naturaleza llegò antes al planeta Tierra que el prepotente ser humano. Decido beberme una “Peroni”: quiero celebrar que me despido de Sicilia habiendo conocido Cefalù.
Crash en Bologna

Bologna me atrae desde hace varios años por muchas razones, entre las cuales se encuentra en posiciòn destacada su merecida fama de ser una ciudad activa y comprometida con la situaciòn social y polìtica de Italia. Sede de la universidad màs antigua de Europa, Bologna ha crecido a lo largo de los siglos con la responsabilidad de ser referente intelectual, ideològico y artìstico de su paìs, con sus profesores y estudiantes universitarios desarrollando siempre un papel protagonista. Una ciudad que en el transcurso del siglo XX se ha decantado por la defensa de los valores polìticos de la izquierda; valores polìticos que han calado con fuerza en un grupo social eternamente joven e idealista que cree, manifiesta y lucha por una libertad, una justicia y una igualdad que no parecen posibles en la sociedad existente. Un inconformismo ideològico que en Bologna ha sido representado de diferentes maneras con el paso del tiempo, con diversas intensidades, nombres, rostros y acontecimientos, y que en la historia de Italia siempre girarà en torno a las revueltas estudiantiles del 77 y la muerte de Franceso Lorusso.
La "ciudad roja" de hoy en dìa ya no es la "ciudad roja" de antaño; al igual que los jòvenes de ahora ya no son los jòvenes de entonces. La juventud italiana del S.XXI, al igual que en el resto de paìses desarrollados, se ha vuelto conformista y egoìsta, y en su apretada agenda de quehaceres diarios no parece quedar espacio para la lucha por los valores y los ideales sociales. Los jòvenes han aceptado la sociedad en la que viven, les guste o no, y ya estàn suficientemente atareados resolviendo sus problemas personales como para preocuparse por lo que sucede màs allà de su estrecho espacio vital. Pero en Bologna perdura aùn el espìritu luchador e inconformista de antes, sin la misma intensidad, pero que resiste a extinguirse, como las brasas de lo que fue antes una gran hoguera, y que lo materializan sus decenas de colectivos estudiantiles y grupos sociales.
"Crash", uno de los grupos sociales de izquierdas màs conocidos de Bologna, convocò una manifestaciòn el pasado sàbado. El motivo del encuentro era protestar contra el desalojo policial que sufrieron en su antiguo centro social, un polìgono que pertenece al ayuntamiento y que el colectivo habìa decidido okupar ante su prolongado estado de abandono. Una manifestaciòn que, despuès de un par de meses de infructuosas negociaciones con las instituciones pùblicas para una reubicaciòn legal de su centro social, acabarìa con la okupaciòn de un nuevo espacio. “Si el ayuntamiento nos ignora, nosotros actuamos”, podrìa haber sido el lema de la marcha, màs allà de los habituales clichès que rezaban sus pancartas, generalmente agresivos y vacìos de contenido, como: “Màs poder, màs sangre”. Que la fecha de la manifestaciòn coincidiera con el 40° aniversario de la muerte del Ché no fue una curiosa coincidencia.
En Via Independenzia, una de las principales arterias de Bologna, se convocaron los manifestantes, aproximadamente 3500 (punto medio entre los 2000 que calculò la policia y los 5000 que calcularon los organizadores), ante la tensa mirada de los carabinieri, situados en el otro extremo de la avenida. La marcha estaba a punto de comenzar (las pancartas preparadas, los rostros tapados y las primas filas firmes, juntas y con los brazos entrelazados) cuando se desencadenò un terrible aguacero que obligò a los manifestantes a protegerse bajo los soportales. Sòlo el animador, que no parò en toda la tarde de lanzar gritos de ànimo y proclamas polìticas desde su “tuneado” remolque, y una decena de personas, que se protegìa malamente de la lluvia bajo una pancarta roja, aguantaron estoicamente el chaparròn. Pocos minutos despuès la intensidad de la lluvia bajò, una persona se lanzò a la calle con una bandera y una vengala roja encendida y el grueso de la manifestaciòn saliò de los soportales para volver “a tomar sus calles”. La lluvia acompañò durante todo su recorrido a la marcha y, con el apoyo del frìo y el viento, le dio unos ligeros tintes de heroismo y de color, por la apariciòn de decenas de paraguas, a la manifestaciòn.

La convocatoria de la manifestaciòn y la llegada de cientos de integrantes de diferentes grupos de la izquierda “radical” de toda Italia para apoyar la protesta generò una atmòsfera de tensiòn y miedo en la ciudad, alimentada por las instituciones y medios de comunicaciòn local y constatada por el amplio despliegue numèrico de miembros de la policia. Era como si la violencia fuera inevitable, una consecuencia lògica en un encuentro reivindicativo organizado por este tipo de organizaciones sociales. Nada màs lejos de la realidad. Con las fuerzas del orden mantenièndose a una distancia prudencial y dedicàndose ùnicamente a cortar el tràfico, los ùnicos amagos de violencia se producieron en las colas de las pequeñas tiendas donde los manifestantes se paraban para comprar birra y los màs graves ataques a la propiedad prùblica fueron las diversas pintadas en paredes, señales y paradas de autobùs.
Un pacifismo y una tranquilidad que se mantuvieron tambièn en el acto final de la manifestaciòn, lo cual sì me parece justo considerarlo como inesperado, porque incluìa la premeditada y anunciada a los cuatro vientos okupaciòn de una nave industrial. Pero ningùn policia apareciò por allì para hacer frente a los manifestantes e impedir que invadieran aquella propiedad privada que pertenecìa, segùn los comentarios generalizados, a la empresa Nestlè. Los miles de integrantes de aquella marcha y, por tanto, okupas al menos por un dìa, entraron en aquella nave industrial como quien entra por la puerta de su casa. Fue una okupaciòn contradictoriamente “light”, y de nada sirviò que algunas personas pretendieran “espectaculizar” aquel momento encendiendo vengalas y abriendo botes de humo. Mientras el animador subiò el volumen de la mùsica: habìa que celebrar que la okupaciòn habìa sido un èxito rotundo. El resto de la tarde-noche fue una improvisada fiesta de inauguraciòn del nuevo espacio, mientras la gente-okupa lo recorrìa, lo conocìa, lo personalizaba y lo aromatizaba.
Al dìa de hoy, el llamado “Laboratorio Occupato. Crash! 6.0” ya està en pleno funcionamiento con una agenda de eventos musicales y lùdico-reivindicativos-festivos, ademàs de encuentros para debatir la organizaciòn y actual situaciòn del colectivo. Yo no he vuelto a pasar por allì desde su okupaciòn, pero tengo curiosidad por saber còmo han transformado esa frìa y asèptica nave industrial en un centro social.
Ci sentiamo!

La lluvia en Bologna
Ayer llovió en Bologna; el verano empieza a ceder su sitio al otoño.
En Bologna, a diferencia del resto de ciudades que conozco, la lluvia es un fenómeno meteorológico sin importancia, que no varía su ritmo vital, como si se tratara de una insignificante nube que oscurece momentáneamente el cielo.
En Bologna la lluvia no es lluvia porque hay soportales.
Los soportales le roban a la lluvia su carácter extraordinario, la desprenden de su molesto afán de protagonismo. La lluvia se ve en la calle como desde una ventana: es algo distante, que no inoportuna, que no moja. La lluvia deja de ser la obligación de un paraguas, reduciéndose a un olor, a un sonido, a una tonalidad de la luz.
En Bologna la lluvia podría pasar desapercibida si no fuera porque, callejeando por debajo de sus soportales, siempre hay que cruzar alguna carretera o cambiar de acera.





