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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
La fábula del pececito y el pequeño tiburón

Gilad Shalit, israelí que nació el 28 de agosto de 1986, escribió una fábula cuando tenía 11 años. La fábula cuenta la historia de un pececito y un pequeño tiburón que se encuentran un día en las aguas del Océano Pacífico.

De repente el pececito vio un tiburón que quería devorarlo. Comenzó a nadar muy rápido, como así hizo el tiburón. El pececito se paró y dijo: “¿Por qué me quieres devorar? En lugar de eso, podríamos jugar juntos”. El tiburón pensó y volvió a pensar y después dijo: “Ok, está bien, juguemos al escondite”. El pececito y el pequeño tiburón jugaron todo el día hasta que se puso el sol y por la noche el tiburón volvió a casa. Su madre le preguntó: “¿Cuántos animales has comido hoy?”. Y el pequeño tiburón: “Hoy no he comido ningún animal, en lugar de eso he jugado con un animal llamado pez”. “Los peces son animales que nosotros comemos, no debes jugar con ellos”, dijo la madre. En casa del pececito la madre dijo: “El tiburón es un animal que se ha comido a tu padre y a tus hermanos. No juegues más con él”.


La fábula ha salido a la luz después de que su familia la encontrará por casualidad en un cuaderno olvidado. La historia del pececito y el pequeño tiburón, escrita por la mano inocente y honesta de un niño, se ha convertido en un símbolo para aquellos que aún creen en la paz en Oriente Medio. Gilad Shalit retrató con 11 años la triste realidad de un conflicto que él no entendía, y que podría tener un final mucho más sencillo.

Un año después, el tiburón salió para darse un buen baño, como también hizo el pececito. Se encontraron y entonces el pequeño tiburón dijo: “Tú eres mi enemigo, y sin embargo podríamos hacer las paces”. El pececito dijo: “Ok”. Juntos, en secreto, jugaron durante días, semanas y meses, hasta que un día el tiburón y el pececito fueron a la casa de la madre del pececito y hablaron con ella. Luego hicieron lo mismo con la madre del tiburón y a partir de aquel día el tiburón y el pececito vivieron en paz.

Gilad Shalit, actualmente soldado del ejército israelí, fue secuestrado hace 18 meses por milicianos de la rama militar de Hamas. ¿Quién es el pececito y quién es el pequeño tiburón en esta historia? A fin de cuentas, es lo mismo.
 
Romano Prodi, mi nuevo vecino

El Gobierno italiano ha caído. El Senado le ha negado la “fiducia” a Romano Prodi, 161 votos contra 156, y éste ha presentado inmediatamente su dimisión al Presidente de la República, Giorgio Napolitano. No es la primera vez que el actual Gobierno de centro-izquierda cae, ni la primera vez que Prodi presenta su dimisión a Napolitano, pero esta vez es la definitiva.

Clemente Mastella, ex ministro de Justicia del Gobierno, ha logrado su objetivo. Sin los votos de Udeur, el partido político que encabeza él mismo y que hasta hace poco formaba parte de la gran coalición de centro-izquierda, el Gobierno de Prodi ha perdido su mayoría en el Senado y, por tanto, su capacidad para permanecer en el poder. Mastella ha conseguido destruir el Gobierno que ha intentado destruirle. O, al menos, así piensa él. Mastella estará ahora en casa disfrutando de la satisfacción oscura que produce una venganza consumada. Una venganza personal que afecta a todo un país.

Antes de iniciarse la votación en el Senado, Nuccio Cusumano anunció que daría su voto de confianza al Gobierno de Prodi. “He salido con la cabeza alta de nueve años de procesos. Y me he defendido en silencio”, dijo en su discurso. Cusumano es miembro del Udeur, el partido de Mastella, al igual que su colega Tommaso Barbato, quien no pareció compartir su decisión. Entre otras cosas le llamó en voz alta “pezzo de merda” y no consiguió agredirlo porque le detuvieron algunos colegas. Pero Barbato no fue el único en declarar públicamente su disconformidad con la intención de voto de Cusumano. Nino Strano, miembro de An, le gritó desde el otro lado de la sala “mafioso e venduto”, para llamarlo a continuación “checca squallida, frocio”. Es decir, Nino Strano lo llamó mafioso y vendido, y homosexual de una forma muy despectiva. Unos insultos muy desconcertantes si tenemos en cuenta que Nino Strano es siciliano y homosexual. Cusumano sufrió una crisis nerviosa y acabó desmayándose en su escaño. No mucho después, Nino Strano, junto a otros colegas de su partido, abrió una botella de champán en la sala del Senado para celebrar la caída del Gobierno.

Romano Prodi no ha llegado ni a la mitad de su legislatura. Pero, a pesar de haber estado en el poder solamente 618 días, su Gobierno ha sido uno de los más largos de la historia de la democracia italiana. Más en concreto, se sitúa en un nada despreciable séptimo puesto si tenemos en cuenta que la República italiana tiene más de 60 años de vida. Un dato interesante: el segundo Gobierno de Berlusconi ha sido el más duradero de la historia de la democracia italiana, con 1409 días en el poder.

Ahora la pregunta que se hacen todos los italianos es: ¿elecciones anticipadas o gobierno institucional? La decisión está en las manos del Presidente de la República, que en los próximos días se reunirá con los presidentes de las dos cámaras y con los líderes de los diferentes partidos políticos. Napolitano tiene una difícil papeleta encima de la mesa: mitigar las consecuencias de una crisis política que no es tan extraordinaria y que hace tanto daño a la democracia italiana.

Después de presentar su dimisión, Romano Prodi llamó a su casa de Bologna. Habló con su nieta más grande, Chiara, y se despidió de ella con un hasta pronto. Prodi vive en la Piazza Santo Stefano, a cinco minutos de mi casa. Así que Italia ha perdido un nuevo Gobierno, pero yo he ganado un nuevo vecino.
 
Aiten y Snezana

Aiten tenía 16 años cuando trabajó por primera vez en un hotel de una zona turística de su país, Túnez. Él no tenía necesidades económicas, pero le gustaba estar en contacto directo con personas de otras partes del mundo. Aiten quería saber que había más allá de las fronteras de su país, y los libros no le satisfacían lo suficiente. Él era un muchacho curioso e inquieto y, a pesar de que odiaba estudiar, en poco tiempo aprendió a hablar inglés y alemán y a chapurrear alguna frase hecha y alguna broma fácil en español e italiano.

Snezana era una niña cuando estalló la guerra en su país, Serbia. Mientras ella aprendía que un soneto está compuesto de dos tercetos y dos cuartetos, la onda expansiva de las bombas hacía vibrar las ventanas de su escuela. La familia de Snezana se vio obligada a abandonar su casa e iniciar una vida nómada a la que parecía destinada por su origen racial: la familia de Snezana es gitana. Snezana tuvo que dejar atrás su vida cotidiana, su escuela, la mayoría de sus amigos y amigas... Snezana dijo adiós a una niñez que la guerra le estaba robando para siempre.

Después de un año trabajando en el mismo hotel, Aiten pasó de ser el botones a convertirse en animador turístico. Su función era hacer feliz a aquellos que estaban de vacaciones: era un trabajo muy sencillo. Aiten vivía su rutina en contacto directo con personas extranjeras y su conocimiento sobre el resto del mundo crecía cada día un poco más. Él aprendió como se reía el alemán, cuando se dormía el español, porque se enamoraba la italiana. Y después de aprender esto, y mucho más, Aiten conoció a V.

La familia de Snezana viajó y viajó, asistiendo al bautizo de tantos países recién nacidos, huyendo de la mano negro de la guerra. En este largo viaje en círculos, en este largo peregrinaje por una razón, pero sin un destino, la guerra fue desmembrando la familia de Snezana con la misma facilidad con la que había desmembrado la antigua Yugoslavia: un hermano decidió no huir de la muerte y hacerse soldado, una hermana se enamoró de un extranjero y se quedó atrás, un abuelo murió de viejo sin ser tan viejo, una hermana no sobrevivió a un bombardeo del ejercito invasor (¿o era el defensor?)...

V., una muchacha de padre suizo y madre italiana, veraneaba con su familia en el hotel donde trabajaba Aiten. Se enamoraron recíprocamente, atraídos irracionalmente por todo aquello que los diferenciaba, y compensaron en dos semanas toda la espera que estarían forzados a soportar el resto del año. Demasiado tiempo y demasiada juventud para tomar precauciones industriales: Aiten tenía 20 años cuando, a través de una carta, V. le contó que estaba embarazada y que pensaba convertirse en madre. Aiten le respondió a V., a través de otra carta, que él deseaba convertirse en padre y, si ella estaba de acuerdo, también en su marido.

Aiten quería viajar y dejar atrás todo lo que había sido hasta entonces su vida. Snezana quería dejar de viajar y recuperar todo lo que había sido hasta entonces su vida.

Cuando la guerra terminó, Snezana y lo que quedaba de su familia regresaron a Serbia. Querían reiniciar su vida, volver a la tranquila rutina que la guerra les había robado. Pero poco quedaba en aquella ciudad que les recordará a la que no hace tantos años atrás ellos consideraban la suya. Ni siquiera su casa, clavo ardiente al que el padre pensaba aferrarse con las dos manos para reconstruir su vida familiar, había sobrevivido a la guerra. En aquella ciudad destruida y deprimida, de vida podrida por el odio y la violencia, entre tanto rastro de metralla y recuerdos quemados, no había esperanza para la familia de Snezana. Y se echaron de nuevo a la carretera e iniciaron un nuevo viaje. Pero esta vez sí tenían un destino definido: Italia, un país donde la paz es sinónimo de esperanza.

Las necesidades biológicas aceleraron los trámites familiares y burocráticos, y dos meses después de aquel intercambio postal, Aiten y V. se casaron en Suiza. La luna de miel la celebraron con una semana recorriendo, las pocas horas al día que salían del cuarto del hotel, las calles de Paris. De vuelta a Suiza, a la casa de los padres de ella, Aiten empezó a trabajar en la cocina de un restaurante, mientras V. decidía que carrera universitaria empezaría después del parto. Pero dos meses antes de lo previsto, niño demasiado ansioso, V. dio a luz. El bebé nació tan débil que a los pocos días murió.

La familia de Snezana se instaló en Bologna, donde vivían unos familiares lejanos del padre. En pocas semanas, gracias a la ayuda de sus familiares y a la solidaridad que comparten los compatriotas que se encuentran lejos de su tierra, el padre de Snezana encontró trabajo en una fábrica. Trabajaba muchas horas muy mal pagadas, pero con su sueldo y las pequeñas aportaciones de la madre, que hacía trabajos temporales en negro, a los pocos meses se pudieron mudar a su propia casa. Pequeña, a las afueras de la ciudad y de alquiler, pero la familia de Snezana volvían a dormir en una casa que, después de tantos años, se podían atrever a llamar hogar.

El destino, macabro, pero compasivo, les robó un hijo, pero les devolvió la libertad de mirar al futuro con los brazos abiertos. V. decidió que quería estudiar Ciencias Políticas en Bologna, ciudad donde estudió su madre. Aiten aceptó su decisión: no se sentía cómodo viviendo con sus suegros en la misma ciudad y Suiza es un país muy limpio, con casas bonitas y coches preciosos, pero no era lo que él estaba buscando. Nunca se lo dijeron, secreto compartido y recíproco, pero la verdadera razón para trasladarse a Bologna era la necesidad de dejar atrás, lo más lejos posible, un doloroso recuerdo.

Aiten y Snezana llegaron a Italia con la necesidad de construirse un nuevo futuro, con la necesidad de olvidar un pasado demasiado oscuro.

En Bologna Snezana se convirtió en una adolescente con una vida corriente, pero tuvo que hacer un sacrificio a cambio: su nombre. En Bologna Snezana dejó de ser Snezana para convertirse en Bianca. Al principio este hecho le daba fastidio, le resultaba extraño y no conseguía habituarse al hecho de que la llamaran Bianca. Tenía la sensación de que se referían a otra persona, a alguien que no era ella. Le costó entender que, de hecho, era así: ella ya no era la que antes era, Snezana, sino la que sería a partir de entonces, Bianca, una persona completamente nueva y diferente. Y Snezana se convirtió en pasado, y Bianca en presente y futuro.

Al principio todo fue maravilloso para Aiten y V. en Bologna. Un nuevo país, una nueva casa, una nueva libertad compartida. V. estaba fascinada en su primer año de Universidad y Aiten se sentía cómodo trabajando como camarero en una pequeña “trattoria” romana. Pero fue una situación fugaz que apenas llegó a los exámenes de febrero. Entonces, mientras la rutina laboral y doméstica oscurecía el estado de ánimo de Aiten, la excitación cultural y social estaban convirtiendo a V. en la persona más feliz del mundo. Ninguna casa tiene los cimientos suficientemente rígidos para salir ilesa de semejante contraste emocional. Antes de que acabara el primer curso de la Universidad, V. y Aiten se separaron de mutuo acuerdo.

El padre de Bianca no era feliz en Italia: echaba de menos la tierra en la que había nacido. Una nostalgia que le envenenaba el alma y que se traducía en discusiones diarias en casa. Una nostalgia que arruinaba su vida y que le forzó a abandonar a su familia por miedo a arruinar también la vida de ellos. Bianca tenía 17 años y se quedó sin padre, pero con una madre sin trabajo estable y un hermano pequeño. Ella estudiaba hostelería en el liceo, y a los pocos meses encontró trabajo como ayudante de cocina en una pequeña “trattoria” romana.

Aiten tiene un sueño: comprarse un barco con el que navegar desde las costas africanas hasta alguna playa brasileña. Atravesaría el Atlántico, haciendo escalas en las pequeñas islas que se irá encontrando en el camino. Aiten quiere sentirse perdido en medio del océano, rodeado de diferentes tonalidades de azul, en el punto exacto donde nace el silencio. Pero Aiten necesita aún ahorrar mucho dinero para poder comprarse un barco y, tan importante como el dinero, necesita aún encontrar un amigo que quiera acompañarlo en este viaje.

Bianca tiene un sueño: ser escritora. A ella le apasiona escribir, a pesar de que nunca ha leído un libro. A ella le aburre la lectura. Bianca lleva muchos años escribiendo su primer libro que, por ahora, tiene más de 1000 páginas. Ella escribe sobre su vida, es decir, sobre sus sentimientos y experiencias, sobre su familia y amigos. Es como un diario, pero sin ser un diario. Bianca espera que algún día pueda publicar su libro, pero al tratar sobre su vida es muy difícil ponerle un fin, ya que lo único que tienen en común todas las vidas es su final: la muerte.

(...)

Aiten es alto y tiene las manos grandes. Bianca es pequeña y tiene los dedos diminutos. Aiten tiene la piel morena, piel de aire que no sopla, pero quema, del desierto. Bianca tiene la piel pálida, piel de niebla baja que toca la ladera de la montaña. Aiten ha viajado toda su vida por placer o, al menos, por decisión personal. Bianca ha viajado toda su vida por obligación o, al menos, para permanecer siempre al lado de su familia. Aiten y Bianca son muy distintos, complementarios, pero en algún momento de sus vidas han compartido dos cosas: trabajo y almohada.
 
Venecia

Venecia es una ciudad tan extraordinaria en tantos sentidos que siempre que me pierdo por sus calles –en sentido estricto- me hago la misma pregunta: ¿es posible tener una vida normal en Venecia? ¿Cómo será su rutina? Me da la sensación de que debe ser imposible tener una vida corriente en una ciudad tan sorprendentemente diferente. ¿Cómo vivirá el día a día cotidiano un carnicero veneciano? ¿Y un fontanero?

Empiezo a fantasear y me imagino que en las escuelas de Venecia los profesores tendrán que enseñar a los niños que en “el mundo real”, es decir, en todo aquello que hay más allá del puente de la laguna, hay automóviles con cuatro ruedas que van sobre carreteras de asfalto. Tendrán que contar a los niños, como quien describe el mundo fantástico de un cuento, que estos automóviles de cuatro ruedas y estas carreteras de asfalto están por todas las calles y que la gente viaja en ellos todos los días, a pesar de contaminar la ciudad con sus humos, sus ruidos y su frenética agitación. Y, para concluir la explicación, los profesores tendrán que decir que todo esto se llama “Tráfico”.

Sigo fantaseando y me imagino que esta sería la primera de las enseñanzas de la asignatura llamada “Cosas que hay en el mundo real, es decir, en todo aquello que hay más allá del puente de la laguna”. En otra de sus lecciones, los profesores venecianos tendrán que enseñar a los niños que en “el mundo real” las ciudades tienen un solo canal, ancho, venerado y de agua dulce, que lo cruzan todos los puentes de la ciudad, y que recibe el nombre de “Río”. En esta asignatura, a parte de la existencia de “Tráfico” y “Río”, los niños también aprenderán que existen “Montañas”, tierra que es más alta que la torre del Campanario de la Piazza di San Marco y donde precisamente nacen los ríos, que existen “Parques”, espacios verdes con cientos de árboles y algunas fuentes donde la gente observa con nostalgia el color de la naturaleza, que existen “Rascacielos”, edificios donde vive y trabaja la gente y que, sin ser más altos que las montañas, también son más altos que la torre del Campanario de la Piazza di San Marco...

Pero la dificultad de tener una vida corriente en Venecia es una realidad que, además de dar la posibilidad de fantasear al que se pierde por sus calles, está acabando poco a poco con ella misma. El carácter extraordinario de Venecia provoca que todo lo ordinario sea mucho más complicado y que, por ejemplo, sea imposible para una familia hacer la compra mensual en un supermercado (¿cómo hace la familia para llevar todas las bolsas de la compra hasta su casa sin el maletero de un coche?). La gente prefiere para su día a día la facilidad de lo convencional, y los venecianos abandonan sus casas de Venecia para vivir en Mestre, la Venecia moderna que ha crecido al otro lado del puente de la laguna. Y las casas de Venecia se quedan vacías, sin familias, sin rutina diaria, sin vida. Y con el paso del tiempo muchas de estas casas acaban siendo vendidas como residencias vacacionales para personas extranjeras que están dispuestas a pagar sumas astronómicas por un capricho de niño rico.

¿Cuántas de las personas con las que me cruzo por las calles de Venecia son auténticos venecianos? ¿Habrá un mayor porcentaje de turistas que de vecinos?

Venecia, una ciudad tan extraordinaria que corre el peligro de estar perdiendo su alma.
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Un recuerdo de un partido y un padre

Era otoño y llovía en Amsterdam. Hacía horas que había oscurecido cuando, agotado de estar en casa, cogí el chubasquero-poncho verde oscuro, me subí a la bicicleta y pedaleé hasta el centro de la ciudad.

A las 8 de la tarde, a esa hora en la que en Amsterdam no es aún noche profunda, pero que el sol ya es un lejano recuerdo, las calles del Barrio Rojo siempre están muy concurridas. Rebaños de turistas con la mirada ingenua, negros con la mirada oscura, grupos de adolescentes con la sonrisa en la mirada, mujeres con la mirada enrojecida, japoneses que no saben si mirar porque está prohibido hacer fotografías... El Barrio Rojo está en el centro de Amsterdam, pero es todo lo contrario a Amsterdam. Nada de lo que para mí representaba esta ciudad se ve reflejado en estas cuatro calles, y sus respectivos cuatro canales, atiborrados de gente, de luces, de ruidos, de miradas.

En los alrededores del Barrio Rojo hay un restaurante que también está fuera de lugar en Amsterdam. Se llama “La Paella”. Comida española con una carta repleta de raciones de embutidos, quesos, croquetas, pulpo a la gallega, tortilla de patatas... Y, por supuesto, paella. Un restaurante que en su entrada tiene una barra y una televisión, donde los días de “Champions” y los domingos echan los partidos de fútbol que disputan los equipos españoles. Era miércoles y el Real Madrid jugaba un intrascendente encuentro contra un equipo griego, así que allí me planté para deshacerme del aburrimiento, sentado en un taburete y con una caña en la mano.

El propietario de “La Paella” es gordo, nervioso y charlatán, como todos los propietarios de restaurante que se siente orgullosos de serlo. Es un personaje muy particular, que no te deja indiferente. A él le gusta sentirse el patrón de su embarcación, dejarse ver y hacerse escuchar. El propietario te habla de la vida y obra de sus clientes, de sus viajes alrededor del mundo, de los mejores burdeles que ha visitado. En los días de fútbol, si está alegre, él parece un cliente más, participando y dando pie a conversaciones que, como la mayoría de la nacionalidad de los parroquianos que están viendo el partido, son en español. En “La Paella”, en los días de fútbol, tu puedes ir solo, pero, si quieres, puedes dejar de sentirte solo.

El partido era tedioso, el Real Madrid jugaba en el Bernabéu y era excesivamente superior al equipo griego, pero decidí pedirme la segunda caña y ver la segunda parte del encuentro. Estaba dándole el primer sorbo a la cerveza, cuando entró en el restaurante un hombre de cincuenta y tantos, con la mirada infinitamente cansada, que se sentó a mi lado. Se pidió un whisky-cola y se encendió un cigarro.

No fue hasta que se acabó el cubata, cuando me dirigió por primera vez la palabra. Fue un comentario intrascendente sobre el partido, un mero trámite formal para entablar una conversación conmigo. Él había venido solo a “La Paella”, pero quiere dejar de sentirse solo, pensé.

Me preguntó cómo me llamaba y que hacía en Amsterdam. Le conté a grandes rasgos mi pequeña historia y él me preguntó qué pensaban mis padres sobre lo que hacía. Yo le respondí que lo asumen, pero no lo comprenden, sobre todo mi padre. Es normal: todos los padres se preocupen por sus hijos. Yo le pregunté si él vivía en Amsterdam o si estaba de viaje. Entonces él se metió la mano en el bolsillo, abrió su cartera y sacó una foto de carnet de un joven de veintitantos, con pelo largo y barba de varios días.

Es mi hijo, me dijo. Había venido a Amsterdam, pidiéndose vacaciones en la empresa, para buscar a su hijo. Llevaba tres años sin hablar con él por culpa de una fuerte discusión que habían tenido por culpa de una cosa que, a fin de cuentas, no era tan importante. Desde entonces las únicas noticias que había tenido de su hijo eran aquellas que había recibido a través de su ex mujer. Gracias a ella sabía que su hijo vivía en Amsterdam desde hacía casi un año. Él no tenía ninguna dirección a la acercarse, no disponía de ningún número de teléfono al que realizar una llamada. Lo único que él sabía es que su hijo estaba viviendo con una comunidad “de esa gente que ocupa edificios”. Quise recordar la cara que aparecía en esa fotografía tan pequeña, pero no pude ofrecerle ninguna ayuda.

El hombre sacó de nuevo el paquete de tabaco y me ofreció un cigarro. Le dije que no, pero él insistió. Había dejado de fumar. Y no quiero fumarme el paquete entero, me dijo. Nos fumamos el cigarro en silencio. No te enfades demasiado con tus padres porque ellos también pueden salir heridos, me dijo, antes de escribirme en un papel su nombre, su número de teléfono, su dirección de correo electrónico y el nombre de su hijo.

El hombre se levantó del taburete antes de que acabase el partido de fútbol, demasiado intrascendental, mientras me agradeció la compañía agradeciendo la inexistente ayuda. Y se marchó por la puerta un padre sin hijo, dejando en el aire un espacio vacío.