logotipo

img_google
Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Sobre periódicos, una chica y un cruasán de chocolate

Estaba buscando una cafetería cuando una chica con la piel oscura y el pelo negro recogido en una trenza me regaló una sonrisa. Llevaba colgada a la espalda un mochila de colores ácidos, en otro tiempo también brillantes, que le daba el aspecto de colegiala que acaba de salir de la escuela. Pero ella no venía de estudiar: ella estaba trabajando. La chica, de rasgos gitanos, profundos y melancólicos, estaba vendiendo ejemplares de “Piazza Grande”, un periódico independiente que informa mensualmente sobre la realidad social de los sectores más desfavorecidos de Bologna. El ejemplar tiene un precio de 50 céntimos, dinero que sirve para cubrir los gastos de producción de cada tirada, y, como apunta el propio periódico en su portada, con letras en mayúscula, “quello che date in più è il guadagno del diffusore” (aquello que se paga de más es la ganancia del vendedor). Por tanto, todo aquel que se dedica a vender “Piazza Grande” está mendigando, ya que su beneficio económico depende de la generosidad de la gente, pero es una manera de mendigar mucho menos miserable, mucho más aceptable socialmente. Unos mendigos legitimados que, sin embargo, no tienen derecho a pedir limosna ya que, como también apunta el propio periódico en su portada, con letras en mayúscula, “qualsiasi richiesta di soldi al di là dell’offerta libera non è autorizzata” (cualquier petición de dinero que vaya más allá del ofrecimiento desinteresado no está autorizada).

Me gustó la manera con la cual la chica me ofreció un periódico, sin abalanzarse contra mí, sin pronunciar una palabra de lástima o compasión, simplemente regalándome una sonrisa, y le compré un ejemplar por un euro y pico.

Dos pasos después me metí en una cafetería. Me pedí un capuchino y me senté en una mesa. Estaba observando la foto de portada de “Piazza Grande”, que retrataba unos pies descalzos y anónimos que descansan sobre un banco de madera, junto al cual se amontonan algunas bolsas de plástico, cartones y una mochila, cuando la chica entró en la cafetería. Al verme, me regaló otra sonrisa. Pero esta segunda sonrisa era sincera y desinteresada, consecuencia de una reacción instintiva, y, por tanto, mucho más brillante y pegadiza. La chica observó la vitrina de los dulces durante un instante, tiempo suficiente para saber que quería un cruasán relleno de chocolate. Mientras el camarero, que por su avanzada edad debía ser también el propietario del local, le daba el cambio, la chica le preguntó “come stai?”. Ella estaba feliz, y quería compartir su felicidad con alguien, aunque fuera a través de una conversación banal con un desconocido. El camarero le respondió a la pregunta a regañadientes, con una voz tan baja que resultaba casi inaudible, y se puso a colocar botellas, dándole la espalda a la chica. Quizás no tenía ganas de hablar porque estaba pasando un mal día. O quizás no quería que la clientela pudiera pensar que tenía ganas de hablar con ella.

Y la chica se marchó por la puerta de la cafetería, volviendo a la calle, con un fajo de periódicos en la mano derecha y con un cruasán de chocolate en la izquierda.
 
El Jefe, un egoísta de la risa

El Jefe es un ser omnipotente por naturaleza. Él, como propietario legal del espacio laboral donde desarrolla su actividad, ya sea un restaurante, un almacén o una oficina, se considera también propietario, por ley no escrita, de todo lo que hay en él, incluyendo sus empleados. Un instinto irracional de posesión que el Jefe ha desarrollado como consecuencia lógica de ser humano y vivir en nuestra sociedad capitalista, en la que el dinero es la medida cuantitativa del valor de las cosas y en la que todo está en venta, ya sea algo material, como un coche o una mesa, o inmaterial, como la libertad de una país y sus ciudadanos.

El Jefe, como dueño tácito de sus empleados, esclavos retribuidos y por contrato, ejerce una rígida dictadura emocional sobre ellos, siendo el único con derecho a imponer un estado de ánimo. La felicidad, la apatía o la tristeza no son una consecuencia de la situación personal de los empleados, sino una imposición del Jefe. Una codicia emocional que se acentúa cuando se trata de la alegría. El Jefe es un egoísta de la risa. Así, en su espacio de trabajo, él es la única persona apta, a excepción de los clientes y su incontestable razón, a ser feliz y materializarlo con comentarios jocosos, bromas improvisadas, carcajadas ruidosas o cualquier otra demostración pública de alegría. Una felicidad que, según su nivel de buen humor y su necesidad de transmitirlo, el Jefe puede compartir con sus empleados, delegándoles temporalmente el derecho a sonreír mientras están trabajando.

La alegría de los empleados, ejercida espontáneamente y por iniciativa propia, provoca la mayoría de las broncas del Jefe, cuya intensidad dependerá de su estado de ánimo.

A pesar de todo, el empleado aún disfruta de una pequeña posibilidad de ser feliz en su puesto de trabajo, ya que el Jefe, producto genético de nuestra sociedad capitalista, siente una avaricia más profunda e irracional que la emocional: la económica.