Viajes a los Balcanes (IV)
VII. EL FIORDO MONTENEGRINO
El paisaje costero de Croacia es homogéneo e inalterable de Norte a Sur: trozos de tierra de frondosa vegetación y suaves contornos, como bosques que han sido arrastrados y amasados por el viento, que se adentran en el mar; y trozos de mar de aguas punteadas de islas solitarias y de azul que cambia de tonalidades según la brisa, el sol y las nubes, que se adentran en la tierra. Una sinuosa línea que une, o separa, Croacia y el Adriático, la tierra y el mar, con suave armonía.
Sin embargo, este panorama cambia radicalmente al atravesar la frontera de Montenegro. El paisaje costero es conquistado por áridas y rocosas montañas, cuya verticalidad se despeña por las laderas y se estrella violentamente contra el mar. El culpable de esta transformación radical es el fiordo que se encuentra en esta región de Montenegro, él más meridional de Europa, cuya omnipotencia y ruda grandiosidad me hizo sentirme diminuto, inmensamente insignificante. Llevaba tanto tiempo encerrado en la ciudad que había olvidado la fuerza que puede ostentar la Naturaleza, lo sublime que puede parecer en comparación con el ser humano y todo lo creado con sus manos. Me invadía violentamente una sensación de inferioridad que, sin embargo, no parecía afectar a los autóctonos de esta región que, sentados en la orilla, solos o en compañía, pescando, fumando o simplemente estando, observaban con imperturbable tranquilidad el despeñarse de las montañas contra el mar. ¿Cuál será su secreto? ¿La ignorancia? ¿O la conciencia de su inexorable mediocridad en confrontación con la Naturaleza, frente a la cual no pueden hacer nada más allá de la pasiva contemplación de su magnificencia, de la impasible admiración de su superioridad?
Vothy
Esta mañana he leído el relato “Vothy”, que forma parte del libro “Hijos del Monzón” de David Jiménez. La historia que cuenta, basada en hechos reales, narrada desde el punto de vista del autor, me ha impactado profundamente. Su lectura me ha hecho sentir para, luego, forzarme a pensar. Y he pensado en Vothy, la niña camboyana que protagoniza la historia. Y he pensado en David Jiménez, escritor y corresponsal de “El Mundo” en el continente asiático. Y he pensado en mi última borrachera, disfrazado de voyeur en una fiesta de disfraces. Y he pensado en el futuro, siempre incierto. Y he pensado en la última vez que estuve enamorado, que no fue correspondido. Y he pensado en mis padres, que me han enviado una carta desde Polonia. Y he pensado en Riise, jugador del Liverpool que ayer se metió un gol en propia puerta en las semifinales de Champions League. Y he pensado en mcmcomunicazione.com, un sito-web de trabajo temporal donde tengo que entrar para actualizar mi currículo. Y he pensado en las palomas, que siempre están a la búsqueda de un pedazo de comida. Y he pensado en los niños pequeños, que siempre corren detrás de las palomas. Y he pensado en Sandra, que anoche rechazó, por primera vez, la invitación a tomarse una cerveza conmigo. Y he pensado en Antonio, el propietario de una lavandería sobre quien estoy escribiendo un relato. Y he pensado en un filete de ternera, que he sacado del congelador para poder cocinarlo al mediodía...
Es difícil vivir, ser consciente de ello y no sentir miedo. Ser parte de esta realidad de contradicciones, de hechos encontrados, de sensaciones incompatibles, de pensamientos antagónicos. Una existencia que combina banalidad y profundidad. Sentimientos intensos y emociones fugaces. Vidas trágicas y vidas frívolas. Amor y venganza. Experiencias inolvidables y actos rutinarios. Miradas analíticas y miradas incapaces. Suicidios y supervivientes. Políticos pragmáticos y niñas risueñas. Vasos de vino y botellas de agua. Presentes con futuro y presentes infinitos. Oídos que oyen y oídos que escuchan. Manteles rojos y sillas grises. Estómagos hambrientos y cuerpos anoréxicos. Campo y ciudad. Espíritus rebeldes y espíritus conformistas. Humor negro y lágrimas de alegría. Piel y vísceras. Manos que agarran y manos que acarician. Vejez y adolescencia. Días lluviosos y noches de luna llena. Fotografías de guerra y cuentos de hadas. Hombres y mujeres...
Pienso en la vida, torturándome, en mi propia ignorancia, en mi ausencia de experiencia, consciente de mi incapacidad de hallar ninguna respuesta. ¿Qué significa vivir? ¿Qué sentido tiene? Y sólo encuentro un hálito de verdad en un pensamiento: la vida consiste en vivir para, algún día, morir.
Viaje a los Balcanes (III)
V. DUBROVNIK
Después de 12 horas de viaje nocturno en autobús, de entrar y salir de Bosnia-Herzegovina, donde los conductores desayunaron una espesa sopa de verduras cuando aún estaba amaneciendo, llegamos a Dubrovnik. Conocida como “la Perla del Adriático”, esta ciudad de glorioso pasado político, comercial, cultural y artístico era la visita más deseada por mis compañeros de viaje. Para mí, una ciudad bonita más por conocer.
El casco viejo de Dubrovnik, amurallado, tiene un encanto especial. Sus casas de piedra blanca y sus tejados con tejas rojas, sus calles estrechas y empedradas con un mármol límpido y brillante que de noche, al reflejar la luz de las farolas, parece mojado, su robusta muralla que durante siglos ha protegido a la ciudad de los ejércitos enemigos y que, ahora, la protege del ruido y la contaminación del tráfico, sus vistas al mar Adriático, sereno y pensativo... Cada rincón de la vieja Dubrovnik es suficientemente estético para ser encuadrado y vendido como postal de recuerdo. Pero, mientras subía y bajaba sus callejuelas, me detenía en el centro de sus diminutas plazas, observa la luz que se derramaba por las fachadas de sus casas, sentía algo que me molestaba. Había algo que se escondía, que pasaba desapercibido a la mirada fugaz y poco exigente del turista, que, en silencio, mentía porque no estaba diciendo toda la verdad.
Horas después, en uno de los extremos de su vía principal, la tantas veces adulada por escritores y autores de guías de viaje “Placa”, un cartel que informaba sobre los bombardeos sufridos por Dubrovnik durante la guerra civil de principios de los años 90 me dio la respuesta. A causa de la crueldad de aquel conflicto bélico, la vieja Dubrovnik sufrió el impacto de alrededor de 2.000 proyectiles. El 68% de sus edificios fueron dañados por las bombas, dejándola a escasos centímetros de la ruina absoluta. Consciente de la importancia de la vieja Dubrovnik, ya sea por ser la herencia material más valiosa de un tiempo pasado, que indudablemente fue mejor, ya sea por ser fuente inagotable de turismo internacional, el Gobierno croata ha hecho todo lo posible para reconstruirla de la manera más fidedigna posible. Para esta restauración han puesto en práctica métodos de trabajo tradicionales y han usado materiales homólogos a los que se usaron en la época. Pero, a pesar de haber sustituido las tejas de todos los tejados para que tengan un color homogéneo, a pesar de haber usado piedras calcáreas de la isla de Brac, cuyo blanco tiene una tonalidad similar a las utilizadas en las viejas construcciones, que provenían de la isla de Korcula, a pesar de haber contratado a expertos en restauración que se han dedicado durante años, en exclusiva, a trabajar en la ciudad, las huellas del tiempo, el visible contraste entre el pasado y el presente, son evidentes. No hay nada más dañino a los ojos del observador que la falsa antigüedad de un edificio histórico, los monumentos de pastiche. Dubrovnik me ha dejado en los ojos un sabor agridulce.
VI. NICOLAO Y DIANA
Nicolao, como tantas otras personas que viven del turismo en Dubrovnik, comienza su jornada laboral en las dársenas de la estación de autobuses. Sin embargo, él no ofrece habitaciones donde pasar la noche, como la mayoría, sino que es propietario de una monovolumen con la cual realiza excursiones por los alrededores de la ciudad a precios módicos, siempre negociables. Nicolao conoce a todos sus colegas de trabajo, pero él no es fiel a ninguno. El día que llegamos a Dubrovnik ayudó a Ivor, que alquilaba habitaciones, a regatear con nosotros el precio de las camas. En cambio, a la mañana siguiente, se asoció con Slodobanka, que también alquilaba habitaciones, para trasladarnos a su casa y, después, hacer una excursión en su monovolumen a Kotor, en Montenegro. Antes de ponernos en marcha, Nicolao mantuvo una conversación con Ivor en un extremo del parking, alejados de miradas y oídos indiscretos. Ivor, seguramente, le reprocharía a Nicolao por habérsela jugado, para luego perdonarle, como tantas otras veces habrán tenido que hacer Nicolao con él. En el sector turístico, como en la guerra, no hay mejor amigo que tu peor enemigo.
Antes de empezar nuestra excursión a Kotor, Nicolao nos llevó a su casa para, palabras textuales, “coger una cosa”. La “cosa” en cuestión resultó ser Diana, una mujer americana, de media melena peinada con la raya en el medio, como una niña de primaria, y con la piel rugosa y punteada de manchas oscuras, como una persona de su edad. En casa de Slodobanka, donde hicimos una segunda parada para dejar las mochilas, Diana se ofreció a hacernos una breve autobiografía mientras bebíamos una café a la turca que, como de costumbre, eran posos la mitad de la taza. Con su inglés de profesora nativa de academia privada, Diana nos contó que había nacido en Boston, ciudad agradable, pero demasiado fría. Después de graduarse en la Universidad, se trasladó a Puerto Rico, donde vivió cinco años, como así hizo en La India, antes de regresar a EE.UU. para casarse y formar una familia. Así podría haber puesto el punto y final a su historia, añadiendo quizás algún comentario sobre su trabajo y/o sobre la forma de ser o física o los estudios de sus hijos, y todos hubiéramos pensado que tenía una vida feliz y tranquila. Pero Diana es ese tipo de personas que no se conforman con una vida feliz y tranquila. Ella le exige mucho más al día a día, es una revolucionaria de la rutina. Así y ahora, ella trabaja en Sarajevo como profesora de Filología Inglesa en la Universidad, después de liberarse legalmente de los compromisos matrimoniales para poder hacer las maletas y cumplir uno de sus sueños pendientes: vivir en Europa.
Diana ha desafiado la verdad de su edad y ahora está viviendo una segunda juventud, con una fuerza vital que, siendo demasiado inmensa para contenerla en un cuerpo tan pequeño, desbordaba su piel, en cada uno de sus gestos, inundaba su boca, en cada una de sus sonrisas.
El resultado de las elecciones italianas
Una vez concluidas las elecciones italianas, 3 son las conclusiones fundamentales que se pueden extraer de los resultados:
1. Berlusconi será proclamado, por tercera vez en la historia de la democracia italiana, Presidente del Gobierno.
2. La Lega Nord será, con casi el 10% del total de los votos, la tercera fuerza política con más representación en el Gobierno, ya sea en el Congreso de los Diputados como en el Senado.
3. Ningún partido de izquierdas tendrá representación, por primera vez en la historia de la democracia italiana, en el Gobierno, ya sea en el Congreso de los Diputados como en el Senado.
La gente se lija el cuerpo
Sandra, una chica que estudia Astronomía, dice que la gente se lija el cuerpo. Se lija la frente, se lija los brazos, se lija la espalda... Se lija poco a poco, a diario, de una forma tan sistemática que se ha convertido en una acción mecánica, casi involuntaria. La gente lo hace para poder pasar por un agujero diminuto, que todos compartimos y por el que todos, de vez en cuando, nos asomamos. Al otro lado de este agujero, está esa cosa que nadie sabe cómo definir, pero que todos llaman Felicidad.
Sin embargo, hay unos pocos que, en lugar de lijarse, de reducir su inmensidad, de simplificar su complejidad para poder pasar por el agujero, deciden coger un martillo y golpearlo. Lo golpean, lo golpean, lo golpean, con este martillo, que a veces es ligero como una pluma, que a veces parece pesar toneladas, para romper el agujero y moldearlo a la forma de su cuerpo. Estos pocos están convencidos de que se puede alcanzar la Felicidad caminando de pie, con la frente alta, sin tener que renunciar a un solo milímetro de ellos mismos.
Racismo político
En Italia hay racismo. Desgraciadamente, este no es un hecho sorprendente, no es extraordinario. ¿Acaso existe algún país occidental en el que un porcentaje de su sociedad, ya sea alto o bajo, no sea racista, es decir, que exalte la superioridad de su propia raza frente a las demás, por las que siente rechazo, miedo, odio y/o desprecio?
Sin embargo, en Italia no sólo hay racismo, sino que éste se usa como reclamo ideológico para conseguir el voto del electorado italiano. Al menos, ésta es la estrategia política de Lega Nord para las próximas elecciones generales italianas, que tendrán lugar dentro de un par de semanas. Desde su fundación a finales de los años 70, Lega Nord ha basado su programa político en la autodeterminación de la Padania, que aglutinaría a todas las regiones italianas que se encuentran al norte de Roma, y, por tanto, en la disgregación con la Italia meridional, subdesarrollada y corrupta, que sobrevive gracias a los impuestos que ellos, los italianos del norte, pagan. Pero sus prioridades ideológicas han cambiado con el paso de los decenios, con el cambio de milenio, adaptándose a la nueva sociedad italiana, globalizada y multicultural, en la cual los principales culpables de los problemas del país no son los terrones, sino los inmigrantes. Y si existe el demonio, Umberto Bossi, líder político de Lega Nord, sabe que es de raza gitana y ha nacido en algún horrible rincón de Rumania.
Lega Nord defiende una ideología política que, sorprendentemente, es al mismo tiempo despreciable y cómica, como ponen de manifiesto los dos panfletos propagandístico que ayer me encontré en la puerta de casa. El primero, en el que estaba representado un indio americano, rezaba: “Loro non hanno potuto mettere regole all’immigrazione. Ora vivono nelle riserve! Pensaci” (Ellos no han podido poner reglas a la inmigración. ¡Ahora viven en las reservas! Piénsalo.) Y en el reverso del folleto, un listado con datos sobre la criminalidad y la situación de clandestinidad de los inmigrantes en Italia, con un apartado reservado a la inmigración rumana que, palabras textuales, deben dar las gracias al Gobierno de Prodi (especialmente los rumanos de raza gitana).
El segundo panfleto lo he fotografiado. Su dibujo, cuyos personajes parecen sacados de un capítulo de Los Simpsons, borrando cualquier atisbo de seriedad al mensaje, reforzando su estupidez, habla por sí solo.

Y en el reservo del panfleto, que me niego a fotografiar, un retrato de Umberto Bossi que mira con determinación a la cámara, mientras levanta su puño derecho.
Una propaganda política que el ciudadano común, el que tiene dos dedos de frente y alguna neurona en la cabeza que sirva para algo más que recordarle que tiene que ir al cuarto de baño cuando tiene ganas de mear, no puede tomarse en serio. O sí. Y preguntarse hasta qué punto es admisible que este tipo de mensajes xenófobos circulen libremente por su ciudad. Italia es un país democrático, en el que la libertad de pensamiento y de expresión son dos de sus pilares básicos, pero ¿es lícito en una democracia expresar, defender, generar y propagar el odio hacia otras personas?
En las elecciones generales italianas del 2006, Lega Nord obtuvo alrededor de 1.700.000 votos. Una cifra que supuso un 5% del escrutinio total y que le permitió sentar a 26 miembros de su partido en el Congreso de los Diputados. Un resultado electoral que, según las previsiones, se mantendrá en las próximas elecciones generales y que será fundamental para que Berlusconi vuelva a ser nombrado Presidente de Italia. Lega Nord y Il Popolo della Libertà, el partido de Berlusconi, están aliados para formar gobierno.
Viaje a los Balcanes (II)
III. ZAGREB
Zagreb, la capital de Croacia, nació a inicios del S. XVII de la unión de dos ciudades, situadas en lo alto de dos colinas vecinas, que fueron enemigas históricas hasta que el instinto de supervivencia, que no reside exclusivamente en animales y plantas, sino también en imperios, edificios, ciudades y tantos otros seres supuestamente inanimados, las obligó a poner fin a sus hostilidades para sobrevivir a una profunda y compartida crisis económica. Desde entonces, Zagreb ha formado parte de grandes naciones europeas, como el Imperio Austro-Húngaro y la Yugoslavia de Tito, pero siempre ha estado relegada a un puesto secundario. Un pasado histórico que le ha dejado en herencia una belleza ordinaria, sin grandes pretensiones e fácilmente olvidable, pero honesta y sorprendentemente luminosa en un día cálido de prematura primavera.
La guía “Lonely Planet” de Croacia, en su apartado dedicado a la cultura del país, apunta: Los croatas aman la buena vida y le dan gran importancia a las apariencias. Las calles están limpias, sus trajes son elegantes y las fachadas de las casas casi siempre parecen recién pintadas. A pesar de la debilidad de su economía, la gente prefiere renunciar a cenar fuera de casa o ir al cine con tal de poder permitirse hacer un viaje a Italia, donde renovar su armario con las ultimas tendencias en moda. Teniendo en cuenta la elevada tasa de desocupación y los salarios congelados desde hace ya tantos años, muchos turistas extranjeros se preguntan cómo los croatas logran sobrevivir y por qué no hay rastros de miseria en el país.
Mi impresión de Zagreb, si bien fugaz y superficial, coincide al cien por cien con esta descripción de la sociedad croata. Calles peatonales atiborradas de terrazas que, a su vez, desde primera hora de la tarde están atiborradas de personas. Mujeres de cuerpos estilizados cuya apariencia externa es el resultado de un elaborado y costoso trabajo, en el que nada es fruto de la casualidad, y que pone en entredicho su belleza interior. Tranvías que se detienen en la Plaza Josip Jelacica, centro neurálgico de Zagreb, donde empieza diariamente el milagro de la ciudad para aquellos que viven en los barrios residenciales. En definitiva, Zagreb tiene una intensa y agitada vida de calle, característica que define cualquier capital occidental, y que, a pesar de la imagen que tenía de un país balcánico, hace que la capital croata tenga mucho más de cultura mediterránea que centro-europea.
IV. EMBAJADA ESPAÑOLA DE ZAGREB
Para acabar con mi incómoda situación de extranjero sin papeles y, por tanto, ilegal, fui a la embajada española de Zagreb que, situada en una calle sin placa y con una sola acera, resultó muy difícil de localizar. La embajada era una pequeña casa de paredes amarillas con jardín, que se asemejaba mucho más a un apartamento de playa que a un edificio gubernamental, y que hubiera sido imposible identificarla si no fuese por el policía que hacía guardia en la entrada y la enorme bandera roja y gualda que descansaba en su fachada.
Un joven desaliñado y de rostro apático me abrió la puerta y me pidió que me sentara en la “sala de espera”, que en realidad era un pasillo de apenas un metro de ancho y cuatro de largo, en el que habían dos sillas de cuero y cuatro carteles con textos en español pegados en la pared. Un espacio claustrofóbico en el que los minutos eran mucho más densos y, por tanto, el hecho de tener que esperar era mucho más molesto que de costumbre. Una mujer de mediana edad, de cabello corto y cuerpo concéntrico, me recibió sin invitarme a entrar en la habitación en la que ella se encontraba, entablando una conversación a través de una puerta abierta, desde dos espacios físicos distintos y separados. Incómodo, le explique mi situación y ella me pidió, con un español fluido y lleno de frescura, que la delataba como española de origen, que volviera a esperar mientras estudiaba que se podía hacer.
Para amenizar la espera, que se prometía larga, conversé con un joven croata que ocupaba la otra silla de la “sala de espera”. Tenía el pelo cortado a máquina, ligeramente más rapado por los lados, con la mayoría de los jóvenes croatas. Él estaba en la embajada para conseguir un permiso de residencia. Quería trasladarse este verano a España, donde tenía pensado buscar trabajo en la costa levantina. Ésta no sería la primera vez que lo haría: hace tres años estuvo trabajando en un hotel de la costa gaditana. Pero ahora pensaba quedarse más tiempo, quizás un año, y quería que, en esta ocasión, su situación en España fuera completamente legal. Cuando yo le comenté que vivía y trabajaba en Italia, él me hizo la pregunta que en los últimos meses me han repetido tantas veces, principalmente personas que viven o quieren vivir fuera de su país de origen: ¿por qué has cambiado Italia por España cuando la situación económica de España es mucho mejor? Es como si la gente fuera incapaz de comprender que la felicidad es un concepto demasiado humano para poder ser parangonado con la economía de un país.
Tras media hora de espera, la funcionaria encontró la solución a mi problema: hacerme un pasaporte temporal de tres meses. Pero, para poder expedirlo en esta embajada, tenía que declararme oficialmente como residente en Croacia. Así, mientras rellenaba una ficha con mis datos personales, le pregunté que debía escribir en el espacio reservado a mi residencia actual. “Tienes que escribir una dirección de Croacia.” “Pero yo no conozco ninguna.” “Pues, invéntatela.” “No puedo inventarme la dirección que supuestamente tengo en un país del cual no sé ni siquiera cómo se escribe la palabra calle. ¿Por qué no me dice usted alguna?” “No puedo. Esta responsabilidad es exclusivamente tuya.” A pesar de la lógica de mis argumentos, ella no dio su brazo a torcer, negándose a darme una dirección cualquiera, al azar, aunque ni siquiera existiera. Al final encontré la solución a este absurdo problema: escribir una dirección que, casualmente, tenía apuntada en un cuaderno que, casualmente, llevaba conmigo en ese momento. A partir de aquel momento, de forma oficial, vivo en el numero 10 de la calle Setaliste Kralja Zvonimira, en la ciudad de Dubrovnik. O, lo que es lo mismo, vivo en un albergue juvenil cuya existencia sólo conozco a través de internet, en el cual nunca he estado. Y, posiblemente, nunca estaré.
Una vez rellenado todo el papeleo, solo faltaba un detalle, pequeño pero esencial, para terminar con todo el proceso burocrático: imprimir el pasaporte. La funcionaria necesitó la ayuda de una colega y del libro de instrucciones de la fotocopiadora porque, como ella misma me confesó, hacía años que no hacían un pasaporte español en esta embajada. Después de varios intentos fallidos, consiguieron hacer mi pasaporte, que tenía el formato antiguo que desde hace varios años se dejó de utilizar en España. Entonces, la funcionaria, por primera vez relajada y visiblemente satisfecha, me dijo: “Vaya día ajetreado que hemos tenido hoy. Todos aquellos que podían haber venido a la embajada, lo han hecho esta mañana. Así no se puede trabajar. Mira qué hora es: casi las dos y media.” Sin lugar a dudas, la figura del funcionario es universal. Y ya sea croata, español o inglés, no hay nada que le de más fastidio a un funcionario que tener que hacer su trabajo un viernes por la mañana.
Viaje a los Balcanes (I)
I. CAMBIO DE AIRES
Hace un mes me encontraba en la cumbre más alta de una inesperada crisis personal. Estaba en el paro, tenía que buscar una nueva casa, estaba pagando las facturas anímicas de una nueva derrota emocional... En aquel momento veía el futuro a través de un cristal opaco, demasiado sucio. Pero entonces me encontré con Felix, un amigo español, que me hizo una propuesta irrechazable: hacer un viaje por los Balcanes. Sin dudarlo un instante, me apunté a la expedición. Necesitaba un cambio de aires, alejarme de Bologna y de su realidad cotidiana. Un viaje improvisado, en el que todo sería improvisado, era la mejor manera de ponerle un punto y aparte a mi situación personal, de saciarme de nuevas experiencias y de poder empezar “da capo” mi vida.
Pero si quería hacer el viaje no podía dejar ningún cabo suelto en Bologna. Disponía de un semana para recolocar mi rutina cotidiana y me comporté como un alumno modelo de la escuela de primaria. Así, el día antes de hacer la maleta, la fortuna me compensó todas las desilusiones que había sufrido en este comienzo de año, dándome de primeras dadas un póker de ases: una nueva casa encontrada, una nueva bici regalada, un nuevo trabajo que realizar y una nueva muchacha que descubrir. Estaba en condiciones para viajar como me gusta: con la maleta ligera de equipaje y la cabeza libre de preocupaciones.
II. TREN BOLOGNA-ZAGREB
A las 17:30 quedé con Josu, Vanesa y Félix, mis tres compañeros de viaje, en la estación de trenes de Bologna. Félix llegó con media hora y una combinación de líneas ferroviarias de retraso, uniéndose definitivamente al grupo en Venezia. Con la expedición al completo, sólo 7 horas de tren nocturno y 2 fronteras nos separaban de nuestra primera etapa del viaje: Zagreb.
En un viaje nocturno en tren, a diferencia de hacerlo en bus, es imposible dormir más de 2 horas seguidas porque los revisores cumplen puntualmente su obligación de despertar a los viajeros para revisar sus billetes. Una molestia constante que se vuelve mas irritable si la ruta del tren es internacional porque al revisor se une el policía de aduana, que no solamente te despierta, sino que lo hace de forma agresiva, con sus palabras, con su mirada, como si tratase de enfatizar en cada uno de sus gestos su condición de militar y, por tanto, su supuesta superioridad ante el común de los mortales.
En la frontera entre Italia y Eslovenia tuvimos el primer encuentro con la policía de aduana. Allí, con la mirada nublada por el sueño robado, vi, o creí haber visto, como un agente examinaba con lupa mi pasaporte, que me devolvió sin dirigirme una sola palabra. Un detalle que hubiera carecido de importancia si no fuera porque, pocas horas después, en la frontera con Croacia, otro policía de aduana, que no necesitó examinar mi pasaporte con lupa, me pidió que le mostrase el DNI. Yo le respondí que no lo llevaba conmigo, que estaba viajando sólo con el pasaporte. Entonces él me ordenó, con un italiano de sintaxis simple, claro y conciso, que cogiera mi equipaje y lo acompañara. Yo le pregunte el porqué, y él me respondió que mi pasaporte estaba caducado. Yo no quise creerle, y él me lo mostró, sin dejarme que lo cogiera. La validez de mi pasaporte había expirado el 20 de febrero del 2008. Es decir, apenas 24 horas antes.
Con una sonrisa estúpida dibujada en la cara, incapaz de asimilar la gravedad de lo que estaba sucediendo (había pasado la frontera de un país, y estaba intentando atravesar otra, indocumentado), seguí al policía, en silencio. Éste se detuvo en el siguiente vagón, y yo con él, delante de un compartimento-dormitorio, para despertar y pedir la documentación a un grupo de jóvenes americanos. Utilizando ahora un inglés de sintaxis simples, claro y conciso, dijo al grupo de jóvenes americanos que no podían entrar en Croacia sin visado. Esta inesperada noticia cayó como un jarro de agua fría en sus rostros, volatilizando cualquier rastro de legañas y de pesadez en sus párpados. Entonces, el policía me miró, con una ligerísima sonrisa en los labios, y reconocí en su mirada al niño travieso que saborea la euforia de una travesura que ha salido perfecta. Se sentía orgulloso de haber metido el miedo en el cuerpo a los jóvenes americanos. Con un tono de voz descaradamente amable, me preguntó a dónde iba. “Zagreb”, le respondí. “No. Tú tienes que ir a Budapest.” “No puedo. No viajo solo y ya tengo pagada la habitación de hotel en Zagreb.” “Es mejor si vas a Budapest.” “Por favor. Yo solamente soy un turista que quiere conocer Croacia. Estaré en el país sólo 4 días. Por favor...” De nuevo, el policía dibujo una ligerísima sonrisa en sus labios, un instante antes de abrir mi pasaporte y timbrarlo con el sello de la aduana croata. “No te metas en problemas, ¿ok?” Y así entre en Croacia, con el pasaporte caducado, legalmente indocumentado.
Una parada de autobús
La primera noche que pase en Bologna fue durante un viaje que realicé por el norte de Italia con un par de amigos. En aquella ocasión no encontramos a alguien que nos acogiera en su casa y acabamos durmiendo en una plaza –que no parecía una plaza, sino una calle más ancha- y, más en concreto, en una parada de autobús.
Ahora, dos años después, vivo en una piso situado en aquella plaza, que se llama Piazza Aldrovandi, y, desde la ventana de mi habitación, se ve aquella parada de autobús.





