Antonio
En Via Petroni, una de las calles más inquieta y ruidosa de Bologna, está la lavandería “Wash&Dry”, donde siempre hago la colada. El negocio es geométrico y aséptico, de iluminación tenue que tiende al verde, en el que dos hileras de lavadoras zigzaguean por el suelo y dos hileras de secadoras se amontonan hasta el techo. Dos enormes fotos, en blanco y negro, pero coloreadas, de tiempos ya pasados, que retratan ropa tendida y mujeres lavando, y tres ramos de flores, uno azul, otro naranja y otro rosa, de colores saturados, brillantes, de plástico, decoran una de sus paredes. Al fondo, una ventana enrejada, junto a la cual se acumulan folletos publicitarios, revistas y una diminuta planta verde, sin flores y apenas alguna hoja, frágil y anónima, que crece dentro del envase de plástico de un yogurt de frutas del bosque, que pasa casi desapercibida. También al fondo, una puerta doble, con la primera puerta siempre abierta y, en la segunda, batiente, siempre cerrada, una pegatina en la que está escrito “vietato entrare”. Junto a la puerta doble y la ventana enrejada hay un “campanello” metálico, de color amarillo, oxidado, que se debe timbrar para que, con un poco de suerte, aparezca Antonio, el responsable del negocio.
Antonio tiene la mirada trasparente, casi inexistente, y el pelo lacio, corto, imperturbable. Su sonrisa es ancha y fija, más una imposición que una elección, que ha moldeado las profundas arrugas de su cara, como una gota de agua que ha caído en la superficie de una fuente y ha provocado un maremoto a pequeña escala. Un rostro arrugado que no es de verdad, que es de madera: una máscara de carnaval o un uniforme de trabajo que oculta al “bambino” risueño que es Antonio. Un niño bueno que, para contentar a su madre, siempre viste jerséis de colores oscuros, más sufridos, y de cuello alto, haga frío o calor, para protegerse la garganta y no pillarse un resfriado.
Junto a Antonio, a la altura de sus rodillas, siempre está Fina. Hacen una pareja indivisible: no hay uno sin el otro. Fina tiene un ojo grisáceo, que se ha desteñido por culpa de una catarata, que la está dejando tuerta. Su mirada es cansada, apática, de perra vieja, como su pelo, canoso y escaso. De primeras, Fina tiene muy malas pulgas, como un abuelo cascarrabias, y ladra a todo el que entra en la lavandería. Pero ella ladra por defecto, como si lo hiciera por educación o por compromiso, para saludarte. Cuando te coge confianza, se acerca a tu pierna, se refriega con el lomo y te olfatea los zapatos. Entonces, Fina te sigue mirando con cansancio, con apatía, pero ya no se pone nerviosa cuando hablas con Antonio.
En la ventana enrejada, pegada con papel celo, tan pequeña que parece no querer ocupar espacio, hay una estampita de la Virgen Medugorje que reza: “Se sapeste quanto vi amo piangereste de gioia.” (Si supieseis cuanto os amo, lloraríais de alegría.) A su lado, imprimido en un folio, con caracteres en color azul celeste, otro mensaje anunciado por otra virgen, Mirjana Dragiveciv Soldo, el 2 de marzo de 2007, que comienza: “Vi parlerò stamattina di quello che avete dimenticato, si tratta dell’Amore...” (Esta mañana os hablaré de aquello que habéis olvidado, se trata del Amor...) Este mensaje está escrito también en inglés.
A Antonio le gusta conversar. Por ello, y porque es hospitalario, siempre te ofrece un café, de máquina, o un vaso de vino, “bianco frizzante”, de la Puglia, el “tacón” de la península itálica, su región de origen. Antonio te habla de su vida, y te pregunta sobre la tuya; te habla de los vinos italianos, y te pregunta sobre los de tu país; te habla de Fina y cuando era joven, y te pregunta si te gustan los perros... Antonio es un conversador apasionado. Él habla y habla, saboreando cada palabra, disfrutando del milagro cotidiano de producir sonidos que tienen sentido, que comunican, que crean vínculos afectivos entre dos personas que, un instante antes, eran dos completos desconocidos. Su voz fluye de su boca con calma, sin prisas, encajando con precisión cada palabra, y sólo se quiebra cuando habla de los “barbones” que se pasan el día en el portal de enfrente y que, diariamente, entran en la lavandería para perder el tiempo, y hacérselo perder a él.
Junto a las dos hileras de secadoras, enormes, grises, de las cuales no funciona la mitad, hay un mensaje, imprimido en un folio, que avisa que está prohibido “spogliarsi, lavare o asciugare scarpe, camminare a piedi nudo y fumare”. (Desnudarse, lavar o secar zapatillas, caminar descalzo y fumar). El mensaje está escrito también en árabe, pero no en inglés.
El día de San Valentín, Antonio compró galletas y cruasanes rellenos, de pastelería, para ofrecerlos, junto al habitual café o vaso de vino, a los clientes que, enamorados o no, aún creían en el amor. En Navidad, Antonio compró, en el rastrillo solidario de una parroquia, un portal de Belén que, situado en una esquina, protegido detrás de un cristal, ambientó la lavandería durante un par de semanas. El portal estaba compuesto de cinco figuras obesas, como saturadas de aire, que representaban a San José, la Virgen María, el Niño Jesús, la mula y el buey. Entonces, Antonio te comenta que el portal de Belén es de origen sudamericano, como Gloria Polo, una doctora colombiana que fue la protagonista de un milagro, y te cuenta, entusiasmado, su historia. Según Antonio, la experiencia de Gloria Polo es la cosa más bonita que ha leído en su vida, que necesita ser contada en fechas navideñas. Si tú le dices que estás de acuerdo, que es realmente una historia preciosa, Antonio desaparece al otro lado de la puerta doble, escoltado por Fina, para volver a los pocos segundos con un trozo de papel en el que ha escrito, con una caligrafía limpia y pomposa, que desenmascara de nuevo al “bambino” que hay detrás de su rostro de madera, la dirección de la página web oficial de Gloria Polo, en la cual te puedes descargar, en formato “word”, su historia, contada en primera persona, y leerlo en casa.
En su testimonio, transcrito de una entrevista concedida a la Radio María de Colombia, Gloria Polo relata como, después del impacto de un rayo, siendo alma, deja atrás su cuerpo de carne y hueso, calcinado, y entra en un túnel blanco, aunque no es blanco porque ningún color terrenal es comparable con la luz celestial que lo ilumina. Dentro de este túnel, por todas partes, en un solo instante, se encuentra con todos sus familiares, los vivos y los muertos, y los abraza. Entonces oye la voz de su marido, que la llama, que le grita que no sea cobarde, que piense en sus hijos, y su alma regresa al mundo de los vivos y se mete, con mucho dolor, en su cuerpo. Salen como chispas de todas partes. Su cuerpo, tendido en una camilla, destrozado, casi sin carnes, le duele, al sentirlo, al verlo. Los médicos la están intentando reanimar con choques eléctricos, sacarla de su paro cardiaco, cuando de las paredes del quirófano empiezan a brotar muchísimas personas, aparentemente normales, pero con la mirada llena de odio, que se acercan a ella, que la rodean, que la quieren agarrar. Aterrorizada, ella, para escapar de estos demonios, sale de su cuerpo muerto, siendo de nuevo solo espíritu, y salta al otro lado de las paredes del quirófano, cayendo al vacío. Una infinidad de túneles, oscuros, malolientes, malditos, que van hacia abajo, que se hunden, que no parecen tener fondo.
Sin embargo, son finitos, y al final de ellos hay una llanura desolada, que irradia desesperación, y en cuyo suelo se abre una boca inmensa, un abismo infinito, que trata de absorberla, de engullirla. En ese momento, a ella se le queda “el ateismo en el camino” y grita: “¡Almas de purgatorio, por favor, sáquenme de aquí!”. A su alrededor, donde antes no había nada, surgen millares y millares de personas, sobre todos jóvenes, que se lamentan, que gritan, que tiritan y ella siente el rechinar de sus dientes. Gloria Polo se da cuenta que son todos aquellos que, en un segundo de desesperación, se habían suicidado y grita: “Por favor, miren, sáquenme de aquí, que yo soy católica. Pero, ¿quién se equivocó?” Entonces se escucha una voz dulce, que la estremece por dentro, que inunda el espacio de paz y amor porque es la palabra del Señor, que le dice: “Muy bien, si tú eres católica, dime los mandamientos de la ley de Dios”. Gloria Polo ve en su Libro de la Vida, cuyas páginas va pasando Dios, que, a pesar de considerarse una buena persona y una correcta católica, es una pecadora que ha incumplido todos y cada uno de los 10 mandamientos. Feminista, materialista, consumista, exhibicionista, egoísta, mentirosa... Y, sobre todo, abortista: “En el Libro de la Vida, vi como el alma de nosotros tan pronto como se tocan el espermatozoide y el óvulo se forma una chispa hermosa una luz cogida del sol de Papa Dios, el vientre de una madre tan pronto es fecundado se ilumina con el brillo de esa alma y cuando se aborta esa alma grita y gime de dolor así no tenga ojos ni carne, se escucha ese grito cuando lo están asesinando y el cielo se estremece...”
Al terminar de leer su Libro de la Vida, ella se siente condenada y su alma entra por una puerta, donde siente el vacío, mucho dolor, un miedo inmenso. Pero allí ve a su madre, que mueve dos dedos hacia arriba y saltan de sus ojos dos costras espantosamente dolorosas, la ceguera espiritual. Ella grita, buscando con sus palabras a Jesucristo, al que suplica compasión. Entonces Él baja y la saca de aquel vacío y le dice: "Vas a volver, vas a tener tú segunda oportunidad(...) Vas a volver pero tú no lo vas a repetir 1000 veces. Sino 1000 veces mil. Y hay de aquellos que oyéndote no cambiaron. Porque van a ser juzgados con más severidad.” Así, gracias a la misericordia de Dios, después de tres días en coma, casi clínicamente muerta, Gloria Polo volvió a la vida, para estar con los suyos, para compartir con el resto del mundo su historia
A veces, cuando Antonio y Fina han salido, en la lavandería hay un chico de piel tostada y sonrisa fácil, siempre impecablemente peinado, de origen paquistaní, que apenas habla italiano, que se queja de lo difícil que es encontrar trabajo en Bologna y que se ofrece a hacerte la colada por el módico precio de 10 euros (“gettoni”, detergente y suavizante incluidos). A veces, cuando Antonio y Fina han salido, en la lavandería no hay nadie y, estando abierta, es un espacio vacío.
En las páginas de la guía “Lonely Planet”, en su apartado dedicado a Bologna, aparece “Wash&Dry”. Gracias a esta publicidad gratuita, turistas y trotamundos extranjeros pasan diariamente por la lavandería de Antonio, a quien le gusta presumir, con infinita satisfacción, de ello. Turistas y trotamundos extranjeros que no sólo lavan su ropa sucia, sino que también tienen la posibilidad, con un poco de suerte, de conocer a Antonio y Fina, un pedacito de verdad, de fantasía y de humanidad, mucha humanidad, de Italia, de la Puglia, de Bologna.





