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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
24 horas en Roma

Roma me dio la bienvenida con prostitutas de día, coches y más coches, carriles y más carriles, edificos de ladrillo y hormigón que no pretenden pasar a la Historia, pintadas y graffitis, y algún vagabundo con su tienda de campaña de deshechos. En Roma, como en casi toda capital del mundo, sus afueras muestran la cara más desagradable de su realidad social.

Stazione Termini: Frenética riada de gente con maletas y mochilas en la acera; río estancado de vehículos en la carretera.

En Roma las motos son una raza aparte. A veces, animales escurridizos que se cuelan por huecos imposibles (y peligrosos). Otras veces, animales que se juntan en manada delante de los semáforos o detrás de los autobuses.

Ruido, mucho ruido. Las bocinas de los vehículos, como un latido taticárdico, marcan el ritmo frenético de Roma.

En Piazza PortaMaggiore está «Enjoy Hostel – Pink Floyd». Una pequeña vivienda transformada en albergue con 3 habitaciones, saturadas de literas, una tele y una mesa en el centro, un “piccola” cocina, 2 retretes, duchas y lavabos, y una recepción incrustada en un hueco del pasillo. En la cocina hay un póster de la Mona Lisa haciendo top-less y, al lado del microondas, una foto en blanco y negro de una sensual y sonriente Marilyn Monroe. Un lugar desaliñado, sistemado a base de parches y remiendos, pero con encanto. Desde su balcón se ve una enorme, vieja y blanca puerta de piedra encajonada en un acueducto de ladrillo. También se ven vías de tranvía y gente que sale, o corre, detrás de ellos y se desperdiga en todas direcciones. Y palomas que se asustan con las bocinas. Y bancos de mármol hacer más cómoda la espera. En uno de ellos me como una porción de pizza (« ¿Te la pliego ? » « No. » Y me mira como si fuera un bicho raro) y me bebo una birra Peroni: ya estoy preparado para patearme esta ciudad.

Roma es como Madrid, aunque una es mucha más caótica, y la otra mucho más cuadriculada.

Los pasos de cebra se atraviesan como en rugbi: avanzando yardas. En ellos te juegas la vida. Quizás por ello las ancianas los atraviesan con tanto descaro.

Solamente hace falta recorrer un par de calles de Roma para darse cuenta que en esta ciudad, a diferencia de Siena, pasan cosas.

Barrio chino: repetición, una detrás de otra, de las mismas tiendas asépticas, con las mismas dependientas dentrás del mostrador y con las mismas letras en el escaparate. ¿Cómo harán para conseguir vender todas, si todas venden lo mismo?

Primera imagen conocida: el monumento a Vittorio Emanuele II. Un imponente edificio de mármol que hace de exagerado decorado para la estatua oscura de un hombre y su caballo. Para muchos romanos simboliza un doble saqueo al Foro Romano: el de su mármol y el de su panorámica desde la Piazza Venezia. Para mí, el edificio que deja atrás con el coche un Totó ya envejecido antes de enterarse de la muerte de Alfredo. A su lado, el sobrio Palazzo Venezia desde cuyo balcón Mussolini arengaba a los italianos.

En Via del Corso el tráfico está cortado por una manifestación: bálsamo para mis oídos. Caminando por caminar me encuentro el Palazzo del Parlamento. Agentes de policía y guardaespaldas con cara de pocos amigos secundan a Mantella, el Ministro de Justicia, que se para delante de un par de cámaras de televisión para ganarse sus cinco minutos de fama. ¿Estaría criticando, como de costumbre, a su propio gobierno?

Piazza di Spagna: escaleras tomadas por los turistas, una iglesia, una enorme bandera de España y un obelisco. Piazza del Popolo: más turistas, un saxofón que invita a pararse, escuchar y observar, y otro obelisco. Piazza San Pietro: columnas y estatuas envolventes, el sol poniéndose tras su poderosa cúpula, curas y monjas de todos los colores y rasgos raciales, millares de sillas de plástico, prepotente ostentosidad que va contra los principios cristianos, y otro obelisco. Roma, al igual que toda la Italia, concentra gran parte de su inmensa belleza en sus plazas.

En Piazza Venezia me reencuentro con una amiga de “Almendrale” y su novio de Sardegna: conversaciones en italiano y birra itinerante con paradas en el Campo di Fiori, la Isola del Tevere y la Piazza Santa Maria in Trastevere. Larga serata en la que dio tiempo a criticar al Vaticano, a los políticos italianos, a la obsesión por la imagen y a los que no ven ninguna ventaja en la fotografía digital. Por suerte, en otros temas sobre los que discutimos no estuvimos de acuerdo.

Un rumor de agua retumbando en las paredes: me estoy acercando a la Fontana di Trevi. Eran las 2:30, pero no me encontraba solo: un par de parejas con la sonrisa fácil, un vendedor de rosas incordiando, una joven haciendo fotos y un grupo de ruidosos y borrachos americanos. Compañía previsible a diferencia del par de ratones (no me atrevo a usar el diminutivo con uno de ellos) que salían y entraban de agujeros que circundaban la Fontana. “Mickey Mouse!” Sentado, mientras mis oídos se inundaban de agua, me di cuenta que Roma me gusta. Y mucho.

En el hostel, ni el colchón que se hundía con el peso del aire, ni los ronquidos “fondatimpani” de un compañero de habitación impedieron que durmiera a pierna suelta. Estaba agotado: mal acostumbrado a las cortas distancias y sobre dos ruedas.

Al día siguiente eché un vistazo al Coliseo antes de volver a Siena. Sus cuatro pisos de piedra ten hacen pensar en el pasado, aunque de fondo siga sonando el incasable tráfico romano. Y es que Roma es tráfico, mucho horrible tráfico; pero también es pasado, mucho imponente pasado.
 
Comentario:
amigo mio, Te leo bien. No tengo planes para Julio y empiezo a sentir como humedece mi entrepierna. Estamos en contacto. Un abrazo
No