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Cuaderno de viaje en Italia
Vida y mentiras de un spagnolo en el Belpaese
Acerca de
Nuevo paìs, nueva etapa. Espero que merezca la pena contarlo.
Sindicación
 
Horacio

El otro día en un viaje fugaz a Firenze conocí a Horacio, un argentino de 60 años, edad que solo se intuía por las canas que aclaraban su cabeza. Compartir el mismo idioma nos sacó de la soledad del mal fumado cigarrillo callejero (en Italia no se puede fumar en casi ningún bar, cafetería o restaurante).

Horacio trabaja en un restaurante argentino que se llama “Ristorante Argentino”. Curioso nombre cuando lo único argentino en ese local son el nombre de los carnes, que no las carnes en sí, y Horacio, que se encarga de fregar los platos. El dueño del restaurante es albano; el cocinero, siciliano. Un ejemplo más de infalible estrategia hostelera que basa su éxito en la ignorancia y la imperturbable felicidad de los turistas. Horacio se indigna explicándome como el cocinero siciliano prepara las carnes. Al menos, puntualiza con una maliciosa sonrisa dibujada en los labios, el cocinero siciliano no está pecando con carnes argentinas, sino brasileñas.

Horacio se vino a Italia para dejar atrás una pérdida demasiado dolorosa y, de paso, apoyar a su hijo de 24 años en su carrera como modelo en Milán. Sí, es cierto, el chaval es guapo, proporcionado y sabe llevar muy bien unas gafas de sol. Le profetizo un buen futuro en este país. Pero, hace 3 meses, padre e hijo tuvieron una dura discusión y Horacio decidió mudarse a Florencia. Dice que La Toscana le recuerda un poco a su Argentina, aunque no se parezca en nada. Y sonríe. Luego presume de su sol de invierno, del verde brillante de su campo y de la sensualidad de sus ondulantes colinas. En realidad, Horacio no habló de colinas, sino de mujeres. Pero, a fin de cuentas, ellas también son ondulantes, y mucho más bellas.

Horacio daba ansiosas caladas al cigarrillo, que se consumía en cinco bocanadas de humo. Él se justificaba: es consecuencia de la abstinencia pasada y de la que está por venir. Por eso se fumó dos cigarrillos en menos de diez minutos, antes de volver al restaurante por la puerta de atrás.

Después de pagar la cuenta e indignarme con el precio de las bebidas, entré en la cocina para despedirme de Horacio. Me tuve que hacer pasar por su sobrino “gallego”. Le prometí volver algún día y compartir otro cigarrillo, o dos. Pero él se negó a que volviera a ese restaurante y me invitó a cenar a su casa, donde se puede fumar hasta en el baño. Y, por el módico precio de una botella de vino rioja, podré comer auténtica carne argentina cocinada a la genuina manera argentina.
 
Comentario:
Pues nada a disfrutar de la comida argentina...
Ummm la toscana, uno de mis viajes pendientes...
Un beso
No