Un día en una plaza (italiana)
La plaza está serena. La gente camina despacito. El sol es cálido y su brillo, egoísta. Suena el reloj: son las 12 de la mañana. Los pájaros recorren el cielo, brindando con el aire que el tiempo no se detiene y la vida sigue creciendo. Las palomas, los pájaros más pragmáticos y mundanos, se concentran alrededor de un banco donde un niño les invita a un festín de migas de pan y sonrisas.
Una muchacha ilumina la plaza con su jersey rosa. Sus cabellos se vierten sobre sus hombros en un torrente de castaños y dorados. Más generosa que vanidosa, camina regalando miradas cómplices a los que la observan.
Una pareja dibuja con sus brazos una “v” de victoria. Un hombre enchaquetado, que tiene prisa y sólo mira la hora, se tropieza con la pareja y les obliga a soltarse de la mano. El paso frenético del hombre desafía la tranquilidad de la plaza. Es una sombra fugaz que no se queda, que busca desaparecer, que no saluda ni disfruta. Nada de él ha quedado atrás en la plaza.
Un grupo de jóvenes desafía el azote del sol sentándose en medio de la plaza. Llaman la atención sin necesidad: sus cabellos rubios y su piel blanca son un incandescente punto de luz que daña a los ojos. Se descalzan mientras les quitan el envoltorio a sus hamburguesas y abren con los dientes los sobres de ketchup. Hablan chillando y ríen frenéticamente. Pero, curiosamente, este grupo de jóvenes no desentona ni molesta en la plaza. Más bien le da vida y color. Un muchacho se quita la camiseta y varias muchachas muestran su ombligo al sol. No lo entiendo: me parece mucho más estético el blanco que el rosa.
Llega la tarde y la plaza se empacha de vitalidad. Personas, en grupo o en solitario, invaden cada uno de sus rincones. Un rumor constante de conversaciones empalaga el aire. De repente se escuchan carcajadas seguidas de aplausos: un mimo entretiene tanto a niños como a padres. Melodías enlatadas que siempre se quedan a medias suenan en bolsos y bolsillos. Un camarero grita enojado a una gitana que se pasea entre las mesas de una terraza con un carrito de bebé. Le amenaza con llamar a la policía si la vuelve a ver, mientras ella se aleja con parsimoniosa chulería, como volverá hacer un par de horas después.
Dos hombres y una mujer conversan sosegadamente en una terraza. Ellos toman café con leche; ella, un vaso de agua. Uno de los hombres, un elegante cuarentón con el pelo engominado hacia atrás, no deja de hablar un segundo. El otro hombre y la mujer, cuya proximidad en la mesa los delata como pareja, escuchan y asienten mecánicamente sin participar en la conversación. Un perro blanco y de pelo rizado descansa a los pies de la mujer. Está aburrido y se le caen los párpados. Intenta jugar con una paloma, pero ésta huye al sentir su presencia. El perro vuelve desilusionado a los pies de la mujer, que sigue asentiendo las palabras del hombre engominado.
El sol empieza a ponerse por el oeste. Luces y sombras dividen la plaza: piedras y cristales teñidos de naranja y terrazas que empiezan a vaciarse. Una joven de pelo alborotado busca con su cámara fotográfica el encuandre que no desmerezca el color de la luz. El atardecer le ha obligado a utilizar medio carrete (o debería escribir media tarjeta de memoria, que será más probable, pero mucho menos romántico).
Con la llegada de la noche la plaza se emborracha. Cervezas, copas de vino y cubatas la inundan con su promesa de diversión. La plaza quiere apagar la luz de su mesilla de noche, pero es vano porque no consigue dormir por culpa del escándalo de conversaciones y risas que hay en la calle. Está harta y vieja: son ya muchos siglos trabajando a jornada continua. La plaza le cuenta sus lamentos a la luna, que le responde con una sonrisa burlona. Incluso tiene la sensación de que alguna estrella se está riendo de sus penurias. Al menos, dentro de poco, cerrarán el último bar y con un poco de suerte podrá dormir un poco antes de que los basureros la despierten para quitarle las legañas de la cara.
Comentario:
Inspirador, cuanto menos. Cuando lo cotidiano se describe elegantemente, parece mucho más trascendental.
Una imagen no siempre vale más que mil palabras.
Una imagen no siempre vale más que mil palabras.





